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Historia de un libro prohibido

Por Juan Carlos Fangacio


Agustín Fernández Mallo decidió reescribir, casi a lo Pierre Menard, El hacedor, de Jorge Luis Borges, pero la viuda del argentino le plantó una demanda que logró censurar el libro. ¿Hasta dónde llega el límite del plagio y dónde se borra la frontera entre copia y original?

El idioma es una serie de plagios

Jorge Luis Borges


I

Lo que tengo en mis manos es una burda copia. Más o menos así describió María Kodama, la viuda de Jorge Luis Borges, a El hacedor (De Borges). Remake (2011), libro del español Agustín Fernández Mallo en el que homenajea al maestro argentino con una reescritura creativa, una especie de remix literario, de El hacedor, de 1960. Aunque no estoy de acuerdo con la opinión de Kodama, coincido en que lo que estoy revisando en este momento es una burda copia: 90 hojas bond cortadas en mitades, impresas en blanco y negro directamente de un archivo PDF, y anilladas en forma artesanal. Una edición que solo pude conseguir clandestinamente desde que, a fines de 2011, Alfaguara retirara la obra de todas las librerías y detuviera su distribución y venta ante una demanda de Kodama, que acusaba a Fernández Mallo de plagio.

Hablamos, pues, de un libro prohibido en pleno siglo XXI. Como si se tratase del Decamerón de Bocaccio en plena Edad Media, o de Los versos satánicos de Rushdie en el mundo islámico. Y así podemos mencionar muchos ejemplos en los que la prohibición aplastó al mundo editorial.

O podríamos, también, pensar a la inversa: en libros que alertaron sobre el peligro de la censura sin límites en un futuro no muy lejano. 1984, de Orwell; Un mundo feliz, de Huxley; Fahrenheit 451, de Bradbury, distopías en las que el acto de leer se ha convertido en un delito. Aunque, como dijo alguna vez Ricardo Piglia, «siempre hay alguien que lee, un único lector o una asociación secreta de lectores en fuga». Yo, con un libro prohibido (y descargado y fotocopiado) entre las manos, me siento un subversivo de la lectura.

II

¿Qué le molestó a María Kodama de El hacedor (de Borges). Remake? La respuesta más evidente probablemente sea el supuesto intento de Fernández Mallo de disponer de la obra de Borges sin pagar los derechos correspondientes. Una cuestión legal, un lío de derechos de autor, digamos.

Pero vayamos a lo estético: ¿hay realmente un plagio por parte de Fernández Mallo? Allí las dudas quedan aun más disipadas: no lo hay. La adaptación que hace el español de la obra del argentino tiene la claridad de los mejores trabajos de apropiación, un estilo tan explorado como creativo, del cual justamente Borges fue uno de los exponentes, por no decir descollante precursor. Fernández Mallo parte desde la misma estructura de El hacedor, pero encuentra en la parodia –y no hablo necesariamente de la que incluye la burla– la libertad para desarrollar sus propias desviaciones, ideas novedosas, reflexiones auténticas y renovadoras, que en muchos casos se distancian por completo del libro intervenido.

Si Borges torcía las tramas y los personajes de la mitología griega o la escandinava, Fernández Mallo opta por torcer la propia vida de Borges, e imaginarlo como un redactor de la Marvel Comics y verdadero creador de Los 4 fantásticos. O viaja más allá, cuando decide emprender un periplo gracias a Google Maps, Google Translate y YouTube, herramientas de una Internet que Borges también anticipó en su imaginación casi infinita de senderos que se bifurcan. El juego de intemporalidades que impone el español es de gran originalidad, sin caer en el adorno pop fútil o arbitrario: las apariciones de James Dean, Michael Jackson o Ian Curtis se invocan solas, así como Borges emparentaba con naturalidad al emperador Julio César con John F. Kennedy. Los relatos de Fernández Mallo son, además, medio absurdos, medio crípticos, como en su versión de «Dreamtigers» o de «Las uñas», en que los personajes que crea parecen idos en el laberinto de sus vidas. O en «Una rosa amarilla» o «Ragnarök», donde es el propio autor el personaje, también desubicado, desplazado –no necesariamente en forma física–, y atrapado en situaciones que no terminan de entenderse. La mayoría de textos no guardan una correlación directa con su original, pero guardan una afinidad en su esencia, aunque esta parezca escondida, transparente.

