venturini

«Libertad bajo palabra»

Los tiempos y las letras han cambiado, pero ella sigue. Con siete décadas de escritura literalmente bajo la manga –una bibliografía entera por redescubrir: el conjunto de sus libros empieza con Adiós desde la muerte (1948) y llega hasta nuestros días con Los rieles (2013)–, Aurora Venturini nos cuenta cómo es ser ella, libérrima, irreverente, excéntrica y brutal.

Por Paloma Reaño


«Un libro debe ser el hacha que rompa el mar helado dentro de nosotros».
Franz Kafka

Aurora Venturini es una escritora moderna y una mujer antigua. A sus 91 años, escribe –y habla– combinando la fragilidad y ferocidad de una adolescente con la serenidad y perspicacia de una antediluviana. Nacida en La Plata en 1922, atravesó el siglo escribiendo poemas, novelas, ensayos, traducciones, crítica, cuentos y artículos. «Alguna vez, en un diario me pidieron que hiciera el horóscopo; ese mes los maté a todos», suelta y sella con una risa afónica.

Una escritora, con una infancia agria, una juventud a galope entre las Humanidades y la militancia política, una madurez ensimismada y una vejez sobria, había pasado inadvertida. Pero en 2007, el diario argentino Página 12 eligió Las primas como la novela revelación de la narrativa contemporánea y, a sus 85 años, Venturini alcanzó la fama que parecía haberle rehuido definitivamente. Ganar el Premio Nueva Novela entre más de 600 obras de América Latina y España, con un jurado compuesto por Alan Pauls, Juan Forn y Rodrigo Fresán, entre otros, la puso en el podio internacional.

Detrás de aquella novela insólita había un extenso inventario de ediciones de autor y premios menores. Contaba ya con más de treinta libros publicados y algunos reconocimientos en Argentina y Europa, entre los que destaca el Premio Iniciación, que recibió de manos de Jorge Luis Borges en 1948, una de las cerezas de una biografía excepcional. Porque además de conocer su oficio en profundidad, Venturini es creadora de su propio mito.

Graduada en Filosofía y Ciencias de la Educación, trabajó durante años como psicóloga en la Fundación Eva Perón (de quien fue colega y amiga); estuvo casada dos veces –la primera con un juez conservador, la segunda, con un historiador revisionista– y enviudó ambas; se autoexilió en París y anduvo calles y noches con los existencialistas franceses antes de volver y seguir escribiendo, incansable.

Leer a Aurora Venturini es un remezón inesperado. Sus relatos están minados de humor negro y perturba la sinceridad con que devela la infamia de lo cotidiano. Como en la vida misma, el lenguaje es también la exploración del mundo, por eso la sintaxis se vuelve torrencial o calma según el argumento: la prosa está siempre sujeta al nervio de sus personajes. Y cada tanto, un golpe de poesía cruda; preciso, sucio, humano.

Su obra es un todo orgánico en el que las historias se miran entre sí –contagiándose o contradiciéndose–, engarzadas con personajes excesivos, ingenuos y depravados. Reuniendo restos de espejos y catástrofes reales, Venturini tensa el arco de la escritura y apunta al centro de la vorágine humana: la obsesión, la soledad, la miseria, el pánico.

Luego del repentino revuelo editorial causado por el premio Nueva Novela, la editorial española Caballo de Troya publicó Las Primas en el 2009. En 2012, Mondadori lanzó El marido de mi madrastra y reeditó Nosotros, los Caserta (1992). Hace poco, Estruendomudo reimprimió en Lima la novela que desató todo. Y en ese lapso, Venturini tuvo un accidente, estuvo en coma tres días. Contra todo pronóstico, despertó, volvió a caminar y escribió Los rieles (Mondadori, 2013).

Del otro lado de su teléfono rojo, Venturini nos habla de su infancia, la dictadura, el misterio del ser, sus referentes literarios, La Plata de los años 40, Eva Perón, Violette Leduc, Borges, César Vallejo y hasta el papa Francisco. Porque ante las preguntas sobre su obra, Aurora Venturini responde con su vida.

¿Cómo descubres tu vocación literaria?
Yo escribí toda la vida. Escribo desde los cuatro o cinco años, ingresé a la primaria sabiendo leer y escribir. Mi mamá era maestra.

