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El hombre infinito

A cinco años de la muerte de David Foster Wallace


Mis recorridos por librerías los hago exclusivamente los domingos. Siempre en la tarde, cerca de la noche. Me resulta cómodo por la sencilla razón de que hay muy poca gente y no pasa nada mejor que ver y comprar libros en absoluto silencio. Hace poco más de ocho años, terminé uno de estos periplos en El Virrey de la calle Dasso. Llegué hacia las seis de la tarde y me puse a revisar la sección de Literatura Internacional. Miraba los lomos, anotaba títulos y nombres de autores, revisaba contraportadas. Entonces reparé en un tomo grueso, que no tenía registrado y que a las justas podía ser cogido por mi mano abierta. Pensé que se trataría de un compendio, algo como una suma de novelas artúricas. Pero no. Lo siguiente que llamó mi atención fue el título de la publicación y, en menor medida, el nombre de su autor: La broma infinita, de David Foster Wallace.

Saqué el ladrillo y lo revisé al vuelo. Me gustó lo que leía, pero se trataba de un gusto por el que debía esforzarme un poco. Además, me fue imposible no preguntarme si lo que tenía entre manos era una suerte de ensayo filosófico, un híbrido discursivo. Parte de esta impresión obedecía a los innumerables pies de página, que reunidos hacían otro libro dentro del libro. Hasta ese momento sabía muy poco de Foster Wallace, ello gracias a la revista McSweeney’s.

Por aquel entonces solía leer bajo programas de lecturas, los cuales podían durar meses y meses. Me concentraba en un autor, una tendencia, y no paraba hasta agotar sus referencias. Entonces finalizaba un plan de novelas de ciencia ficción e iba armando el siguiente (¿nuevos narradores norteamericanos o centroeuropeos?). Me decidí por los primeros gracias a la novela La fortaleza de la soledad, de Jonathan Lethem. Acabé lo de la ciencia ficción y sin más ingresé en el universo narrativo de, además de Lethem, Chabon, Eggers, Palahniuk, Franzen, Powers y, por supuesto, Foster Wallace.

El dinero no me daba para comprarme toda la bibliografía que requería para seguir como se debe un programa como este, así es que apelando a amistades y a ciertas mañas de extracción, me hice con casi todo lo que me interesaba leer de los Wonder Boys. Sin duda, se trata de una gran generación de narradores, una generación heredera de esa imbatible tradición que es la novelística gringa del XIX. De todo lo que leía, tenía a mis favoritos, como Franzen, que me transportaba a la novela rusa; Lethem, una especie de Stendhal en trips; y Foster Wallace, a quien leí en relatos y ensayos por el simple motivo de estar más al alcance de mis bolsillos. Esto me bastó para intuir que era, posiblemente, el mayor representante de su camada. Lo supuse así tras leer los relatos de La niña del pelo raro, Entrevistas breves con hombres repulsivos y Extinción; y su producción narrativa de no ficción (Hablemos de langostas y Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer). Sin embargo, me faltaba verlo en las pistas de distancias largas, aunque esto sea no más que un eufemismo, porque leerlo en cuento y en no ficción era ya enrumbarse en viajes de incansable aliento narrativo. La broma infinita estaba en mi lista, pero aún no era el momento de enfrentarla.

Seguí leyendo, años después, incluso con más voracidad, pero sin programas. Las cosas iban por su cauce natural, cuando el 12 de octubre de 2008 me enteré del suicidio por ahorcamiento de David Foster Wallace. Eran las cinco de la mañana y me encontraba revisando algunas webs de diarios y revistas gringas. No lo supe hasta ese momento: Foster Wallace había llevado demasiados lustros luchando contra la depresión, pero la ingesta de Nardil no resultó suficiente. A partir de entonces no pocos fueron los que empezaron a lamentar su partida. Recuerdo un conmovedor artículo de Eduardo Lago sobre el escritor.

Más de un amigo me comentaba que acababa de nacer una leyenda. Y sí, Foster Wallace se había convertido en una leyenda, pero una leyenda peculiar, ya que a diferencia de otras poéticas –como las de Bolaño o Carver, de alguna manera asimilables y no tan crípticas– la suya resultaba soberanamente complicada. La poética de Foster Wallace se nutría de una sobreinformación temática con el suficiente poder de aturdir al lector más entrenado. Añadamos que su propuesta narrativa (digamos «barroca posmo») se apoyaba en canales discursivos que descansaban a la vez en clásicas y contemporáneas fuentes del pensamiento filosófico. Es decir: nuestro autor jamás escribió pensando en el lector medio. Lo suyo no era el facilismo de, por ejemplo, Bret Easton Ellis (a quien, por cierto, no dejó de tratar como a un imbécil, como podemos leer en Conversaciones con David Foster Wallace).

