Camus, el existencialismo y la vigencia de El extranjero

Por Selenco Vega



«…vaciado de esperanza, delante de esta noche cargada de presagios y de estrellas, me abría por primera vez a la tierna indiferencia del mundo. Al encontrarlo tan semejante a mí, tan fraternal, en fin, comprendía que había sido feliz y que lo era todavía. Para que todo sea consumado, para que me sienta menos solo, me quedaba esperar que el día de mi ejecución haya muchos espectadores y que me reciban con gritos de odio». El extranjero, Albert Camus.

Dentro de la difícil cronología de la Segunda Guerra Mundial, 1942 fue de los años menos auspiciosos para las fuerzas aliadas: Londres soportaba cotidianamente los ataques aéreos de la Luftwaffe, que Churchill pedía combatir con sangre, sudor y lágrimas; se iniciaba la invasión a la Rusia soviética de Stalin; París continuaba por tercer año bajo el completo dominio de las fuerzas germanas, y miles de judíos sufrían una verdadera agonía de sangre en los campos de concentración de Europa Oriental.En este ambiente de catástrofe, Albert Camus (Argelia, 1913) publica El extranjero, su primera novela, y da a conocer a Mersault, su antihéroe más perdurable y personaje ícono del malestar de la civilización europea de entreguerras. De inmediato, El extranjero catapultó a su autor a un reconocimiento sin precedentes que habría de convertirlo en una de las voces intelectuales más influyentes de su tiempo.Los numerosos estudios de toda envergadura que se han realizado alrededor de esta obra, coinciden en reconocer el carácter existencialista que rodea tanto a los escenarios como a su personaje principal. Vargas Llosa, en «El extranjero debe morir», incluido de La verdad de las mentiras, resalta el mundo deshumanizado de la novela y el individualismo feroz de Mersault, individualismo que nos conmueve y nos hace envidiarlo secretamente, pues en cada uno de nosotros late un prisionero que quisiera ser tan espontáneo, libre y antisocial como Mersault.La opinión de Vargas Llosa es solo una de las tantas que se han vertido a propósito de El extranjero, la novela más traducida y admirada de su autor. Ninguna obra literaria, en realidad, posee un sentido único ni permanece ajena a interpretaciones que son históricamente distintas a las que predominaron en el tiempo de su producción. Cada lector actualiza la vida de los textos, los reinterpreta de acuerdo con sus propios patrones de lectura. Por ello, un justo homenaje a la memoria de Albert Camus, en el centenario de su nacimiento, es el de aproximarse con ojos actuales al universo de su obra. Mi propósito central, en las siguientes líneas, es preguntarme sobre la vigencia de El extranjero entre nosotros, tratándose de un libro que sin duda dialoga productivamente con el pensamiento existencialista desarrollado por el gran escritor argelino.

¿Qué es (qué fue) el existencialismo?
Como ocurre con muy pocas obras, El extranjero constituye un estimulante globo de ensayo que, en el terreno de la ficción, aborda la problemática del existencialismo, que Camus desarrollara teóricamente en textos clave como El mito de Sísifo. Al respecto, la propia palabra «existencialismo» ya resulta ambigua. Para muchos, más que de una corriente filosófica o de pensamiento, se trató de un «estado de ánimo» derivado del ambiente de pesar por los desastres de la guerra. Para Jean Paul Sartre (1905-1980), quien acuñara el término, el existencialismo debía entenderse como una doctrina según la cual la existencia precede siempre a la esencia. Dicha concepción resultaba cuando menos paradójica, pues con ella Sartre iba en contra de posiciones filosóficas tradicionales que, desde Sócrates, sostenían que la esencia precede y da sentido nuestra vida: de este modo, cada hombre realmente «existente» podía ser juzgado y se juzgaba a sí mismo de acuerdo con aquellos parámetros «esenciales» (religiosos, éticos, espirituales) que lo antecedían y daban sentido a su vida.Nietzsche, uno de los precursores del existencialismo, dio un vuelco de 180 grados a esta concepción tradicional con su famosa sentencia: «Dios ha muerto». Y es que sin Dios, en sentido figurado, no hay esencia en la que los hombres se puedan reflejar, no hay sentido ni destino que guíe su paso por el mundo. En «El existencialismo es un humanismo» (1946), Sartre sostiene que el hombre está solo, no pidió nacer, pero igual está sobre la tierra, liberado a su suerte y obligado a elegir sus acciones para sobrevivir. De este modo, son nuestras propias decisiones las que terminan definiendo, en cada caso, lo que somos. La existencia, pues, precede y prefigura nuestra esencia.

