«Chapetón letraherido mata 4»

(Un cuento no no-ficción)

Por Hernán Migoya


«Yo solo comprendo dos clases de música. Una de ellas es la que mi padre entonaba con su flauta: era un desgraciado que no podía vender un kilogramo de queso sin equivocarse en el cobro, pero tocaba maravillosamente; la otra, el redoblar de los tambores de los argelinos, a cuyo son bailaban desnudas las rameras de doce años». ¡Adelante, Julio!, de Daphne du Maurier.


Por eso lo hice.Por eso maté cuatro hombres en mi vida. Ninguna mujer, tan tonto no soy.Además, recuerden que nunca he pecado de igualitarista.Pero no quiero escribir sobre eso. Todavía.

Quiero escribir del quinto. O sea, del que voy a matar esta noche.

El bloqueo creativo me vuelve a acosar. La hoja en blanco se resuelve siempre en rojo. Usualmente lo aplaco con alguna limeña pelandusca (cholito, qué pasa, también yo tengo derecho a malbaratar mi jerga), alguna zorrita beata de esas que se sonrojan cuando les haces una proposición, pero nunca tanto como cuando esa misma noche les lames el clítoris. (Clítoris es una palabra horrorosa: a partir de ahora llamémosle cliris).

El cliris en la boca aclara muchas crisis. Sustituyo el uso de la primera persona por el abuso de las terceras. Todas dignas de troceo. Pero no, trátolas como a reinas. Así me dan sus cliris antes.

Sus jadeos son la única clase de música que comprendo yo.
Antes de rendirme a la pulsión, vuelvo a llamar a la Tula. Me pasó su teléfono Martín, el productor de Beto, pero la bruja no me responde. Se cree que la estoy choleando o toreando (no estoy seguro que signifiquen lo mismo). Me encargaron desde España, de la revista Primera línea, que la entrevistara, debido a mi insistencia en que era una figura irresistible y glamurosa de la farándula peruana. Adoro a esta diva desde la primera vez que la vi en la tele chicha y deseo ponerla por las nubes españolas. Pero la bicha no me cree: yo le explico y le explico a su buzón de voz, y debe pensarse que estoy intentando camelarla, que soy un fan loco o un estafador ceceante. Nunca me atiende.

Maldita Tula. Por culpa de tus ojazos invisibles y tus oídos indiferentes, hoy va a morir un hombre.

Mi problema es que ya no sé fabular. Empiezo una historia de ciencia ficción y termino hablando de que me faltan huevos en la nevera. Mi cinquésimo… quincuagésimo (Dios bendiga Google) sexto yo me repite que debería acudir a un psicólogo, pero los psicólogos se me dan fatal. Lo intenté con tres y terminé por apiadarme de ellos. Qué vida tan aburrida la suya, madre mía: en vez de ayudar a las personas a ser únicas, las ayudan a ser del montón. En lugar de pulir aquello que las hace extraordinarias, las deslustran hasta dejarlas del mismo gris que el resto del rebaño, para que puedan pacer y cagar sin agobiar, como la demás chusma, como la chusma de más; y no me molesten, ¡coño con la vicuña! Como si ser mediocre fuese garantía de vivir tranquilo.

Lo es, pero igualmente, ¡qué vida tan aburrida la de psicólogo!

¡Y qué criminales esos tres, contribuir al aborregamiento de sus individuos notables!

Hice bien en apiadarme de ellos. Y en apiolarles.

El cuarto muerto fue un error. Pero ningún cliris del mundo me va a parar ya con el quinto. Bueno, si tuviese en mis labios el cliris de Tula, otro gallo cantaría. Yo, callado, lamiendo. Pero no se han dado así mis cartas.

No sé cómo llenar las horas. Mi matrimonio fracasó porque las veía demasiado llenas (que si planificar para compartir tiempo con ella; que si lavar los platos; que si vamos al cine ¿por qué no nos quedamos y vemos una serie en su lugar?; que si daría lo que fuese por dormir solo… A estas alturas debieran haber actualizado ya la salmodia sacramental: «Hernán, ¿prometes amarla y respetarla tanto en la salud como en las horas esperando a que termine de arreglarse?»); ahora no sé cómo llenarlas, esa es la verdad, porque por no haber no hay ni espera. Pero cierto: no se puede ser adolescente las 24 horas del día. No se puede vivir para uno solo toda la vida.

Y sin embargo, no me animo a tener hijos. Pese a que mis abortos son lo único que me pesa. Y es que uno puede odiarse a sí mismo y masticar el hastío estando solo y no hay más remedio que joderse; en cambio, con unos niños a tu cargo… Solo de imaginar lo que podría hacerles, las taras que podría causarles, me echo a temblar.

Mejor abortados.

Me quiero morir. No sé si viene al caso. Disculpen.

