CuentoYushimito

75, calle Prince Edward

Por Carlos Yushimito

«Parents were afar, strangers came not near,

and the maiden soon forgot her fear».

(William Blake, A Little Girl)

«Si mis pasos se apartaron del camino recto;

si mi corazón se fue tras de mis ojos;

si he manchado mis manos…».

(Libro de Job, 31, 7)


A las alturas de Babbacombe, Charlie aligeró la marcha del Vauxhall y su mirada gris recorrió los bordes de la autopista, calculando el número 75 de la calle Prince Edward. Casi ninguna de aquellas casas conservaba sus números en los portales. Cuando se llegaba desde la carretera, había que imaginar un salto de la casa 35 a la 47, y luego seguir adelante. La mayoría de ellas tan solo eran construcciones contiguas de tres plantas y tejados dobles, y todas mostraban, de manera gradual, fachadas de claros colores marinos con diversas tonalidades celestes, verdes o rosadas. Vistas con atención, sin embargo, estaban en realidad todas tan maltratadas o envejecidas, que cualquiera que llegara de fuera acababa por preguntarse si el deseo de sus dueños no sería, en realidad, que los dejasen tranquilos. O que los olvidaran.

Algunas pocas dejaban escapar toldos de lunares y rótulos de B&Bs, como el número 75 de la calle Prince Edward.

–75, calle Prince Edward –repitió Charlie.

Miró el espejo retrovisor y avanzó todavía algunos metros en primera, y una vez seguro de que no venía ningún coche en dirección contraria, giró en redondo, cambiando de carril, y adelantó lentamente hasta llegar a la casa 71. Una vez aparcado allí, tiró el mapa desarmado sobre el asiento del copiloto y saltó a la vereda con su valija en la mano. Está bien, pensó, así que esta vez aquí es la cita. Recordó las ocasiones previas y leyó, avanzando dos casas a la derecha: «Habitación simple: 12 libras la noche». Y tras una primera inspección se dijo que la hostería no estaría mal; la zona era tranquila –quizá demasiado tranquila y alejada de las atracciones principales–, pero lo suficientemente pacífica para albergarlo durante el fin de semana. Se arregló los pantalones y la chaqueta, y miró luego la vereda opuesta, aquella solitaria y despoblada orilla de números pares, en cuyo fondo se perdía una arboleda y una serie discontinua de cabañas que crecían al pie de las montañas. Una gasolinera amplia, un antiguo taller y, más allá, adelantándose a los campos abiertos, un supermercado que hacía las veces de oficina postal, completaban el panorama próximo de aquel margen sin vida que había ignorado poco antes.

El B&B Seven Seasons –una corona y dos estrellas de la AA, junto al número 75–, se levantaba a sus espaldas como la perfecta multiplicación de las casas vecinas. La única peculiaridad de su diseño era un patio frontal, sobre el cual crecía ahora un jardín cuidado con esmero, maceteros con flores y bancos de madera que parecían haber sido desgastados en todos sus bordes por alguna forma de humedad intencional.

Precisamente un hombre se encontraba sentado en uno de los bancos cuando Charlie atravesó la verja; no hizo ningún ademán de bienvenida al verlo llegar. Tampoco levantó la cabeza ni realizó nada que lo hiciera lucir hospitalario. Solo se limitó a decirle que la puerta estaba cerrada y que habría que permanecer ahí hasta que la abrieran, porque tarde o temprano alguien la terminaría abriendo. Incapaz de refutar aquella afirmación tan categórica, Charlie se paseó un buen rato por el patio, mirando aquí y allá con curiosidad, antes de advertir su cuerpo cansado y sentarlo al lado del hombre calvo.

Miró su reloj y pensó que necesitaba dormir de inmediato: dormiría por lo menos unas quince horas seguidas; tomaría un café caliente y se dormiría viendo la televisión. Ah, el cuerpo le dolía terriblemente. Quisiera estar muerto, pensó. Por dos o tres días. Quisiera estar muerto por dos o tres días.

