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Una vida moderna

Por Cristhian Briceño


La vida en Weimar es fácil y difícil. Difícil porque a veces la insulina se acaba y mi ser gravita entre la angustia y la resignación de estar cayendo infinitamente. Fácil porque aquí, en Weimar, los inviernos son larguísimos, los osos amables y mi biblioteca es algo así como un animal infinito y extinto.

La criada Charlotte es mi mujer desde que mi verdadera mujer murió, pero esa es otra historia. Creo que quiero más a Charlotte, porque sus manos se han curtido deliciosamente gracias a los años que lleva cortando la leña y almacenándola en nuestro depósito-de-cosas-indispensables-para-no-morir. También se han curtido porque mi verdadera esposa, la muerta, le hacía atizar el fuego de la chimenea con las manos desnudas, y a veces le obligaba a jugar con un carbón incandescente mientras le hundía el cañón de mi rifle en la espalda. Yo también era otro tanto cruel, y aplaudía ese espectáculo que llenaba de alaridos nuestra casa y nos alentaba a vivir un día más para saber hasta dónde podía llegar nuestra brutalidad, para saber si nuestro sadismo podía convertirse alguna vez en un placer inocente que sea bueno hasta para la pobre Charlotte. Ahora es ella quien sufre cuando el azúcar me sube a la cabeza como un balazo y mis ojos colapsan. En esos momentos podría aprovecharse y hurgar en el bolsillo interior de mi saco, donde guardo un relicario de plata con el retrato de mi madre, una navaja de afeitar y los cubiertos que uso cuando llega la hora de comer para vivir un día más.

Recuerdo que antes existían más motivos para vivir, pero ahora se vive sin una causa aparente, como esos árboles que nacen y mueren en medio del bosque, donde nadie ha llegado nunca, y aun así sostienen su porción de nieve y ni siquiera pueden atentar contra su vida. A Charlotte solo le bastaría sacar la navaja y degollarme. Entonces la casa sería para ella y podría dormir en la habitación principal sin la molestia de mi cuerpo anciano que día tras día se va haciendo más insoportable que la soledad. Ella me dice «Herr Tobler, nunca soportaría la casa tan sola, si usted alguna vez no estuviera me casaría con un oso del bosque». También siento que quiero condenadamente a Charlotte por esa sinceridad tan afilada, una sinceridad que, involuntariamente, también me hace reír, y cuando me río de esa forma que solo Charlotte sabe lograr, las tres cosas que tengo en el bolsillo interior de mi saco tintinean y la casa, nuestra casa, se llena de nuevos sonidos. Mi esposa nunca fue así, o tal vez lo fue en algún momento de nuestras largas vidas, pero, no puedo mentir, esos recuerdos felices se han borrado como el color verde cuando cae la primera nevada. Quizá Charlotte, que siempre estuvo con nosotros, solo intente ser como era mi mujer entonces, pero no quiero saberlo. Que la mentira siga manteniendo las cosas en orden. ¿Para qué la verdad si desordena lo ya previamente ordenado, lo que ya había encontrado una forma perfecta de ser?

Francamente tampoco recuerdo el rostro de Charlotte. Tanto ver la nieve hace que todo parezca nieve, hasta la nieve. La ceguera, creo recordar, es blanca, no negra. Por eso, cuando ella viene hasta donde estoy acariciando un libro y se hinca ante mí y me inyecta la insulina detrás de la rodilla, yo estiro mis brazos para alcanzar su rostro, pero nunca lo he logrado. «Quédese quieto, Herr Tobler, ya casi termino», dice, fingiendo enojarse. Su voz, he pensado, confirma que ella está muy cerca, donde debería estar, es decir, en algún lugar donde es posible su amor pero no nuestra interacción.
No puedo pedir más.

