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Reseñas

El hombre que mide las nubes

Bruno Podestá (Lima, 1946) Lápix (2012) 192 páginas ■ 45 soles


Micelánea.Estamos malacostumbrados a valorar nuestra literatura en función de su temática y de las identidades que escarba y busca revelar en el marco de la sociedad, más que según sus méritos literarios (los que, a mi entender, son eminentemente formales). En este libro se plantea la construcción de un tipo de peruano específico, un individuo arraigado en nuestras urbes pero muy poco atendido en nuestro arte literario: el inmigrante italiano y su descendencia en el Perú, particularmente sus costumbres y excentricidades, y sobre todo la melancolía que los parece definir. El autor tiene (sus ancestros son italianos) un profundo conocimiento de este tipo de peruano y por ello el relato resulta espontáneo y natural, en mi opinión, dos virtudes difíciles de encontrar en la narrativa peruana reciente.

Si bien esto resulta interesante para una lectura sociológica o antropológica, digamos, del arte literario, hoy nos convoca una lectura estrictamente literaria, aquella que pondera la poética del autor, sus recursos formales y técnicas, así como el desarrollo de formas diversas de aproximación estética, retórica y estructural, en relación con lo narrado. En ese sentido, hallé poco afán por apartarse de los viejos recursos técnicos. Otra debilidad del libro es su carácter múltiple: la reunión de una nouvelle con cuentos puede parecer pertinente; no obstante, añadir una sección de poesía resulta accesorio, ya que le hace perder consistencia y, de algún modo, lo trivializa.

A pesar de estos defectos, el libro también tiene algunas virtudes como su sobrio detallismo, el humor contenido y las buenas observaciones. Sin embargo, fuera del relato que da nombre al libro, quizá el mejor de todo el volumen, y algunos otros cuentos interesantes («Paisano en Madrid», «Elogio de la melancolía», por ejemplo), el grueso de los relatos terminan pasando casi inadvertidos y acaban pareciendo simples recuentos nostálgicos. Quizá por esto su lectura, aunque parezca contradecirse con lo expresado líneas más arriba, resulte entretenida: las historias son simples y sin mayores pretensiones, lo que las hace sumamente fáciles de digerir. Por Paul Forsyth.


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