Aportes

Francisco Osorio Bendezú

Por Hanguk Yun.


En el cruce de Huandoy con Pando, al lado de la parroquia principal del distrito, quedaba el puesto de periódicos de Osorio, un migrante ayacuchano al que conocí dos meses después de haberme mudado. Su pequeño e improvisado comercio se podía ver a muchas cuadras de distancia: era de color amarillo y destacaba entre los árboles y las fachadas de las casas, de techos bajos, con tejados y pintadas en tonos opacos, las típicas casas de un distrito tradicional, clasemediero.

Todos los días del año que había escuela pasaba por ese cruce, y cada vez que tenía tiempo me detenía a conversar con los vecinos que se aglomeraban alrededor de la pequeña caseta de cartón. Me divertía leyendo las portadas de los diarios más pequeños, unas publicaciones coloridas con títulos graciosos, que casi parecían estar hechas mal adrede. Cuando tenía dinero, acostumbraba comprar El Malhablado, una de los diarios de portada más vistosa. El señor Osorio me decía que no debía regalarle la plata de ese modo, pero la verdad a mí no me parecía que le estuviese regalando nada. Esos diarios eran tan divertidos que algunas veces solía comentar que de grande me gustaría escribir en sus columnas o publicar en sus páginas mis propios chistes, una confesión que la mayor parte de señores se tomaban con humor pero que evidentemente causaba disgusto al viejo Osorio, que cada vez que me oía contestaba que yo era un chico muy listo como para acabar allí.

Osorio, paisano de mi madre, tenía muy buen carácter y era condenadamente puntual y responsable. En todos los años que viví en el barrio nunca lo vi faltar a su trabajo, ni en fines de semana, ni durante las fiestas, ni en ninguna otra ocasión. Por las mañanas, al salir rumbo al colegio, veía a Osorio aguardar, con la barba bien cortada y los ojos encendidos bajo las gruesas lunas de sus anteojos, la llegada de los clientes; y por las noches, cuando regresaba a casa de algún compromiso familiar, lo veía descansar en su silla, bajo el fluorescente que pendía del techo de su tienda, leyendo las viejas revistas que nadie compraba u ojeando un libro.

Como apneas tenía siete años, desconocía mucho de lo que leía en los diarios, así que pedía ayuda a Osorio o alguno de sus visitantes. Viejo, quién es el doc, le decía, y él contestaba de buen humor «ah, chico, ese es un bandido que se llevó la plata de tu viejo, tu vieja, la mía y la de estos que ves aquí. Incluso, aunque no lo creas, te ha robado a ti también». Con lo que yo quedaba más confuso que al principio, pero sonreía y continuaba revisando las portadas.

El quiosco de Osorio no estaba muy bien surtido. Entre los productos que recuerdo con más entusiasmo figuran las ediciones de almanaque mundial y la antología de obras memorables de la literatura contemporánea, del diario El Observador, en tapa dura y con etiqueta dorada insertada como insignia canónica, antología que por cierto aún conservo, al fin en su totalidad. De los 35 libros que componían esa colección, el señor Osorio alcanzó a venderme 33 tomos. La primera excepción, El Astillero, de Onetti, no me la quisieron comprar bajo la excusa de que ese libro ya reposaba, aunque en otra edición, en nuestras estanterías; y la segunda, Opiniones de un payaso, nunca la conseguí porque durante el mes que fue publicada pasé una temporada en Piura, en la casa de mis abuelos paternos, y mis padres, a pesar de que había dejado estrictamente encargada su adquisición, lo olvidaron. Cuando fui a consultar al viejo Osorio, se lamentó por todos los medios de no haber conservado ninguno y me prometió que trataría de conseguirlo.

Yo, por supuesto, estaba furioso, incapaz de comprender el olvido de mis padres y la desconsideración de Osorio. Pero mi sorpresa se acrecentó un par de semanas después, un domingo al término de una charla en la iglesia a la que había asistido con mi padre. De camino a casa, como ya era costumbre, decidimos pasar un rato conversando con Osorio. He olvidado mencionar que el viejo era un gran conversador, muy bueno al parecer, ya que todos los señores del barrio recurrían a él, a pesar de que durante las tertulias Osorio se limitaba a asentir y murmurar algún comentario entre dientes.

