Aportes

Frivología

Por Gabriel Reaño


«Yo no quiero meterme en problemas,

yo no quiero asuntos que queman,

yo tan sólo les digo que es un bajón».
Charly García


Sport elegante. Ambigüedad doble filo. Ese tipo de precisiones en una invitación a equis evento, me ponen nervioso. Esta vez no ha sido diferente. A pesar de que llevo varias semanas dándole vueltas al asunto, no logro borrar de mi cerebro que mi elección es errada. A Martín le debe suceder lo mismo, pero no va a decir nada cuando nos encontremos. De esos temas habla Tomás, porque la ropa siempre es clave, Chato, acuérdate de eso. Y nosotros, Martín y yo, lo vamos a mirar como si no le hiciéramos caso, como si nos estuviese hablando de Derecho, porque Tomás es abogado, y analizaremos su camisa blanca pero de un blanco especial, su pantalón plomo pero de un plomo especial y sus mocasines marrones pero de un marrón especial.

Tomás nos ha invitado a pasar a su departamento. Necesita terminar de afeitarse. Sobre la mesa, hay una caja vacía de jugo de manzana y unos restos de pasta a la bolognesa. Sus muebles están perfectamente acomodados, como si nadie los hubiese ocupado en varios días y el televisor, que acaba de encender Martín, asoma su luz en Fox Sports. Parece que está sin flaca, me dice Martín.

No hay tiempo para más, Tomás nos anuncia que está listo, apaga el televisor, qué elegancia, carajo (nos miente), el taxi está abajo, dice tras cerrar la puerta sin recoger ni la caja ni el plato. Al ratito, antes de que el taxista pise el acelerador rumbo al Fundo Mamacona, le pedirá que lo espere unos segundos, me he olvidado algo en la jato, al volver nos dirá que ahora sí. Martín y yo sabemos que ha limpiado la mesa. Martín y yo sabemos también que Tomás no regresará solo, y siempre hay que tirar finta, pues, Chato.

Las chicas como Micaela, aunque se esfuercen por evitarlo, tienen el mismo destino. Ella, la flaca más rica de toda la universidad, de sonrisa y voz adorables para los que alguna vez nos templamos de ella, y de tremendo culazo para absolutamente todo el que la vio de cerca. Ella, que jamás hizo el ademán de despreciar a nadie, ni al más lorna ni al más cholo ni al más freak, que siempre que pudo se alejó del molde de las del San Silvestre. Ella, que además de rica era buena gente, tendría un matrimonio de lujo como éste. Gastaría cinco mil dólares en alquilar un local en Lurín, al sur de Lima, y entre sus invitados se hallarían varios grupos de la más auténtica pituquería limeña, pero eso sí, a nosotros, los que la conocíamos en esas facetas que sólo el alcohol genera en las mujeres lindas, nos enviaría el parte acompañado de la frase “sport elegante”.

Micaela se va a casar con Sebastián. Un ingeniero que a los 36 años se está quedando calvo. Micaela, que es contemporánea nuestra, o sea que bordea los 30, es la fruta más preciada de su cosecha: incluye un departamento en el malecón de Miraflores, un Audi con medio año de antigüedad y la promesa de alquilar casa de playa los dos o tres veranos que, como máximo, tardará en comprar la suya. La primera vez que me lo mencionó, Micaela lo describió como un lindo. Según Martín, un lindo es un hombre diestro en escuchar los problemas de mujer bonita, inteligente para reconocer la confusión y lanzar la carnada y, una vez conquistada la presa, utiliza la bondad como la mejor herramienta para mantenerla, y la sobreprotección, disfrazada en bonitas palabras o preciados regalos, para menguar el fastidio originado por su eyaculación precoz. El lindo es caricaturizado por personajes como Ethan, de Sex and the City, agregó Martín, y ya sabemos que a ese broder lo chotearon, dijo Tomás. Luego variamos de tema para no ahondar en nuestra oculta afición por la serie.

Ya nadie se casa por religioso o cómo es la huevada, dice Martín. Puta no saqué billete del cajero, sólo me quedan 20 lucas, digo yo. Buena voz que el taxista sabía la ruta, dice Martín. Jodido llegar, digo yo. Un espacio enorme y bien decorado nos ha recibido, hemos saludado a algunas personas pero sin detenernos a conversar con nadie. Ha sido suficiente para reconocer el terreno y saber que mujeres lindas no van a faltar. Es la hora, nos dijo Tomás hace unos minutos, y salimos para no escuchar ni presenciar la ceremonia que convertirá en esposos a Micaela y Sebastián. Martín y yo queremos hablar de cualquier cosa, los matrimonios religiosos, la plata, el taxi, el camino. Todo para paliar la incomodidad notoria de Tomás. ¿Encendedor?, pregunta, y le da dos largas pitadas al troncho justificará las estupideces que hablamos. Está linda, ¿no?, dice Tomás. Y vuelve la incomodidad.

