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Reseñas

Romper fuegos internos

La muerte del padre ■ Karl Ove Knausgaard (Oslo, 1968) ■ Anagrama (2012) ■ 499 páginas ■ 133 soles


Novela. La muerte del padre es la primera entrega de la serie de novelas autobiográficas titulada «Min Kamp» («Mi lucha», en noruego), por Karl Ove Knausgaard. Son seis tomos, más de tres mil páginas, escritas y publicadas a velocidad de rayo, en dos años. Un éxito en ventas, debido, en parte, a la predecible polémica que generó en Noruega su título hitleriano, y a que su autor es absolutamente reconocible en las líneas, así como varios de sus contemporáneos. Con seguridad, este demencial proyecto literario tendrá consecuencias duraderas; su refrescante manera de hacer literatura ha generado identificación en públicos muy disímiles, dentro y fuera de su país.

Enfrentado a un bloqueo creativo tras la muerte de su padre y la difícil vida en familia con tres hijos pequeños, Karl Ove Knausgaard opta por dar un giro de 180 grados a su estrategia literaria. Se aparta del cuidadoso ejercicio de la ficción (que ya le había valido premios), y empieza a escribir sobre su vida. A contar, con total libertad y sin censura, pasajes banales o muy comprometedores de su vida. Todo lo que recuerda. Una escritura maquinal y minuciosa, veinte páginas diarias. Este ejercicio proustiano de la memoria se encuentra, sin embargo, exento de estilo personal, a la vez que rechaza maniáticamente toda concesión poética o irónica para enfocarse en la cruda narración descriptiva.

Las digresiones se suceden: la niñez, episodios de la adolescencia, recuerdos de la abuela, algo sobre el único partido de fútbol donde fue a verlo su padre; y siguen. Sorprende que a pesar de la trivialidad de gran parte de las descripciones y confesiones, todo resulte hipnótico. Y es que la narración no pierde la complejidad sintáctica y formal. Las oraciones, aunque toscas, se enlazan y subordinan correctamente, a la vez que las digresiones se ensamblan hacia el final. Esto ocupa en realidad el último tercio del libro: vemos al narrador y a su hermano encargándose de los efectos prácticos del fallecimiento de su padre, quien se emborrachó hasta morir encerrado en la casa de su madre. Se erige esta complicada figura del padre en relación con el narrador: la repulsión y el odio no impiden que las lágrimas no cesen de brotar.

La impresión que nos queda, al final, es la de una constelación de recuerdos que carecen de centro. No se condensan en una identidad, en una voz subjetiva, sino que la sobrepasan. Este efecto me resulta el más inquietante. Ya que a pesar de lo autobiográfico, el desborde narrativo-descriptivo de la novela no busca precisar los contornos del mundo interior de un sujeto, sino crear una objetividad ajena y superior. La reflexión sobre la muerte apunta a eso: hay una materialidad que está más allá de nuestros juegos del lenguaje, de nuestra reflexividad, a la que cual nos cerramos con temor. En resumen, la propuesta de Knausgaard, de claras influencias modernistas, se coloca en el cada vez más creciente número de escritores (David Foster Wallace, Jonathan Franzen, Roberto Bolaño, etc.) que intentan romper con las convenciones minimalistas, fragmentarias de la literatura de las últimas décadas y escribir su particular novela total. Por Stephan Grubern.


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