De qué va lo que escribo

Por Enrique Prochazka


Puesto que no soy un especialista –más bien, porque soy un lego algo desdeñoso con estas ñoñerías– voy a frasear en forma cruda y burda cosas que algunos profesionales habrán deliberado muy bien antes, con grados admirables de sutileza y especificidad. Quizá mis rudezas y palotes (al pixelar lo que hace mucho que se ve en HDTV), sirvan para mejor acertarle al rumbo que tomo cuando construyo ficciones. El Universo, después de todo, es granulado.

Por un lado va la pretensión milenaria de contar una historia subyugante, original. Se narra porque los demás trogloditas están ávidos de escuchar allá en la cueva, de leer y finalmente de mirar (en la pantalla de plasma) historias que involucran a la gente. Bien puede tratarse de gente como uno, para identificarse, o de gente diferente, para conocer su extrañeza e identificarse. Ver que, después de todo, no eran gentes tan distintas. Años de mirar TV por cable luchando por el control del control remoto me han enseñado que –vista así– la narrativa humana más antigua y también la más reciente están fundadas en solo dos tipos de historias subyugantes: «mujeres y sentimientos» o bien «hombres y artefactos (que matan)». Yo encuentro imposible identificarme con la primera. La segunda, al menos, me hace pasar el rato.

Por otro lado, la originalidad puede no residir solo en la anécdota, sino en la forma. Tan antiguo como la historia es el afán de contarla una manera sorprendente. Usar el instrumento (la novela, pero también el cuento, el cine, etc.) de un modo, pues, novedoso, sin dejar de ser útil a efectos de contar algo. Este es el espacio principal para el desarrollo del talento narrativo, y los resultados artísticamente valiosos generalmente provienen de la confluencia de una historia muy original y un gran talento narrativo. Ayuda sazonar aquello con otras mixturas tales como «mujeres con armas (que matan hombres)» —vertiente favorecida por Esquilo, Margaret Mitchell, AXN y TNT— o bien «hombres con sentimientos», mena que a veces le vemos a Dickens, Kusturica o Ang Lee. En fin, seguiría: pero sucede en lo que atañe a mi propia inspiración, este festival de dos categorías ya es excesivamente pródigo.

Porque para mí, la única historia subyugante es la de Robinson Crusoe. Un individuo solo, con recursos escasos, librado (liberado) a la inventiva para mantener a raya a la muerte durante un rato más. Un sujeto de una rara obligación moral que le manda hacer todo lo que puede. Ejemplo: un oscuro día de 1983, Jeremy Curran llegó hasta el barranco de Malham Cove, en Yorkshire, pared rocosa donde había escalado muchísimas veces antes. Jeremy se dirigió a la base de la parte central y más alta del desplome –cien metros de caliza gris– sin llevar cuerdas ni seguros, y con determinación se puso a trepar (solo con manos y pies) una ruta ominosa que jamás había sido escalada en solitario. A noventa metros de altura tuvo un grave traspié; quedó colgado de una mano, gritó algo incomprensible, se recompuso, siguió adelante. Faltando pocos metros hizo una pausa: el cuerpo tenso, la frente quieta contra la roca, sin duda para tranquilizarse y alistarse para el último paso. Al rato volvió a moverse. Completó las pocas movidas que faltaban y se puso de pie en la cima: en el mismísimo borde de la roca que acababa de presenciar su hazaña, las puntas de los pies en la roca sólida, los talones en el aire. Entonces Jeremy Curran extendió los brazos y, serenamente –sin miedo, sin esperanza– se dejó caer hacia atrás. Esa es una historia de Robinson Crusoe.

Otra historia de Robinson Crusoe: alguna vez le preguntaron a Pablo Casals –cuando frisaba los noventa años– por qué tocaba al cello cierta ardua secuencia de una partitura de Bach todavía más rápido que la velocidad improbable que exigía el compositor. Su respuesta fue: «Porque puedo». Casals había entendido que poder es deber. Jeremy Curran también.

Así que ni hombres, ni mujeres, ni armas, ni sentimientos: lo que trato de contar es cómo aprovechar mejor un recurso escaso mientras le hacemos quites taurinos a la muerte.

Yo cuento para un lector cualquiera, también: pero mi lector ideal no es un lector, es un detective del lenguaje, de los atributos del significado, de los símbolos. Mientras que el lector cualquiera cierra el libro más o menos satisfecho, el detective criptófilo al que yo apunto –que no es otro que yo mismo cuando leo– no ha podido resistir la tentación de leerlo con un marcador amarillo, con un lápiz para llenar de notas y flechitas sus páginas que, precisamente por eso, lo entretienen, más, lo divierten aunque sean pesarosas y narren corazones destrozados o cabecitas degolladas.