Cuando me llegó el parte entré en un conflicto moral. Los matrimonios son siempre una buena noticia –más por la posibilidad de chupar gratis que por la felicidad de los futuros esposos–, al fin y al cabo, Micaela era también mi amiga, pero no podía dejar de pensar en Tomás. Recuerdo que me comuniqué con Martín, y juntos, con mucho pesar, decidimos no asistir. Cuando supimos que Tomás también había sido invitado, nos alegramos y cambiamos de chip: a pensar en el juergón. Nunca discutimos la razón por la cual alguien invitaría a su ex a su matrimonio, ni por qué ese ex aceptaría la invitación.

A los matrimonios, Chato, siempre tienes que llevar tu propio falso. Esa huevada de estar entrando de a dos al baño se complica, además, no faltan los angurrientos que, por arte de magia, esa noche quieren jalar, y no dejan de gorrearte. Es mejor decir «ya no tengo», y entrar caleta solito sin que te joda nadie. Tomás se ha metido el primer tiro de la noche y me percato de que incluso así, hecho un monstruo, es la persona más atractiva del lugar. Su córnea de granadilla es ahora una uva a un paso de reventar y su afilada quijada amenaza con descuadrarse con cada aproximación del whisky a la cueva que desemboca en su garganta áspera, pero ni siquiera esa hembrita, ni siquiera ella, la del vestido turquesa y la nariz respingadita, luce mejor que él. Martín y yo, a nuestra manera, reconocemos la superioridad del Inserruchable, apelativo que adopta Tomás cada vez que estamos duros y nos ponemos tan sinceros y efusivos que hasta me dan ganas de confesarle unos sueños extraños que lo tienen como protagonista. Más de una vez, en ocasiones como ésta o en simples reuniones, nuestro estatus de partners nos ha llevado a sacarle provecho a la situación. Algunas chicas se acercan a nosotros con intenciones de cruzar un puente que las lleve a Tomás, pero en el camino se quedan. Esta vez hay algo distinto, ¿o acaso crees, Chato, que la gente no conoce la historia?

Hemos seguido el consejo de Tomás, y nadie, salvo nosotros, puede sospechar que cada vez que vamos al baño, por separado y con intervalos de veinte minutos en promedio, abrimos un papelito estratégicamente doblado, sacamos una tarjeta de la billetera y nos metemos a la nariz ese polvito artificial y dañino en una liturgia que sobrevive generación tras generación, engatusando corazones descontentos. Nos dispersamos por la fiesta que está entrando a su apogeo. Martín, whisky en mano, camisa fuera del pantalón, se ha cruzado con un grupo de ex compañeros de la universidad que yo preferí evitar, y a juzgar por las carcajadas, parece llevar la voz cantante. Martín es muy elocuente y en la primera etapa de la coca es un cague de risa, después pierde un poco la compostura y repite y repite las mismas frases, y al notar que se le van escapando los oyentes, se le da por ofrecer su falso. Yo me doy licencia para alucinar a la gente. A diferencia del inicio del evento, cuando me deslizaba por los introspectivos vientos de la marihuana, mi semblante en coca es mucho más jovial y seguro, pero pese a eso mido cada uno de mis movimientos. Le sonrío a las chicas que me sonríen, le hago la patería sólo al que se lo merece. Y soporto las arremetidas de los viejos que, en terno y corbatas de lujo –nada de sport elegante–, se me adelantan a la hora de pedir un trago en el bar.

Luego me encuentro con Tomás, whisky en mano, vestimenta impecable. Buenas hembras, me dice. Yo asiento. ¿Sabes cuál es la mejor manera de levantarte una flaca en un matrimonio?, me pregunta, y él solo se responde: que te vea conversando con la novia, que vea cómo haces que se cague de risa. Acuérdate que por hoy, todas quieren ser la novia. Pero yo estoy cagado ahora, ¿no?, agrega, y luego se ríe cortamente y toma de su whisky. Ay, las flacas, mira esta, por ejemplo, me dice mientras una linda chica pasa cerca de nosotros y Tomás la mira y ella se hace la interesante. ¿Viste?, me dice, y luego cuenta tres, dos, uno, y la chica voltea a mirarlo. Él le hace salud con el vaso y ella, tímida pero sugerente al fin y al cabo, le devuelve el gesto. No entiendo cómo se pueden casar los hombres con tanta flaca rica y dispuesta. Porque todas están dispuestas, Chato, hasta flacas más ricas que Micaela se la deben pintar al pelado. Eso sí, hay que tener billete, Chato, sin billete estás cagado.

