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La antesala del Greyhound

Por Octavio Vinces


Estamos llegando cerca de la medianoche. La estación de los autobuses es un galpón enorme y bastante descolorido. Las luces en el techo resultan insuficientes para la extensión de este lugar donde no hay nadie, además de nosotros. Repartidas entre el escueto mobiliario, unas cuantas vendor machines ofrecen periódicos, revistas y productos envasados para distraer el hambre o la sed de los viajeros. Jaimito trae los dos bultos desde el maletero de su Honda Civic y los coloca al lado de la puerta de embarque. Daniela me mira con gesto de disgusto o de asombro, y yo no sé qué decirle, si es que algo tengo que decirle. Me toma de la mano y entonces percibo, recóndito y oscuro, el entorno alrededor nuestro: la noche del Deep South reptando arisca y silenciosa cual loba en celo; quizá saqué esa frase de alguna pésima traducción de Faulkner –las ediciones argentinas de la biblioteca del abuelo que solía leer– o de alguna película cuyo título no puedo recordar. «So here we are!», exclama Jaimito poniendo su típica cara de imbécil: «Are you guys ready to travel?!». De una de las máquinas Jimena obtiene una lata de DrPepper’s y un paquete de M&M’s. De inmediato abre la bolsita amarilla antes de dibujar con su mano asida a ella una órbita que roza la posición de cada uno de los presentes. Daniela toma un chocolatito, lo introduce en su boca e infla sus cachetes de un modo exagerado, como si se tratase de un bocado enorme. Jaimito suelta la carcajada, aguda, larga, profundamente imbécil.

Nuestro presupuesto es en extremo limitado. Debemos llegar a Ithaca, instalarnos y llamar al sponsor para que nos haga llegar las primeras mensualidades de nuestras respectivas becas. Hemos podido juntar unos pocos dólares para hacer el viaje con la venta del Volkswagen de Daniela y mi incipiente negocio de tarjetas navideñas. A través de la Fulbright conseguimos unas tarifas de excepción, podríamos haber hecho el viaje en avión hasta Ithaca sin mayores problemas, pero entonces se inmiscuyó mi madre advirtiéndome que tenía que visitar al Jaimito, que era inconcebible que me fuera a los Estados Unidos recién casado y con una beca y que dejara de visitar a mi único primo hermano que la había pasado tan mal. No sé si Daniela llegó a estar en verdad convencida, la decisión fue mía, lo reconozco.«Claro que me parece buena idea ir a ver a Jaimito, cómo nova a parecerme», me dijo comprensiva, sentada en el borde de la escalera del dúplex de su madre, el cuerpo hacia atrás, los brazos estirados de manera tal que cada una de sus manos lograba sujetarse de la rodilla correspondiente.

Jaimito saca una cajetilla de Luckies, toma un cigarrillo y, vulnerando la ley, lo enciende dentro de la estación. Cuando todavía vivía en casa de los abuelos solía quedarse en los estacionamientos hasta altas horas de la noche, fumando marihuana y conversando con Franco, el poeta de la residencial, y los vigilantes. Siempre fue un inútil, un bueno para nada, el idiota de la familia. Fuimos criados juntos pues fue el único hijo que tuvo la única hermana de mi madre, y quedó huérfano cuando aún no había cumplido tres años. Su padre –un chileno reilón y comemierda, según cuenta el mío, devoto fiel de la prosa de Cabrera Infante– se vino a los Estados Unidos dejándolo al cuidado de su familia materna, por lo que en la práctica terminó siendo para mí algo parecido a un hermano mayor. Un hermano cuya imbecilidad e inutilidad fueron un karma durante toda mi infancia y adolescencia. En el colegio solía estar entre los malos estudiantes y los sempiternos castigados. Sus compañeros de clase le colocaron el apelativo de «Godzilla».