Yo escribo desde unas pocas frases y hacia un diagrama, no hacia un texto acabado. El diagrama es la representación gráfica completa y fiel de las fuerzas que dan cuenta de lo que es narrado en ese texto que aún no existe, pero que existirá cuando lo termine. Y yo escribo para que mi lector-detective criptófilo reconstruya en su casa (o en su cueva /blog/torre de marfil/cubículo/W.C.) ese diagrama a partir del texto que le ofrece la editorial, empacado engañosamente en forma de libro. Pero mi mensaje no es el libro, es el diagrama: y duermo bastante en paz esperando una llamada, que no llega nunca, anunciándome que Alguien ha desentrañado la clave.

Con lo cual llegamos a mis viejos ejemplares de la revista Mecánica popular y de allí –con Crusoe– a los blogs de constructores de botes.

Cada década, más o menos, hojeo una por una las páginas de las viejas Mecánica popular que coleccionó mi padre entre 1955 y 1988, aproximadamente. La última vez descubrí un puñado de cosas, algunas de ellas relevantes para mi relación con la creatividad literaria o de otro tipo (aparte de la sorpresa de reencontrar las marcas de mis intereses sucesivamente infantiles, adolescentes y juveniles). Reviso los artículos porque disfruto su método de atraer el interés del lector presentando los planes y planos de un proyecto. Desde luego que resalta más la foto o dibujo del proyecto acabado. Pero veo en mis subrayados que siempre me interesó más el diagrama, el planito arquitectónico, la lista de materiales, el truco que había que hacer con las herramientas sugeridas. Esas, pienso, son las matrices de mi relación con la literatura.

También la nutre una tendencia que observo en los blogs o sitios You Tube de carpintería (anglosajones, franceses, checos, brasileños) y más aun en los que atañen a embarcaciones. En estos espacios, el artesano naviero proclama qué quiere hacer y luego saca la crónica de lo que va haciendo. Incluye fotografías o videos de cada fase de la construcción, comparte con sus lectores los festejos por la culminación de cada etapa, como el acabado de la quilla, el pintado de la cubierta, la botadura, etc.; y, finalmente, se dedica a navegar en el bote –cuando sin duda ya está posteando los planos de la siguiente embarcación que planea construir en el garaje–. Es decir: el producto acabado es para su satisfacción personal; lo que se comparte es el goce de la producción, el paso a paso de la artesanía.

Mientras comprendo que la llamada anunciando que alguien descubrió la clave no llegará nunca, contemplo si acaso sea mejor oponerle esta idea, quizá original y subyugante: útil tal vez para hacerse a la vez de una buena historia y de una manera novedosa de contar. La idea es: ¿qué tal si cambio la universal estrategia del escritor-con-un-plan-secreto por la del artesano-con-un-proyecto? Me olvido del texto como medio de intercambio: empleo directamente el diagrama, y antes muestro incluso la trabajosa construcción del diagrama. Y divulgo mi proyecto primero. Muestro mis planos. Cuento cómo quiero que me quede, qué velocidad quiero que alcance, por qué no puse barniz en esa área…

Me abruma cuán contradictorio parece ser esto con lo que veo como el principio célebre de la literatura creativa, el consabido trabajar en secreto, evitar los spoilers, no arruinar la sorpresa. Porque incluso si escribiera un thriller de misterio me gustaría compartir el proceso: porque no haberlo compartido antes me ha dejado aburrido y algo frustrado. Como esperando perpetuamente una llamada.

Y no: no se trata de entretejer en colaboración con los lectores (o con una nube de coautores) novelas virtuales o colectivas, o novelas-mosaico sin término ni mapa, y dejarlas allí como un happening literario. Se trata de atreverse a mostrar la maquila de una obra redonda, clásica, desde el inicio, y que ese proceso abierto de confección no cancele la publicación de la novela, la botadura del barquito que servirá para entretener nuestros fines de semana, engrosar nuestras bibliografías o ir a pescar con los amigos. Antes, lo que verdaderamente importa –el diagrama, las huellas del sudor del escritor– estarán allí afuera, reveladas en su mínimo detalle: una obra quizá poco contemporánea… pero más abierta que ninguna.


Enrique Prochazka (Lima, 1960) es filósofo, montañista, gestor de políticas educativas y autor de los libros de cuentos Un único desierto y cuarenta sílabas, Catorce palabras, y de la novela Casa.