Al rato vemos que Martín ha variado de grupo y está conversando con dos mujeres que bordearán los 40 o 45 años, y recordamos su idea de negocio: un burdel para tías pitucas. A todas les pica, y la gran mayoría no son bien correspondidas, porque sus esposos, por tener billete, tienen a las flacas que quieren, y su energía sexual la descargan con la secretaria de 23 añitos. Las tías aceptan eso siempre y cuando tengan la tarjeta de crédito repleta de facilidades. Cuando se cansan de viajar y de comprar y de salir a comer a restaurantes pitucos con sus amigas, ¿crees que no quieren que se las metan? La idea es tener como pantalla uno de esos restaurantes,  un café. Entonces contratas una chica que actúe como amiga de la tía de turno, llegan juntas, se sientan a tomar un café, y al rato, la tía de turno entra a un salón donde la espera el puto y se la clava. Puta, ¡qué rico sería cacharse a una de esas tías!

Cuando coincidimos con Micaela, en la universidad , antes de que se convierta en la enamorada de Tomás y formen la pareja perfecta, fue muy difícil no templarse de ella. Ya he dicho que además de rica era buena gente, y Martín y yo la teníamos en el mismo salón. Poco a poco, a punta de simulados desprecios, yo entendí que conmigo la cosa no iba, pero Martín no se rindió. Incluso, cuando ya estaba todo consumado entre Tomás y ella, Martín se demoró en aceptar a Tomás como amigo, algo que hice yo de inmediato –no podría precisar por qué–. Cuando la relación entre Micaela y Tomás se acabó, tuvimos que elegir el bando al que apoyaríamos, Martín se fue con Micaela y yo con Tomás. Martín, al parecer, aceptó recién su posición de amigo, y se esmeró en estar cerca de Micaela como lo hacen los amigos, distrayéndola y logrando poco a poco que recupere la motivación. Eso, a la larga, fue vital para que mi amistad con Micaela –y, por ende, su nueva pero cordial relación con Tomás– no se termine, y con el paso del tiempo nos convirtiésemos en parte de la lista de amigos que invitaría a su matrimonio.

Me he cruzado en el baño con Martín, y creo haber identificado cuál será el discurso que repetirá y repetirá. Feo la debe estar pasando Tomás, me ha dicho Martín. Me imagino, pero no lo demuestra, digo yo. Qué pendeja Micaela para invitarlo, ¿no? No sé, ya pasó bastante tiempo, y ya han coincidido varias  veces y todo bien. ¿Pero no te parece una pendejada que lo invite?, dice Martín. ¿Por qué tanto?, digo yo. Para mí está clarísimo el mensaje, dice Martín: mira, el partido lo gané yo. No sólo me estoy casando con un pata que sí me merece, sino que además, ¡tú ni siquiera tienes flaca! Es obvio que con la invitación Micaela le está diciendo a Tomás, básicamente, te superé, te olvidé tío, sigue tu camino ahora.

Pero, ¿qué mensaje querría dar Tomás al aceptar la invitación?

Cuando anda en problemas, Tomás se refugia en mí, y no ha llegado aún a mi vida la mujer que me haga romper la regla de asistirlo. Al estallar la bomba de su ruptura con Micaela, Tomás hasta me pidió que me vaya a vivir con él un tiempo. Nunca lo había visto en ese estado, pues mi amigo siempre se las ingenia  para verle el lado positivo a todo, pero por aquellos días, que se convirtieron en algo más de dos duras semanas, Tomás sólo abría la boca para recibirme los tronchos que le armaba con todo el cariño del mundo. Comía poco, hablaba menos. En el trayecto de esa etapa terrible, Lucía, mi novia en ese entonces, decidió abandonarme, y dentro de los reproches que utilizó para que su postura sea categórica estuvo la frase «anda sigue chupándole los huevos a tu amiguito, y dile de una vez que te cagas por él». Yo también entristecí. Pero mi tristeza llegó justo cuando Tomás empezaba a recuperarse, y poco a poco mi lugar en su departamento se fue reemplazando con diversas mujeres. Me fui.