Camus y el existencialismo
Cuando en 1940, por razones políticas, Albert Camus deja su Argelia natal y se instala en París, halló un ambiente de desastre causado por la guerra y por la traumática ocupación alemana de Francia. Según sus biógrafos, fue muy probablemente este penoso escenario el que lo llevó a abrasar y a concebir una forma de existencialismo: el absurdo. Recordemos que Nietzsche afirmó décadas atrás que Dios había muerto, pero esta expresión habrá de reinterpretarse y agudizarse en manos de Camus. Según él, no puede morir quien nunca ha existido: no existen los dioses, la vida es un absurdo total, la «absurdidad» preside todo la experiencia moderna.Según Camus, sin dioses que lo guíen, el hombre carece de guías morales y códigos de conducta. El absurdo de la existencia consiste en que hemos sido arrojados a los confines de la Tierra y el único destino verificable es la muerte. En El mito de Sísifo el propio autor lo explica así: «Lo absurdo es la confrontación entre el sentimiento de lo irracional y el avasallador anhelo de claridad que resuena en las profundidades del hombre». Lo absurdo, entonces, consiste en la (inútil) búsqueda de sentido en un universo que carece de propósito.

El extranjero y la doctrina del absurdo
Un aspecto esencial del existencialismo de Camus es que cualquier responsabilidad moral, así como cualquier acción realizada por un hombre le compete solo a él. Es cierto que los actos individuales pueden ser juzgados por nuestros semejantes, pero dichos actos no serán jamás trascendentes: ni nuestra bondad ni nuestra maldad serán premiadas o castigadas en un más allá carente de dioses o jueces superiores. Nuestro paso por la Tierra y las elecciones –buenas o malas– que tomemos, son lo único que nos sostiene. Nada existe más allá de las fronteras de la vida. La absurdidad de la existencia y sus consecuencias encuentran ejemplos paradigmáticos y opuestos en los dos protagonistas de las novelas más importantes de Camus: La peste y El extranjero. El doctor Bernard Rieux, protagonista de La peste, apela a valores como la solidaridad, la participación y la reconciliación para hacer frente a la epidemia (estremecedora alegoría del absurdo de la existencia) que asola Orán. Es decir, lejos de dioses inexistentes, Rieux elige hacer el bien.

En el caso del protagonista de El extranjero sucede algo distinto. Frente al sinsentido de la realidad en la que vive, Mersault no llega a ser ni un marginal ni un rebelde. Solo es (o se siente) un extraño, un extranjero sin cabida en ninguna parte. En términos de nacionalidad, es descendiente de colonos franceses afincados en Argel: por ello no se siente ni argelino ni árabe, tampoco francés. En realidad, no existe para él un lugar en el mundo.

Como afirma Vargas Llosa, Mersault comete un crimen y no siente culpa por ello. Tampoco se defiende en el juicio ni apela la pena de muerte a la que es condenado. Incluso en su desapego por sus seres queridos –no llora por su madre muerta ni siente verdadero amor por María Cardona– Mersault personifica en su extremo más patético la doctrina del absurdo: se deja llevar por el sinsentido del mundo que al final habrá de condenarlo. Es como si nada importara: la noche estrellada y el día seguirán existiendo después de él, más allá de las muchas muertes y los nacimientos (también sin sentido) que se sucedan en el mundo.

Para entender cabalmente la figura de Mersault, así como la idea del absurdo de Camus, es importante ubicar las cosas en su exacto contexto: tanto la doctrina existencialista como la novela surgieron en un ambiente de catástrofes, de guerras y caída en el descrédito de las más optimistas promesas del pensamiento moderno. Hoy, a cien años del nacimiento de Camus y a más de 70 años de la publicación de El extranjero, el mundo que conocemos ciertamente es diferente, y las preocupaciones y conflictos son distintos también a aquellos que en su momento ocuparon la atención del autor.

Ello no significa, sin embargo, que Mersault, como personaje, sea hoy imposible o nos resulte poco creíble. Al contrario: existe como posibilidad. Está allí, vigente y pleno como todos los grandes personajes de la literatura universal, para recordarnos los abismos insondables a los que pueden conducirnos nuestras elecciones o nuestras torpezas, más allá de si haya o no dioses que nos estén observando.

*Con variantes, este texto fue presentado como ponencia en el evento «100 años de Albert Camus: reinterpretaciones», realizado en octubre último en la Universidad Antonio Ruiz de Montoya.



Selenco Vega (Lima, 1971) es profesor universitario, poeta (Casa de familia, Reinos que declinan), narrador (Parejas en el parque, Segunda persona) y ensayista (El fuego de la palabra. Estudios sobre literatura peruana).