–Quisiera estar muerto, por dos o tres días –dijo Charlie.

El hombre calvo, a su derecha, no se dio por aludido esta vez. Parecía amenazado por algún tipo de presentimiento o resignación o por algo demasiado complicado para su naturaleza, más bien elemental y estúpida para comprender las emociones. Miraba el empedrado del suelo, los dedos entrelazados formando un ovillo con sus manos graves y envejecidas por las resolanas de los campos y los cielos descubiertos.

–He conducido desde Londres –insistió Charlie–. Seis horas y veinticuatro minutos.

Entonces el hombre calvo lo miró por primera vez; también él parecía fatigado, ahí, a su lado.

–Eso es bastante tiempo.

–Sí –dijo Charlie, pensando qué decir, pensando qué decir, pensando qué decir, qué decir, pensando, cuando vibraron unas campanillas y la puerta principal de la hostería se abrió delante de ambos. Entonces una mujer que rondaba los cincuenta años salió del interior frotando sus manos en una franela. Claramente compungida se apretó los dedos y dijo: «Dios mío, Clarence, lo siento muchísimo», y luego repitió lo mismo cuando descubrió a Charlie: «Lo siento muchísimo, caballeros. Hermann me aseguró esta mañana que estaría en recepción, pero se ha quedado…». Los dos hombres entraron en la casa detrás de ella. Y detrás de ella, su justificación acabó perdiéndose.

A juzgar por su vestimenta, el hombre calvo parecía ser el encargado del mantenimiento; al menos lo aparentaba, aunque no llevara herramientas consigo. Cómodo ya con la situación, colgó su chaleco y dijo sin aparentar inquietudes: «No te preocupes, querida», y luego hizo una reverencia ambigua con la mano derecha y se perdió por uno de los tantos corredores de la planta baja.

Inmóvil, Charlie permaneció algunos segundos observando el camino por el que este había desaparecido. Un hombre extraño, pensaba; pero la hostelera lo miraba a él, en cambio, y con la misma expresión contrita y dispuesta a remediar su falta, esperaba la respuesta a la pregunta que había formulado, pero que Charlie había dejado de escuchar. La voz se reiteró entonces, igual de sumisa y expectante que la primera vez.

Espabilándose, Charlie dijo:

–Tengo una reservación, a nombre de Charles Burden.

–Desde luego –murmuró ella–. Desde luego.

Y abrió un libro de color negro sobre su escritorio.

***

La llave giró en la cerradura.

–Estoy agotado –dijo Charlie–. He conducido durante seis horas y veinticuatro minutos desde Londres.

La mujer, que pareció comprenderle, sonrió con una expresión indulgente bajo el umbral de la puerta.

–Por supuesto –dijo–. Me imagino que querrá descansar.

Asintiendo con timidez, Charlie dejó su valija sobre la cama y vio cómo se encendían las luces de la recámara y el baño, una después de la otra.

–¿Desea que lo despertemos temprano, señor?

No hacía falta: sabía que el desayuno se serviría entre las ocho y las diez y media de la mañana.

–Perfecto –dijo la mujer–. En cualquier caso, ahí tiene el teléfono a su disposición para cualquier emergencia.

–Sí –agradeció Charlie, y luego cerró la puerta.

