Waccrapuco

La fiesta de la vida

Texto por Ulises Gutiérrez, Acuarela de Andoni Altamirano


En Colcabamba, la fiesta de Santiago duraba más de un mes. A la medianoche de cada 24 de julio, a la hora en que se suponía que todos los niños estábamos dormidos, los adultos se colaban en la casa del vecino diciendo que ya era hora del purimusun, y empezaban a celebrar. Entraban a la sala, la cocina, la habitación y, de donde se hallaran, salían a la calle a bailar santiagos. Las mujeres cantando con sus voces en falsete y las tinyas, tan-tan-tan-tan, tan-tan-tan-tan; los hombres con voces graves, acompañando las rimas con un yonccor y un waccarapuco llorón. De casa en casa, de calle en calle, de barrio en barrio, bebiendo caña, upito, warapo, hasta la hora del lucy-lucy. Trotando alrededor del parque, tan-tan-tan-tan, tan-tan-tan-tan, con ponchos de lana de oveja, sombreros bursalinos y la cara embadurnada con harina de maíz. Cantando, siempre cantando, versos de alegría y desamor. «Achkan achkan llocsimuni, waylis/ wasikipas kamanccachu, waylis/ wakinniyta mayun apan, waylis/ wakinniyta lloclla ñitin, waylis/ aschallañam chayamuni, waylis». De ahí la fiesta seguía hasta el 30 de agosto. Un día en el corral de una casa, al otro en el corral de otra casa, el mes transcurría bailando, cantando santiagos, hermoseando las vacas, cambiándoles sus aretes, sus cintas con colores del arcoíris para empezar bien la chacma, porque el Santiago era eso, la fiesta del ganado y la nueva siembra, la fiesta de la vida.

En realidad, las fiestas en Colcabamba duraban todo el año. Semana Santa, en abril; Corazón de María, en mayo; San Juan, en junio; Corazón de Jesús, en julio; Exaltación, en setiembre; Señor de los Milagros, en octubre; el Día de los Muertos, en noviembre. En cada una de ellas, desde Huancayo, llegaban orquestas. Bandas enteras. Bajos, tubas, clarines, trompetas; bombos, tambores, tarolas, platillos. Cuarenta, cincuenta músicos alineados en filas, como una banda de guerra para pasear a los santos y hacer bailar al pueblo durante una semana. Pero yo prefería a los músicos quechuas como los del Santiago. En junio, por ejemplo, llegaban los comuneros de San Cristóbal e Independencia con sus pinculleros para la fiesta de Corpus Christi. Ellos solos, toca que toca el pincullo, toca que toca la tinya, hacían que los comuneros bajaran al pueblo desde las alturas cercanas a la carretera a Ayacucho, cargando troncos largos de eucalipto sobre sus hombros para plantarlos luego como postes en las cuatro esquinas de la plaza de armas. Baila que baila champacha, armaban sus killys en honor del kikin checcap diosninchic. Ay, canllay canllaycha/ manañoccawa canllaykich/ suticha ñoccawa caspacca/ moradochata sisawacc.

En setiembre, en cambio, llegaban los ccorpas. Desde Huancavelica, caminaban por más de siete días por las punas de Yauli, Acoria, Mejorada, y entraban a Colcabamba por las quebradas de San Cristóbal, arreando piaras de llamas cargadas de tablones de bayeta, vellones de lana y costales de chuño para trocarlas por habas, frejoles, maíz. Llamas de pecho erguido y mirada altanera, presumiendo con el tan-tan, tan-tan de sus cencerros, presumiendo de sus cintas multicolores; entraban delante de los ccorpas, ccorpas de pantalones de bayeta negra, fajones rojos, sacos blancos y música. Toca que toca sus charangos de kirkincho, toca que toca sus bandurrias y rondines; cante que cante sus huaynos extraños, acampaban en el pueblo por semanas hasta terminar de trocar sus productos. Arberjonischa, alberjonischa, llulluchachampi miski micuycha/ poccoruptiki, wiñarupki, occe cuculi mikurkusunki.

Hace un par de años regresé para la fiesta de Santiago, no lo había hecho desde niño. Ya nada era igual. Los ccorpas hace lustros que no vienen, ya no necesitan trocar nada, dicen que los comuneros son cada vez menos y que algunas fiestas ya no se celebran más. Ya casi nadie canta con tinyas, waccrapucos, yonccors. En su lugar, en casi todos los lugares, un teclado electrónico hace como que suena como ellos.


Ulises Gutiérrez (Huancavelica, 1969) es ingeniero y narrador. Ha publicado los cuentos de The Cure en Huancayo, y la novela Ojos de pez abisal.
Andoni Altamirano (Andahuaylas, 1987) pinta óleos y acuarelas. Este año presentó en el Icpna de Miraflores su individual «Persistencias proyectadas».