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Todo el tiempo del mundo

Por Miguel Ángel Torres Vitolas


Una mañana
Despertó. Miró desconfiado hacia la mañana abotagada del cuarto y la imprecisión de sus muebles claros y cremosos. La sábana había caído al piso, enredada con el cubrecama. Lo primero que vio al incorporarse fueron sus piernas flacas y peludas y los dedos cortos de sus pies, que movió como en una función absurda de marionetas. La luz aparecía frágil e indecisa por las cortinas que había cerrado mal y fue a correrlas y a abrir la ventana. El viento tibio se tardó en su rostro y restregó una mano por su mentón y sus pómulos, bostezando, pasando luego los dedos por su barba breve. Se calzó unas pantuflas grises y raídas y salía del cuarto, inclinándose para apagar la lámpara que probablemente había dejado prendida toda la noche, cuando volteó de improviso, con la convicción repentina de que había olvidado algo. Miró en torno suyo, las manos en la cintura, abarcando el ropero, la mesita de noche, la ropa preparada en una silla, el televisor apagado y, sin detenerse a pensarlo, culpó a la mañana, al sopor de sus ojos, y salió del dormitorio bostezando.

Desayunó pronto una taza de café que recalentó en el microondas, un vaso de jugo de piña que consiguió de la caja casi vacía y una tostada con mermelada y mantequilla. No se alarmó por el silencio profundo en que pudo desayunar y cuando se asomó a la calle por la ventana, hacia el paradero del bus para ver si este no se había adelantado, no se sorprendió de no ver a nadie, sino que asumió que ya era tarde y se apresuró en cambiarse y en guardar sus cosas en su maletín. Dejó la vajilla sucia en el lavadero y salió de su casa con la sensación de que llegaría irremediablemente tarde.

Tenía el maletín en la mano y miraba hacia la esquina que ocultaba la continuidad de la calle. Ningún auto pasaba y, además de él, nadie más aguardaba el bus, que ya entonces debía llevar más de diez minutos retrasado. Miró su reloj, menudo y brillante debajo de su puño delgado, y miró también la hora en su celular, que luego devolvió al bolsillo del pantalón. Murmuró soez en francés (putain, merde) y caminó hasta la esquina para ver si el bus se acercaba. En la calle desolada no existía sino el murmullo enmudecido de las copas de los árboles y el silencio de los autos estacionados y de la ruta, oscura y desierta.

Debió caminar casi veinte minutos hasta el metro, todavía culpando al bus que lo haría llegar tarde al trabajo. Pasó su tarjeta por la reja de la entrada y el mecanismo le respondió con su chillido agudo de robot averiado. Ahí tampoco había nadie y solo el ruido de las escaleras mecánicas lo acompañó hasta el andén. Ni en un sentido ni en el otro esperaba alguien más el metro, y una rama de tres vagones se detuvo en la otra dirección y abrió automáticamente sus puertas. Nadie subió, como nadie bajó y el metro, luego de arrojar su sirena de alerta, retomó su viaje solitario. Cuando la rama que venía en su dirección llegó, miró a un lado y a otro. Las puertas de acero se abrieron en un suspiro mecánico. Subió de un salto al vagón vacío y por un impulso irreprimible, levantó sus pies y los dejó encima del asiento del frente. Sonrió satisfecho, como si acabara de abofetear la que había sido hasta entonces su vida, y se recostó hacia un lado. El metro volvió a ulular y cerró violento sus puertas aceradas.

Bajó una estación después de la que le correspondía, y se demoró en algunas vitrinas, mirando la ropa imposible y colorida de los maniquíes pálidos y erguidos. Miraba unos zapatos estupendos e impagables, con la mano libre en el bolsillo, repitiéndose ese precio, doblándose y dudoso, cuando se decidió a romper el vidrio. Su pie rebotó adolorido contra la luna protegida y quejándose, pero feliz, se fue apurado, cojeando y sonriente mientras una alarma comenzaba a chillar.

Como ya imaginaba, al llegar a su edificio encontró la puerta cerrada. Apretó muchas veces el botón del intercomunicador, sin esperar ya ninguna respuesta, ni recibirla. Retrocedió unos pasos y miró desde ahí la columna de ventanas oscuras que se sucedían formando un camino interrumpido hacia el cielo, hasta que encontró la que debía ser la de su oficina. La mañana se había detenido en las ventanas y en las paredes de los comercios, de la iglesia y de la oficina de turismo en un fulgor tranquilo. Se alejó del edificio y escogió al azar una calle ensombrecida que recorrer, donde algunos restaurantes de kebabs y de pizzas se sucedieron calladamente.

