skate

Sk8 or die

Por Sergio Galarza


Nosotros soñábamos con mudarnos a Embarcadero. Queríamos ser como Jason Lee, Rick Howard, Guy Mariano, y otros héroes skaters cuyo estilo y habilidad hacían que los trucos más difíciles parecieran tan sencillos como caminar. Embarcadero está en San Francisco, a unos ocho mil kilómetros de Los Sauces, nuestro barrio. En las mañanas de verano, el ruido de los skates corriendo frente a mi casa se convertía en los tambores de una tribu, la mía, y los silbidos de mis amigos eran el llamado de la selva urbana. Salía tras ellos a toda velocidad. Montábamos en un parque cercano con bancas de cemento derruidas y jardines maltratados, con el calor exprimiéndonos hasta darnos un baño de sudor. Luego cada uno se iba a almorzar. Y por la tarde nos reuníamos en la casa de Huáscar y Atahualpa a ver, una y otra vez, los mismos videos con nuestros héroes dominando trucos que analizábamos en cámara lenta, y entonces volvíamos a la calle buscando la misma emoción que sentíamos frente al televisor.

Éramos unos terroristas del asfalto. Rodábamos ahuyentado a los peatones entre risas, saltando cada obstáculo que aparecía en el camino, esquivando el tráfico de combis y taxis, gritando enajenados por esa libertad que compartíamos, sangrando a veces por una caída, sí, despellejados pero felices porque nos gustaba tener el corazón en carne viva. Estoy seguro de que la gente que nos veía pensaba que no necesitábamos nada más. Pero esa gente no sabía que existía un lugar llamado Embarcadero, un parque de cemento y ladrillo que era nuestro principio y fin, donde fundaríamos una comuna skater cuyos miembros seríamos nosotros, y todo aquel que quisiera unirse a nuestra mancha.

Huáscar y Atahualpa vivían a una calle de mi casa, el Mono en la manzana de atrás, y Chris en una urbanización de clase alta que lindaba con nuestro barrio. Chris era el único que había viajado al extranjero, su viejo era un ex piloto italiano de aviones, un hombre atlético y alto, canoso, que siempre tenía la nariz roja y hablaba como si estuviera dando un discurso.
–¡Cómo chucha tu viejo va a ser piloto si no sabe ni subirse a un skate! Yo creo que era el Payasito Toni del Circo Italiano, y te cuenta lo de los aviones para que no te avergüences.
Cuando Huáscar se burlaba del viejo de Chris todos llorábamos de risa, menos el Mono, a quien Chris le regalaba su skate viejo si se compraba uno nuevo, o sea, cada mes. El Mono hacía un gran esfuerzo por contener la risa, pero nadie podía resistirse a las bromas que Huáscar encadenaba sobre el Payasito Toni, y acababa riéndose con la cara escondida bajo el cuello de su polo. Entonces Chris le quitaba el skate que le había regalado, y se iba a su casa amenazando con no prestarnos el último video que su vieja le había traído de Estados Unidos. Esperábamos a que se nos pasara la risa y lo buscábamos en su casa para disculparnos. Apenas le devolvía el skate al Mono, Huáscar volvía a contar otro chiste sobre el Payasito Toni.

Yo estaba en mi último año de colegio y acumulaba tantos rojos que empezaba a resignarme a repetir de año.

Atahualpa llevaba tres años postulando a la misma universidad. Huáscar había demorado solo dos en ingresar a Administración, para cambiarse luego a Arquitectura, carrera que al final había abandonado. El Mono trabajaba con su viejo, tenían un camión pequeño donde cargaban ladrillos, piedras, arena, lo que les pidieran de cualquier obra. Chris estudiaba en un colegio alemán, era el más pequeño de todos y un alumno sobresaliente. La primera vez que subió a una combi fue con nosotros. También vio su primera película porno con todos en el salón de su casa, y una tarde Huáscar le empezó a acariciar la entrepierna en un parque mientras descansábamos tirados en el césped.

