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Alcanzar el éxtasis a través de la poesía

Splendor: suma poética de Enrique Verástegui

Por Jorge Castillo



Bellísimo cielo color conche perla brillante de Lima:
de aquí zarpó Melville, de aquí zarpó Francis Bacon.
de aquí zarpó Kon Ti-Ki
Manzana recogida por Newton
gira impecablemente en el universo infinito
y es flor en mete de Einstein.



Volvía hace unas semanas de México cuando el avión que anunciaba la llegada a Lima fue sometido a una turbulencia estruendosa y constante. Todos volvimos a nuestros asientos, excepto yo, que no me había movido de él. Aburrido y triste, pegada mi cabeza a la ventana, sostenía un libro que hojeaba por ratos. «Abróchense los cinturones y permanezcan sentados». Mi cabeza se golpeaba con la ventana del lado izquierdo.Diez días después comencé una serie de conversaciones con Enrique Verástegui (Cañete, 1950) y una de sus declaraciones me devolvió rápidamente a ese momento en el que el avión parecía una frágil cometa de papel y donde seguro también una viejita por ahí, asustada, cerraba los ojos y apretaba los puños. «He hecho una revolución total y estoy pidiendo permiso para aterrizar. He pasado 43 años de mi vida volando en un superjet, haciendo revoluciones por la belleza y la vida, y por eso ahora quiero retirarme, mi obra es prueba de eso».El libro que revisaba en el avión era Splendor y el motivo de las conversaciones que tuve con Verástegui fueron a propósito de la edición mexicana de ese libro de mil páginas que no tiene parangón en la poesía peruana, antes llamado Ética, nunca editado en su conjunto en el Perú. El avión, como es obvio, pudo aterrizar y dejarnos a todos en buen puerto. Todos sus lectores, probablemente, queremos que Verástegui siga planeando por esas alturas estratosféricas, astrales, a 10 mil millones de kilómetros por segundo, entregándonos esos versos largos y alucinados que parecen envolverlo todo, bordearlo todo, saberlo todo, mientras algo te abraza el espinazo, te zumba el oído, te aplasta y ya nadie puede ser el mismo. Pero Verástegui quiere descender, sano y lúcido, a este valle limeño, que lo mimen, y reconozcan su aporte a la poesía peruana y más, se diría, al conocimiento universal.

De hecho, todo surgió mucho antes y no en este país, sino en México, que no es un país sino un casi país y, a la vez, un multipaís. Todo lo que pasa en el Perú, para bien o mal, en México pasa dos veces. Una bestia hermosa e innombrable. Solo ahí, y no en otro lado, pudo ser editado un monstruoso libro como este, por su voluminosidad, su ambición, su brillo y vuelo. Un libro que pretende abarcar, como ya se ha dicho antes, buena parte del conocimiento humano y hacerlo poesía, o al revés: hacer poesía del conocimiento humano. Splendor, epistemología y épica de la complejidad. Su nombre completo. Pero, en realidad, esto surgió mucho antes, en 1972. «23 años de trabajo, no hacía otra cosa que escribir poesía. Escribía desde la mañana a la noche, doce horas diarias. Aplicaba el método que aconseja Mario Vargas Llosa, el de la disciplina. Splendor nació en el año 1972 y terminó de escribirse en 1995. En ese lapso produje este libro que, en un principio, quería comparar con La divina comedia de Dante o con De Rerum Natura de Lucrecio, o con los poemas de Li Po y que, sin embargo, he llegado a la conclusión de que todo eso concretado es Splendor». Los días van y sigo visitando a Verástegui en su casa en Ate. Es un barrio apacible que nada tiene que ver con ese distrito sangriento de las portadas amarillistas de la prensa local. Y pienso que la valla que dejó Verástegui con su obra es muy alta, y tan alta es que de alguna manera dividió la poesía y que el futuro de la poesía ha comenzado con él, o como dice Giordano Bruno, su álter ego quizá, que toda época está en retroceso y todo presente es pasado devorado en el futuro. Así va, con una poesía cargada de energía luminosa y de esperanza. Veamos. En medio de esa crisis histórica (la Guerra Fría y más adelante la caída del Muro de Berlín), que es también su crisis, quiere salvarse. Su salvación es salvar al mundo, y él, Ángel Enrique, proyecta este libro en un tiempo de profunda crisis social e histórica. No hay salvación sin proyección, y no hay proyección sin el humano. Splendor es la búsqueda total en pro de la vida a través del arte, de la poesía.

