Aportes

Hotel

Por Edgar Aguilar


 

Para Cècile

La francesa llegó alrededor de las siete. Un hombre pequeño, de cejas pobladas y cabeza descomunal le atendió. El recibidor era apenas una barra decorada con anticuados azulejos verde-amarillo. Un viejo televisor encima de ésta emitía voces roncas y apagadas y destellos casi imperceptibles, que pegaban de perfil sobre la cara mofletuda del hombre pequeño, creándole un efecto sombrío y tétrico en el resto del rostro.

-«Habitación catorce», dijo el hombre pequeño, «subiendo las escaleras, siguiendo el barandal a la izquierda».

Tomó la llave que colgaba de un trozo labrado de madera, desgastado ya por los años, en el que se leía en rústica letra de mano «14», y en donde el número 4 aparecía ligeramente más abajo e inclinado que el número 1. Caminó con su mochila a la espalda en dirección a las escaleras; miró con aire nostálgico el patio con sus baldosas verde-amarillo, además de una fuente de piedra en el centro del mismo, por la cual no emanaba una sola gota de agua. Subió las escaleras y sus pisadas sonaron calladas, huecas y lejanas por todo el edificio; tomó el pasillo del barandal y, a su izquierda, enmarcado en un mosaico verde-amarillo, arriba de la puerta, artísticamente pintado, observó el número que correspondería a su habitación de esa extraña noche.

Cerró la puerta tras de sí. Había aún suficiente claridad proveniente del exterior como para distinguir los muebles que se encontraban en la reducida pieza. No quiso encender la luz. Colocó su mochila al pie de una mesita, por debajo de un pequeño espejo incrustado al ras de una de las paredes laterales, en la que resaltaba un cuadro de sumo complejo: un paisaje cósmico se extendía a lo largo de líneas oblicuas que se proyectaban y se encontraban por ambos extremos del cuadro y desembocaban en una serie de cráteres rojos de indistintos tamaños. Al fondo y por encima de éstos flotaba un castillo de arena; siete lunas redondas y anaranjadas parecían girar alrededor del castillo. La cama era lo suficientemente grande como para una persona, y por un momento dudó de no haber pedido correctamente una habitación sencilla, o que el hombre pequeño se hubiese confundido y le hubiera proporcionado una habitación con cama matrimonial. Pero sólo pasaría una noche, y esto en realidad no importaba.

Quiso tenderse en la cama, recuperarse del viaje. Y lo hubiera hecho de no ser por un ligero dolor en el vientre, que le hizo posponer el descanso y buscar el baño. Sumido en la penumbra que repentinamente empezaba a invadir la habitación, un delgado muro de azulejos verde-amarillo sobresalía de uno de los costados, cerca de la cama. El muro se cortaba en dos secciones hacia un extremo de las paredes laterales, al ángulo opuesto del cuadro. La primera sección se topaba prácticamente con la puerta de la habitación; la segunda sección terminaba al fondo de ésta y se introducía a la derecha, dejando un ligero reducto entre la cama y el propio muro, lo que formaba un rectángulo. ¿Encendería la luz para encontrar el baño? Habría sido ridículo. Se aventuró unos pasos, y con su mano delgada palpó el muro; sintió el frío del azulejo; posó su otra mano sobre el muro y se deslizó lentamente a través de él; con su rodilla alcanzó una puerta; después una de sus manos bajó y manipuló sin dificultad el seguro; abrió y se introdujo al baño.

Le sorprendió el tamaño del baño. Le pareció más amplio de lo que habría pensado, pues nunca pensó en ello. Acodada sobre sus largas piernas, miraba sentada en la taza del baño el muro de enfrente, aunque debió admitir que el muro quedaba a una distancia considerable, tomando en cuenta lo estrecho del conjunto de la habitación. No obstante, lo que le sorprendió más fue, pero quizá se equivocaba, pues con toda seguridad esto era originado por la atmósfera cada vez más sombría, ver su cama en el mismo espacio que ocupaba el baño, arrinconada justo a un lado del muro. Por su parte, la cama ya no le pareció matrimonial como en un principio, sino una modesta cama individual. Miró instintivamente hacia arriba y reparó en cómo el muro interior, que ahora era un muro exterior, no llegaba hasta lo más alto del techo, sino que terminaba a una distancia relativamente corta del techo del resto de la habitación.

