exito

Una historia de éxito

Por Alberto Chimal.


Hace como año y medio, le pedí a mi mamá que me cuidara a Pilar, mi tercera hija, porque no la estaba haciendo. O sea, yo, como mamá. La verdad. Carmela, que tiene dos años, no es mucho esfuerzo; Samuel, que tiene nueve, es hombre y se la pasa con su papá o con sus primos. A Amanda y a Biby, que tienen 15 y 16, ya no hay que cuidarlas, pero Pilar tenía 13, estaba muy mal en la escuela y estaba además muy descontrolada. Gritos, peleas, problemas. Me estaba exigiendo demasiado y yo no se lo podía dar. Como mi mamá es maestra de secundaria, le dije «Al menos hasta que pase a la prepa». También le dije que no podía pedírselo a mi papá. Siempre que le digo eso ella acaba haciendo lo que le pido porque mi papá se buscó a otra por culpa de ella, y todos lo sabemos, y hace diez años que no sabemos nada de él. En caso de que eso no funcione a la primera le puedo decir también que yo era la consentida de mi papá, que él nunca me negó nada y que lo extraño mucho, pero en general no es necesario.

Total, Pilar se fue a vivir a casa de mi mamá, que se iba con ella a la escuela y, de regreso, le hacía la comida, le compraba útiles y lo que le hiciera falta. También le quería dar disciplina, según. Que se aplicara y estudiara y tuviera estructura, o algo así. Me daba pena cuando me contaba esto porque me acordaba de cuando yo era chica y ella, o sea mi mamá, nos quería aplicar eso a mí y a mis hermanas. Siempre estaba necia con eso. Que nos estábamos descarriando, decía. Eso sí, siempre lo hacía cuando estábamos solas porque mi papá, cuando llegaba, siempre le ponía el alto y le decía:«Esas son mamadas».

Así le decía, siempre. Me acuerdo bien porque siempre usó la misma frase, sin pedos, aunque fuera una «grosería» (levanta los dedos para sugerir las comillas) y cuando le pregunté qué quería decir eso hasta me lo explicó, con todo y que yo debo haber tenido como seis años y desde luego todavía no sabía en carne propia nada de esas cosas.

Pasó casi todo el año, a Pilar le empezó a ir mejor en la escuela, y con eso mi mamá estaba contenta, pero a mí me empezó a dar ansiedad porque ya casi no la veía. Yo pensaba que iba a ser hasta un ahorro, no tener que gastar en ella, pero ni eso me hacía sentir mejor. Los fines de semana venía a la casa, y nos quedábamos en la cama hasta mediodía, como hacíamos antes de que se fuera todos los sábados y domingos y también varias veces entre semana, cuando nos levantábamos con hueva y ya ella no se iba a la escuela. Y luego, en la tarde, ella se iba como siempre, a pasear por la unidad habitacional y a ligar con los chavos, a alguna fiesta en la noche, lo normal. Pero era mucho tiempo, y Pilar además se veía distinta cuando llegaba de estar con mi mamá: como que la sentía lejana, como que costaba trabajo hacer que se integrara otra vez a la familia. Me acuerdo que me reía de ella porque hasta quería hacer la tarea de la escuela, como ñoña, y ella se enojaba mucho cuando yo le decía así. Y no me ayudaba nada que su papá, mi marido, también se burlara de ella cuando llegaba a la casa, y más porque otra cosa que estaba pasando es que se estaba poniendo muy gorda, porque mi mamá le daba más de comer. «Gordibuena», se reía él. Su papá. A mí me daba también un poco de risa pero trataba de aguantarme.

Esto pasó en un tiempo en que mi mamá ya estaba voladísima con lo de mi hija en su casa: según ella estaba contenta de verla progresar y hasta quería quedársela toda la prepa, a ver si lograba que entrara a la universidad a estudiar una carrera. A mí me daba mucha furia y me daba vergüenza porque sentía que me estaba diciendo que era una pendeja. Ella que es mucho más vieja que yo iba a hacer mejor trabajo que yo. Así sentía que me estaba diciendo. Que era superior a mí porque tenía «educación» (vuelve a sugerir las comillas con los dedos). Yo creo que me tiene envidia, que siempre me ha tenido envidia porque mi papá me quería a mí más que a ella.

