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Reseñas

Herrera el nuevo, el mismo

La transmigración de los cuerposYuri Herrera (Actopan, 1970) ■ Periférica (2013) ■ 134 páginas ■ 52 soles


Novela. En medio de una epidemia que viene convirtiendo la ciudad –cualquier ciudad, acaso en cualquier parte de México– en un pueblo fantasma, el Alfaqueque ve interrumpidos sus lances con La Tres Veces Rubia cuando recibe un llamado del Delfín, pope de la familia Fonseca. Sucede que su hijo Romeo ha sido aparentemente secuestrado por el clan rival, los Castro. Y el Alfaqueque es un arreglador, un tipo que se gana la vida desfaciendo entuertos con el poder de su labia. Nadie busca más sangre, los Fonseca solo quieren al suyo de vuelta. Pero la cosa no es tan sencilla porque los Fonseca, a su vez, tienen en su casa a la Muñe Castro. Ahora, el verdadero problema, lo que las partes y el Alfaqueque ignoran, es que los hijos de ambas familias están muertos. Bajo la constante inminencia de la violencia, al héroe de esta novela negra diurna, calurosa y sin crimen le toca entonces, acompañado de sus fieles Vicky y el Ñándertal, realizar un intercambio limpio de cuerpos.

Con solo tres novelas breves publicadas (cuatro, si incluimos una para niños), el mexicano Herrera se ha convertido en uno de los referentes más visibles dentro del panorama de la nueva narrativa escrita en español, tanto en Latinoamérica como en los Estados Unidos y España. Y eso es bueno.

Es bueno que exista Yuri Herrera.
Desde la muy premiada Trabajos del reino (de 2003, reeditada y popularizada en 2008),pasando por Señales que precederán el fin del mundo (2009) y hasta el libro que me traigo entre manos, la obra de Herrera resulta, a mi juicio, ejemplar. Porque más allá de la ambientación en algo que se parece al presente de sus recurrencias –las formas de la violencia, el honor, la desesperación, el amor, el destino, la cultura popular–; y de sostener siempre tensa la cuerda entre tradición y posmodernidad en sus historias, Herrera ha escogido, de alguna manera, convertirse en un escritor «premoderno», digamos «a la antigua», en el mejor de los sentidos, y escribe un solo libro. Salta, pero no se aleja. Ha escogido, hasta hoy, serle fiel a un estilo personalísimo, lírico y potente. Siempre expresivo, (re)cargado de significado, esculpido línea a línea. Por todo ello, aunque no haya previsto sus tres primeras novelas como una trilogía –dice Herrera–, ha logrado ya una breve y compacta «obra». (Es decir, habría que ahorrarnos desde ya eso de definirla luego como una tetralogía, y una pentalogía…). A sus logros debemos agregar su aliento épico y mítico: hay algo de profeta enloquecido y de cuentacuentos de cantina en la voz narrativa de sus historias. Algo que desconcierta, divierte y siempre seduce sin decaer (quizá sus novelas siempre deban ser breves). Otra gracia es su habilidad para crear situaciones desesperadas y extremas donde sembrar personajes inolvidables (de nombres extraños o desopilantes). Como el Alfaqueque: «Con el tiempo descubrió que lo suyo era navegar con bandera de pendejo y luego sacar labia. Verbo y verga, verbo y verga, qué no. En una ocasión una muchacha le había confesado algo que Vicky, su amiga la enfermera, le había dicho como advertencia antes de presentarlos: ‘Míralo, y si no te gusta no hables con él porque te van a dar ganas de cogértelo’». Todo lo dicho significa que cualquiera de sus novelas es una puerta de acceso fiable al mundo de Yuri Herrera. Esta, por ejemplo. Por Dante Trujillo


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