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«La literatura es un medio para trazar posibles recorridos hacia los abismos»

Una charla con Samantha Schweblin

Por Paloma Reaño


Samanta Schweblin (Buenos Aires, 1978) maneja un lenguaje fresco, despojado de toda retórica, para, con voz serena, extraer elementos de la más llana vida diaria (una reunión familiar, un paseo por la autopista, un bar, una terminal, la salida del colegio) y sumergirnos, casi sin darnos cuenta, en ambientes enrarecidos y situaciones perturbadoras. Y esa familiaridad, minada de absurdo y humor, resulta siempre desconcertante.

Escribe con una extraña precisión: aquella que deja en claro todo lo que menciona, y lo que no. Domina las entrelíneas, y en ese juego de exactitud y sugerencia, nos hace sus cómplices. Porque pone los rieles y nos deja ir descubriendo la historia como quien devela una imagen tras unir los puntos.

Estudió Cine, pero se divorció de él el mismo día que terminó la carrera. Sin embargo, le dejó una habilidad para lo visual que se filtra siempre en su escritura: uno puede ver lo que sucede en sus relatos pese a situarnos en espacios indeterminados.

Hoy tiene una residencia de escritura en Berlín pero cuenta que mira más de cerca Latinoamérica y Argentina. «Vivo a diez minutos de la biblioteca iberoamericana más grande de Europa, consigo libros de Argentina que no conseguía ni en la mismísima Argentina, libros de hace ochenta años, o del año pasado; libros de Cuba, libros descatalogados, cartoneras de todo tipo… es impresionante».

Integrante de la llamada Nueva Narrativa Argentina y de la banda de escritores jóvenes en español seleccionados por la revista Granta, su primer libro de cuentos (El núcleo del disturbio, 2001) ganó el primer premio del Fondo Nacional de las Artes y el Concurso Nacional Haroldo Conti. En 2009 llegó Pájaros en la boca, un conjunto de relatos que ganó el Casa de las Américas, fue traducido a una decena de idiomas y publicado es varios países. En 2012, su cuento «Un hombre sin suerte»1 ganó el Premio Juan Rulfo. Acaba de publicar Pájaros en la boca en chino, y de presentarlo en Shanghái. Sigue escribiendo. Pronto nos volverá a sorprender: a mediados del próximo año saldrá su tercer libro, aún sin título definido. Schweblin conversó con nosotros sobre la timidez, las primeras lecturas, los talleres literarios, su paso por Lima, el oficio del cuentista y el Premio Nobel de Literatura.

¿Qué experiencias te llevaron a la literatura y, en especial, a la escritura?
El hábito de la lectura, escuchar una buena historia antes de acostarse está naturalizado ya en mis primerísimos recuerdos. También un abuelo materno muy fabulero y apasionado al que le encantaba leerme a Alfonsina Storni y Gabriela Mistral casi a los gritos, y que me regaló mis primeras lecturas de adulto. Y sobre todo, una personalidad muy introvertida, y el descubrimiento temprano de que si abría un libro y me lo acercaba a la cara lo suficiente, la gente dejaba de hablarme. Un libro abierto era como una capa mágica para volverse invisible, el descubrimiento de un instrumento mágico de supervivencia para cualquier adolescente antisocial e introvertido. Y creo que la primera vez que escribí un cuento fue para un taller literario que teníamos en la primaria. Pero siempre me gustó contar historias. Cuando no sabía escribir se las dictaba a mi mamá, marcándole dónde tenía que dejar los espacios en blanco para después hacer los dibujos.

Tenías 23 años cuando publicaste El núcleo del disturbio y ganaste dos premios importantes. ¿Cómo influyó ese reconocimiento inmediato en tu obra?
Fue un orgullo, pero si tengo que ser sincera no creo que a mi obra le haya hecho muy bien. Para empezar, retrasó muchísimo el siguiente libro. Me asustó la velocidad con la que se dieron las cosas, el libro premiado y en las librerías, los periodistas haciéndome preguntas del tipo «¿Cómo atraviesa la política tu obra?», «¿Cuáles son tus grandes maestros?», «¿En qué tradición literaria te inscribís?». ¿Cómo puede una chica de esa edad contestar a estas preguntas? En fin, que del susto estuve casi dos años sin escribir. Estaba contenta con el libro pero decepcionada conmigo. Sentía el deber de ser «un escritor interesante» detrás del libro, y la frustración de reconocerme como una simple y mundana ciudadana, sin nada extraordinario que decir. ¿Por qué hay que decir algo detrás de un libro? En realidad es algo que sigo preguntándome.