Las palabras de Martín sobre Tomás me persiguen ahora que, en el clímax máximo de la fiesta, veo a Micaela feliz bailando con Sebastián, y a Tomás fracasando extrañamente, por segunda vez en la noche, en su cortejo con la bella chica del vestido turquesa y la nariz respingadita; y me siguen retumbando, ahora que olvido la tarjeta y pellizco con los dedos el falso, y salgo del baño sin que me importe tener la camisa mojada de whisky y baja desde mis fosas nasales el amargo de la coca hasta mi garganta, y eso es lo único que percibo pues la cerveza pasa sin que me dé cuenta de que llevo muchísimos vasos, tantísimos vasos de distintos tragos que me aseguran un día siguiente bajo el dominio asqueroso de la resaca, esa vieja señora que sigue las órdenes de tu conciencia. La conciencia.

Martín y yo éramos los únicos que sabíamos las aventuras de Tomás. Le habíamos advertido muchas veces del riesgo que tomaba, en vano. Me tiraron dedo, me dijo un día, un par de meses después de su ruptura con Micaela. Te apuesto que ha sido Martín. Desde la noche en la que Micaela, sin previo aviso, se apareció por su departamento – del que no sólo tenía las llaves, sino muchas de sus cosas pues estaba próxima a vivir su primera experiencia de conviviente– ampayándolo con otra mujer en la cama, Tomás vivía obsesionado por encontrar un culpable que no fuera él. Y se había enterado de la existencia de un correo electrónico anónimo que le llegó a Micaela contándole, con lujo de detalles, lo que hacía su novio a sus espaldas, invitándola a comprobarlo con sus propios ojos esa misma noche. Fue Martín , ya se cagó.

Luego de apaciguar su furia, yo había logrado convencerlo de su locura, ¿cómo se te ocurre? Puede haber sido cualquier conocido o conocida de Sandra –así se llamaba la amante, una de las amantes, de Tomás, que con el paso del tiempo parecía haberse encariñado demasiado con él–, y como Tomás, a pesar de mis palabras, incluso, había decidido mandarla a la mierda luego del ampay, tratando de posponer su culpabilidad, mis hipótesis no hicieron más que reconfirmar su odio hacia «esa perra de mierda».

Tú fuiste, ¿no conchatumadre?, tú le tiraste dedo a Tomás, le he dicho en un impulso distorsionado a Martín, empujándolo mientras conversaba con una de las viejas de su fetiche. ¡De qué hablas, estás loco!, me ha dicho Martín, recuperando por un momento la sobriedad, eres un rosquete, le he dicho yo, vamos afuera, me ha dicho Martín, ¿te quieres mechar, huevón?, le he dicho yo, vamos afuera y cálmate, me ha dicho Martín, y me ha abrazado fuertemente para llevarme hacia uno de los jardines. Luego su borrachera regresó y,  antes de que empiece con el mismo discurso repetido, lo empujo y empiezo a caminar sin rumbo.

Es lo malo de la coca. De pronto, cuando se teva un poco la mano, su efecto de amortiguador sucumbe, y no sólo estás duro, sino excesivamente borracho, y es una combinación peligrosa que puede desencadenar en cualquier cosa. Es esa la razón por la que eventualmente la dejaré. En esos momentos me escabullo de la gente y me largo a caminar, o voy al baño a mojarme la cara varios minutos, y al cabo de un rato sé que no debo volver a jalar más.

Caminé y caminé con el objetivo de encontrar una laguna que me habían dicho que tenía Mamacona, pero nada. Ya me estaba calmando, iba a regresar al tono cuando, a lo lejos, en medio de un terreno verdoso,vi movimiento. De puro curioso, me acerqué. Tomás fue el primero en reconocerme y antes de frenar sus arrechos movimientos se encargó de que descubra con mis propios ojos a Micaela, y que ella me viera. No hubo necesidad de que me dijeran nada. Todo bien, les dije gestualmente, y ellos siguieron en lo suyo un rato más. ¿Qué mensaje querría dar Tomás al aceptar la invitación?

Tuve ganas de regresar y refregarle  en la cara el triunfo de mi amigo a Martín. Pero terminé en el baño, lavándome la cara, y volvieron a mí las palabras de mi ex, y aquellos sueños recurrentes que me confunden, y sport elegante, ese era un buen nombre para el correo electrónico, Chato,y la resaca, y la conciencia, ay, la conciencia.