–Tienes la piel muy suave. Pero no te pongas nervioso… Chris se levantó de golpe y salió volando como un skate con motor antes de que Huáscar intentara besarlo. Ese día me reí tanto que me quedé afónico. A Huáscar le encantaba fingir que era gay, además la delgadez y sus ojos grandes con pestañas muy rizadas lo ayudaban a parecerlo. A mí también intentaba besarme, pero eso no provocaba mi huida. A veces lo hacía delante de su novia, una chica de mi edad que lo conocía desde los doce y vivía sola con su madre en una casa enorme, en otra urbanización colindante de clase alta, porque el nuestro era un barrio de clase media y empobrecida, una isla de leprosos en medio de aquellas urbanizaciones con vigilantes particulares y familias que veraneaban en sus condominios de la playa.
Una gran parte de los skaters nuevos que buscaban a Huáscar para que les enseñara a montar provenían de esos barrios. Los llamábamos perros, muchos no sabían ni hacer un ollie. Se reunían en la esquina de su casa, donde su viejo, un hombre que se definía como nacionalista y había bautizado a sus hijos con nombres incas para contrarrestar su apellido español, había construido una pequeña rampa de cemento sin pedir ninguna licencia municipal.

–Es mi casa, aquí yo hago lo que se me pega la gana. Bajo esta filosofía el señor también construyó una piscina que él mismo cavó en su garaje. La llenaba con una manguera, y sus hijos saltaban desde el techo de la única planta protegidos por un casco.
A veces me sentaba con Huáscar y Atahualpa en la puerta de su casa, y tratábamos de idear un negocio que nos permitiera viajar a Embarcadero. Cuando el Mono se nos unía, Huáscar le decía que él no necesitaba pensar, lo suyo era cargar ladrillos y recoger arena con una pala.
–Embarcadero está al lado de la playa, allí vas a poder recoger toda la arena que quieras y te vas a hacer millonario.
El único que iba a fiestas y vivía preocupado por las chicas era Atahualpa. Si tenía una guitarra a mano y había una chica cerca, como la hermana de Chris, una rubia de ojos enormes que vestía minifalda con tacones y solo salía con patas en moto, y luego mutó a hippie, tocaba «RedemptionSong», de Bob Marley. Atahualpa: nariz en forma de gancho, melenudo, y siempre con pulseras o collares con piedras o bolas de madera. Se parecía más a un indio de las películas gringas que a uno de la sierra peruana. Grabó varios casetes con sus covers de Marley y canciones punk que tradujo al folk. Se los regalaba a las chicas que conocía. El truco le resultó y dejamos de verlo tan seguido con su skate.

Atahualpa hizo nuevos amigos gracias a sus conquistas y fue así como se enteró de un programa de trabajo para universitarios en Estados Unidos. Yo era el único que estudiaba en ese momento. Había terminado el colegio de milagro y, por otro milagro, ingresé a la facultad de Derecho de una universidad privada. Estaba en mi segundo año de carrera y también me había apartado un poco de la mancha, aunque me costaba encontrar amigos entre los futuros abogados. No era nada fácil compartir mis intereses con gente que no sabía quiénes era Jason Lee y Bad Religion. A veces, cuando extrañaba el ruido de los skates en la calle y los silbidos de mi antigua tribu, buscaba a Huáscar, y era el Mono quien me abría la puerta.
–Huáscar está en Gamarra, ha ido a comprar telas. Convencidos de que el programa de trabajo era su oportunidad para mudarse a Embarcadero, Huáscar y Atahualpa habían empezado a diseñar ropa skater, un negocio en el cual fueron los pioneros. Su viejo les había comprado una máquina de coser, y con la misma tenacidad que los había arrastrado a practicar sus trucos favoritos hasta de madrugada, se sentaban todo el día a coser polos y pantalones, ensayando en busca del modelo perfecto. Luego le vendían la ropa a la tropa de otros barrios, y los modelos defectuosos se los enyucaban a los perros, a quienes todo el mundo estafaba con skates maquillados que en realidad estaban a punto de romperse, ruedas viejas que se lavaban y limaban para que parecieran nuevas, trucks lustrados. Y aunque la gente se burlara de ellos por haber sido estafados, los perros eran compradores fieles.