Ella ha llegado muy tarde a mi vida, aunque siempre estuvo ahí, soportando la crueldad de mi esposa y la mía. Podría decir que, de alguna forma, pago todo lo malo que hice con ella cuando mi insulina se agota y tengo una de esas crisis terribles, cuando estoy a punto de perder la razón y soy capaz de arrancarme la lengua con los dientes y luego atragantarme con esa cosa húmeda y sangrante. Pero Charlotte me pide un poco de paciencia, ella tiene unas piernas fuertes aún y puede correr a la farmacia del pueblo aunque la nieve le llegue hasta la cintura. ¿Qué me ha mantenido con vida, entonces? En esos momentos dudo de todo. A veces creería que soy un árbol en medio del bosque y que nadie ha salido de ningún lugar ni a nadie espero. Solo que mis raíces se vayan haciendo viejas y por fin un día mis ojos se abran y pueda ver más allá de mi perspectiva. Luego siento mi trasero y mi espalda pegados a la dura madera de la silla donde aguardo por Charlotte. Pero mi fe oscila entre una infinidad de probabilidades, y pienso que intento explicarme por qué Charlotte siempre espera la crisis para salir a la farmacia y me deja a mí, atado a mi inmovilidad. Tal vez, me respondo, ella también necesita un momento a solas, donde no exista ni Weimar ni pueblo ni farmacia, y la insulina esté guardada, desde siempre, en nuestro depósito-de-cosas-indispensables-para-no-morir. No puedo evitar pensar en ese infierno portátil que es estar solo. No puedo evitar pensar que un solo segundo en ese infierno dura más que tres eternidades atadas. Y es entonces que comprendo lo racional que puede ser Charlotte al casarse con un oso del bosque cuando yo ya no esté. Porque esto es inevitable. Algún día yo no estaré, y algún día ella tampoco estará, pero, mientras dura esta tensión por saber quién sobrevivirá al otro, todo se hace terriblemente real, los sentidos parecen no ayudarnos sino darnos motivos para no sentir. Muchas veces he temido que Charlotte ya no regrese, que algo le pase camino al pueblo, es posible un accidente; que ella, cegada por el mal tiempo, no vea el abismo y todo termine para los dos. O que, camino al pueblo, si es que todo eso existe, se encuentre con un joven apuesto y este la invite a beber una copa en el café al costado de la farmacia, y ella acepte y no se dé cuenta de que ya han pasado muchos años y yo ya no estoy esperando. Y el tiempo corre precisamente cuando ella no está. Cuando ella se encuentra a mi lado, cuando su voz me habla, se establece una calma inmóvil.

Por fin llega. Y al entrar la puerta hace crujir los goznes y entra de golpe todo el viento acumulado en el mundo y me da en la cara, siento lo que pudo haber sentido Lázaro cuando volvió a la vida. Esa combinación de resentimiento y paz recobrados, una sensación tan sutil de entender que el tiempo no envejece sino se hace joven y cada vez corre con mayor velocidad, pero pierde su destreza. Sin embargo, Charlotte sabe que ha podido ser más rápida, y pide disculpas antes de inyectarme. «Es una pena, la hija del alcalde ha muerto ayer de fiebres. Tuve que buscar por todo el pueblo a Franny, la de la farmacia. Estaba en casa del alcalde. Fue a dejarle calmantes para la madre y a llevar la cuenta de las medicinas de la hija». Quiero decirle, Charlotte, no me importa la hija del alcalde, pero me quedo en silencio. Estoy casi feliz y su voz otra vez, dándole una forma coherente a nuestra casa.

A veces, cuando me voy poniendo triste, Charlotte viene hacia mí y me acaricia la barba, y el sonido que produce ese contacto entre dos cosas tan duras me hace desistir de la rutina diaria y le pido que me lleve afuera, hasta la orilla del lago congelado, donde los árboles se parecen tanto a una muralla que nadie construyó. Allá, le digo, donde no puedes ver a simple vista, está enterrada mi madre. Ignoro dónde está mi padre. Simplemente un día no vino a dormir. Luego, unos chicos llegaron arrastrando el estómago de un oso a través de la nieve. Era la cosa más grande que había visto en toda mi vida, pero era muy joven entonces y ahora he visto cosas aun más grandes y fabulosas. Me dijeron que había un hombre ahí dentro, lo sabían porque cuando un oso se come a un ser humano sus ojos se ponen muy rojos, como si hubiera estado llorando. Quizá podría ser mi padre, existía una probabilidad muy grande. Pero cuando lo abrieron de un solo tajo con la hoja de un hacha, solo pude ver algo asqueroso; era como puré de hígado de pato. Eso no puede ser mi padre, les dije, y luego hice una pelota de nieve y se la tiré entre los ojos al que parecía mayor. Fue hace mucho, y me sorprende haberlo recordado, le digo a Charlotte. Es entonces que el sol se va poniendo. Charlotte me lo dice y yo le creo. Hay que ser muy valiente para decirle a un viejo que el sol se está poniendo. Es como decirle todo cae. Tú caes. Una manzana cae. Los imperios caen. «Únicamente el sonido de un corazón que está latiendo nunca cae», dice, mientras me regresa a casa y me aprieta contra su pecho cansado para confirmar sus palabras. «Luego uno se muere y da lo mismo».



Cristhian Briceño (Lima, 1986). Ha publicado el poemario Breve historia de la lírica inglesa y el conjunto de prosas La trama invisible.