Fue a pararse en el medio mismo de la Place de Capitole en un capricho súbito que lo sorprendió. Detenido en el centro del gran cuadrilátero de baldosas frente al palacio municipal contempló los edificios enrojecidos de la ciudad y sus gentes desvanecidas, de las que no quedaba ni un rastro. Y cerró los ojos y hurgó en el silencio alguna señal más que la de su propia respiración. Se escabulló detrás del rumor de los árboles y de los pocos pájaros que revoloteaban, del siseo de algunos aparatos que debían sucederse mecánicos, sin encontrar nada.

Robó éclairs de una panadería y los devoró acostado en la banca de un parque. Unos pájaros, plomos y obesos, se disputaron las migajas que dejaba caer a su lado. Cuando terminó fue a un supermercado y cogió una pizza congelada y una coca cola que metió en su maletín. Tomó el metro, y luego de bajar, volvió a su casa a pie, sin aguardar ningún bus. Se sentía cansado. Se acostó en el canapé, frente al televisor apagado, y se abandonó a una siesta apacible, interrumpida solo para voltearse y volver a dormir.

Al despertar comió la pizza en la cocina y bebió la gaseosa del pico de la botella, para evitar ensuciar la vajilla. Sonriendo y con la mirada divagando por los muebles del salón consideró con tristeza que aquello no podía continuar. El gusto de la pizza se detenía en su boca y el trago profundamente dulce de la gaseosa solo le confirmaban lo que venía de concluir. Aquello que pasaba, ese Toulouse solo para él, ese universo vaciado de otros, no tardaría en acabar. Era cuestión solo de tiempo, probablemente todo volvería a ser igual el día siguiente.

Aquella tarde miró la televisión desatento, pasando por programas de concurso y de entrevistas y por una película con Katharine Hepburn y Spencer Tracy hasta que lo alcanzó la noche. Se levantó entonces y fue a la ventana del salón que daba a la calle. Observó la noche silenciosa y deshumanizada, el alumbrado público guiando a nadie, los edificios altos y aparatosos, los autos detenidos. Veía las ventanas ensombrecidas y sus reflejos en un edificio al frente, cuando una luz pequeña y terrible en una ventana lo estremeció. Una mujer de rostro pálido y facciones imprecisas, de cabello corto, lo miraba asombrada y dudosa mientras recogía la cortina con una mano.

La ciudad
Se refugió en su cuarto, al que llegó tropezando mientras apagaba las luces que se encontraba. Se desvistió y se acostó envolviéndose con la sábana y la colcha, intranquilo, esperando la llegada del desvanecimiento que lo sacara de la pesadilla. El rostro de la mujer aparecía a veces y trató conscientemente de no pensarlo ni definirlo, huyendo de las hipótesis enloquecidas que lo acechaban. Cuando despertó, le pareció que recién venía de cerrar los ojos.

La mañana fría que aparecía retaceada en sus pies descubiertos le recordó el día anterior y supo por anticipado, aunque luego se asomaría a hurgar las calles por las distintas ventanas de su departamento para comprobarlo, que nada había cambiado. Desayunó lo que había sobrado de pizza con un vaso de jugo de manzana de una caja nueva y luego fue, siempre en pantuflas, a examinar desde su pequeño balcón la ventana que el día anterior lo había aterrado. Como si ella hubiese estado siempre ahí, aguardándolo, sus brazos aparecieron para abrir completamente la cortina. Asomó también su rostro pálido, mostrando una seguridad que él no recordaba. Los dos se observaron en silencio, sin aspavientos, y fue ella, tranquila, la que señaló el parking que tenían en medio, donde el sol se repetía sobre las capotas y las ventanas de los autos. Él asintió y le pareció, cuando lo hizo, que antes obedecía que aceptaba, y fue luego a su cuarto a cambiarse.

Cuando llegó al parqueadero, ella ya estaba ahí, esperándolo apoyada en una camioneta. Él se había demorado en vestirse, dudando entre dos camisas y las zapatillas o los zapatos. Cuando al fin bajó no fue porque se hubiera decidido sino porque sabía que se estaba demorando. La mujer, pensó él, aparentaba esa especie de juventud envejecida que conllevan el matrimonio y algunos hijos, tenía la piel clara y pecosa, y el cabello castaño. Lo recibió con una sonrisa corta mientras se hacía sombra en los ojos con una mano, aunque el sol no diera directamente sobre ella. Él dijo Hola, sin pensarlo, y ella le contestó en francés.

