Aportes

El segundo despertar

Por El Juliaqueño sonámbulo


La oscuridad de la noche consumía poco a poco la tenue luz del atardecer sobre un pequeño patio de tierra húmeda. Y las ventanas de mi pequeño cuarto solitario reflejaban el abismo del anochecer.

Una danza a oscuras; dormir. La luz del sol partió llevándose consigo mis fuerzas. Una cita con un sueño elegante. Atuendo para la ocasión: mi pijama. Detalle del maquillaje: pasta dental en mi boca y cabello suelto, desordenado. Un último vistazo en el espejo y a pagar la luz. La cita y el baile están a punto de empezar.
Llovía, y mis ojos fijos en la ventana; sombras oscuras, sombras humanas, sombras de chicos que me piden que acepte una cita. El sonido de las gotas cayendo en el suelo son mis pasos bailando con ellos. Mi puerta se abre y un tipo alto y buenmozo, de ojos claros y piel canela se acerca a mi cama, desprende las frazadas de mi cuerpo, descubre, poco a poco, la ropa de mi piel. Siento su aliento en mi cuello, su respiración avanzar hasta mi vientre, y siento sus húmedos y tibios labios. Un cosquilleo recorre mi cuerpo, un cosquilleo que me da la bienvenida a aquella danza de recuerdos presentes y de deseos oscuros.

Unos golpes en mi puerta. Unos golpes fuertes, imponentes y terroríficos invaden mis sueños destruyéndolo todo como una apocalíptica pesadilla. Y me despierto. Un sudor frío recorre mi frente, mis temblorosas manos empujan las frazadas pero están pesadas, muy pesadas, cada vez más pesadas, tan pesadas que caigo en el horror de estar siendo asfixiada poco a poco. Y otra vez esos golpes en la puerta, tan fuertes y terroríficos. Salgo violentamente de la cama, avanzo hacia la puerta. Una vez más esos estruendosos y terroríficos golpes, abro veloz la puerta y no hay nadie, solo oscuridad y una tenue lluvia. Crucé el umbral de la puerta y caminé hacia el exterior de mi habitación, pero el suelo fangoso en mis pies descalzos me detuvo en seco. Inspeccioné con ojos temerosos la oscuridad, y solo hallé más oscuridad. Regresé a la habitación, cerré la puerta con aldaba, me limpie los pies y me metí en la cama. ¿Qué fue eso? ¿Una alucinación? ¿Una ilusión?, ¿Me estoy volviendo loca?, me pregunté y mientras pensaba vi nuevamente a través de la ventana aquellas sombras oscuras. Sombras de chicos que me piden un beso, y yo haciéndome de rogar, arrodíllense les decía, cántenme les decía, susúrrenme al oído cosas bonitas les decía, y en eso el tipo alto buenmozo, ojos claros y piel canela que se acercaba a mi cama, arrojaba furiosamente las frazadas hacia a un lado, buscaba desesperadamente mi vientre entre mi ropa y sentía nuevamente sus labios húmedos y tibios, sentía sus besos inundarme de dicha, lo sentía avanzar poco a poco hacia mis pies, poco a poco, mis pies, mis pies, ¡mis pies!, están mojados, están fríos, no solo mis pies, mis piernas, ¡mis piernas!, ¡están mojadas!, y no solo mis piernas, también mi pecho, mi espalda, mis brazos y mi cabello, ¡mi cabello!, ¡está mojado!, y mi cara, ¡mi cara!, gotas de agua que caen incesantemente sobre mi cara, y el frío, de repente siento aún más frío, mucho más frío, tanto que electriza violentamente todo mi cuerpo, y me muevo, muevo mis piernas, mis manos, mi pecho, mis hombros, mi cuello, mi cabeza, mis ojos, ¡mis ojos!, abro los ojos y casi me da un infarto. Todo oscuro, la lluvia cayendo aún más fuerte. Hace mucho estoy empapada y los pies me duelen. Miro mis pies, están completamente embarrados de lodo. ¿Dónde estoy? ¿Qué ha pasado? A lo lejos veo mi habitación, la puerta abierta. Espantada corro hacia ella, cierro la puerta con aldaba, lavo mis pies, me cambio de pijama, me seco el cabello y me meto otra vez a la cama. Mientras me pregunto cómo llegué allí, veo la ventana de mi habitación y cierro los ojos. Cierro los ojos y veo las sombras oscuras, sombras humanas, sombras de chicos que me piden que vaya a sus cuartos, yo respondo que quiero dormir, que es suficiente.