***

El plato era una mezcla vigorosa de frijoles, tocino, salchichas, huevo frito y tostadas triangulares. Se sirvió un vaso de jugo de naranja y un café cargado que repitió dos veces. La segunda vez le echó crema de leche al líquido negro que parecía brillar, sin reflejos, sobre la superficie de su taza. Al finalizar el desayuno Charlie experimentó una satisfacción orgánica muy similar a la felicidad, de modo que salió a caminar, dio un par de vueltas por el patio. Subió a su habitación y miró las noticias, y luego se cepilló los dientes antes de animarse a dar un recorrido con el coche. Esta vez no hizo falta que repasara el mapa; lo dobló cuidadosamente antes de abandonarlo sobre el asiento del copiloto. Podía ir en línea recta, cruzar algunas zonas de Wellswood, llegar a Torwood Street y finalmente aparcar cerca del Strand, como lo había hecho el día anterior, aunque en dirección opuesta. Llegado el momento, así lo hizo. Luego aparcó. Terminó de bajar la cuesta a pie, pasó frente a dos bares que le dejaron buena impresión y al reloj principal del centro, que permanecía encajado en una especie de obelisco de piedra. Dejó atrás dos aceras de tránsito ligero antes de llegar al paseo del puerto donde se aglomeraba más gente, aunque no tanta como tenía previsto encontrar por las expectativas nacidas de los folletos y la información de turismo. Miró las estructuras de un viejo hotel de neones apagados, corroídas por el salitre del mar, por el tiempo y las suciedades de las aves marinas. Imaginó las vistas nocturnas desde ahí, con el paseo del puerto encendido por luces multicolores y el mar que brillaba con esas fosforescencias verdes que le contagiaban el reposo de la rampa, las algas y las farolas. Sintió por primera vez el olor del mar, enérgico y antiguo; pero al acercarse a la barandilla que bordeaba el paseo, vio que había llegado en tiempo de marea baja, y que solamente una larga franja de fango, veleros encallados y una capa liviana de agua bajo los maderos más alejados se abrían paso en el abismo del paisaje.

Frente a ese tramo de mar sin movimiento, y atrapado por el muelle, dos hileras de ancianos miraban la desolación de los niveles del agua con la misma pasividad y el silencio con que mirarían la marea alta y el revoloteo de las gaviotas, chapoteando o asoleándose sobre el fulgor de las reverberaciones. Se protegían del sol con las sombras escasas de los árboles, con sombreros de ala ancha y anteojos de sol o protección solar en las carnes sonrojadas y llenas de pliegues. Sentados, algunos charlaban entre sí; pero la mayoría, en cambio, permanecía en silencio y contemplaba el mar esperando a que las seis horas de pleamar regresaran progresivamente, y el mar se volviera a llenar de volumen y vida.

Decepcionado por la pobreza de las vistas, rápidamente Charlie se alejó en dirección contraria: dio media vuelta, miró la larga avenida comercial que se perdía en innumerables cabezas y finalmente entró a uno de los bares que había identificado al descender el puerto. Desde fuera, The London Inn tenía mucho mejor aspecto que el bar inmediato, que aparentaba ser más juvenil y bullicioso. Se acercó, pues, a la barra, y pidió una pinta de cerveza y una hamburguesa doble. Luego se acomodó en una mesa cercana, y aunque no tenía demasiadas ganas de comer, fue terminándose la hamburguesa, mientras se escondía en la actividad de irla devorando de a pocos, sin darse cuenta, a medida que observaba a la gente a su alrededor y oía sus risas embrutecidas por el alcohol, las conversaciones que llegaban hasta él, entrecortadas e inútiles, interrumpiéndose entre sí como insectos enceguecidos por el resplandor de una fogata.

Las manecillas de su reloj copulaban en la una y cinco de la tarde cuando apuró el resto de su cerveza y decidió marcharse.

Una vez en la hostería, la mujer de la recepción le respondió que ninguna persona había preguntado por él mientras anduvo fuera. Por esa razón subió nuevamente a su pieza y decidió que no saldría otra vez hasta concretar la cita; se lavó las manos y la cara, y luego permaneció recostado en la cama, una media hora, hasta que se aburrió. Entonces asomó medio cuerpo por una de las ventanas que daban a la calle, y al cabo de andar fisgando, observó a una niña rubia que montaba una bicicleta y que le devolvió la mirada algunos segundos, los ojos curiosos y breves, antes de seguir su camino. Ofuscado de pronto, Charlie decidió que esperaría un rato en el vestíbulo. Se detuvo frente a la puerta principal, admirando el decorado y las estructuras de la sala, y poco después una mesa de ajedrez, abandonada en uno de los ángulos menos iluminados, llamó su atención: los trebejos finamente tallados en madera rosada permanecían sobre el tablero en una última ofensiva blanca que no había llegado a culminarse; como si alguien se hubiera marchado de pronto y el tiempo se hubiera quedado esperándolo así, perfectamente quieto y preparado para recibirlo de nuevo. Como una madre, pensó, como la habitación de un hijo muerto. Una biblioteca no muy nutrida se reunía en los anaqueles bajos. Se agachó y recorrió los títulos apresuradamente, pues no tenía ganas de leer. Tampoco sentía hambre ni sed; ningún deseo lo apremiaba. Se sorprendió al descubrir que solo había pasado media hora desde que abandonó su cuarto.