Lo miraba como quien intenta desenmarañar una mentira y, aunque él intentó mostrarse tranquilo, ella debió considerar su mirada del mismo modo. En esos minutos en que desconfiaron, temieron e intentaron adivinarse a través del acento peruano con que él hablaba francés y el inevitable dejo del sur, probablemente de aun más al sur que Toulouse, de ella, se dijeron solo lo evidente. Ella explicó con cierto abandono que había buscado a su hija y a su esposo todo el día anterior hasta que se descubrió cansada recorriendo los pasajes boscosos del parque de los Argoulets. La tarde la había sorprendido y se detuvo entonces a observar por encima de la valla del parque el silencio profundo de la autopista de la Rocade y sus señales altas e inútiles en dirección a Bordeaux y a Albi. Sonrió más bien incómoda, como si acabara de decir una obviedad. Él trató de ser aun más breve para resumir su día anterior. Ninguno aventuró ninguna suposición ni trató de indagar si el otro la tenía. Solo se dijeron en pocas palabras sus vidas, incómodos, él pateando unas pocas piedritas en el piso, ella tamborileando las manos abiertas en la capota del auto. Ella venía de Rodez y vivía en Toulouse desde hacía seis años. Tenía treinta y nueve, una hija de cinco, y un esposo, profesor de liceo, que nombró con cierta desolación. Él se sintió en la obligación de inventarse una novia de Marsella, soltó algunos datos borrosos de su vida y sobre cómo dejó Lima a los veintidós años. Había vivido en París, siguió mintiendo, y llegado a Toulouse ocho años atrás. Ella lo escuchó con paciencia, asintiendo. Fue él quien se sintió superado por la circunstancia y con una excusa muy mala (había decidido ese día probar con llamar a varios números de teléfono), le dijo que tenía que irse y que podrían verse mañana o pasado. Bien sûr, dijo ella, achinándose por el sol que ahora sí la había alcanzado, y se despidieron dándose la mano.

El día terminó. Pasó una semana, y luego otra. Algunas tardes se veían desde el balcón de cada uno y se hacían una pequeña señal incómoda, pero cuando se reconocían de lejos en la calle, cuando él volvía de haber saqueado moderadamente alguna tienda, o ella con unos panes endurecidos de una boulangerie, los dos se escondían y aguardaban a que el otro desapareciera. Mientras se rehuían, el mundo seguía ocurriendo: el vacío de sus calles y de sus árboles frondosos que se mecían indiferentes. Una noche que fumaba antes de dormir, él vio un jabalí olisqueando entre los autos estacionados del parking. En la ventana del frente, ella también lo miraba, y cuando los dos se descubrieron se hicieron hola con la mano y se sonrieron, con alguna sinceridad.

A la mañana siguiente, él la esperaba en la puerta de su edificio, con una botella de gaseosa y una pastilla de jabón, lo que había estimado un gesto amistoso. Ella lo saludó con dos besos húmedos en las mejillas y lo abrazó como si lo conociera desde hacía años, como si lo hubiera amado, perdido y reencontrado.

Recorrieron las calles remontando la pendiente de Jolimont y bajando por los allées Jean Jaurès hasta el centro de la ciudad. Ella le explicó que con Ludovic las cosas no iban a durar mucho más y que realmente esperaba no verlo nunca más. Él se animó a decirle la verdad y deshizo la mentira de su novia de Marsella, sin que ella pareciera sorprendida. Cuando llegaron a la Place de Capitole, fueron a tomar cosas de un minimarket. Con los paquetes en las manos y bajo los brazos fueron a comer al palacio municipal.

Esa tarde durmieron en los juegos para niños del Quai de la Daurade, con el murmullo tumultuoso de la Garonne a unos metros. Ella decía que tal vez algún día cogería un auto y se volvería a Rodez, así no hubiera nadie ahí. Él admitió con tristeza que así pudiera hacerlo, no pensaba regresar al Perú. Se subieron luego al metro y se bajaron en Mirail, con la misma curiosidad por ese barrio de terrible reputación y calles ensombrecidas pintadas de grafitis. Allanaron un departamento al que entraron por el balcón, a poco más de un metro de altura, donde estaban tendidas unas alfombras, algunas sandalias y unas túnicas oscuras.

