Aportes

El oso

Por Giancarlo Cappello


Había llegado hasta el sexto de primaria invicto. Los números en rojo, la vergüenza del reprobado, eran patrimonio exclusivo de mi hermano. Yo me las ingeniaba para destacar en los cursos entretenidos y sorteaba los más difíciles con una gran dosis de suerte, pero ese año todas mis carencias y trucos confabularon. La lección definitiva llegó bajo la forma de un ruso asilado en la embajada peruana en Moscú. No quedaba muy claro si por espía o por desamor a sus viejos ideales, pero lo cierto es que fue enviado a enseñar lo que mejor sabía a este confín de la tierra, lejos del manto soviético y al amparo de la zona de influencia norteamericana.

Tener un ruso en el colegio supuso una curiosidad sólo comparable a la de exponer un oso polar en el zoológico. El lunes que fue presentado apareció embutido en un terno marrón cedido por alguien que usaba dos tallas menos que la suya. Efectivamente, era un oso polar: enorme, ciento y pico kilos de peso, respiración seca y cejas albinas. Tuvo el gesto de aprenderse la letra del himno nacional y de cantarlo con más seriedad que todos nosotros, pero cuando llegó a dictar su primera clase la admiración trocó en terror al proponer un par de ejercicios que nadie supo resolver. Vasili Karmenev había llegado para enrostrarnos el subdesarrollo.

Los primeros meses de escuela los invertí en desperezarme, pateé las matemáticas para más adelante pensando que tendría tiempo para rectificar, pero cuando a mitad de año dos de cuatro casilleros aparecieron con números rojos, supe que tenía problemas. Entonces tracé un plan para acabar con el fastidio de un plumazo. Hoy no sé explicarlo muy bien, pero mi táctica suponía que si racionalmente no había podido hacer mucho por las matemáticas, emocionalmente tal vez podría compensarlo. Es decir, la fuente de mis problemas era un ruso extraviado en el litoral desértico de Sudamérica, expectorado por alguna intriga política y vagabundo por países de habla hispana donde apenas encajaba, seguramente nostálgico y urgido de otros osos que como él estaban enfrascados en eso del glasnot y la perestroika. Era evidente que Vasili pedía a gritos un compañero cercano y yo iba a ser esa persona.

Dediqué algunas tardes a la investigación en la librería Época de la Av. Espinar. Allí pude dotarme de cierto rigor recolectando datos mundanos de las guías de viaje y cuando creí tener lo necesario para obrar la empatía, fui a buscarlo a la esquina donde vigilaba a los más pequeños durante el recreo.

-¿Cómo estamos, camarada?
Partí mi sándwich de queso en dos y con alto espíritu socialista se lo ofrecí. Él aceptó, desconcertado.

-No está mal, ¿no? Seguro no se compara a esos tvórog y esas vatrushkas tan buenas que tienen ustedes, pero es un buen queso.

Vasili sonrió. (¡Punto para mí!) Entonces, abrí el termo que había llevado, le serví un poco de té negro y brindamos por el éxito de la confraternización.

-Na zdoróvie!

Las siguientes charlas tuvieron el mismo tono, pero no reportaron progreso. Aunque hablábamos de mil cosas intrascendentes, su parquedad y distancia eran infranqueables. Un peruano, ante la sola mención de la comida, hace íntimo amigo suyo a cualquiera, sea rey o criminal, en cambio este tipo no, era un siberiano desapasionado e insensible. Creo que lo tomó como lo que parecía: un niño curioso de 12 años que pregunta idioteces del tipo ¿los tártaros inventaron la salsa tártara? Pero lo más frustrante, sin duda, era esa frialdad que me dedicaba en clase. Yo sonreía y trataba de hacerle notar que allí estaba, sí, yo, el mocoso de las preguntas, su habitual surtidor de té krasnodar y sándwiches de queso… Pero nada, un fracaso, igual que mi relación con las ecuaciones y los quebrados.