Entonces algo empezó a bullirle en el estómago: algo nuevo, definitivo. Pensó: ¿qué sucedería si la cita no se concretaba? Siempre había temido, en el fondo, ese momento, y por unos minutos el miedo de no tener un propósito fue reemplazado por ese otro temor de no poder descifrarlo, de haber dejado pasar, irresponsablemente, el motivo por el cual había conducido hasta ese apartado pueblo del sur. Tal vez si buscara una señal, un mensaje encubierto. Tal vez, en esta ocasión, la prueba consistía en que lograra descifrar a solas el propósito del viaje. Durante largos minutos revisó la habitación entera, y lo único que descubrió fue una Biblia en la primera gaveta del velador, una Biblia indefinida, de hojas livianas y coloreadas en sus bordes con un rojo obsceno, demasiado semejante a las numerosas biblias que había encontrado siempre en aquellos lugares en donde solía citarlo: hoteles, hosterías, bungalows. Siempre un accesorio que no le descubría nada, que no le respondía nunca. Su vida, desde la primera cita (el teléfono sonando aquella noche de improviso, el primer motel en Plymouth), se había convertido en una permanente conformidad que lo había terminado por agotar. Ahora indagaba, justificaba silenciosamente; y la voz apacible, aprendida ya, que dejaba de escucharse cada vez que se oía a sí mismo preguntándose, desconfiando en voz alta, de pronto la línea muerta al otro lado del teléfono, terminaba siempre por ignorar cualquier controversia que él comenzara. Sí, hubiera deseado que la voz arbitraria no escapara de él como lo hacía siempre. Pero sobre todo hubiera querido ser capaz de exigirle una respuesta, y recibir una cita final y una respuesta, y no solo una nueva prueba. Tal vez eso mismo estaría ahí, esperándolo, cuando finalmente comprendiera la prueba definitiva. O tal vez no; pero eso poco importaba ahora: porque en el fondo sabía que la cumpliría también esta vez, y las veces siguientes, como las había cumplido todas, sin excepción, desde aquella noche en Plymouth, y sin llegar por ello a comprender mejor el significado de las señales que había ido dejando detrás en cada cita. Solo tenía que ser paciente y esperar, y esperar a que se concretara la cita, también aquí, en esta hostería de Torquay. Eso se decía. Tal vez esperar luego la siguiente cita. Y tal vez luego la siguiente cita. Y tal vez luego la siguiente, y así, la siguiente, hasta que llegara su tiempo de descansar.

***

Con algún apremio, Charlie consiguió llegar a la vereda contraria; caminó algunos metros en dirección al supermercado, empujó una puerta de vidrio y saludó con una sonrisa pálida a la dependienta, una mujer rubicunda y gorda que leía el Herald Express ayudada por sus diminutas gafas. Caminó hasta la sección de licores y cogió dos paquetes de Stella Artois, varios de patatas fritas y aritos de cebolla y una barra de chocolate que dejó, sin apuros, sobre el mostrador. «¿Eso es todo?», preguntó la mujer; y cuando Charlie dijo que sí, la mujer hizo funcionar la caja registradora y añadió: «Nueve libras y sesenta y cuatro peniques». Luego metió todo en una bolsa blanca y agradeció, antes de seguir con su lectura.

