la-nina

La mujer y la niña

Por Rodrigo Hasbún


1.
Tocaron el timbre de la casa (antes de que la derruyeran, etc.) una tarde a finales de marzo de 1990. Yo voy, me ofrecí como siempre, porque a mis nueve años me aburría como una ostra, sobre todo por las tardes, a la vuelta del colegio, pero también porque mi estrategia para ir ganándome la estima ajena consistía justamente en hacer aquello que los demás despreciaban. Los que tocaban casi siempre eran gente que pedía comida o ropa, gente que no tenía dónde caerse muerta, y ya me sabía de memoria la respuesta que mamá me daría, así que la decía sin necesidad de ir a preguntar. Te vamos a juntar chompas para la próxima semana, decía casi creyéndolo yo mismo, o no está nadie ahorita, o ya lo hemos regalado todo. Pero ellas, aunque se veían miserables, no venían a mendigar. Quiero hablar con la señora, dijo la mujer. ¿De parte de quién?, pregunté. De Rosario, dígale, respondió ella. Su forma de mirar, y cómo agarró a la niña apenas mencionó su nombre, como con orgullo o rabia, todo resultaba un poco extraño. De pronto parecía que algo estaba fuera de lugar, ellas dos o yo o la casa misma o la ciudad entera incluso. No podía ser nada bueno que estuvieran ahí, que la niña no dejara de mirarme, que las palabras tardaran tanto en llegar. No está, dije, pero le voy a decir que has venido. Trabajaba en la casa de la señora Julia, que en paz descanse, se apuró a decir ella. Se refería a mi abuela, que llevaba varios años muerta. ¿A qué hora la encuentro a su mamá, joven? Al final de la tarde, dije incómodo por tanta insistencia y me di la vuelta y volví adentro. ¿Quién era?, me preguntó mamá. Pedigüeños, dije.

2.
El Mundial de Italia 90 se acercaba a pasos galopantes y yo estaba completando el álbum de figuritas. Baggio era de los más difíciles de conseguir, pero tenía a Baggio. Rijkaard era de los más difíciles de conseguir pero tenía a Rijkaard. Solo me faltaban diecinueve figuritas, entre ellas las de Maradona y Caniggia, aunque la verdad es que el equipo de los argentinos me valía un bledo. Nada de eso importaba realmente. Importaban la mujer y la niña, su orgullo de gente pobre pero digna. Volvieron a las seis de la tarde del día siguiente. Esto se está poniendo peor y peor, se quejó mamá. Voy, dije, y me levanté del sofá donde veíamos tele (donde esperaba a que sonara el timbre, etc.), para salir de la casa, atravesar el jardín y llegar a la puerta de calle. Buenas tardes, joven, me saludó la mujer. Por algún motivo yo me había tomado en serio la misión, que no entendía y que era contradictoria pero que me correspondía a mí y solo a mí. No está, fue lo primero que dije. Ella se quedó muda, visiblemente decepcionada. ¿Para qué sería?, pregunté. ¿Y su papá tampoco está? Mi papá trabaja, dije desafiante. ¿Sigue en la tienda?, preguntó la mujer. Miré a la niña un poco más atentamente, era linda. Y a ti qué te importa, podía responder. O que la tienda había dejado de existir, aunque claro que seguía existiendo. Segundos después, cuando estaba por decir finalmente que no volvieran más, sentí la mano de mamá en mi cabeza. Rosario, la escuché saludar detrás de mí, y sentí tanta vergüenza que solo atiné a volver corriendo a la casa. Cuando llegué a mi cuarto, sin embargo, lo primero que hice fue mirar por la ventana. Ellas hablaban con la reja de por medio, hablaban y seguían hablando, parecía que nunca iban a dejar de hablar.

3.
Mamá no dijo nada a la hora del té, ni siquiera cuando se lo pregunté directamente. ¿Rosario?, se interesó papá. Sí, vino por la tarde. ¿A qué se dedica ahora? Es costurera, parece, dijo mamá. El tema terminó diluyéndose casi de inmediato en algún otro, algo relacionado a los problemas de mi hermano en el colegio. En cierto momento papá me preguntó cómo me había ido a mí. Le conté del ejercicio de matemáticas que nadie más entendía y que yo había resuelto en segundos. Hasta me felicitó la profe, dije, y vi sonreír a papá y me sentí justificado pero también impaciente por el desvío del tema. Más tarde, cuando se metieron en su cuarto, me paré al lado de la puerta para oír la conversación que no habían tenido en el comedor. La niña es idéntica al Cachito, escuché decir a mamá, tiene los mismos ojos, la misma nariz. Papá dijo algo que no logré distinguir. Mamá respondió que claro, que qué más.