En ese tiempo mi amiga Sasha empezó a ir a la Iglesia de Isis y un día me invitó. Es una iglesia que ahora se ha puesto un poco de moda, aunque no la anuncian en la tele ni nada así: o sea, se ha puesto de moda por este rumbo de la ciudad, nada más, porque la gente la recomienda. Yo nunca fui de ir a iglesias ni nada, porque mi papá decía que esas también eran puras mamadas, pero sí creo en Dios y estoy contra las drogas y el aborto y todo cual debe ser. Y según me decía Sasha esta iglesia era muy buena porque tenía lo de otras –cantos, oraciones para resolver los problemas, visitas del Espíritu Santo para limpiar a la gente, lo normal– pero también tenía algo más. O sea, Isis. Ella no es sacerdote, o sacerdota, o como se diga, obvio, porque no es iglesia católica, pero tampoco es pastora como luego hay en las iglesias cristianas.  Es otra cosa: es como una vidente, pero no de astrología ni esas cosas, sino de religión. Cuando toca que alguien pase con ella le da consejos sobre su vida: nada de sermones o de indicaciones generales, «no matarás» y eso, sino puras cosas directas. Medio en clave pero directas. Y entonces por eso gusta mucho, decía mi amiga. Porque se siente uno limpiado y con Dios pero también viene la parte más práctica. Y además sí funciona, me decía Sasha. Siempre le atina.

Y pues fui. Pensaba que a lo mejor encontraba un modo de arreglar la situación de Pilar. Tomé dinero de mi mandado para la cooperación voluntaria que siempre piden en las iglesias… obviamente no iba a tocar el guardado de mi marido para sus cervezas, no soy pendeja y él cuando lo provoco sí me pega… Total, que fui. Era un templo como otros que hay por aquí: una bodega en la zona industrial acondicionada para que quepa mucha gente y puedan estar sentados pero también pararse y bailar. Había un espacio para el grupo musical y una como tarima para que se parara el pastor, que la verdad sí está bastante bueno y se llama Gerry Martens, y para Isis. Pero primero fue él. Nos echó rollo, cantamos, volvimos a cantar, lo que suele pasar. Luego vino la parte de la alabanza donde llega el Espíritu Santo.

A mí no me tocó que me llegara, como a Sasha. La verdad siempre me ha asustado un poco cuando la gente pierde el control y se tira al piso y pone los ojos en blanco, o cuando se ponen a bailar bien fuerte, más cabrón que el perreo del reguetón. Se parece mucho a los que están poseídos por el demonio, pero claro, es porque están poseídos por los ángeles o por Dios, por alguien bueno: cuando Sasha se puso a dar vueltas me gustó porque a pesar de que tenía cara de loca, la verdad, también se le veía como la paz. Yo quisiera sentirme así alguna vez. A lo mejor regreso. Pero, bueno, lo importante es que cuando vino la hora de las consultas me seleccionaron a mí. Parece que no siempre le toca a los que van por primera vez. Cuando va a salir Isis, hay una gorda que tienen ahí para que mueva y la ayude, la ujier le dicen, porque Isis siempre está en contacto con Dios, siempre tiene los ojos en blanco y se mueven muy raro sus brazos y la tienen que hacer caminar a donde debe ir. Entonces la gorda, que de veras está gordísima y además parece más vieja que mi mamá, aunque se supone que es joven porque lleva un vestido horrible y el pelo en chongo… la gorda, pues, selecciona quién va a pasar según lo que descifra de cómo se mueve Isis, que al contrario es muy bonita, con la cara finita y muy lavada, vestida como la Virgen de Guadalupe pero con un manto blanco y no azul. Va toda de blanco.

Y la gorda me señaló a mí. «Pasa, hermana, sin miedo», me dijo, y yo me acerqué. Subí una escalera hasta la tarima, me acerqué a Isis, me agaché un poco para oírla mejor, y entonces ella me dijo «Que huya corriendo de la carrera». Primero no entendí que ya era todo. Me tuvieron que decir que ya me podía bajar. Dimos la cooperación, se acabó el culto o la misa o como se llame, y ya de salida le pregunté a Sasha, que ya estaba despierta y podía hablar, qué quería decir eso. Y ella me dijo que no sabía. Pero que siempre era así, que había que descifrar. Que por eso estaba en clave pero que yo iba a ver muy pronto que todo era súper claro. Todo el rato de regreso hasta mi unidad me quedé pensando. Y pensé que a lo mejor lo que Isis me decía era que había que evitar que Pilar siguiera en casa de mi mamá, por aquello de la carrera. Y también pensé que cómo le iba a hacer, y me acordé que antes de irse con mi mamá a Pilar le gustaba ir a las clases de tae kwon do que da su papá, mi marido: no fue mucho porque desde luego no iba a pagar, y los vecinos que mandaban a sus hijos a la clase iban a empezar a pedir descuentos o a dejar de pagar también, pero el tiempo que había ido le había gustado. Lo que sea de cada quién, mi marido no habrá hecho estudios ni nada de artes marciales pero ha aprendido mucho: nunca nadie se queja de que sus clases no parezcan profesionales.

