Antologia-JuanLOrtiz
Reseñas

Nostalgia de la luz

Antología ■ Juan L. Ortiz (Entre Ríos, 1896 – 1978) ■ Losada (2012) ■ 264 páginas ■ 39 soles


Poesía. Delgado casi hasta la transparencia, largo como ramas ondulantes, aparentemente frágil pero inquebrantable. Esas descripciones pueden ajustarse tanto a la persona de Juan L. Ortiz como a su poesía. En sus versos parecían volcarse cada uno de los rasgos físicos que lo hacían tan especial a simple vista. O al revés: su cuerpo flaco, alto y fino daba la impresión de ir materializándose según su proceso creativo.

El poeta de Entre Ríos mantiene hasta hoy una categoría de autor de culto no ganada con artificios, sino por un auténtico estilo de vida: pasó casi todos sus 82 años sin salir de aquella llanura y, además, apenas publicó. La mayoría de sus libros nacieron a manera de preventa, a través de talonarios que sus amigos le compraban y que, a la vez, vendían a otros conocidos. Con lo recaudado, podía imprimir escasos ejemplares de reducida circulación.

Recién en 1996, la poesía de «Juanele» –como lo llamaban sus allegados– fue reunida en su totalidad en una edición de la Universidad Nacional del Litoral. Más de mil páginas que incluían también inéditos póstumos. De esa monumental obra nace esta antología de Losada, que ofrece una mirada precisa del conjunto. En ella vemos, por ejemplo, que su evolución, como ocurre con pocos poetas, es ascendente. Sus versos fueron perfeccionándose con el tiempo, prácticamente hasta cumplir el que diríamos fue su gran cometido: ser uno con el mundo.

Y es que lo más esencial en la poética de Ortiz, lo que salta a la vista con mayor claridad, es su particular relación con el paisaje, una fascinación que lo lleva a querer transformarse en elementos de la naturaleza: «He sido, tal vez, una rama de árbol,/ una sombra de pájaro,/ el reflejo de un río…». Esa impresión se hace patente desde los títulos de sus libros: El alba sube (1933), El álamo y el viento (1947), La brisa profunda (1954) o La orilla que se abisma (1970), que poseen una sensibilidad parecida a la de los haikus, aunque cambiando su brevedad por versos cada vez más extensos.

Otro tema recurrente, que también se desprende de su delicada asociación con la naturaleza, yace en los poemas sobre animales, más de uno dedicado a sus mascotas. Uno en especial, en memoria de Prestes, su galgo muerto, ofrece una poderosa síntesis de su vida provinciana, de su soledad aliviada por la compañía del can: «Silencioso amigo mío, viejo amigo mío, cómo nos entendíamos…/ Esta tarde hubiéramos salido a mirar los oros transparentes, casi íntimos…/ ¿Qué veías allá, sobre las islas, cuando enhestabas las orejas? (…) Silencioso amigo mío, viejo amigo mío, compañero de mi labor».

Pero la obra de Ortiz, en apariencia sencilla y meramente paisajista, escondía fuerzas intensas, como su compromiso con el comunismo, ideología a la que se adhirió con convicción; y también características formales muy audaces, que el también poeta Daniel Freidemberg resalta bien en el prólogo de esta compilación: su uso de diminutivos y terminaciones femeninas; la predilección por la vocal «i»; o la especial disposición de los versos en la página, que en sus últimos libros se sueltan del rígido margen izquierdo y flotan con suavidad en las páginas.

Freidemberg describe la poesía de Ortiz como una materia que «termina deshaciéndose en el momento mismo en que se la quiere tocar». Y el propio Ortiz prefería sus versos en estado de latencia, sin concretarse. «Pero cuidado, mis amigos, con envolveros en la seda de la poesía/ igual que en un capullo…/ No olvidéis que la poesía,/ si la pura sensitiva o la ineludible sensitiva,/ es asimismo, o acaso sobre todo, la intemperie sin fin». Porque, en efecto, leerlo implica asomarse a abismos infinitos. Por Juan Carlos Fangacio.


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