Se levantó. Fue al lavabo e identificó con cierta dificultad, al tomar uno de los jabones y desprenderle el papel que le servía de envoltura y propaganda, el nombre del sitio en que se hospedaba: Hotel Limón. Lavó sus manos, y el sonido vibrante del agua le trajo a la mente la fuentecilla que acababa de ver y dejar abajo. Se mojó el rostro, y en el espejo se esforzó por reconocer la imagen de una mujer joven, la mirada un tanto cansada, los ojos serenos y levemente chispeantes, las líneas de la cara como surgidas en trazos rápidos y precisos, como aquellos rostros impresionistas de los pintores franceses que tanto admiraba y que tan bien conocía; tal vez el cabello corto y las cejas pronunciadas demasiado negros para ser francesa. Sin proponérselo sonrió y, curiosamente, le gustó su sonrisa.

Salió del baño. Su habitación respiraba un aire apacible y soñoliento. Se tendió perezosamente en la cama. Deseaba descansar, quizás dormir un rato antes de salir a la calle y cenar algo. Le vino a la mente la calle empedrada y angosta que subía o bajaba, no lo sabía bien, afuera del hotel. Recordó la catedral con la enorme imagen de un santo gordo con un gorro episcopal en una de las torres, la plaza, la gente, el bullicio de la ciudad… Se quitó la chamarra, que arrojó al piso, luego los jeans y el brasier que empezaba a oprimirle el busto; quedó en calzones y en una blusa fina y delgada, que hacía traslucir sus senos firmes y juveniles. Recorrió con el cuerpo el largo de la cama, moviendo piernas, brazos y cabeza en delicado éxtasis; echó a un lado la cobija y probó la textura de las sábanas con una rara sensación de placer. No le extrañó constatar que la cama parecía más grande de lo normal.

La habitación se fundió con la noche. Los últimos vestigios de la luz de la tarde habían muerto. Ahora ya no lograba distinguir el muro interior de la habitación. Pero de pronto tuvo la sensación de encontrarse nuevamente en el baño, o, mejor dicho, de no haber salido de él. Miró el techo y no consiguió ver nada. Abrió los ojos lo más que pudo y sólo alcanzó a percibir, como entre una bruma opaca y espesa, una cosa parda, que supuso debía ser la mesita de cuarto; a su lado otro objeto pardo flanqueaba la pared. Entonces, de frente y un tanto más arriba, ligeramente a su derecha, vislumbró el espejo. Y se sobrecogió al descubrir que en el espejo se dibujaba el cuadro que pendía de una de las paredes laterales. En la oscuridad, el paisaje cósmico brillaba tenuemente en el reflejo del espejo. Veía las líneas oblicuas que se proyectaban a una distancia casi infinita para luego desembocar al fondo, muy al fondo, en los cráteres rojos; veía el castillo de arena flotar por encima de éstos; veía las siete lunas redondas y anaranjadas girar alrededor del castillo… Pero todo lo veía a través del espejo, como si estuviese penetrando en él en un sueño profundo… Y el televisor se encendió…
Ahogó un grito. De un viejo televisor empotrado en una de las esquinas superiores de la habitación, más allá del espejo, con el volumen insoportablemente alto, se desprendían eufóricas voces. Las imágenes eran difusas, quizás un programa cómico transmitido por cable donde un hombre y una mujer se contaban chistes y reían absurda y estúpidamente. Pero en cuestión de segundos el televisor se apagó, dejando una estela luminosa en la pantalla que poco a poco devolvió a la habitación en la total oscuridad y silencio. Probablemente un falso contacto. Y fue en ese instante efímero de pavor contenido y luminosidad forzada que la francesa advirtió que, en efecto, y muy a su pesar, el baño se encontraba dentro de su habitación o, más exactamente, su habitación embutida en el baño.