Así que hablé con él hasta que lo convencí. Le dije que era una emergencia y que estaba en juego el interés de su hija. Que si iba a permitir que se pusiera gorda de veras. Y a Pilar le dije que era idea de él: que por qué no se quedaba el lunes en vez de regresarse con mi mamá para que fuera a una clase en la tarde. Total, qué de malo había en faltar a la escuela un día. Ella primero no quiso pero al final la convencí. Le dije que había chavos guapos en el dojo de su papá y que no todos eran vecinos. (Esto se lo dije porque el dojo, así se le dice al campo de entrenamiento de artes marciales, es en realidad un patio techado de nuestra unidad habitacional que él le renta al administrador las seis horas diarias que lo usa.)

Total, sacamos un traje de karate que nos encontramos en la casa, y que nada más le quedaba un poco chico a Pilar, y la mandé a la clase mientras yo me iba a trabajar.

Y resultó que lo primero que hace mi marido en sus clases es que pone a correr a la gente, a dar vueltas y vueltas en el patio, para que calienten. Yo no sabía. Es algo nuevo porque antes luego los ponía a pelear. Pero ahora, según para que se lastimen menos, pone a correr a todos por no sé cuánto tiempo, y luego los pone por parejas para que combatan y a la primera, en el primer golpe, a Pilar le dieron en una pierna y se cayó y se torció la rodilla. La verdad no entendí bien cómo fue. Cuando llegué a la casa, en la noche, ella ya estaba allí y tenía la rodilla del tamaño de un melón y toda negra. Me dijo que su papá la había mandado de regreso. Lo esperamos a que llegara y entonces le reclamé que no la hubiera llevado con un doctor, o al menos que no la hubiera hecho subir sola las escaleras hasta el edificio y luego las del departamento, pero él me explicó que no podía dejar sola la clase ni tampoco hacer mucho ruido porque eso hubiera asustado a los otros alumnos. Finalmente la llevamos a Urgencias y luego de pasar varias horas en un pasillo, en la madrugada la pasaron con alguien, le pusieron anestesia, le arreglaron no sé qué y ya la enyesaron. Yo pensé un rato que sí había sido una pendeja, porque la carrera que había dicho Isis finalmente había sido la que iniciaba la clase de tae kwon do.

Entonces Pilar se quedó en mi casa, pero no nada más por gusto sino porque no se podía mover. Según esto iba a tener que quedarse dos meses así en lo que se aliviaba. Pero entonces mi mamá empezó a ir dizque a ayudarla, para que no se atrasara con la escuela. Entre eso y que la pobre se notaba que estaba muy mal con el yeso puesto, que le dolía, que le molestaba mucho, yo acabé como loca. Y un día que saco el cuchillo…

Suena horrible, ¿verdad? Sí, la maté. ¡No, no es cierto! (Ríe).

No, empecé a abrirle el yeso para quitárselo. La pobre gritaba de dolor pero por lo mismo no podía yo verla así. Y que mi mamá se interpone. «¡Qué estás haciendo!», dice. «Ya no aguanto», digo yo. « ¡No puedes quitárselo, no se ha aliviado!». Y que me enojo. «Es mi hija», le digo, «no es tu tuya, y yo soy la que decido». «Si así te vas a poner, entonces yo no me hago responsable», dice ella. «Pues no te hagas», le digo yo. «Pues entonces me voy», dice ella, y se va, y yo, bendito sea Dios, le pude acabar de quitar el yeso.

***

Ya estamos bien, como antes. Mi marido sigue dando sus clases y no pasó nada. Y yo aprendí de esto que lo mejor es la unidad de la familia. Que no hay escuela que valga más que eso. Por ejemplo, ahora Pilar perdió el año de secundaria, por la lesión, pero está tranquila.

Ayer la encontré subiendo a Internet una foto con sus amigas, de una fiesta a la que fueron. No se le veían las caras porque todas estaban de espaldas a la cámara ensayando el perreo o algo así.

«¿Cuál de los traseros es el tuyo?», le pregunté.

«No mamá», me contestó. «Yo la tomé, yo ya no puedo hacer eso», y yo, la verdad, me sentí muy feliz, porque fue como si no le hablara a su mamá sino a una amiga. Porque así se dicen ahora las chavitas. Me sentí otra vez de su edad. Ahora siento que a pesar de que no le entendí a Isis todo va a salir bien. Chance y con el tiempo se le quita la cojera a Pilar, y entonces podrá perrear con sus amigas. Estaría bien porque ahora, como sigue muy inmóvil casi todo el tiempo, sí se ha puesto gordísima


Alberto Chimal (Toluca, 1970). Además de su actividad como director de talleres de narrativa, es autor de una veintena de libros de cuentos (Gente del mundo, Grey, La ciudad imaginada, etc.), novelas como La torre y el jardín, ensayos, piezas teatrales, antologías, traducciones y cómics.