Cuando acepté que por ese camino no llegaría a ningún sitio, ya tenía los exámenes del tercer bimestre encima. Haciendo a un lado mi orgullo fui con mamá y le pedí un maestro de matemáticas. Primero llegó Gustavo, un ingeniero de la UNI al que le estalló el apéndice en la sala de mi casa. Luego vino Tito el arquitecto, que en vez de enseñarme se dedicó a apreciar, alabar y recolectar datos acerca de la casona sanmiguelina de los años 30 en la que vivíamos. También pasaron por allí Rafo el contador, Anselmo el físico y hasta el mecánico Flores, pero ninguno tuvo éxito. Para colmo de males, mamá anunció que ese verano viajaríamos a Disney y yo no hice más que suspirar, imaginándome solo en Lima, entre libros indescifrables para la reválida.

Empecé a tener pesadillas. Una noche me vi detenido en una oficina de migraciones norteamericana, junto a dos hombres que me mostraban fotografías en blanco y negro donde aparecíamos Vasili y yo comiendo sándwiches de queso y bebiendo té como dos cosacos, ebrios y camaradas cómplices de toda la vida. Salté como un resorte sobre la cama aliviado al comprobar que todo había sido un mal sueño, pero otro grito volvió a sacudir mi modorra. Dos habitaciones más allá, las luces estaban encendidas, había sonidos de vasos y ambiente de estadio. Eran las cuatro de la mañana.

-¡El vóley!- recordé.

Y después de un par de brincos aterricé en la cama de mamá.

Era setiembre y habían arrancado las Olimpiadas de Seúl. Ese año fue increíble. La diferencia horaria nos acostumbró a madrugar para ver los partidos de vóley en directo. Las chicas (así les decíamos, “las chicas”, como si fueran vecinas o parientes), tuvieron una seguidilla de partidos memorables que nos encumbraron hasta lo más alto. Esa mañana le ganamos a Brasil 3 a 0 y también me enamoré de Fernanda Venturini.

La expectativa se desparramó por toda la ciudad. De pronto a nadie le interesaba el fútbol, todos querían jugar en la net alta. Le habíamos ganado a nuestro rival de toda la vida, pero parecía como si nos hubiéramos apoderado de su carnaval, porque todos éramos felices. La prensa hablaba de Perú en grandes términos y esta vez no lo escribíamos nosotros, sino una serie de entendidos, los mismos que querían ver más de ese equipo que estaba por debajo de la talla promedio, pero que tenía un corazón gigante.

El siguiente partido fue con China. Dos sets por bando reñidísimos hicieron que el juego se definiera en un rally point de 15. En la cama de mamá estábamos todos agitados, nerviosos. Vivíamos los tiempos técnicos como si fuéramos suplentes, cada punto era una batalla encarnizada. Sin embargo, China logró dispararse 14 a 9 y estando a un punto de la derrota el silencio se hizo ominoso. Aquella era una escena conocida, la habíamos vivido muchas veces. Sabíamos que en unos segundos más tendríamos que alisar nuestro entusiasmo y disimular la cara torcida por la sonrisa victoriosa que no se estiró y seguir con nuestras vidas. Sabíamos, éramos expertos en eso de ilusionarnos, pero no sabíamos cómo vivir un milagro cuando nos pusimos 14 a 10, luego a 11, a 12, a 13… ¡Era de infarto! Yo había dado tantos brincos que estaba prendido de la lámpara del techo cuando anotamos el punto 16.

Qué lindo era ir por la calle en esos días, con el pecho hinchado de orgullo, con el sabor goloso de la hazaña en la boca. Debió ser la primera vez que me sentí realmente parte de algo, miembro de una tribu. Todo parecía suspendido, la crisis, el dólar, la inflación, sólo importaba el vóley… Pero, claro, de esto qué iba a entender ese gordo comunista que nos tomaba controles todos los días sin considerar los madrugones patrióticos, que insistía en eso de las ecuaciones, absolutamente despiadado, una bestia de hombre al que parecían pagarle por arruinar nuestros sueños de niños pre-capitalistas.