El caso es que ese mañana mi padre y yo llegamos al quiosco de Osorio, y mientras ellos conversaban, entré en la caseta (el viejo me concedía esa licencia) y me la pasé jugando con las dos estatuillas de madera con forma de auquénido que Osorio, según nos había dicho, tallaba con la ayuda de una máquina refiladora. Estaba abstraído en mis asuntos hasta que una de las figuras rodó por la mesa y quedó enganchada en el fardo de periódicos sobrantes que Osorio atiborraba en el suelo de la caseta. Al agacharme encontré más estatuillas, unas con forma de auquénidos, otras con el majestuoso perfil de los cóndores y una última de rasgos antropomórficos, todas bien pulidas y talladas con pericia de cirujano. Me estiré para alcanzarlas, y al empujar los periódicos para levantar una de ellas me di con el flamante ejemplar, aún en su funda plastificada, de Opiniones de un Payaso. De inmediato cogí el libro y se lo mostré a mi padre, muy emocionado, y agregué a mi entusiasmo algunas promesas de futuros éxitos escolares. A Osorio, en cambio, le ofrecí todo el dinero de mi mesada, el de la siguiente y también el de la subsiguiente, y quizá todas, si acaso era lo suficientemente malvado como para pedirlas.

Durante varios minutos repetí distintas modalidades de súplicas, pero mis acompañantes no parecieron conmoverse. Por último quedé mudo, sin aliento y exhausto. Caí sobre un banco y escuché la respuesta de Osorio, pausada y gentil, pero fulminante. “Puedo hacerte una fotocopia, chico, ese libro es mío. Ya conseguirás uno en otro lado, no es tan difícil. Anda, no es para tanto”. En parte tenía razón, no era para tanto. La mayoría de los libros que conseguí de esa edición durmieron muchos años en mis estantes sin que yo pudiera leerlos. Los coleccionaba por puro deseo de poseerlos.

Tiempo después, cuando mis padres decidieron mudarse por cuarta o quinta vez, ya no lo recuerdo, opté por ingresar a una universidad pública a estudiar periodismo. Supongo que Osorio jugó un papel determinante en esa decisión, tal vez fuese la causa principal y ahora intento restarle méritos. Pasé cuatro años estudiando la carrera, y la misma cantidad de tiempo me recriminaba por ser tan canalla y nunca ir a agradecer al buen Osorio.

Mi interés por visitarlo se acentuó cuando conseguí un trabajo de redactor nocturno en la sección metropolitana de El Observador. Y tal deseo se acrecentó con fuerza magnética cuando hallé, en uno de los almacenes del archivo de la redacción, otro ejemplar de Opiniones de un payaso, reluciente, nuevo, aún en su funda, como el mismo libro de Osorio. Eran idénticos. Claro, naturalmente tenían que serlo pues eran de la misma edición y venían en el mismo empaque, pero al levantarlo no pude quitarme de la cabeza la idea de que era aquel viejo ejemplar negado el que estaba sosteniendo.

Ese misma noche, mientras acababa de redactar las notas con las que llenaban las páginas más insignificantes del diario, una suerte de homenaje a esas secciones de chistes y crucigramas con los que cachondeaba a Osorio, recibí la llamada de Novoa, un amigo del colegio que había cursado estudios en la escuela de la policía y ahora era un flamante alférez de la comisaria de Santa Fe.

-Hermano, tengo algo para ti. Es una de esas bombas de las que me hablaste el otro día. Te va a encantar. Ven rápido, te espero en la cuadra 45 de la AV. El ejército, a la espalda del Óvalo Estuardo Núñez-, dijo con ese tonito de complot que empezó a usar conmigo desde que se volvió oficial y yo periodista.

En fin, no había mucho por hacer con esas efemérides apócrifas, así que salí a la calle, tomé un micro y en veinte minutos estuve en el lugar donde había estallado la bomba. Era una quinta, no muy bien cuidada pero tampoco en estado deplorable. Novoa estaba apoyado en su patrulla, con todas las luces encendidas y el sonido de su radio al tope.

-Hermano, está dentro, ven, ven, sígueme. Me contaste que andabas a la caza de asesinatos por despecho, pero esto es aún mejor- dijo, con voz muy baja, como si tratara de ocultar algo importante, y casi no pude oírlo por el ruido que provenía de la radio de su patrulla.