Una tarde de sábado, en una de mis últimas incursiones, tomamos un autobús hasta una urbanización de edificios cerca del aeropuerto, una zona donde nos habían dicho que se podía montar de puta madre porque habían gradas de todos los tamaños, pirámides, y el suelo era liso. Nos juntamos unos treinta. También nos habían dicho que era un lugar peligroso, pero confiábamos en que nadie se atrevería a robarnos al ser tantos. Un skate no era algo tan común en Lima a mediados de los noventa, sobre todo en los barrios pobres, como tampoco lo eran las gorras con nombres de equipos de béisbol o baloncesto. Y varios de nosotros ya habíamos sufrido algún robo, con cuchillo o a golpes.

Encontramos un parque de cemento perfecto y empezamos a montar. Pasados unos diez minutos se había formado una mancha de gente alrededor del parque. La mayoría eran niños y adolescentes, pero también había madres y ancianos que nos advertían sobre el peligro de rompernos la cabeza en cada caída. Huáscar se sentó de pronto y me llamó. Nos fijamos en las caras de varios adolescentes. Ninguno tenía pinta amistosa. Llamamos al Mono y a Chris. Atahualpa no había venido. Planeamos la fuga apenas nos atacaran. El Mono correría delante, usando su skate como una espada para abrirnos paso. El resto lo seguiríamos en fila.
– ¿Por qué yo, huevón? ¿Y si me clavan un cuchillo?
–Nadie te va a clavar nada. Con lo feo que eres seguro los matas del susto.
Huáscar no dejaba de bromear ni siquiera en situaciones límite. Sin embargo, luego de que escapamos de la emboscada salvaje que dejó a muchos sin skates, gorras y zapatillas, lo escuché quejarse de manera tajante como nunca.
–Este país es una mierda, yo no quiero vivir acá, no se puede montar con tranquilidad.

En el parque Matamula tres fumones armados con un cuchillo que parecía un sable ya nos habían limpiado hacía más de un año, y desde entonces nadie había vuelto a volar en sus gradas. Multired había sido demolido. El cine Alcázar también era parte del pasado. Vista Alegre estaba cada vez más sucio. La Punta quedaba muy lejos. Y el serenazgo de cualquier distrito aparecía de inmediato apenas localizábamos un lugar seguro para montar, y nos echaba alegando que atentábamos contra la propiedad privada aunque se tratara de un parque público. El único skatepark había cerrado hacía varios años, pero nos hubiera dado igual que abrieran uno nuevo, porque el placer estaba en rodar por las calles.

Aparte del peligro de los robos y la intolerancia de los serenos, los skaters éramos objeto de burla en las calles. La gente miraba nuestra ropa, varias tallas más grande de lo que nos correspondía, y se reía. Nosotros copiábamos lo que veíamos en los videos, no lo que salía en los catálogos de las tiendas de ropa. Pero con los años, mucha gente que se burlaba de la ropa ancha, de esos pantalones que dejaban medio culo al aire y de las camisas a cuadros, empezó a llevarlos, porque los catálogos de las tiendas comenzaron a decir que esa era la moda.
Así como yo estudiaba Derecho y otros escogen ser médicos, ingenieros o futbolistas, Huáscar había elegido ser skater. No se trataba de una carrera, sino de una forma de vida. Él no quería llevar traje, estar sujeto a horarios de oficina y formar una familia a la cual mantener. Su novia sí quería que volviera a la universidad, ella había empezado a estudiar Contabilidad.
–Yo voy a ser mi único jefe, en cambio tú vas a estar con los huevos de corbata cada vez que la cagues.

Cuando Huáscar se burlaba de mi elección, deseaba que fracasara, porque en el fondo envidiaba esa libertad que era como un skate al que nadie podía controlar, un skate que hacía sus propios trucos y que no se vendía en ninguna tienda.

Aunque Huáscar cosía más ropa que Atahualpa, este reunió primero el dinero para inscribirse en el programa de trabajo. Una de sus tantas amiguitas, pues las tenía de todas las edades, terminaba el colegio y, como era costumbre, lapromoción se haría unas casacas de recordatorio. Atahualpa les presentó tres modelos y ganó el contrato para fabricar doscientas. Con el adelanto se fue al imperio de la falsificación en la calle Azángaro, al lado del Palacio de Justicia, donde Huáscar predecía que yo acabaría mis días sirviendo café y sacando fotocopias. Allí compró los certificados que acreditaban sus estudios universitarios. Luego fue a pagar la inscripción del programa, y en diciembre lo despedimos.