Era el departamento de una mujer mayor. En pocos segundos habían recorrido las dos piezas en que se reunían la sala, el dormitorio, el comedor y la cocina. De una manera esforzada, en ese espacio apretujado, la señora había creado un delicado orden que reservaba un espacio central en la sala a una repisa en que se ordenaban, entre pequeños adornos y figuras de delfines y de niños, varias fotos enmarcadas de ella con sus hijos, que iban envejeciendo tan rápido como su madre, y a veces más. Cuando terminaron de husmear los anaqueles de la cocina, fueron a sentarse en el sillón de la sala y se miraron con una sonrisa cómplice.

Se besaron temerosos y se desvistieron luego, lentamente. Él descubría sorprendido el cuerpo tenso y maduro de ella. Ella hurgaba con tranquilidad la piel más joven y morena de él. Se abrazaron, se rodearon y solo cuando terminaron de recorrerse, emocionados como dos adolescentes, hicieron el amor. Cuando terminaron, recostados uno junto al otro, ella pasó sus dedos finos por el cabello de él y dijo, como si lo hubiera estado pensado todo el tiempo: extraño mucho a mi hija.

Como si recién se atrevieran a hacerlo, esa noche compartieron varias teorías, algunas que ya habían pensado a solas y otras que elucubraban en ese mismo instante. Él dijo la más banal y la más torpe: todo era un sueño. Pero si lo era, alguno de ellos debía estar soñando y el otro era el soñado, explicó ella, en un francés cauteloso, como si al decirlo lo estuviera corrigiendo. Estaba además el problema del tiempo, añadió, ajustando su cuerpo desnudo contra el suyo. Ella no recordaba un sueño que alguna vez se hubiera extendido tanto y que encerrara el recuerdo de una vida, dijo, y buscó en sus ojos oscuros la confirmación de lo que acababa de afirmar. Él asintió, aunque seguía considerando que la hipótesis del sueño permitía las demás posibilidades.

Podía ser algún deseo antojadizo de Dios, dijo él, un poco en broma, medio estremecido. Una condena, una prueba, continuó. Ella solo asintió, como si apenas lo oyera, y luego sugirió uno de esos cataclismos que venían ocurriendo en el cine desde hacía décadas. Algún arma secreta o una epidemia abominable habían liquidado a la especie humana y una suma de coincidencias los había dejado con vida, y probablemente a algunos otros pocos más que, como ellos, debían andar buscando una explicación. Aquello no explicaba por qué la televisión seguía funcionando, dijo él, pasando su mano por las pecas desdibujadas que resaltaban en el hombro de ella, y sintió que su piel se crispaba. La vio erguirse, desnuda, y pararse delante con el rostro desesperado. Montre moi, dijo.

Ella esperaba de pie, vuelta hacia la pantalla oscura y gris del televisor, hasta que él encontró el control remoto. Lo encendió entonces y en cuanto el rostro de un animador apareció sonriente, conversando con una actriz de comedias, la vio retroceder, caer sentada en el sillón, desencajada, esconder en sus manos abiertas la cara y llorar entrecortada.

El tiempo
Luego de aquella noche, ella aventuró una explicación que llamó cuántica y que él no se esforzó por entender pero tampoco se atrevió a discutir. Delante de ellos, en la televisión encendida, discurría un mundo en que el Presidente visitaba la Asamblea de Diputados, un accidente de tránsito terminaba con un transeúnte incauto y una niña desaparecía secuestrada por un sujeto atroz que nadie describía con precisión. Ella señalaba el televisor y, poniendo sus manos una sobre la otra pero distantes por un escasos centímetros vacilantes, explicaba que aquel mundo y en el que ellos se encontraban existían igualmente. De alguna manera, y eso sí no conseguía comprenderlo, ambos habían dejado aquella realidad (la mano de arriba temblaba) y se habían pasado a esta (la mano de abajo se afirmaba inquieta). Él hizo que sí con la cabeza, mirándola igualmente a ella y al televisor donde el noticiero había pasado a los deportes. El PSG había perdido contra el Olympique. Cenaron unos tallarines con salsa. Durante la noche él se despertó varias veces, y aunque no llevaba los lentes puestos creyó verla siempre despierta antes de volver a cerrar los ojos y perderse en otro sueño, que creía el mismo.