La apropiación o intervención es lo que une las técnicas de Borges y Fernández Mallo. «Cuando un verso es bueno, ya no le pertenece a nadie», dijo cierta vez el argentino, citando unas líneas de Kipling. Y también evocando a este escritor inglés, Orson Welles afirmaba que «el autor no es tan importante» (lo dice en esa extraordinaria película sobre el arte de la farsa y la imitación que es F for Fake). Por su parte, en el prefacio de El retrato de Dorian Gray, Wilde sentencia sin temores: «Revelar el arte y ocultar al artista es el propósito del arte». Para resumir: en tiempos en que ya todo parece haber sido dicho, es probable que la mayor autenticidad brote, inevitablemente, de algo que ya ha sido usado. Alan Pauls lo explica mucho mejor en El factor Borges, cuando habla de la cualidad «parasitaria» del autor de ficciones: esa habilidad para repetir mal lo que otros dicen bien, como si fuera la tara convertida en virtud de un escritor ciego que todo lo «lee mal». Así, el remake de Fernández Mallo se eleva como una revisión –o tergiversación– necesaria del mundo borgeano en nuestros tiempos.

III

Pero, ¿y si fuéramos más allá? ¿Si no habláramos solo de apropiación o adaptación, sino de una verdadera copia? ¿Por qué no pensar en términos de un «elogio de la imitación»? Veo (vuelvo a ver) la película Copie conforme, del iraní Abbas Kiarostami. La veo en una copia pirata, como para acentuar la ironía. «Mejor una buena copia que el original», reflexiona uno de los protagonistas, un escritor que en el desarrollo de la trama, veremos, se encuentra en la búsqueda de una identidad. Pero no hay que malinterpretar, desde luego. El fondo del asunto es cómo la copia en el arte es valiosa porque certifica el valor de lo original. «En la escultura, todas las estatuas ecuestres serían plagios de la primera estatua ecuestre», aseguraba el propio Borges.

Agustín Fernández Mallo también tiene esa intención de «plagio» –entiéndase en el sentido figurado–, cuando recurre a los temas que siempre fueron obsesiones para el autor argentino y en los que su espíritu pervive: la inmortalidad, el infinito, la dualidad (o duplicación), la memoria. Incluso en el interés matemático de Borges, Fernández Mallo –físico de profesión– funciona como un espejo o encarnación que se deja cautivar por los misterios de la creación, como cuando reflexiona sobre el Gran Colisionador de Hadrones, ese gigantesco proyecto científico que busca develar el origen del universo. Proyecto ubicado, además, oh maravillosa coincidencia, cerca de Ginebra, lugar donde yacen –también bajo tierra– los restos de Borges Acevedo.

El punto es: lo que emprende Fernández Mallo, pese a la satanización de Kodama, tiene la noble particularidad de parecerse a lo que quisieron emprender los personajes del cuento «Tlön, Uqbar, Orbis Tertius», un mundo donde «no existe el plagio (pues) todas las obras son obra de un solo autor, intemporal y anónimo». Una utopía, ciertamente, pero tan prístina que deslumbra. Borges como artista de la copia y de la falsificación, dice Pauls. La asimilación de otras voces –«ser descaradamente otros»– como búsqueda de la originalidad, dice Vila Matas. Y hasta Nietzsche señalaba algo similar al decir que «cuando el arte se reviste con la tela más raída, es cuando mejor se le reconoce» (no hay que olvidar su idea del «eterno retorno», útil también para lo que queremos entender aquí).

Quiso el destino que el epílogo del libro de Borges fuera escrito otra vez –a la manera de Pierre Menard– por Agustín Fernández Mallo, cincuenta años después, y que, aunque dijeran exactamente lo mismo, fueran también distintos, como si cada uno brillase como declaración original: «De cuantos libros he entregado a la imprenta, ninguno, creo, es tan personal como esta colectiva y desordenada silva de varia lección, precisamente porque abunda en reflejos y en interpolaciones». Esta confesión debe erigirse como la prueba máxima de que copia y original pueden fundirse y renacer sin atisbo de trampa o infamia. Y cuando queden dudas, solo hay que mirarse en el espejo y descubrir que allí siempre tendremos un ojo más pequeño que el otro.



Juan Carlos Fangacio (Lima, 1988) Periodista. Ha sido editor de la revista de cine Godard!