Luego vino Pájaros en la boca, con 18 cuentos que comparten un clima: la sensación de que lo extraño y lo fantástico se codean con el mundo cotidiano. ¿Esa impresión es calculada o resulta instintiva, inconsciente?
Al principio fue inconsciente. Quizá en este segundo libro tenía un poco más de control sobre mis intenciones y sobre los textos, pero en el primero todo fue más instintivo, y sin embargo este mundo extraño y anormal ya estaba presente. Supongo que es un clima que siempre me interesó, incluso como lectora.

¿Cuáles dirías que son los temas que alimentan tu literatura?
Creo que lo que escribo está relacionado con mis miedos y mis dudas. Creo que la literatura, tanto para el lector como para el escritor, es un medio para trazar posibles recorridos hacia los abismos, para asomarse a lo que tanto tememos e intentar entender. A mí me asusta mucho lo que no se dice. Ese silencio que tiene que ver con la incomunicación y la violencia. Me preocupa la muerte, el dolor: son los grandes temas. Finalmente, a todos nos preocupa lo mismo.

¿Cuáles fueron los autores o las lecturas que marcaron el rumbo de tu escritura?
Hubo descubrimientos importantes, claro que sí. Creo que el primero fue La espuma de los días, de Boris Vian. Hasta entonces yo solo leía literatura clásica. La verdad es que tenía unos doce, trece años, y creo que ni siquiera entendía del todo lo que leía. Pero me gustaba abrir el libro y dejarme llevar. Leer tenía que ver con estar lejos, en otro sitio. La espuma de los días fue un baldazo de agua fresca. Era un texto extraño y surrealista, y sin embargo avancé por él con la certeza de estar entendiéndolo todo, de estar leyendo incluso detrás del texto, más allá de las palabras. La magia de la literatura se había puesto al fin completamente en acción. Después vino la etapa Ray Bradbury y los cuentos completos de Cortázar, que me regaló mi abuelo. Fueron lecturas que llegaron más o menos por azar. Después, los talleres literarios, los amigos lectores, y las recomendaciones me llevaron a mis lecturas fundamentales: Kafka, Bioy Casares, Di Benedetto, Rulfo, Salinger, O’Connor, Cheever. Y un poco más tarde, Buzatti, O’Brien, Keret…

Las historias pueden ser un pretexto para la reflexión. En tus relatos, la infancia y las afueras de la ciudad suelen ser condiciones para lo inesperado. ¿Cuáles consideras las recurrencias de tu escritura?
Cuando terminé Pájaros en la boca decía muy orgullosa que era un libro sobre los grandes miedos, sobre la muerte y el horror. Pero en las lecturas de los otros descubrí que el gran tema es la maternidad, y la relación entre padres e hijos. Si alguien me dijera que un libro trata sobre eso lo sacaría rápidamente de mi lista de prioridades. Es curioso cómo un tema para mí aparentemente menor, o superficial, termina siendo el gran tema. Como verás, no hay una elección muy consciente de estas cosas.

En 2010 reeditaste Pájaros… en Perú con Estruendomudo y dictaste el taller «Cómo escribir un cuento (y otras historias)», ¿qué sensación te causó ese paso por Lima?
Lima me encantó. Fueron poquitos días –creo que unos cuatro o cinco–, pero tengo lindos recuerdos, hice buenos amigos y la Feria del Libro me sorprendió, volví con muchísimos libros. Pájaros en la boca se publicó originalmente en Planeta, en 2009, pero a partir de entonces comenzó a reeditarse en distintas editoriales independientes de Latinoamérica. Esto ayudó muchísimo a su difusión, la última edición, por ejemplo, fue de la editorial Germinal de Costa Rica para Centroamérica. A veces son tiradas cortas, pero llegan a lugares a los que una gran editorial difícilmente llegaría. Para los que escribimos lento no hay mejor premio que recibir una nueva edición del último libro casi cada seis meses. Debe ser muy parecida a la sensación de ser un autor prolífico… El taller fue una propuesta que le hice a Estruendomudo. Fueron sesiones intensas, creo que cuatro en una semana, de cuatro horas cada una. Me encanta dar talleres. Me ayuda a pensar el acto de la escritura, a pensar incluso mis propios textos.