Abandonaron ese barrio al día siguiente. Llenaron un carrito de supermercado con lo que tomaron de algunas épiceries y se fueron con sus bolsas a coger el metro hasta Carmes. Allanaron una casa de ladrillos enrojecidos e impecables y se sentaron a comer cansados. Esa tarde no encendieron la televisión y se dedicaron a explorar esa casa de algún toulousain enriquecido. En los estantes del salón, altos y de una madera oscura, se reunían libros en inglés, alemán y francés, y encima lucían máscaras enojadas y bruñidas de madera, de metal, oscuras y de ojos vaciados que ella llamó africanas, como para poder olvidarlas. Cenaron tallarines, esta vez con atún, y solo después, dudosos, prendieron el televisor. El noticiero había terminado y vieron un programa en que algunas parejas bailaban entre las risas y el aplauso de los demás.

Luego de unos meses, como si recién entendieran que podían hacerlo, robaron un auto y dejaron Toulouse. Fueron a Bordeaux, a Limoges, a París, y antes de dejar Francia se detuvieron en Luxemburgo, donde observaron con asombro los paneles escritos en alemán junto a aquellos en francés. Volvieron entonces a Toulouse, la ciudad de la que se habían alejado un atrás, y no fue sino cuando él lo dijo que ella lo entendió. Había pasado un año.

En los meses que siguieron, en los años que se fueron sucediendo, ocuparon casas distintas, vaciaron supermercados diferentes, y vivieron por varios meses en el palacio municipal. Unas pocas veces todavía jugaban, cada vez con menos convicción, a buscar alguna teoría o una forma de explicación. El castigo de un dios, una versión más del universo, la muerte, el fin del mundo, un sueño de alguno de ellos, el sueño de alguien más. Ya no miraban la televisión con la misma urgencia y solo la encendían algunas noches para mirar series norteamericanas y programas de reportajes que un año y otro repetían las mismas historias con apenas variaciones. En Toulouse, del mismo modo indiferente, ocurrieron los mismos veranos apabullantes y los inviernos atroces y soleados, de los que se protegieron mudándose de casas o refugiándose en salas de cine.

Se vieron subir las escaleras o llevar las bolsas con las latas de conservas y de tallarines cada vez con mayor esfuerzo, moverse más lentamente, mientras en sus rostros se iba afirmando una expresión fatigada. A pesar de ello y en un común acuerdo implícito, ninguno dijo nada. Dejaron de recorrer la ciudad y terminaron por asentarse en un departamento de Carmes. Primero a escondidas, ella comenzó a ir algunas mañanas a la iglesia de Saint Sernin, hasta que un día ya no le importó que él la viera.

Una tarde que habían discutido sin afán porque él no había guardado la mermelada en la refrigeradora, se fueron juntos y en silencio al supermercado. Arrastrando un carrito de compras, sin dirigirse la palabra y evitando mirarse, llegaron hasta la entrada del centro comercial de Balma y cruzaron la puerta, que se abrió soltando un quejido. Todavía molestos, se sentaron en los asientos opuestos del corredor central, a unos metros de distancia y, por fin, se observaron enojados.

Ocupaba cada uno una silla distante, considerándose con amargura, cuando el chirrido de las ruedas de un carrito apareció por un extremo del pasillo. Al repiqueteo de los zapatos de una señora demasiado arreglada seguía el silbido de las zapatillas de su hijo, pequeño y rubio, que caminaba al lado con una mano apoyada con desdén en un caddie. Los dos volteaban todavía inseguros cuando se dio la estampida. Jóvenes, niños, familias que venían de un lado y otro discutiendo yogures, sabores de helado y cebollas y zanahorias. Los hombres flacos, encorvados, gordos, robustos y erguidos, de rostros brillantes, lampiños, de barba y brazos huesudos; las mujeres, jóvenes, tímidas, atrevidas; las señoras con hijos y vestidos de colores, camisetas, peinados cortos y cabellos largos. Entre esa fauna vacilante los dos volvieron a mirarse, inquietos y asustados. Se incorporaron envejecidos y comprendieron que tendrían que ir a buscar su vida donde esta los hubiera dejado.
No se dijeron adiós. El tiempo se había terminado.



Miguel Ángel Torres Vitolas (Cusco, 1977) es lingüista, semiólogo, y autor de los libros de cuentos Animales baldíos y del reciente Piel inédita (ebook)