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Reseñas

Todas las voces, todas.

El cuento peruano 2001-2010 ■ Ricardo González Vigil (Lima, 1949) ■ (Copé, 2013) ■ 90 soles (dos tomos)


Cuentos. Quizá haya lectores que conozcan a Ricardo González Vigil solo por los artículos y reseñas que ha escrito para el diario El Comercio desde hace varios lustros. De ser así cabe una enmienda. González Vigil (GV) es un crítico literario de sólida formación y larga trayectoria. Entre otros temas, sus trabajos han abordado los desarrollos creativos de figuras centrales de la literatura peruana como el Inca Garcilaso de la Vega, César Vallejo, José María Arguedas y Gamaliel Churata. Estos aportes han merecido varios reconocimientos.

Por ejemplo, la editorial Cátedra acogió un ensayo suyo que presenta la edición de Los ríos profundos para el catálogo Letras Hispánicas; y su esfuerzo como recopilador y estudioso de la obra completa de Vallejo fue reeditado (Petro Perú, 2012). Sus investigaciones se han detenido también en los autores de las décadas del cincuenta y sesenta, lo que se aprecia en el tomo Años decisivos de la narrativa peruana (San Marcos, 2008). Paralelamente, ha ejercido las labores de conferencista y docente universitario. Sus credenciales académicas, entonces, no son pocas. Y fundándose en ellas se ha empeñado en la que tal vez sea su obra monumental: la compilación de los más destacados cuentos peruanos.

Aunque no han sido publicados en el orden en el que los presentamos, este proyecto parte con el libro El cuento peruano hasta 1919 (Copé, 1992) y prosigue con los dedicados a los lapsos de 1920-1941, 1942-1958, 1959-1967, 1968-1974, 1975-1979, 1980-1989 y 1990-2000. Sin embargo, la tarea no ha concluido. GV ha sacado recientemente a la luz El cuento peruano 2001-2010.

En esta entrega han sido 69 los textos elegidos, los que si bien no mantienen un nivel de calidad parejo constituyen un muestrario importante del estado en que se encuentra la prosa última en el país. Quizá lo más debatible sea el criterio de selección. Se ha optado por las publicaciones de algunos escritores aparecidos en períodos precedentes, lo cual se ha justificado con el alto valor estético de sus cuentos. En ocasiones, el compromiso de algunos autores con la gestión cultural luce tan relevante como el mérito estético, puesto que ese dato es el que se subraya en la página que se les dedica. El marco empleado ha sido así bastante amplio. No obstante, aunque esta apertura quizá no permite identificar límites claros, nos revela que en GV subyace una voluntad inclusiva y, sobre todo, no pontificante.

Esta preocupación dialógica por las diversas aristas de la literatura peruana se puede apreciar en varios elementos. Aunque la sección reservada a la narrativa de ficción es la más extensa, se ha consagrado un espacio a la etnoliteratura y la tradición oral, formas literarias que no son atendidas por otros críticos pero que GV recoge y analiza. En este apartado destaca la presencia de Luis Urteaga Cabrera, quien rompiera fuegos con Los hijos del orden (Mosca azul, 1973) y ahora con el mismo talento acopia luminosas historias de la Amazonía como «La navegación». A contracorriente de quienes lo han tachado como un académico centrado únicamente en la narrativa realista, en esta oportunidad GV no solo confirma su interés por lo fantástico y la ciencia ficción (lo cual motivó en el pasado sus escritos sobre José Durand y José B. Adolph), sino también señala dos relatos circunscritos en dichos géneros como los mejores del conjunto: «El inventario de las naves», de Alexis Iparraguirre, e «Historia de Manuel de Masías, el hombre que creó el rocoto relleno y cocinó para el diablo», de Carlos Herrera. GV coincide así con especialistas del tema como Gonzalo Portals, Elton Honores y Daniel Salvo, y da cuenta de cómo la vertiente no realista de la literatura peruana ha ensanchado su cauce durante los últimos años. Aquí corresponde resaltar el interés de GV por Carlos Herrera, verdadero talento aparecido a fines de 1980 y que, en su momento, no fue leído con atención por algunos reseñistas de diarios. Recordemos que Herrera posee al menos dos libros brillantes, los que ojalá consigan una pronta reedición: la novela Blanco y negro y el conjunto de relatos Crueldad del ajedrez. GV no desdeña ni invisibiliza a autores que si bien no han sido seleccionados han realizado una fecunda tarea de magisterio mediante talleres de creación. Entre ellos menciona a Alonso Cueto e Iván Thays, quienes han dirigido una escuela de escritura en el Centro Cultural de la PUCP.

Otro aspecto llamativo es la referencia a ciertas «argollas» o «mafias» literarias que, en palabras del antologador, «solo toleran que se conceda migajas del mercado editorial (incluso lo hacen para disfrazar sus tentáculos y sostener ladinamente que nadie es excluido) a los que no pertenecen a ellas, en particular a los que osan atentar contra su poder» (página 25). Esta declaración se agrega a otras del mismo corte, las que han sido expuestas en varios artículos de la revista de literatura Siete culebras, dirigida por Mario Guevara; en las entrevistas de Las preguntas del Ornitorrinco (Orem, 2010), de Ricardo Ayllón; y en el libro de crítica y memoria Poesía en rock (Altazor, 2011), de Carlos Torres Rotondo y José Carlos Yrigoyen. En seguida GV trata de dirimir la disputa en que se envolvieron diversos escritores, periodistas e intelectuales el año 2005. Censura que el debate ideológico haya virado al plano del ataque personal y se opone al maniqueísmo que implica asumir la existencia de escritores «andinos» y «criollos». Se posiciona más bien en la perspectiva de Luis Nieto Degregori y Zein Zorrilla, quienes continúan el trazo de Arguedas y Churata, y entienden lo andino como la suma de una raíz que se funda y nutre de la herencia cultural y una espesura que no desconoce sino respira la multiplicidad de su entorno y de lo universal. Finalmente, da cuenta de los riesgos de la globalización (o «bobalización», como la denomina) pues esta tiende a allanar las diferencias bajo un único modelo estético, menoscabando la riqueza literaria que se origina en la convivencia de discursos heterogéneos.

El cuento peruano 2001-2010 es una invitación a profundizar en nuestras voces y ratifica a González Vigil como un crítico valioso que intenta comprender sin mezquindades el devenir de la literatura peruana. Por Julio Meza Díaz


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