Chris siempre prometía que sería el primero en visitarlo, pero sus viejos, en vez de llevarlo a Estados Unidos en las vacaciones, lo enviaban donde sus abuelos paternos a Palermo. Atahualpa llamaba los fines de semana por la noche y nos juntábamos para escuchar sus aventuras. Lo habían destinado a Sun Valley, un pueblo perdido en Idaho, donde los ricos y famosos de Hollywood iban en invierno a esquiar. Él trabajaba en la piscina del hotel homónimo del pueblo. En vez de montar skate, se dedicaba al snowboard en sus ratos libres, a emborracharse y a tirarse a cualquier gringa rosada que le proporcionara calor y comida.
–¡Aquí todo es gratis!
Lo escuchábamos y alucinábamos.

Al terminar su contrato, Atahualpasiguió trabajando como ilegal en un restaurantedel mismo pueblo, esperando que los demás llegáramos.

Yo dejé de montar, apenas tenía tiempo para estudiar y lo que más me preocupaba era conseguirme una noviaentre las chicas guapas de la universidad. Huáscar había terminado con la suya. Esa fue la primera versión que nos dio. Luego tuvo que admitir que lo había dejado por un economista, y él empezó a salir con niñas de colegio. Mi carrera no me proporcionaba ninguna satisfacción. Empezaba a creer que podía convertirme en escritor. Siempre me habían gustado los libros, pero sobre todo la vida aventurera de algunos escritores. En la universidad no encontraba mi lugar por más que lo intentaba, era como un skate en una calle empedrada. Cuando me sentía muy solo visitaba los domingos por la noche a Huáscar para reírme un rato. Su habitación, conocida como «El gallinero», estaba decorada con dibujos en las paredes sucias. Los dibujos eran copias de los que veíamos en las revistas de skate. En una pared, Huáscar había escrito el nombre de Chris, del Mono y el mío, y debajo había una lista de adjetivos que iban desde anormal hasta zafio. Dentro de la casa la única puerta era la del baño.Huáscar me preguntaba por qué no volvía a montar, y para animarme me mostraba los últimos videos que Atahualpa le había enviado. No me atrevía a decirle que esa etapa de mi vida estaba cerrada.

Sin embargo, me inscribí con él en el programa de trabajo y nos reunimos con Atahualpa en Sun Valley.

Chris no vino porque sus padres lo matricularon en un instituto de Londres para que perfeccionara su inglés. Y el Mono había embarazado a su vecina, pero prometimos que algún día le mandaríamos dinero para que comprara certificados falsos y se inscribiera en el programa.

Durante aquellos cuatro meses en Sun Valley una gringa loca se enamoró de Huáscar, y estuvo a punto de matarlos estrellando su carro porque él dijo que no la amaba de verdad.Unas brasileñas que trabajaban conmigo en la cocina fueron arrestadas y expulsadas del país por robar un lápiz labial enun centro comercial. Rick, el pata más popular del pueblo, nos invitaba a los empleados del hotel a unas megafiestas en su casa con la condición de que le lleváramos chicas queluego él grababa borrachas y desnudas. Un bebé se ahogó enuna de las piscinas del hotel.
Huáscar se tiñó el cabello derubio, verde, azul, rojo, morado. Creí confirmar mi vocación literaria al encontrar la librería de segunda mano The Iconoclast. Fueron cuatro meses que me tentaron a quedarme enEstados Unidos, pero decidí regresar al Derecho.Huáscar ya se había marchado del pueblo cuando mi contrato de trabajo se terminó. Yo tenía que ir a una estación de autobuses para viajar hasta Nueva York, a buscar a una chica que había conocido una noche, una de esas estupideces que se me ocurrían cuando la soledad me exasperaba. Huáscar se había comprado una furgoneta sin calefacción y se ofreció a llevarme a la estación que quedaba en una ciudad a dos horas. Durante el trayecto me contó que pronto se compraría una máquina de coser y volvería a diseñar ropa, que tendría su propia marca y cuando tuviera suficiente dinero auspiciaría a los mejores skaters.