Afuera el atardecer había empezado a enfriarse, cubriéndose con ese paño de gasa, liviano y plomizo manto, que pronosticaba la oscuridad en el cielo. De prisa, como queriendo escapar del frío, Charlie caminó hasta la acera marcada y, sin recelos, cruzó el paseo peatonal. Subió las escaleras y cerró la puerta de su habitación con cuidado. No logró interesarse por nada en la televisión, y un rato después estaba haciendo estallar la tapa de una de esas latas de aluminio: bebió largamente de ella y apagó el televisor. Un poco de espuma se derramó sobre el edredón, de manera que tuvo más precaución la siguiente vez y bebió despacio, comiendo de cuando en cuando algunas patatas que crujían estupendamente en su boca. Se apoyó en el alféizar de la ventana y se entretuvo mirando la calle, la lejana gasolinera, la soledad del vecindario, el deambular esporádico de personas, casi siempre acompañadas por un perro que al pasar se detenía, olfateaba, orinaba en cada ángulo de la calzada. Así, se bebió la segunda lata de Stella Artois casi de inmediato. Al día siguiente no logró recordarlo con claridad, pero fue acaso entonces cuando se distrajo (una campanilla que vibró de improviso, un par de veces, tal vez, la misma señal de siempre), y fue probablemente entonces cuando miró la calle, y esta vez la niña rubia que conducía su bicicleta el día anterior lo miraba con detenimiento al otro lado de sus pequeños ojos inquisitivos. Descubierta de pronto, bajó la mirada y siguió caminando. Charlie gritó: «¡Eh! ¡Eh!», pero fue en vano: lejos de detenerse, la niña lo miró con una expresión divertida, sacó la lengua y se alejó corriendo.

Al principio, Charlie se había desconcertado mucho con el incidente. Entonces, unos segundos después, encontró la escena terriblemente divertida y empezó a reírse. Abrió una tercera lata de Stella Artois, y luego otra, y siguió riéndose de buena gana, pensando que tal vez, después de todo, ese fin de semana no había sido una pérdida de tiempo como había comenzado a creer. Ya con la sexta lata de cerveza empezó a sentir cansancio, y mientras bebía, sin importarle ya el edredón cada vez más húmedo de cerveza, ni el teléfono que timbraba profunda, sólidamente sobre la mesa de noche, empezó a adormecerse. Mientras sentía cómo el sonido se le iba metiendo en la cabeza, fue durmiéndose casi sin darse cuenta, acaso solo pensando en la sonrisa feliz de la niña y en esa tarde sin fin, y empezó a comprender: que siempre había estado observándolo ahí, ese hijo de puta, esperándolo y demostrándole que, como siempre, desde el principio, había sabido lo que hacía con él, riéndose de la cita que le había preparado, y de lo extrañamente perverso y eficaz, y de lo lejos que había llegado esta vez, con sus pruebas.

***

Charlie aligeró la marcha del Vauxhall y su mirada gris recorrió rápidamente las calles, el espejo retrovisor, la gasolinera. No había terminado de desayunar ni media hora antes: solo alcanzó a comer un par de tostadas con mermelada de naranja y bebió dos tazas del humeante y negro café que sirvió la mujer hasta que de ellas no dejó nada. No quería descomponerse el estómago ahora que regresaba a casa y tendría que manejar tantas horas seguidas, se justificó: tan pocas horas de sueño encima, podría ser peligroso. De modo que había subido a su habitación, había recogido su valija recién ordenada y, abandonando un par de monedas sobre la mesilla de noche, había dejado el hostal. Una vez frente al volante encendió el motor y algunos metros después aminoró la marcha del Vauxhall; su mirada gris recorría las calles, el espejo retrovisor y la gasolinera que había terminado por rezagarse varios metros en el rectángulo al que había quedado reducida su perspectiva. Charlie disminuyó discretamente la marcha de su automóvil para cerciorarse por completo: no había nadie a la vista. El vidrio descendió entonces con un sonido mecánico, y ese ruido, acompañado por el helado vaho matinal, se filtró, de golpe, hacia el interior de su vehículo.

–Hola, niñita –dijo.

