Aportes

No dejes de estudiar, muchacho

Por Josue Souza


Están los dos solos en una oficina.

Augusto, el cuñado de Sebastián, está confundido. Le acaba de ofrecer una propina pero Sebastián, en vez de alegrarse se ha quedado serio mirando fijamente el billete. Augusto, aún con el brazo extendido y el billete en la mano, no imagina lo que acaba de provocar.

Sebastián tiene poco tiempo para tomar una decisión. No si aceptar la propina o no, porque lo va a hacer, sino qué hacer con ella. Veinte soles es una cantidad normalmente inalcanzable para él, y, de pronto, ahí están. A su disposición. Justo lo que necesita para empezar a trabajar para aquel señor de la semana pasada.
–Atendemos a señoras de Miraflores, San Isidro, San Borja…buenos sitios– empezó a explicarle aquel señor de quien Sebastián olvidaría el nombre, pero no la imponente apariencia. Era un hombre alto, gordo, de bigotes largos, gruesos y canosos; Sebastián mide poco más de metro setenta y es flaco.
–Tú vendrías acá y yo mismo te pongo la movilidad y los condones… Ja, ja, ja, te compro los condones, digo. No vayas a pensar que soy maricón, muchacho. Yo también doy servicio de vez en cuando, pero ahora las tías los prefieren más jóvenes, así como tú ¿tienes diecinueve, no? A ver tu DNI…porque acá todo es legal, por si acaso. Con todo y contrato. Por cierto, tu tarifa sería cincuenta dólares por media hora: diez dólares son para mí y el resto para ti, muchacho. Vas, cumples, mando a traerte de vuelta y si hay otra chamba te envío de nuevo. Sólo fines de semana, así el resto de la semana tienes tiempo para estudiar. ¿Estudias, no?… ¿En la UNI? ¡Vaya, qué bien¡ No dejes de estudiar, muchacho. Toma esta chamba como un cachuelo para ganar dinero extra, nada más. ¿Ves ese diploma que está ahí, en la pared? Pues ese diploma dice que soy un contador graduado de la Católica ¿Entiendes? Tú sigue estudiando y seguro algún día tengas tu propia oficina, una como la mía.

El tipo se apoyó en el respaldar de su silla y con una sonrisa ganadora abrió los brazos invitando a Sebastián a echar un vistazo a toda la oficina. Solapadamente Sebastián ya lo había hecho, pero ahora se dio el gusto de mirar con calma. Fotos y posters de mujeres y hombres desnudos por todas partes; en las paredes, debajo del vidrio del escritorio. Desde simples desnudos hasta pornografía explícita; fotos que no parecían de revistas sino tomadas por él mismo.
–En fin… Pero antes que todo, muchacho, tengo que tomarte unas fotos para ponerte en mi catálogo. Sólo dos, de cuerpo entero: de frente y de perfil. Tranquilo, nada de desnudos, con ropa nomás. Si no me crees, mira.

Sebastián hojeó el catálogo y viendo a sus posibles colegas se sintió simpático. Como pocas veces en su vida.
–Ahora el asunto es este: estas fotos no son gratis. Por lo general cobro veinticinco soles por tomarlas, pero a ti, muchacho, te las dejo a veinte. Te las tomo ahora, acá mismo, firmamos el contrato y empezamos a hacer negocios ¿Qué dices? ¿Tienes la plata, para empezar?
Sebastián no respondió. Pensó en la tarifa, en las ganancias, calculó que tal vez en un año tendría para alquilar un cuarto y vivir solo; que en dos años podría comprarse un auto usado; que en tres quizá le alcanzaría para un departamento pequeño, y así…

Pero pisó tierra. Nada es así de fácil, se dijo. ¿Y si lo fuera?
Dudó. Tenía la excusa perfecta para no tomar la decisión en ese momento: no tenía la plata.
–Tienes hasta el próximo viernes, muchacho, hasta las seis. Luego no tendrás oportunidad. Pero, en serio, creo que la harías linda en este negocio.
Sebastián, en su segundo ciclo de universidad, no tiene más opciones para trabajar realmente. De todos los anuncios que ha visto en periódicos, sólo uno no pide títulos, ni currículos, ni nada parecido. Dice “se busca jóvenes para acompañar mujeres maduras”.

Es viernes. Durante la semana, Sebastián sólo tuvo unos cuantos soles al día en sus bolsillos, básicamente para pagar sus pasajes a la universidad. Así llegó hace unos minutos a la oficina de su cuñado, despreocupado, creyendo que el destino ya había decidido por él.

Augusto es consciente de las carencias en la familia de su esposa y no le parece bien que, a su edad, el menor de los hermanos no pueda tomarse un par de cervezas con sus amigos o invitar a una chica al cine.

Entonces invita lo a su oficina. Quiere ayudarlo. Pero cree que Sebastián está incómodo con el ofrecimiento de dinero. Ha pasado más de un minuto desde que ofreció la propina. Ahora sólo se le ocurre decirle que una propina no tiene nada de malo.
Al fin Sebastián reacciona. Toma el dinero. Da las gracias.
– ¿Qué hora es exactamente?– le pregunta.