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Reseñas

De las cosas que habitan sin ser vistas

Beatriz Torres (Lima, 1982) ■ Paracaídas (2013) 40 páginas ■ 20 soles


Poesía. El segundo poemario de Beatriz Torres propone algunas sutiles ambivalencias que desestabilizan nuestra lectura desde el título. Anuncia tratar sobre «cosas», entidades poseídas de una cierta materialidad o cierta concreción, pero no de cosas que «existen» sino que «habitan». Cosas que ocupan un espacio determinado (¿cuál?) como uno ocupa una casa. Y lo hacen «sin ser vistas» (¿por quién?): su condición de invisibilidad no es volitiva –no son ellas las que se ocultan– ni ontológica –no son invisibles por naturaleza–. De hecho, no tienen agencia sobre ella, como no la tenemos nosotros, como no la tiene la autora: en voz pasiva, «no ser vistas» es una circunstancia externa e impersonal, neutra y desapasionada.

De las cosas… nos confronta así con la dualidad del cuerpo material y las emociones que lo pueblan, articuladas como objetos presentes en el espacio externo a la voz del hablante antes que como formas de su subjetividad. En efecto, la poética de Torres en este breve volumen es la exploración de ese lugar intersticial y quizá inabarcable entre el sujeto que la enuncia y los objetos que motivan o alimentan su enunciación.

Apegada a lo concreto, al cuerpo, la poesía de Torres tamiza sin embargo las abstracciones de su lenguaje (sin negarlas) en lo específico de la experiencia material. La suya es una soledad que camina por la piel; los silencios que la aquejan se expresan de manera física antes que metafísica, y en el proceso desestabilizan no solo la mirada que nos pide, sino también la propia mirada que la autora ejerce, atravesándola de desconcierto y ambigüedad.

En la persistencia de sus distanciamientos, la continua afirmación y negativa de las experiencias que explora, la fractura y la desestabilización los territorios que nombra, las tensiones que lo definen y lo alimentan, las frialdades de su forma y los ardores de su voz, este libro de poemas de Beatriz Torres alcanza el que, creo, es su logro más alto. Hace de ese lugar tan específicamente íntimo, tan privado en sus concreciones y tan personal en su materialidad, un objeto expresivo cuyo valor fundamental es la tenacidad de su propia existencia, que espera de nosotros sobre todo un momento de contemplación.
Por Jorge Frisancho.


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