Cuando haya matado a mi quinto, se me irá la compulsión de muerte. Y estaré tranquilo, sin malos pensamientos. Sin ocurrencias nocivas. Podré volver a fabular sobre otros sin pensar que soy yo todo el tiempo.

Creo que voy a asesinar a mi editor limeño. Me ha convocado esta noche a ser espectador de una lectura pública de poemas. Que me inviten a presenciar (¡y a escuchar de paso!) un recital de poemas es razón más que suficiente para justificar un crimen. Encima luego me entero que las recitadoras son poetas. O sea, poetisas.

Me presento hora y media tarde en el patio interior del bar-galería en cuestión, con la esperanza de que el acto ya se haya terminado y así encontrarme las declamaciones de las obras de sobras concluidas, porque luego hay pisco gratis, de la variedad ollanta (o sea, muy seco). Pero qué va. Sorprendo a tres cuarentonas gordotas que parecen proceder del Gólgota lo menos a voz en grito sobre un escenario, esgrimiendo sus cantos rudos como cantos rodados, amenazantes con caer en masa sobre la cabeza del auditorio. Oírlas para creerlo: a turnos estrictos, como esforzándose cada una por superar la basura expelida por la anterior estercolera, se relevan en sus atentados contra los oídos con frases como «el caballo blanco de tu amor eterno» o «la soledad es un sentimiento frustrante». No falta la palabra «ingravidez». También creo percibir «estéril» en estéreo, varias veces. Vuelvo a sentirme humillado y llorica, como delante de la cola de Migraciones. Se me quita de golpe el deseo de matar. Ya solo quiero morir.

Son poetas (perdón, poetisas) rurales o algo así. Una de ellas me gusta. Es cuarentona y firme de carnes. Al menos no parecen esas feas feministas asexuadas que he dejado escribiendo sobre su nada en Barcelona. Estas parecen mujeres sanas de la Sierra. Por eso supongo que escriben tan mal.

Nadie que esté sano puede escribir una frase decente.

Veo a mi editor, su editor, arrimado a mi costado, luciéndome para las fotos eventuales. Pone cara de atento, como si escuchase con delectación. No puedo creerme que ese tipejo que ensaya su mejor expresión de éxtasis pagano sea el mismo que me llena de adulación cada vez que nos saludamos. ¿Tan mala es mi prosa? Siempre me he reprochado ser incapaz de sacar lo bonito de mí. Mi mujer, mis editores españoles, mis mejores amigos, también me enrostran de continuo que nunca escribo de cosas hermosas. Solo saco a la luz la mierda, mi mierda, especialmente. Pero nunca había tenido dudas sobre mi calidad.

Hasta que escucho a tales pendejas, que edita en Lima el mismo cojudo que me edita a mí.

¿Seré tan malo como esas?

Entonces caigo. Le miro asombrado, él intenta no descomponer su pose de padre y patrón orgulloso:
–Cabrón, te han pagado por editarlas, ¿a que sí?
Gumersindo me mira de reojo y aprieta la boca, con el mismo afán de disimulo delator que puso cuando me enseñó mi libro recién salido de imprenta con la tara de una sola solapa. Y luego se permite criticar el intrusismo de los famosos televisivos a los que les da por escribir libros y que encima venden. ¡Si él está llenando la escena peruana de malos escritores haciéndoles creer que son excelsos, a cambio de sus soles! Menuda noche de bochorno literario ha organizado… todo para llenarse los bolsillos.

Al menos ya no me siento una mierda de escritor.

Le siguen horas bebiendo y departiendo. Una fotógrafa del evento me pide posar y a cambio le toco la vulva. La invitada que más me gusta se va, así que reparto elogios sin criba a las putas (perdón, poetas), mientras calibro a cuál de ellas me gustaría follarme más. Me decido por la que menos me follaría a mí.

Esa noche acabo en un hotel con ella, montándola o dejándome montar, y lo paso tan bien que hasta me parece estar cabalgando sobre el caballo blanco de tu amor eterno. A media eyaculación, recuerdo de sopetón que se me ha olvidado por completo mi plan asesino. ¿No iba a matar a alguien? ¿A quién tenía planeado liquidar? ¿Dónde está mi editor?

Realmente el amor lo borra todo.

¡Tulaaaaaa!

Antes de que amanezca la dejo roncando como si estuviese al raso en Sóndor. Memorizo su cliris asomado y desaparezco con la misma celeridad que si hubiese consumado el crimen. Los remordimientos me acosan. Llego a la casa.

Me pongo a escribir seguido, aprovechando que sale el sol. Otro editor, mi próximo objetivo, me ha pedido un cuento para Buensalvaje. Un cuento para el quinto.

Así mato dos pájaros de un tiro.


Hernán Migoya (Ponferrada, 1971) es guionista de cómic y de cine, y autor de biografías, ensayos, y de las novelas Observamos cómo cae, Quítame tus sucias manos de encima y Una, grande y zombie, así como de los cuentarios Todas putas y Putas es poco.