El taller se estructuró a partir de tu «Teoría de las promesas». Cuéntanos un poco sobre esta idea de creación.
La idea de este taller surgió en las afueras de Oaxaca, México, en una residencia de cuatro meses que hice en 2008. Éramos un grupo de doce artistas de toda Latinoamérica y de distintas disciplinas viviendo en la montaña, en una gran «casa-centro cultural», y lo único que este programa pedía a cambio era que cada uno diera un taller para la comunidad campesina que nos rodeaba. Mis 16 alumnos tenían entre 14 y 70 años, y sus ocupaciones iban desde estudios universitarios hasta la recolección de maíz. Creo que fue la imposibilidad de encontrar ningún tipo de promedio lo que me hizo volver a las fuentes, releer a mis autores preferidos una y otra vez, y preguntarme, de la forma más básica, simple y magra posible qué es lo que hace que una historia sea una buena historia. Sin diagramas de acción dramática, sin teorías estructuralistas, sin clímax ni conflicto. Nabokov decía que un escritor no es solamente un contador de historias; si solo fuera eso no sería interesante: un escritor es un mago, un encantador. Si yo encontraba una idea personal, propia, acerca de cómo reproducir el truco literario, entonces todos los alumnos estarían a la par, daríamos todos juntos los primeros pasos. Y así fue. Fue una de las experiencias de aprendizaje más grandes que he tenido. Gran parte del taller nació de esa extrañísima comunión y a partir de ahí no dejé nunca de dar talleres. Desde La Habana hasta Estocolmo. Incluso acabo de dar uno en Pekín. Ciudad por donde paso, ciudad en la que doy un taller.

En tu opinión, ¿cuáles son las dificultades del cuento, y cuáles sus felicidades?
En la técnica, el cuento exige precisión, no hay lugar para las bifurcaciones, cada palabra y cada idea está rigurosamente atada a la razón central de la historia. Pero esto también tiene mucho que ver con el escritor que hay detrás. Hay cuentos que no cumplen con nada de todo esto, y novelas que funcionan perfectamente en esta línea, así tengan solo 100 páginas, como Muy lejos de casa, de Paul Bowles, u 890, como La vida entera, de David Grossman: a ninguna de las dos les sobra una sola palabra. En la experiencia de escritura es en donde envidio a los novelistas. Si, como se dice por ahí, uno es escritor mientras escribe, los novelistas tienen una vida mucho más sensata. Una vez embarcados en una idea pueden trabajar durante años pensándose a sí mismos escritores. Yo nunca me siento escritora. Siempre estoy a la espera de una nueva idea, o en la corrección de un cuento ya terminado, pero el momento de la escritura es breve y, por breve, angustiante.

¿Qué estás leyendo en este momento?
Acabo de terminar Claus y Lucas, de la escritora húngara Agota Kristof, que me dejó absolutamente fascinada. Hacía tiempo que un libro no me impactaba tanto. Y ahora estoy leyendo Siempre vivimos en el castillo de Shirley Jackson y El país imaginado de Eduardo Berti, vienen muy pero muy bien. Creo que estoy en una excelente racha de lecturas.

Si tu primer libro es una gran paleta de voces y temas mientras que en el segundo los relatos mantienen una misma temperatura, ¿qué podemos esperar del tercer libro?
El otro día un amigo escritor hizo esta observación: El núcleo del disturbio sucede en un mundo muy lejano, son cuentos que parecen ocurrir en la pampa, en pueblos remotos, en mundos que rozan incluso lo onírico. Pájaros en la boca se acerca un poco más a la ciudad: sucede en la ruta, en las afueras, en el conurbano. El tercer libro sucede en la ciudad, y curiosamente, o quizá justamente por esto, es un libro más alejado de lo fantástico y lo extraño, más cercano y realista, aunque espero que, no por esto, menos inquietante.

Es común que se reclame una novela para legitimar a un escritor. ¿Qué dices al respecto?
Me parece tan insólito como pedirle a un dramaturgo un buen poema. Pero también pienso en las decenas de aspirantes a escritores que cada semana dejan sus libros de cuentos sobre las mesas de los editores, o las insólitas tendencias del mercado editorial donde, aunque cada vez se lee menos, los best sellers tienen cada vez más páginas, y entonces mi confusión es importante. Pero no es un tema que me preocupe. No vivo de mis libros, tengo otros trabajos para comprar mi tiempo para escribir, lo cual no es muy práctico, es verdad, pero me da la libertad de escribir lo que realmente quiero escribir.

Y la última: ¿qué piensas de la Academia Sueca premiando a una cuentista?
Hay mucha polémica detrás de cada Nobel de Literatura. Grandísimos autores han quedado fuera y, por supuesto, como argentina, basta pensar en el caso de Borges para sentir cierta injusticia. Pero siempre habrá más autores que merecen ser reconocidos que vacantes en el Premio Nobel, es una realidad agridulce por todos conocida. Alice Munro era efectivamente una de mis preferidas, pero nunca se me hubiera pasado por la cabeza que la elegirían. No por su talento, su grandísima obra, sus posiciones políticas y todo lo que supongo que se tendrá en cuenta a lo hora de elegir un candidato. Sino por algo mucho más fuerte y ausente en la larga lista de premiados: su condición de cuentista. Este ha sido un premio también para el género del cuento, y me gusta mucho que haya sido ella la abanderada.