jaime2

Parecían de papel

Por Jaime Rodríguez Z.


El hombre había permanecido cuarenta y ocho horas en la celda del Poder Judicial. El niño lo esperaba fuera, en la calle atestada de coches y vendedores ambulantes de comida y baratijas. El sol era incapaz de atravesar la densidad del gris a esa hora. La ciudad estaba muerta dentro del niño. Con las manos sudorosas sacó de su bolsillo las monedas que le quedaban, separó el importe justo para dos pasajes en autobús y contó el resto. El niño en realidad no era un niño. Acababa de cumplir quince años. Caminó hasta el carrito de comidas que tenía más a mano y compró dos huevos duros con papas y ají. Apoyado contra la pared del Poder Judicial, el niño se comió la merienda rápidamente, el ají quemándole la lengua y la garganta. No quería que el hombre saliera y no encontrara a nadie esperándolo. Llevaba esperando allí unas seis horas. Cuando terminó, volvió a tomar su posición frente a la puerta del edificio. Dos periodistas de turno estaban sentados en la vereda comiendo choclo con queso. Uno de ellos llevaba una cámara fotográfic acolgada del cuello. El niño había elegido meticulosamente su ubicación en un cuadrado en la vereda, de modo que había una línea recta entre él y las personas que salían del Poder Judicial. Era una anomalía, una incongruencia en medio del gentío zigzagueante que abarrotaba la calle.

Con la ciudad todavía muerta dentro de él, el niño vio al hombre salir, sin el menor asomo de compasión. No pareció sorprenderse al verlo. Más bien hizo una mueca extraña, condescendiente. No dijeron una palabra. Caminaron juntos durante un trecho hasta que el niño dijo que debían tomar el autobús. El hombre asintió. Parecía cansado. Su ropa, un traje verde completo, con chaleco y corbata, lucía como si estuviera a punto de deshacerse con el viento. Durante el trayecto tampoco hablaron. Solo cuando bajaron del autobús, lejos del Centro, el hombre habló para preguntarle al niño si le quedaban unas monedas. El niño no contestó. El hombre no esperaba respuesta. Se encaminaron hacia la tienda más cercana y el hombre pidió dos cigarrillos que el niño pagó con tres monedas doradas. Eran las últimas. Entraron juntos en el conjunto habitacional: unas quinientas casas repartidas en ocho bloques dispuestos de manera que cuatro formaban un cuadrado y los otros cuatro una equis dentro del cuadrado. Hacía muchos meses que el hombre no estaba en ese lugar. El hombre fumó. No le ofreció una calada al niño. El niño miraba las hormigas en el suelo. Los zapatos del hombre estaban también muy gastados, parecían hechos de un papel negro y arrugado. Eso se quedó, también, dentro del niño. El hombre arrojó la colilla, se puso de pie y miró por primera vez al niño a los ojos. Recuerdas la historia que te conté, dijo, no te muevas, solo escucha. Prométeme que no te moverás. Para entonces el niño estaba muy lejos, aunque no sabía exactamente dónde. Pero sabía que no estaba allí. El hombre seguía hablando. Te lo juro, es la historia más extraña que he oído jamás. No te muevas. Solo escucha. Le ocurrió a tu tío Wenceslao. Lo recuerdas. Fue una madrugada mientras conducía el camión por el serpentín de Pasamayo. Había levantado a uno del camino. Nunca lo hacía, pero era la peor noche para estar solo, o eso pensó tu tío. Así que levantó al hombre apenas unos kilómetros antes de llegar al serpentín. Tu tío era un hombre fuerte. Lo recuerdas. Pero cuando me contó esto le temblaban las manos y se le quebraba la voz. Habían estado hablando un buen rato para esquivar el sueño. Y tu tío tenía la sensación de que erala carretera la que se deslizaba bajo las ruedas del camión y que ellos no avanzaban hacia ningún lado. Esa sensación le inquietaba. Pero eso no era nada comparado con lo que estaba por venir. El otro llevaba un rato sin decir palabra. Tu tío lo miraba de reojo, intentando saber si se había quedado dormido pero sin quitar la vista del camino. Pasaron unos minutos así. Así que tu tío decidió que el otro se había dormido y se resignó a continuar el camino solo con sus pensamientos. Tenía la cabeza llena de ideas, tu tío. Pero entonces el hombre despertó, o simplemente habló después de haber estado callado y mirando la noche cerrada. Mis pies, dijo. Al principio tu tío pensó que había oído mal. Qué, pregunto. Los tengo así de tanto caminar sin que nadie me recoja, continuó el otro. Estaban en pleno serpentín y tu tío era un hombre listo, no quería quitar los ojos de la carretera. Pero cuando el otro se enderezó en su asiento y se arremangó las perneras no pudo evitar mirar por un segundo y lo que vio, en la semioscuridad de la cabina, casi le dejó paralizado. El otro no tenía pies, sino patas. Patas con tres dedos largos y cadavéricos. Y garras como las de un gallo. Tu tío gritó para adentro y sin soltar el volante frenó en seco. El otro empezó a reírse y en su risa tu tío, que era un hombre valiente, conoció una sensación que no era el miedo, sino algo peor. Algo, decía tu tío, como lo que queda cuando el miedo ha dejado de ser algo que hace correr la sangre en tus venas. Algo estático y triste. Obligó al otro a bajarse y aceleró cuanto pudo para alejarse de todo aquello. Las horas que faltaban para llegar a su destino las pasó con la imagen del hombre con patas sentado a su costado y con el sonido de su risa recorriéndole la espina. Lo recuerdas, dijo el hombre, y dejó de hablar.

El niño, la ciudad muerta dentro de él, no dijo nada. Miró lo más lejos que pudo, pero su mirada se estrelló con el conjunto habitacional, que a esa hora se llenaba de polvo y claridad.



Jaime Rodríguez Z. (Lima, 1973) es periodista cultural y poeta (Las ciudades aparentes, Canción de Vic Morrow). En España, fue editor de poesía de la revista Lateral y director de Quimera.