Cerró los ojos, como deseando no ver ni saber nada, a pesar de la oscuridad. Escuchó a lo lejos el abrir y cerrar de una reja. Oyó voces que se apagaban. Creyó reconocer pasos que se cortaban y se perdían y se disolvían por todo el antiguo edificio, lo que ocasionó que su mente y su cuerpo se relajaran y su respiración se hiciera cada vez más regular, acompasada y tranquila… En sueños, vio la fuente del hotel en el patio central, una fuente alegre y viva por la cual se desprendía un gran chorro de agua que salpicaba más allá de su base de piedra, y esa humedad se extendía por el estrecho patio y tocaba el recibidor, donde el hombre pequeño de cejas pobladas y cabeza descomunal miraba sin ver, como abstraído en un mundo ajeno y sin sentido, el viejo televisor encima de la barra; la humedad serpenteaba y reptaba por las escaleras, seguía el curso del barandal y tomaba a la izquierda, hasta llegar a la habitación marcada en un cuadro de mosaico verde-amarillo con el número «14»; entonces se introducía por debajo de la puerta, subía a la cama matrimonial y lamía, como una lengua humana, su húmedo sexo…

Sus pezones se hincharon y levantaron al tacto húmedo y suave ―aunque palpitante― que familiarmente la acariciaba en la oscuridad. Gradualmente sintió que su cuerpo se encendía y gravitaba, como si flotase bajo cráteres al rojo vivo con las lunas redondas y anaranjadas derritiéndose y girando alrededor suyo. Sabía que dormía, pero el sueño estaba siendo soñado en el territorio de lo real, dejándose llevar a un mar calamitoso. Y esa sensación de naufragio le excitó más. Se encontraba ahora atrapada en el castillo de arena. Rodó por la cama matrimonial y sintió la lengua que le lamía el vientre y subía hasta palpar y morder los pezones ardientes por debajo de la húmeda blusa y le amordazaba la boca para no dejar entrever los gritos y gemidos que empezaban a colmar la reducida habitación del castillo de arena, que a punto estaba de desgranarse. El vértigo se produjo una vez que se supo penetrada, y después todo se vino abajo…

Despertó. Una cálida luz entraba por el quicio de la puerta. Escuchó su respiración agitada. Su cuerpo sudaba. Vio el cuadro que colgaba de una de las paredes laterales. Se levantó y buscó su ropa. Se vistió apresuradamente y se dirigió a la mesita de cuarto. Tomó la llave y su mochila. Se miró en el espejo pero en esta ocasión no hubo sonrisa alguna, aunque sí una mirada de extraña complicidad. No tuvo valor para voltear y mirar la cama desecha, que en el reflejo del espejo parecía una cama individual. Tampoco quiso dirigir la mirada hacia el muro interior que servía de división con el baño, porque sabía que si lo miraba le provocaría un ligero dolor en el vientre. Abrió la puerta y salió de la habitación. Debía ser pasada la mañana porque la claridad le cegó los ojos.

Caminó por el pasillo del barandal y bajó las escaleras. Vio la fuente sin vida en medio del patio y le invadió una honda tristeza. En el recibidor no se hallaba nadie, y el viejo televisor estaba apagado. Había una completa calma en todo el edificio que le pareció casi irreal. Dejó la llave de la habitación sobre la barra de anticuados azulejos verde-amarillo. Dio unos pasos y abrió una reja. Recorrió un pequeño y oscuro pasillo; en una de las paredes observó una gran pintura de la cual no se había percatado la tarde anterior a su llegada: era el hotel en tiempos mejores, con su fuente en medio del patio emanando un gran y alegre chorro de agua. Se acercó y pudo ver su habitación en la segunda planta, con el numerito artísticamente pintado en un mosaico verde-amarillo. El cuadro no tenía fecha ni quien lo firmase. Salió del hotel hasta encontrarse con la calle empedrada. Escuchó las campanas de la catedral, quizá llamando a misa de mediodía. Y fue hasta ese momento que sintió que algo había cambiado en ella, pero no entendía qué.