La niña rubia, envuelta en una bufanda de cuadros negros y celestes, titubeó algunos segundos antes de responderle. Lo miró todavía algún tiempo con desconfianza, con un sereno pero calmado mohín de recelo que apenas revelaba su inocencia. Solo al cabo moderó su caminata, y lo miró, como la tarde previa, sonriéndole. Por primera vez, Charlie reconoció en esas encías rosadas los vacíos que delataban en ella, más que en ninguna otra cosa que pudiera haber visto, una edad temprana y sin corrupción.

–Usted es el inquilino de la señora O’Doherty –dijo la niña, deteniéndose de golpe a un costado del coche–. Lo vi ayer por la tarde, cuando regresaba a mi casa.

Charlie asintió sonriendo.

–Si no me equivoco, fuiste tú quien me sacó la lengua.

La niña se sonrojó; pero su desconcierto fue breve. Esa sonrisa la delataba. Mientras reía, Charlie no dejaba de pensar en lo espontánea que sonaba su risa, y que aquella risa, demasiado libre, era algo que ya había envejecido y que echaba un poco en falta en él.

– ¿Vas hacia el centro? –le preguntó enseguida–. Voy para allá ahora mismo, por la ruta de Torwood.

La niña sonrió, en silencio.

–Está haciendo frío –insistió Charlie–. Si quieres, te llevo por ahí.

Su diminuta y pecosa nariz se frunció por unos segundos ante la proposición. Solía pasar los domingos en compañía de sus amigas en la bolera del pueblo, un edificio luminoso, alborotado de niños, que Charlie había descubierto el día anterior, por la tarde, entre Torwood Street y el puerto. Todavía faltaban catorce minutos para que la línea 31 descendiera la cuesta. Después de todo, no era una mala proposición. Pronto empezaría el mal tiempo.

–De acuerdo –dijo por fin la niña–. Así llegaré antes que Matilde Reinhardt. ¿Quieres que te cuente sobre Matilde Reinhardt?

***

Seis horas y cuarenta y siete minutos más tarde –lo había calculado bien desde que reinició la marcha, a las afueras del pueblo–, Charlie aparcó el Vauxhall sobre las hileras blancas de su vereda y bajó con una urgencia vacía y satisfecha. Los coches del vecindario tenían los vidrios cubiertos por una ligera capa de hielo, y eso, ese signo, esa prueba de que todo seguía cambiando fuera, a pesar de él, le recordó que pronto empezaría el mal tiempo: llegarían tiempos difíciles. Dejó el automóvil entonces y se apresuró a entrar a la casa, primero por la cancela baja que chirrió pesadamente, y luego por la puerta con los vitrales y el rótulo que decía «Hugonotes» sobre el número 75 de Elsenham, en el distrito de Southfields.

Eran las once y veintitrés de la noche cuando llegó, pero su esposa tenía el sueño difícil, y no le sorprendió encontrarla despierta en la habitación, leyendo bajo el cono amarillento de la lamparilla de noche.

– ¿Cómo estuvo la cita? –preguntó ella, sin el menor recelo en la voz.

Desde el baño, Charlie escuchó su propia voz que decía, mientras la llave del lavabo dejaba correr el agua y él se enjabonaba las manos:

–Lo mismo de siempre, cariño. Solo espero que no vuelvan a llamarme en mucho tiempo.

Se frotó un buen rato las manos cuidando que entre las junturas de sus uñas, no quedara ningún residuo de sangre. Luego se sentó en la cama, a un lado de su mujer, y le besó los cabellos.

Ah, el cuerpo le dolía terriblemente.

–Quisiera estar muerto –le dijo–, por dos o tres días: he conducido durante seis horas y cuarenta y siete minutos desde Torquay.



Carlos Yushimito (Lima, 1977). Fue seleccionado por la revista Granta como uno de los 22 mejores narradores jóvenes de Hispanoamérica. Es autor, entre otros, de los libros de cuentos Las islas y Lecciones para un niño que llega tarde. El relato que presentamos integra el próximo Los bosques tienen sus propias puertas.