Es por eso que sorprende su leyenda. Un autor que puede parecer exclusivo para lectoescritores pero que goza de una creciente fanaticada que no duda en rendirse ante él sin necesidad de leerlo. Para leerlo, solo hace falta una mayor dosis de voluntad. Al principio será difícil, pero ni bien agarres ritmo, serás un espectador que en la experiencia de sus palabras verá una radiografía de nuestro mundo, el de hoy, tan entregado a la frivolidad y al consumo; una foto implacable por cuenta de su mirada privilegiada y entrenada.

Días después de su suicidio, me las ingenié para conseguir el dinero y así comprar La broma infinita en El Virrey pero, cuando pregunté por él, otro ya se lo había llevado. Otro que no dudó en desembolsar casi 200 soles. Ese ejemplar no guardaba relación alguna con los que vemos ahora, en formatos de bolsillo y tapa blanda. Podría decir que el lomo de aquella Broma era de tela y sus hojas más gruesas. Para leerla esperé más de lo deseable y lo hice en un incómodo formato de bolsillo.

Para acceder al universo de un gran escritor, necesitamos hacerlo por la puerta precisa, y esa puerta, en el caso de Foster Wallace, es La broma infinita. No solo es un ejemplo de proeza verbal, sino también en el ámbito del pensamiento. Uno la acaba sintiéndose otra persona, alguien que ha invertido bien su tiempo en una novela que exige mucho y no defrauda nada. Fue después de esta lectura que me puse a pensar en la depresión del autor. Al respecto, me informé todo lo que pude, leí y escuché cada una de sus entrevistas, me sumergí en todo lo que se escribía de él.

Podríamos especular sobre la fuerza motriz de su propuesta, que no solo descansa en su inmenso talento y privilegiada inteligencia. Basta ver su minuciosidad en el detalle, su obsesiva inmersión en la información, su propensión a hacer las cosas difíciles, pero no complicadas, para el lector, como para tener sospechas razonables de la lucha de Foster Wallace contra la depresión, que en más de una ocasión lo llevó a intentar matarse y que a la vez combatió siendo el mejor, el más perfeccionista. Si hacemos un breve repaso de su biografía, constataremos que no dejó de destacar en todas las actividades que realizó. El mejor deportista. El mejor alumno. El mejor escritor. Las pastillas le ayudaron a tener las cosas en orden, lo suficiente como para dedicarse de lleno a la literatura, porque fue en la literatura donde sabía que podía desplegar y repotenciar sus recursos intelectuales y creativos, cosa que solo logró a medias en la filosofía y en las matemáticas. La literatura le significó la libertad del encorsetamiento del pensamiento filosófico, de la visión cartesiana de la vida, tal y como podemos constatar en su primera novela, La escoba del sistema, que lo presentó en sociedad como una de las grandes promesas de la entonces reciente narrativa de su país. Hoy nos encontramos con dos nuevos libros, sobre y de Foster Wallace, la biografía Todas las historias de amor son historias de fantasmas, del periodista DT Max; y el conjunto de textos dispersos En cuerpo y en lo otro. La gran literatura sobrevive a sus autores. Muchas veces la imagen del hacedor sirve de acicate a los potenciales interesados en una determinada obra. En el caso de Foster Wallace, resulta imposible obviar esta asociación. Cuando vemos su imagen, podemos barajar la idea de que estamos ante un deportista o un cazador de tigres, no un escritor. Lo último que quiso fue caer en la frivolidad de la impostura, tan recurrente. Impostura que no es más que el signo del malestar y desazón de la sociedad que retrató y parodió. Si esa imagen de antiescritor ayuda a que lo podamos leer y así acceder a una obra como la suya, claroscura, que remueve y retuerce, pues bienvenida esa imagen del antiescritor. Por Gabriel Ruiz Ortega



Gabriel Ruiz Ortega (Lima, 1977) es crítico, editor, blogger y librero. También, autor de la novela La cacería y de la serie de antologías de narrativa peruana contemporánea Disidente.