Si bien había logrado ciertos avances en los quebrados, gracias a los trucos del mecánico Flores, dejé de aplicarme ganado por el delirio colectivo y convencido de que Vasili, tarde o temprano, tendría que aflojar la exigencia y aprobarnos. La verdad, no tenía las más mínimas ganas de seguir con eso. El día del examen bimestral, en mitad de la evaluación y harto del sopor, hice un cálculo mediocre: si obtenía 10 salvaba la nota y el resto del año solo tendría que pelear por un 12 y ya, listo, a Disney. Así que di por terminado mi examen, se lo entregué con aire fanfarrón al ruso y me largué al patio, a devorar el periódico que ya traía las previas del próximo encuentro con los Estados Unidos. Si en las Olimpiadas nos íbamos para arriba, en las matemáticas yo me estaba yendo a pique, como el Titanic.

Luego de la hazaña contra China, Perú jugó un partido raro. Nada parecía funcionar, ni la defensa, ni el bloqueo, ni las ganas que ponía Natalia Málaga para elevarse y matar cuando todos esperaban un movimiento más. Las armas secretas que tan buenos réditos nos habían conseguido, ahora desfallecían ante la inusitada brillantez de Kim Oden y la Kemner, que ya se limpiaban la boca, satisfechas con el bocadito que les habían servido. Nadie entendía qué pasaba. El entrenador Man Bok Park se limitaba a rotar a las chicas desde su asiento. Mandaba sentar a una y luego la regresaba al juego, como quien prueba los objetos de un bodegón que no terminaba de convencerlo. Era todo tan extraño. Hasta que se puso de pie y pidió tiempo. Cuando las chicas se acercaron, les dio la espalda y regresó a sentarse sin decir nada.

-¿No va a darnos instrucciones?- preguntaron.

-¿Qué voy a decir si ya todas saben qué tienen que hacer?

Y se cruzó de brazos, como un emperador. El tipo tenía esas cosas, era impredecible. Quién sabe a esta altura si fue un gesto calculado o no, pero funcionó. Todas se despabilaron y superaron al rival sin más problemas. En adelante, todos los partidos serían una final.

La historia de los pueblos es el fiel reflejo de su gente, había dicho alguna vez mi profesor de historia, y yo esperaba una suerte de contagio a mi favor en el tema de las matemáticas. La mañana del triunfo contra las norteamericanas, el ruso nos devolvió los exámenes y descubrí que el 10 que esperaba encontrar se había convertido en un 06 que desbarataba todos mis cálculos y posibilidades.
Era hora de parlamentar.

Busqué al oso en la oficina de profesores. Vasili me recibió con una sonrisa y preguntó si quería un poco de té.

-No – respondí tajante- He venido a hablar.

Nos sentamos en un aparte y depositó sus modos afables frente a mí.

-¿En qué te puedo ayudar?

Vasili sonreía. Era desconcertante. No sabía si se estaba burlando o si realmente lo hacía con cariño. En todo caso, me dije, sus buenas formas no iban a suavizar las mías.

-¡06! ¡Cómo ha podido calificarme así! ¡Jamás he tenido esta nota!

Tomó mi examen y lo miró rápidamente.

-¿Cuál es el problema?

-¡Usted sabe cuál es el problema! Mire, esta operación bien vale la mitad del puntaje, hice todo bien, ¡sólo fallé al final! Si un maestro califica procesos de aprendizaje, lo mío es un progreso enorme, hace unos meses esto era griego y ahora casi puedo hacerlo bien.

Vasili bebió un poco de té, chasqueó la lengua e hizo un gesto con las manos para indicar:

-Sigo sin entender cuál es el problema.

Entonces, reventé.

