Aportes

El despido

Por Gabriel Cassinelli


Entré por la puerta procurando no hacer ruido, no por temor de despertar a alguien, sino por el miedo que me daba el darme cuenta de mi situación. Afuera hacía demasiado calor en comparación con la temperatura del departamento. A un lado, en la cocina, escuché a mi esposa lavando platos mientras veía una de sus telenovelas colombianas. Nunca había entendido cómo las mujeres pueden hacer tantas cosas al mismo tiempo sin cometer un error. Comen y planchan, y hablan y joden. El sillón estaba libre, así que me senté y dejé que su comodidad consumiera mis preocupaciones. Prendí la tele pero aparte de uno que otro robo en algún banco de la capital, no había nada bueno. Lo apagué y cerré los ojos. En ese momento apareció Luisa a mi costado. Las mujeres llegan justo en el peor momento, siempre pasa eso.

-¿Quieres sopa?-
-¿De qué es?-
– Caldo de gallina y con fideos de ayer-
-Sabes que no me gustan los fideos pasados- le respondí irritado. ¡Siempre le digo lo mismo, pero nunca escucha!
– Ya tú sabrás qué comer- me dijo- Por unos minutos nadie habló más. Yo miré la luna llena asomándose por la ventana y me di cuenta, por su suspiro, que ella se lamentaba de tener un esposo tan seco y terco.
-¿Ya está durmiendo Jaime?- le pregunté por hacer conversación. Me dijo que hacía media hora. No le presté atención.
-¿Y cómo te fue en el trabajo?- me dijo.
-Ah verdad… hoy me despidieron, pero no te preocupes que…-
Se exaltó, me agarró fuertemente del hombro y me dijo
-¡Cómo que te despidieron! ¿Y no se te ocurrió decírmelo antes? Tú siempre tan calmado, ¿no? ¿Pero por qué? ¿Qué hiciste?
-Lo que pasa es que la crisis económica llegó a la empresa, y tú sabes pues que cuando algo así pasa…-
-¡Pero a ti qué te importa la crisis económica! Eres solo un chofer-Me ofendí, ¿qué se creía ella era para decirme eso si ella era solamente la esposa de un chofer? Peor todavía.
-¿Qué pasó en verdad?- preguntó sin darme opción de escape.
-No se lo digas a nadie ¿ya?, pero el otro día estaba llevando al señor Vargas y en el carro me dijo que paremos frente a una casona vieja, una de esas que están en Barranco. Llegamos y me ordenó que lo esperara afuera hasta que terminara de hacer sus trámites. Esperé por diez, quince minutos… media hora, pero el señor no salía. Me di cuenta que había dejado su pluma en el carro, la pluma de las cosas importantes, como él la llamaba. Yo ya te he dicho que el señor Vargas es muy eficiente. Bueno, entonces ¿cómo podría firmar un contrato sin su pluma de las cosas importantes? La agarré y entré a la casa. Era enrome, grité el nombre del señor, fortísimo, pero nadie me contestaba. Subí las escaleras, al fondo del pasillo había una luz prendida. Entré. Y el señor estaba con una jovencita…- Moví las manos intentando expresar lo que quería, las palabras no me salían. El señor era tan decente que yo no podría expresar con palabras lo que había visto.
-¡¿Qué, entonces te despidieron porque lo encontraste tirando?!-
-Sí, pero no uses esa palabra. No va con el jefe… bueno, con el antiguo jefe- Se me cayó el corazón cuando pensé en eso.
-¿Pero porqué no le reclamaste? Si tú no hiciste nada malo-
-El señor tenía razón, pues- Luisa me miró con cara de “no te entiendo” –Es que yo no debí ir a darle su pluma, pues, estuvo mal. Además me dijo que no debía darle importancia que “lo viera como una oportunidad para salir adelante”-

Explotó. –Que qué te pasa bla bla bla. Que cómo se te ocurre irte bla bla bla. Que es el colmo que le obedezcas. Que eres un inútil, un cojudo, un huevón bla bla bla.
Paré de escuchar sus quejidos y me concentré en la tele. Era mala la programación. Escuché el ruido de una puerta que se abría y apareció Jaime, despertado por los gritos de su madre. Nos miró intrigados y se puso a llorar. Ella lo recogió y se lo volvió a llevar a su camita. Resolvimos seguir con esta discusión mañana y nos fuimos a dormir. Salvado por el hijo, pensé.
Desperté temprano y bajé a desayunar. No quise encontrarme con ella para evitar una discusión, por lo que yo mismo preparé el café. Quise comprar el diario. Busqué monedas en mis bolsillos. En ese momento supe que el señor Vargas había tenido razón con lo de salir adelante: en el bolsillo izquierdo estaba su pluma de las cosas importantes. Debe valer lo suficiente como para comenzar un negocio, pensé.