«¿A qué hora viene el autobús, Rey?», le pregunta Jimena, una de sus manos en un bolsillo de la chaqueta, la otra sosteniendo la lata de DrPepper’s. Jaimito alza sus cejas y esboza una sonrisita entre sádica y despreocupada. Conozco sus códigos, es su manera de decirme: «Hasta aquí hemos llegado y no cuentes con mi ayuda». Disfruta haciendo sentir a los demás que la confianza depositada en él es una ilusión vana, una esperanza injustificada y sin sentido. Jimena saca la mano del bolsillo y comienza a sobarle la barriga. Jaimito me saca la lengua. «¡Godzilla, concha de tu madre!», le espeto como si estuviera experimentando una regresión y suelto con nerviosismo la carcajada. Quisiera matarlo en ese momento. Cuando nos comunicamos por teléfono me aseguró que íbamos a conseguir los pasajes aéreos Atlanta-Ithaca a un precio excelente. «Tranquilo, Marquitos, cuenta con mi apoyo, yo te consigo los tickets pero por favor no dejes de visitarme, hermanito de mi alma». Siempre logra convencerme con su forma de ser sensiblera y patética. Cuando llegamos al aeropuerto de Atlanta Jaimito nos estaba esperando junto a Jimena, la puertorriqueña con la que se había casado hacía poco más de un año y a la que apenas había visto en un par de fotografías que mi abuela guarda como oro en polvo. Al verme salir de la zona de desembarque me abrazó y comenzó a llorar como un poseso, parecía que alguien cercano se nos hubiera muerto. Jimena apretaba su mano. Yo quería zafarme pero no podía hacerlo; Jaimito me abrazaba con una fuerza incontenible y siempre ha sido un fortachón desmesurado. A veces, mientras dormía en mi habitación con vista al estacionamiento de La Residencial, mi mente volaba hasta donde él se encontraba y entonces sus conversaciones con Franco se me hacían palpables, las voces de ambos construyendo fantasías inasibles, mutaciones de una realidad en la que compartían sueños y tronchos. Pero en ocasiones el peso de la realidad era en verdad insoportable, las estelas del abandono y del olvido invadían su corazón, y entonces Godzilla sentía la necesidad de vengarse, como si la destrucción y el aniquilamiento de quienes eran notoriamente más débiles que él pudieran apaciguarlo o devolverle la calma perdida. El suelo de la residencial comenzaba a temblar por el efecto de sus pisadas arrebatadoras y desbordantes, al tiempo que su cuerpo inmenso se abría paso a través de jardines y los demás espacios comunes. Más de una vez el golpe de su aliento reptil inundó mi habitación, convirtiéndome en presa de un calor fugaz pero irresistible. Entonces, cuando el temblor se hacía de verdad insoportable y los gritos y el llanto de los habitantes de la residencial se habían convertido en el canto de fondo de aquel espectáculo apocalíptico, Godzilla se abalanzaba contra alguno de los edificios y principiaba a demolerlo con su fuerza desaforada.

Por fin Jaimito me soltó, aunque no había parado de lloriquear del todo. El abrazo me había dejado agotado y sólo atinaba a mantenerme callado mientras mi mente volvía a ubicarse dentro de los límites físicos y temporales de esa sala de espera de aeropuerto.«¿Todavía te acuerdas de mí?», le preguntó Daniela, grácil e irónica, sus brazos abalanzándose sobre su cuello. Jaimito le dio un beso en la mejilla y mirándole a los ojos le dijo «Gracias». No entendí en ese momento la razón de su agradecimiento, tuve que esperar que volviera a hablar luego de la pausa: «Gracias por salvarlo al Marquitos», y siguió lloriqueando el muy imbécil. Daniela rió, Jimena rió. Yo apenas comenzaba a ser consciente de que esta visita ha sido un grave error.


Octavio Vinces (Lima, 1968) es abogado, ensayista y escritor. Ganó en 2004 el Premio UNAM-Alfaguara por su novela Las fugas paralelas. En 2012 publicó el poemario La distancia.