–Alucina, si te quedaras todos viviríamos en Embarcadero, le enviaríamos el dinero al Mono para que venga y Chris podría decirle a su viejo que lo matricule en una universidad de San Francisco.
Me reí, porque no me atrevía a contarle que me había resignado a tener un jefe y un horario de trabajo. En cambio, mi pata del alma, con su metro sesenta que justificaba diciendoque Dios lo había hecho chiquito porque si no sería un matón, haría lo mismo que su padre: lo que se le pegara la gana.
En la radio sonaba Nirvana. Nos acordamos del Monoy de cómo Huáscar lo había engañado castellanizando una estrofa de «Territorial Pissings», diciéndole que estaba demoda entre las bandas grunge introducir palabras en español. Donde dice «Gottafind a way», Huáscar cantaba «Voy aParaguay», y el Mono salía a la calle con su skate cantando «Voy a Paraguay/ Voy a Paraguay».
Quizá la amistad sean esos lugares eternos que inventamos con otros para no dejar de reírnos juntos.Llegamos a la estación. Durante el camino había pensadoen cuales serían mis palabras de despedida, algo quese alejara de lo cursi y que dejara una huella muy hondaen el corazón de mi amigo, como la parte de Jason Lee en «Video Days», ese de Blind que marcó un antes y después en el universo skater. Era mediodía, el sol derretía la nieve ydescubría un suelo cultivado con latas de cerveza oxidadas.Mi viaje hasta Nueva York duraría casi dos días. Miré aHuáscar, quería confirmar que nuestra amistad se mantendríaa la distancia. No sabía cuándo nos volveríamos a ver.Él estaba decidido a quedarse como ilegal y pelear por esesueño que había alimentado con cada truco que dominabaen las calles de Lima, con cada caída, con la rabia que leproducía vivir en una ciudad insegura, donde además lagente se había burlado de su ropa y su desprecio por losconvencionalismos laborales.
–Mira, a mí no me gustan estas huevadas sentimentales,bájate de una vez y ya hablamos otro día.
Huáscar me echó de la camioneta y desapareció por lacarretera.

Han pasado más de diez años desde la última vez quenos vimos. Huáscar vive ahora en Los Angeles, ya no se tiñe el pelo y tiene supropia marca de ropa, trabaja como unesclavo de sí mismo tratando de que su negocio crezca. Sé que ha auspiciado a algunos skaters nuevos que luego hanempezado a montar para compañías más grandes. Atahualpa lo ayuda con las ventas, además trabaja en un bar llevandolas relaciones públicas, y a veces se subea un pequeño escenario a tocar sus covers favoritos, sobretodo «Redemption Song». El Mono se mudó a Sun Valley tres años más tarde que Huáscar y embarazó a la gorda másputa del pueblo, y luego a la hermana de esta. Chris vive en Palermo, se mudó allí después de que a su viejo lo denunciaran por estafa y le quitaran todas sus propiedades. Yo llevomás de cinco años en Madrid, me gradué de abogado por compromiso y vine convencido de que aquí me convertiría en un escritor cuya fama proyectaría una sombra sobre sus contemporáneos, pero la realidad es otra: trabajo de momento para una compañía de alquiler de coches, llevo uniforme y mis horarios son un infierno.

El otro día vi que tenía un extra en mi cuenta de ahorros y cedí al arrebato de comprarme un skate. Cerca a mi piso en Legazpi hay un skate park. Recordé que con su primer cheque en Sun Valley, Huáscar se compró tres pares de zapatillas.Y cuando se marchó de allí tenía más de diez.

Me senté en el sofá del salón con la tabla bajo mis pies.Vivo en un piso interior, rodeado de dominicanos que hablan a gritos y ancianos que nunca salen a la calle. De pronto, tuve uno de esos ataques de arrepentimiento que sufrimos cuando el dinero se gasta en algo que parece inútil. ¿Para qué quería yo un skate? ¿No era una etapa cerrada de mi vida?¿A dónde me había empujado la nostalgia? Cerré los ojos y empecé a silbar. Sabía que nadie acudiría a mi llamada de la selva. No me importaba. Silbaba tan fuerte como podía, hasta que uno de los vecinos se puso a golpear la pared y agritar que me callara. Pero no le hice caso.


Sergio Galarza (Lima, 1976) es autor de Matacabros y de otros tres libros de cuentos, y de las novelas Paseador de perros y JFK , dos tercios de lo que será una trilogía madrileña.