4.
El Cachito era mi tío Cachito, eso entendí. Y lo que hasta entonces sabía sobre él, a grandes rasgos, era que había sido desde siempre el más serio de los hermanos de mamá, el primero en generaciones en ir a la universidad, y que estaba a punto de recibirse como médico cuando un sábado cualquiera, de ida en moto al hospital de provincia donde hacía su residencia, atropelló a un hombre de la zona. Pudo huir como hacen todos, pero se bajó para socorrerlo y llevarlo al hospital de ser necesario. Viendo que no reaccionaba (lo haría poco después, demasiado tarde, etc.), tres amigos del hombre le dieron una golpiza furibunda a tío Cachito. Solo varios días después alguien encontró su cuerpo en una acequia. La historia siempre había estado presente en casa y oí varias veces que la abuela nunca logró recuperarse del incidente. A mí me constaba que a veces le hablaba en voz alta a su hijo muerto y también que era huraña, no sé si a raíz de la pérdida o de qué. Me constaba también que fumaba como una chimenea y que por eso su vida terminó como terminó. Lo que ahora sabía sobre tío Cachito, además de todo lo anterior, era que la niña que había aparecido en casa se le parecía. Es decir, que tío Cachito había tenido que embarazar a la empleada antes de morirse y que, por lo tanto, esa niña y yo éramos primos hermanos, lo que a su vez convertía a la mujer en mi tía.

5.
Volvieron la tarde siguiente y esta vez mamá las hizo pasar. Vayan a jugar atrás, me ordenó a mí. La niña no dejaba de mirarme. ¿Qué quieres hacer?, le pregunté cuando ya estábamos afuera. Nada, dijo, no quiero hacer nada, y se sentó en el pasto y yo me senté al lado. Juguemos algo, propuse al rato, porque no tenía sentido quedarnos tanto tiempo quietos, pesca-pesca si quieres, dije, y me puse de pie y le toqué el brazo, pero todo fue en vano. ¿Quién crees que gane el Mundial?, le pregunté unos minutos después y ya ni respondió. Se estaba hurgando la nariz con un dedo. Aproveché para mirarla mejor y para intentar descubrir si nos parecíamos. Mi papá era un desgraciado, soltó ella de pronto. Apenas empezábamos a ser familia y ya decía cosas así. Tú qué sabes, dije. Sé, dijo, era un abusador y un borracho. Yo ni siquiera sabía a qué se refería con lo de abusador, pero no podía dejarme vencer sin ofrecer ninguna resistencia. No seas puerca, contraataqué, para algo se ha inventado el papel higiénico. Después de eso volvimos a quedarnos callados. Ella se echó en el pasto, yo me puse a trepar árboles, quería mostrarle lo poco que me importaba. A que tú no puedes, le grité desde la cima del guayabero. Se acercó y me miró sin decir nada. Eso nomás sabía hacer, mirar y decir cosas hirientes, y ser linda. Bájate de ahí, me gritó mamá en ese momento. Estaba parada en la puerta que daba a la cocina, al lado de la mujer. Vamos, Vanesa, le dijo ella.

6.
Al día siguiente me hice el tonto y le pregunté a mamá quiénes eran. Rosario trabajaba en la casa hace años, ahora su hija está enferma y necesita ayuda. ¿Vanesa?, pregunté. Sí, dijo mamá, y me pidió que me sacara el uniforme del colegio, teníamos que ir al Centro. No quiero ir, dije sabiendo que de todas maneras me obligaría. Sorprendentemente, aceptó que me quedara. Era mi primera tarde solo en casa y fui directo a buscar cosas secretas en el velador de mi hermano. Leí sus tarjetas y cartas, la mayoría de Anna, y olí sus cigarrillos y miré de qué eran sus casetes. A la noche insistí en el tema con mamá, sin mencionar que sabía que Vanesa era hija de tío Cachito. Después de mucho me confesó que la niña tenía una enfermedad de la sangre, leucemia, y que por eso buscaban ayuda, pero que existían pocas posibilidades de que sobreviviera. Se estaba muriendo, entonces, aunque por fuera no se le notara. ¿O era todo una mentira para conseguir plata? No se lo pregunté a mamá, me lo pregunté a mí mismo. Ya la hemos ayudado esta tarde, añadió ella entonces. Pero tampoco supe si creerle.

7.
Después de ese día, como antes de que tocaran el timbre, nadie volvió a mencionar a la empleada de la que tío Cachito abusaba o no, a la que amaba o no, a la que hubiera abandonado o no de haber seguido vivo (Fuera de aquí, india de mierda, imaginé muchas veces a la abuela diciéndole apenas le notificó que estaba embarazada de él, te vas ahora mismo, por mentirosa y por puta). ¿Ya sabía que iba a ser padre, mientras le destrozaban la cabeza? ¿Pensaba en el futuro de su hija mientras se ahogaba en la acequia en la que lo habían arrojado? Tampoco nadie volvió a mencionar a Vanesa, mi prima enferma y extraviada, mi prima fantasmita, aunque me pasé años prestando atención en la calle, pensando en ella, en la mujer que sería si seguía viva.

8.
Que yo sepa, nunca la volví a ver.



Rodrigo Hasbún (Cochabamba, 1981) es autor, entre otros, de los cuentos Cinco y Los días más felices, y de la novela El lugar del cuerpo. En 2010 la revista británica Granta lo eligió como uno de los 22 mejores escritores jóvenes de lengua española.