Conforme nos adentrábamos, la quinta dejaba ver la fisonomía arquitectónica de una construcción que había tenido su gracia, pero que, tal vez por descuido de sus dueños, había ido bajando el tono hasta adoptar un rostro irreconocible. Cruzamos el angosto callejón de la quinta hasta el último muro y, antes de que yo pudiera ingresar a la única casa que quedaba en frente, Novoa me cogió del brazo y señaló una escalera de cemento muy mal iluminada que yo había ignorado.

-Es por aquí, ven, ven.

Subimos los cuatro pisos, con paso lento y seguro, pues era una escalera por decirlo menos peligrosa. Llegamos a una amplia azotea, al fondo de la cual había una pequeña vivienda con los muros pintarrajeados de dibujos trazados con buen pulso. La puerta estaba abierta y en el cuarto no se veía gran cosa, salvo los rayos de luz que despedían las dos linternas que Novoa había colocado a modo de lámparas en ambos extremos de la primera de las dos únicas estancias que poseía la casa.

-Está dentro, dame un segundo, voy a traer el expediente. Mandé a un cabitoa a recolectar la información para poder dártelo todo bien hecho. Espera aquí-, me dijo, esta vez casi no se le podía ir, hablaba muy bajo, como si no quisiera despertar a nadie.

De inmediato, cogí una de las lámparas y me aventuré en la estancia. No olía mal, así que imaginé que no me iba a encontrar ningún cadáver en descomposición ni nada que pudiera afectar de por vida mi sensibilidad. Cogí la linterna y alumbré al techo y las paredes. No lo había notado (no sé si ya mencioné que soy corto de vista) pero al levantar la linterna descubrí que ambas paredes, y también el techo, estaban tapizadas con papeles de cuadernos, revistas, periódicos y posters de viejas glorias del cachicán de provincia.

Me adentré unos pasos y descubrí que en el recinto se expandía con más agresividad un fuerte olor a madera, cartones y a objetos guardados. Por un momento pensé que era mejor idea esperar a Novoa, no vaya a ser que moviera la pieza clave de un caso trascendental, pero luego decidí que de todos modos él me había dejado allí esperando que avanzará con mis propias averiguaciones. A la mitad del cuarto me topé con lo que parecía ser una mesa de trabajo, sobre la que encontré tijeras, cuchillas, una gran lupa y unos aparatos para hacer mediciones milimétricas y refilar materiales. Qué diablos, a dónde me ha traído este degenerado, pensé, y por puro reflejo tanteé con mi mano los contornos de la superficie de madera: habían tres cajones a un lado y nada al otro. La mesa estaba llena de polvo y con astillas a flor de piel, como si su ocupante la hubiera usado a diario, sin descanso y obviando cualquier rastro de limpieza.

Fui abriendo los cajones uno por uno. En el primero encontré más de los mismos instrumentos de trabajo, aunque estos estaban estropeados. En el segundo sentí la superficie de muchas piezas pequeñas de madera, muy bien refiladas, como nuevas, y, al oír los pasos de Novoa que volvía extraje de inmediato una pequeña muestra y la guardé en un bolsillo. Finalmente abrí la tercera gaveta a toda prisa, y metí mi mano en lo que parecía ser un cajón vació, lleno de polvo, pero en el que mis dedos hicieron contacto con el plástico de una envoltura rectangular: un libro, se me ocurrió de inmediato en el mismo momento en que Novoa empujó la puerta que yo había cerrado sin darme cuenta.

-Aquí está, hermano, aquí lo tengo. Hubo un corto circuito mientras el tipo intentaba usar un viejo aparato que utilizaba para cortar madera. Ocurrió hace una hora, por eso no hay luz…- dijo Novoa.

Lo oía parlotear. Mis dedos resbalaron a lo profundo de mi bolsillo: era una figura muy bien hecha, con hartos detalles y una limpidez que contrastaba con la mesa de trabajo. Era un hombre, llevaba ropa ligera, tenía barba, era agradable y condenadamente puntual, sin duda alguna ya lo sabía. ¿Seguía siendo yo un chico muy listo?