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Reseñas

Ver, sentir, pensar, contar.

Más afueraJonathan Franzen (Chicago, 1959) ■ Salamandra (2012) ■ 348 páginas ■ 77 soles


Micelánea. Muchos guardaremos este libro con la gratitud y el cariño de lo memorable. Más afuera –la última obra de no ficción de Franzen después de Cómo estar solo (2002) y Zona templada (2006)– reúne veintiún textos que hablan, en el fondo, del amor.

El libro abre con el discurso de graduación titulado «El dolor no os matará», una invitación a aceptar el sufrimiento y el caos que el amor trae consigo. El amor a la familia, la pareja, los amigos, los animales (en su caso, las aves silvestres), el medio ambiente, la literatura y, sobre todo, la escritura. El amor como la tabla de salvataje para males contemporáneos como el narcisismo embrutecedor en que nos enfrasca el vínculo vicioso entre tecnología y consumismo (el teléfono móvil, las redes sociales y la Internet reciben críticas mordaces).

En un intento por escapar de los extenuantes ajetreos que el éxito editorial de Libertad (2011) trajo consigo, Franzen viaja al archipiélago Juan Fernández para conocer Masafuera, la más alejada de las tres islas volcánicas ubicadas a 800 kilómetros de las costas chilenas. En este islote (rebautizado Alejandro Selkirk por el marinero escocés que la recorrió y cuya aventura inspiró a Daniel Defoe para Robinson Crusoe) Franzen relee el clásico y reflexiona sobre el origen de la novela, el entretenimiento y el individualismo contemporáneos. Pero también sobre la capacidad de enfrentar el desconcierto y la desesperación existencial y la muerte de su amigo, el escritor David Foster Wallace: «entendí que la diferencia entre su desdicha incontrolable y mis insatisfacciones controlables, era que yo podía evadirme en el júbilo de las aves, pero él no». Allí, en ese paraje solitario se reconcilia con él: despide la rabia que le impregnó su suicidio y da paso a la aceptación y el desconsuelo mientras esparce sus cenizas desde lo alto de un peñasco.

Aun desprovisto de los trucos que permite la ficción, Franzen nos sumerge en su autoinvestigación con facilidad, pues la historia nos atrapa. Por ejemplo, «Solo llamaba para decirte que te quiero», un ensayo sobre la intrusión de lo privado en los espacios públicos debido al abuso de los celulares, termina siendo un retrato de sus padres y la sociedad norteamericana de los años cincuenta: «si mi madre hubiera disfrutado de una mayor perspectiva de realización personal, quizá hubiese ajustado sus sentimientos a sus objetivos de manera más realista».

Salvo por un par de textos, Más afuera está narrada en primera persona por una voz que entra y sale de sus recuerdos: la narración retrospectiva de uno mismo aparece como la mejor forma de asimilar la existencia, pues el tiempo dota de sentido lo que creíamos intrascendente. Con igual ejercicio de sinceridad y rigor analítico, expone temas como el ahogo cultural por la sobreinformación mediática (donde destaca su relato del 11-S y el trauma de las imágenes televisadas), la vacuidad y frivolidad de la cultura del entretenimiento, la obsolescencia de la tecnología, la paradoja del crecimiento económico y el deterioro ambiental, los «injustamente descatalogados» Donald Antrim (Los cien hermanos), Paula Fox (Personajes desesperados), Sloan Wilson (El hombre del traje gris), Christina Stead (El hombre que amaba a los niños), y los monumentales Fedor Dostoievski y Alice Munro, con quienes comparte la escritura como una lucha personal. ¿Qué es la literatura, sino un puente donde resistir –con otros– la soledad?

Es un lujo que una voz tan vehementemente racional, con semejante voluntad crítica e interpretativa, se acerque a los lectores de a pie con el tono coloquial de un confidente y comparta, con pasión y minuciosidad, la inspección de sus mareas internas. En cada ensayo, crónica de viaje, artículo periodístico, crítica literaria o discurso, uno encuentra luces para afrontar mejor las inconsistencias propias. Pero nada de lo que digo le hace justicia, solo leerlo. Por Paloma Reaño.


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