-¡El problema es que si no saco un 10 en este examen, necesitaré más de 12 el próximo bimestre y si no consigo esa nota no podré ir a Disney!

Vasili alzó su tremenda humanidad frente a mí, como dando por terminada la conversación. Para no dejarme avasallar, también me puse de pie. Pero, entenderán, mucha no fue la diferencia.

-Casi no es suficiente- sentenció y se marchó dejándome con la palabra en la boca.

Ofuscado y rabioso, sólo atiné a decirle a su silla vacía:

-Ya no eres mi amigo.

Creo que me escuchó, porque su sombra, que se alargaba alejándose por el pasillo, se detuvo brevemente antes de seguir su camino y desaparecer.

Lo mío con Vasili se había convertido en algo personal. No iba a darle el gusto de verme caer, así que redoblé los esfuerzos con el mecánico Flores. Después de la escuela me iba a su taller y allí elaborábamos tácticas ingeniosas para memorizar fórmulas y superar con éxito los ejercicios.

-No olvides, petiso: toda ecuación que contenga una raíz cuadrada siempre dará 8.

-¿En serio?

-¡Seguro!

Todo lo que hacíamos era absurdo e inconsistente. Llegábamos a conclusiones del tipo:
-Si en el último tramo la X sigue en el denominador, entonces el resultado será -3/4.

-¿De verdad funciona eso?

-¡Seguro! Sólo hay una excepción.

-¿Cuál?

-Si en otro ejercicio ya te salió -3/4, entonces olvídalo.

-Ok, ¿y cuál sería el resultado en ese caso?

-Ninguno. Ese ejercicio sin duda es una trampa.

Creo que en esas tardes aprendí más de palieres y de frenos que de álgebra. Nunca se me ocurrió pensar que el mecánico Flores nos estaba estafando, total, sabía mucho de autos, sacaba cuentas todo el día y no había quebrado ni descarrilado a ningún cliente. Además, no le faltaba razón cuando afirmaba que si bien los números eran infinitos, los ejercicios para niños de 12 años tenían un límite. Y yo los había memorizado todos… Un genio el tipo.

Mientras tanto, el vóley seguía de madrugada en Seúl. El partido contra Japón fue otra jornada de antología para nuestro escepticismo. Las orientales lucían desconcertadas, hasta nos dimos el lujo de reír cuando Ichiko Satoh se llevó de encuentro a su entrenador tratando desesperadamente de salvar una pelota. Pero como dignas hijas del Imperio, despertaron con el sol naciente. De pronto estábamos en otro partido. Anularon a Cecilia Tait, Gaby Pérez no sabía qué hacer con su talla de jirafa, no había ataque central y la China García sólo servía para los laterales, sin sorpresa. Hacía falta alguna maña sabia de nuestro Mr. Miyagui para arreglar las cosas. Y así ocurrió. Alargamos el asunto hasta el quinto set. Man Bok Park se disfrazó de ajedrecista, corrió un par de piezas y Cenaida Uribe se encargó de llevarnos a la final. Fue una locura. Creo que armé un motín en casa esa mañana para no ir a la escuela, pero aunque mamá resolviera mi sedición sin problemas es casi seguro que pocos trabajaron ese día, excitados y alucinados como estábamos por ser, de momento y al menos, uno de los dos mejores del mundo.

El triunfo supuso una nueva inyección de ánimo para mis mermadas fuerzas matemáticas. En la otra semifinal, la mastodóntica URSS había fulminado a China, incluso le habían ganado un parcial 15 a cero, pero ese dato nadie quiso atenderlo, mucho menos yo que veía la final de vóley como una forma vicaria de resolver mis diferencias con el oso. Si nos llevábamos la medalla de oro, era casi seguro que Vasili acabaría cediendo. Entonces empecé a alentar muchas de las pintas que aparecieron en la pizarra para desmoralizarlo. Cuando no aparecía “Perú 3- URSS 0”, dibujábamos unos mapas peruanos con bracitos y piernas, muy atléticos, que saltaban en acción de mate para estrellarle la pelota en la cara al mapa soviético. Vasili, como contrapartida, parecía desquitarse calificando injustamente mis esfuerzos y así, entre puya y puya, llegamos a la madrugada decisiva.

