Aportes

Una voz en la noche busca señora para compañía

Por Gilda Selis


En la mañana, la manicura le había pintado las uñas de carmesí. Ese día también se había teñido el pelo de rubio ella misma. La noche del sábado había baile en el Club de los jubilados.
Mientras se acomodaba los ruleros frente al espejo, sonó el teléfono. “Debe ser la nena” pensó. La “nena” era su única hija, una mujer de cincuenta años que la llamaba todas las tardes para ver cómo estaba.

Caminó con pasos cortos, en pantuflas, y atendió.

Escuchó la voz de un hombre.
—No señor, equivocado —respondió de forma seca, casi automática. La llamaban por error varias veces a la semana.
—¿Hablo con el Instituto Cardiovascular de la calle 13?
— No, no es aquí. ¿Con qué número quiere hablar?
—¿Cómo dice? Disculpe, no la escucho bien —respondió el hombre. Tenía la voz rasgada y parecía desconcertado. Era un hombre mayor.
—Que a qué número quiere llamar —alzó la voz.
—Me dijeron que pida un turno al 433-36-64.
—Claro, pero esto es una casa particular, no una clínica. Usted marcó el 4-3-3-3-3-6-4—le dictó.
—Ah, disculpe la molestia, muchas gracias.
—No se preocupe, mucha gente se confunde porque hay muchos números tres.
—Entonces volveré a marcar, gracias de nuevo. No me ha dicho su nombre…
—Élida —mintió. O no. Era su segundo nombre pero nadie la llamaba así. A los 81 años, acostumbrada a ver noticias de jubiladas estafadas, tomaba algunas precauciones. Al fin de cuentas, el hombre era un desconocido.

Pero el desconocido se presentó con nombre y apellido: Oscar Quincoces.
Y la piropeó.
—Qué linda voz tiene, Élida.
Hablaron un rato largo.
Antes de cortar, Oscar preguntó si podía volver a llamarla para seguir conversando. Ella fue frontal.
—Llame, total el que paga es usted.
Esa misma noche, acostada en la cama escuchando un tango, escribió en su diario: “Hoy llamó un desconocido, Óscar, 82. Una voz en la noche busca señora para compañía”.