Es la vida encontrándose con su génesis y parte del principio, y primer libro, Monte de goce, un tratado de erotismo, una técnica amatoria revolucionaria. «Falo/ nalgas/ lengua/ nalgas/ lengua/ falo/ nalgas», y lo repite constantemente. «Yo he tratado de llevar al papel mi experiencia sexual, y lo he hecho con la esperanza de que los jóvenes lean esa técnica de hacer el amor. Y ellos lo agradecen». Más adelante, y de la mano de Juan Chocné, ese chamán que dirigió la revolución indígena del siglo XVI, revisa la historia del país e interviene en ella, anunciándola, en Taki Onqoy. «En toda la historia del Perú, cuyas manos están llenas de muertos desde hace 500 años, Chocné, ese director espiritual y combatiente por la libertad del Perú, nunca me olvido, se fundió en el espacio. Algo tan puro como el espíritu que influye en toda la vida no puede ser tocado por nadie. Eso le ocurrió a Chocné, el director del Taki Onqoy». Angelus novus es el libro de la virtud y la gracia, pero es con Albus con el que Verástegui asciende al Paraíso para dictarnos, ciencia y gnosis, teoremas e intrincadas operaciones matemáticas, tratados para la vida, epístolas a modo de bienaventuranzas, consejos para el buen vivir, gramáticas para una vida feliz y esperanzadora. Allí habla con Dios, se hace él y la vida canta. «He llegado a la conclusión de que Dios es la representación del mundo hermoso y maravilloso, y ese mundo hermoso y maravilloso solo puede ser Dios. No sé cómo, ni cuándo, solo tuve la intuición, después de publicar mi primer libro, de escribir abundante y plantearme las soluciones a los problemas del mundo. Y bueno, así se iba escribiendo. Como soy un hombre de mi tiempo, entendí que cuando cayó el Muro de Berlín debería buscar la salvación en las matemáticas y en mi gramática, que es Splendor. Un libro total. Y todo el proyecto es la suma de 36 mil versos trabajados, labrados, recontra corregidos y hechos piedras preciosas en las manos de los lectores».

Alguien que se plantee salvar al mundo, es que está loco o que está profundamente triste. O ambas cosas, o tal vez la locura anteceda a una profunda tristeza. Enrique Verástegui me espera en su casa, esta vez está solo y viste discreta pero elegantemente. Habíamos quedado en ir por un cebiche pero no puede dejar a su madre, que lo acompaña esa tarde. Soñé con él la noche anterior. Estaba sentado al lado de una losa de fútbol, del lado de las tribunas, solo que no había ni jugadores ni tribunas. El campo de fútbol estaba prácticamente desolado. Verástegui fumaba tranquilo. Parecía una escena expectante, tensa, pero él estaba muy quieto, sereno. Lo vi de lejos y no quise acercarme. «Estoy también como un poco loco. Si mis lectores y los jóvenes quieren que continúe escribiendo pues continuaré escribiendo. Toda mi obra publicada y la inédita son en honor a los jóvenes. A los jóvenes los admiro, los admiro porque mi mente, a los 63 años, sigue siendo la mente de un chiquillo de 19 que buscó algo bello en la vida, que luchó por el conocimiento y la belleza».

La conversación giró en torno a los años en que escribió Splendor. Me contó que lo escribió en todos los lugares donde vivió: Bogotá, México, Ontario, Madrid, Barcelona, París y Londres. Y Cañete también, donde tiene una casa grande que ha sido destruida por el terremoto de 2007 y donde perdió muchos de sus libros. Siento que, por un momento, se aburre de mí o de nuestra conversación. «No sé si quiero ser recordado como Nietzsche. Estoy luchando contra un mundo hermoso, difícil de penetrar, que es la locura también, y que me recuerda los últimos días de Nietzsche. La vida es tan linda, hermosa, y uno cuando es joven idealiza la locura pero en el buen sentido, en el sentido que dice Erasmo: ‘La locura que hace reír es buena locura, y la locura que mata debe ser perseguida’. Yo vi esa locura desde la pubertad. Ahora esa locura me es difícil, indescriptible, convulsa, lo que no tiene perfección, no sé cómo decirlo. Le tengo un poco de miedo a eso. No quiero conversar con mi caballo nietzscheano».

En uno de los textos introductorios de Splendor se habla de Enrique Verástegui como un hombre del Renacimiento, un hombre culto, adelantado a su tiempo, sabedor de ciencia, arte y tecnologías, domador de lenguajes y visionario. Yo quiero imaginar a Verástegui como ese niño moreno y frágil, muy frágil tal vez, que escribió unos versos poderosos, capaces de quebrar la realidad, redescubriéndola para nosotros y mostrándonos, inseguro pero vital, una potencia para descubrir el éxtasis en la poesía y en donde la vida, amplificada, llevándola al extremo, nos muestra un futuro. Un futuro que será la derrota del mundo pero el triunfo de la poesía.


Jorge Castillo (Lima, 1980) es codirector de la revista de creación literaria Mutantres y de la editorial C.A.C.A.