El enfrentamiento dejó de ser una fantasía cuando conocí en la pantalla al entrenador de las rusas, Nikolai Karpol: era Vasili trasmutado en estratega, idéntico en proporciones, igual de seco y despiadado. Nada en la vida es gratuito, me dije. Esto sería de proporciones bíblicas: teníamos que vencer a las rusas, teníamos que acabar con mi maestro de matemáticas. Rogué para que las chicas y Man Bok Park hubieran amanecido en estado de gracia y me acomodé a los pies de la cama de mamá pensando que, en algún lugar de Lima, Vasili también estaría delante de un televisor.

Las cosas empezaron con buen pie. Las soviéticas ofrecieron una resistencia fiera, pero no sabían cómo pararse en la cancha para rebatir los mates de ese equipo raro pero eficiente que éramos nosotros: una maquinita aceitada que combinaba la velocidad, técnica y disciplina oriental con la agilidad y picardía de estas tierras. Ganamos los dos primeros sets casi sin transpirar. En el tercero llegamos a ponernos 12 a 6, a escasos pasos de la gloria. Pero eso de ganar es un misterio.

Karpol pidió tiempo cuando les encajamos el punto 12 y gritó, bramó, berreó, casi amenazó con mandarlas al gulag, se deshumanizó reprendiendo a las suyas. Las gotas de saliva que le saltaban de las comisuras mientras descargaba maldiciones sobre Irina Kirillova casi hicieron que nos apiadáramos de las soviéticas. Pero se trata solo de una mala excusa, un consuelo herido. Al final nos ganaron bárbaro. Cuando la URSS volvió a la cancha, nuestros tres puntos de distancia hasta el oro olímpico se esfumaron. Nuevamente tuvimos que enfrentar un quinto set que arrancamos perdiendo 6 a 0 y aunque conseguimos igualar a 14, al final caímos 17 a 15.

Sí, yo también lloré en Seúl. Esa mañana de setiembre los padres tuvieron que hacer malabares para que dejáramos de sorber lágrimas. Una pena como de luto parecía gobernarlo todo. Vasili no fue a clases ese día, se excusó por problemas de salud con la dirección. Todos lo acusamos de estar celebrando con vodka en algún lupanar, el muy miserable, pero ahora que escribo estas líneas, creo que tuvo el gesto de no ir a clases para que no tuviéramos que tragarnos nuestras provocaciones e insolencias.

En los días que siguieron, mis méritos en matemática no mejoraron lo suficiente como para evadir la descalificación. Vasili me reprobó. Estaba condenado a llevar la materia en verano, pero oculté esta realidad en casa y me mandé mudar con todos a Disney World. Cuando regresamos en febrero y mamá se enteró, casi fui descuartizado.

Por esos días, una prima estaba en amores con un gringo de la Schell y lograron convencerlo para que me preparara en la reválida, así que me vendí a los norteamericanos. Parece que este ingeniero petrolero sí logró meterme lo necesario en la cabeza porque recuerdo que llegué sereno a la escuela para salvar el curso. Allí me reencontré con Vasili, que había sido asignado para tomar las evaluaciones de mi grupo. Indicó que me sentara delante de su pupitre y tras repartir los exámenes, depositó frente a mí toda su humanidad. Era la hora de los valientes. Todo parecía dispuesto como en un duelo del viejo oeste. Afilé mis lápices, le eché una mirada canchera a los ejercicios y volví a levantar la vista sólo para darle a entender que esta vez no podría conmigo. Vasili sonrió y yo enterré la cara en ese pulcro papel cuadriculado para cobrarme la revancha de Seúl.