Aportes

Asesinato

Por Jair Zevallos


Yo la he matado, me dije a mí mismo con más asco que culpa. La he matado sin piedad y he disfrutado cada segundo de su lenta y torpe agonía. Considérenme un asesino; soy un ser repugnante, un ser humano. Lo humano me atosiga, me inunda, me ahoga. Respiro aire, aire de humanidad y humo del viento a mis pulmones. Respiro: he ahí la condena. Mis formas son la celda y no hay más barrotes que mis bordes, mis contornos, mis manos, las manos criminales. Siento el asco vívido del sol en mis pupilas, la vomitina, el resplandor. ¿Qué hay después de la vida?, me pregunto. No hay nada, sentencio, la esperada nada, la esperanza de nada, la inconsciencia, la anulación del juicio. Pienso y luego existo. Pienso… Y trato de no hacerlo, y suspendo al ser y hay un vacío profundo, cóncavo… Ya no hay luz, no hay nada, y entonces sé que al decir “no hay nada” estoy pensando. Y vuelve la existencia, el aire respirado, los barrotes, las pupilas, el resplandor, la ausencia.

No debí haberla matado, lo admito. Pero había en ella algo excesivamente desagradable. Tal vez eran sus ojos, negros e impasibles, como los de una muñeca de plástico castaño. La quietud de su mirada llegó a volverse insoportable. Me mantuvo durante más de treinta minutos a la expectativa de algún movimiento brusco ante el cuál yo pudiera reaccionar y acabar con su vida sin someterme a remordimientos posteriores. Sin embargo, aquello no sucedió: ella no dijo nada, nunca dijo nada, tampoco realizó movimiento alguno, se quedó ahí, quieta.Entonces la maté.

Desde su deceso no he tenido contacto alguno con el mundo exterior. Este comportamiento, como dejé en claro al principio, no se debe a la culpa –no porque sea una persona vil y desalmada por naturaleza sino porque la culpa viene después de la aceptación del hecho y yo aún no lo he aceptado del todo; por tanto, no puedo dar el siguiente paso –. He actuado de tal forma porque no puedo evitar el recuerdo de la sangre negra recorriendo su cuerpo muerto sobre la alfombra. Me es imposible no pensar en sus ojos, asquerosamente inertes en su rostro, y esa mirada carente de expresión. Yo la he matado, me digo ahora, pero sigo encerrado en mi cuarto porque no quiero salir a constatar su pulso –o la ausencia de este –. No es que crea que aún pueda estar viva, pues me aseguré de ejecutarla con minuciosa desesperación, sólo que me perturba saber que en sus ojos aún permanece esa repulsiva solemnidad que poseía en vida. La he matado, lo sé, pero su semblante no ha cambiado en lo absoluto.

Hay un cadáver en mi sala, ese es el drama. Hay un cadáver que no lo era hasta toparse conmigo. Yo hice de ella, inocente criatura de ojos inmóviles, un ser tan inmóvil como sus ojos. No puedo sacar el cadáver de la casa. No puedo ni siquiera tocarlo, ni verlo. Pienso en ella, en su agonía, en su frígida agonía, en su frigidez agónica mientras, viva, miraba mis ojos, o yo los suyos. Pienso en ella y su frigidez vigente. Me repugna, me repugna, me repugna, pero no dejo de pensar en ella. Me repugna tanto su cuerpo vivo como su cuerpo muerto, y no se pudre rápido y se toma su tiempo en pudrirse. Desearía ponerle las manos encima y matarla de nuevo. Desearía, con estas manos criminales, aplastar su crujiente cuerpo y, como a una cucaracha, matar de nuevo a la cucaracha.