Con esa última línea empieza Las primas. Se habla mucho de los visos autobiográficos de esta novela.
Sí. Pero yo no soy una persona como Yuna, soy intelectualmente muy activa. Si fuera tan activa con el cuerpo como lo soy con la mente, sería una liebre. Creo que nací toda para el cerebro, de ahí abajo poco. Escribí Las primas en dos meses, de un tirón, porque ya la tenía en la mente; en realidad tardo años para escribir una novela. Yuna es una infradotada reeducada, basada en las personas que conocí cuando trabajé como psicóloga. En cambio yo fui una chica superdotada conciertas dificultades de movilidad. Nunca pude correr, nunca pude hacer nada con las manos, solo escribir.

Y lo sigues haciendo; tu último libro publicado es de este año, Los rieles.
Dicen que es el mejor que he escrito. Ese sí es un poco una autobiografía. Yo tuve dos operaciones serias luego de romperme el esqueleto. Me salvé porque soy bruja. Me fui al infierno, me morí, es cierto. Como ya estuve ahí, no voy a volver. He visto cosas tremendas. Yo soy esotérica, los espíritus están ahí no más. Precisamente ahora estoy escribiendo un cuento que se llama «El empujón del fantasma celoso», y también es cierto. Sucede que la segunda vez que me casé, fue con un viudo que la mujer había adorado. Un día estaba en un balcón y sentí un empujón como el de un caballo; otra vez yo estaba en el baño y otro empujón me tumbó en la bañera. Era ella, indudablemente.

Has ganado algunos premios en Argentina y en Europa.
Antes de trabajar para Mondadori yo publicaba mis libros por mi cuenta. El primero fue Adiós desde la muerte. Era la época del 40’, cuando los poetas loábamos a la muerte (qué cosa horrenda, ¿no?). Lo hacíamos a través del neorromanticismo que siguió al romanticismo de los años 20’. Yo era poeta, todavía lo soy. Ese libro me abrió las puertas de la crítica en la ciudad de La Plata, donde nací y donde vivo. Llegué a la prensa de Buenos Aires, a Córdoba, pero hasta ahí no más. Hubo una linda época de publicaciones con las Ediciones del Bosque. En total llegué a publicar como cuarenta libros pero no tenía nombre. No tenía nombre de escritora, como se dice acá.

Eras más bien under: ¿descreías de los concursos?
Ah, pero claro. Mira, yo me presentaba a concursos y sé que ganaba, pero cuando abrían el sobre decían «Esta Venturini es la peronista que trabaja con Eva». Y me daban apenas una mención. Una vez me presenté a un concurso muy importante con Nosotros, los Caserta –que después edita Mondadori– y yo sé que lo gané pero por ser peronista me dieron el tercer premio, como por compromiso. Los jurados eran periodistas importantes pero estábamos en dictadura. Recuerdo que cuando fui a recoger el premio, uno de los jurados, en vez de hablar del primer libro –que lo había ganado la esposa de un militar, hija de un juez–, habló del mío. Y a mí eso me estremeció. Luego lo publiqué por micuenta y fui a dejárselo a la casa, era un profesor que vivíaen Buenos Aires. Me recibió el hermano y me dijo que estaba muy enfermo. «Ay, le dejo el libro», dije yo, y en eso lo veo bajando por la escalera, casi no podía caminar, y me dice: «Aurora, yo voté por usted». Qué maravilla, me conmovió mucho ese hombre.

¿Cómo surgieron las Ediciones del Bosque?
La creamos los poetas del 40’ cuando éramos todos muy jóvenes. El Bosque es todo un símbolo en La Plata, es una zona muy bella de la ciudad cerca del zoológico y del Museo de Historia Natural, que es el segundo en el mundo, el primero está en Inglaterra. Nos reuníamos ahí. Empezamos con un libro de Raúl Amaral, el director de la editorial, un poeta muy bueno que murió en Paraguay; el segundo fue Adiós desde la muerte, luego vino Otoño imperdonable, de María Elena Walsh. En la editorial estaba lo mejor de La Plata. Hicimos mucho ruido, los diarios hablaban muy bien… pero ocurrieron cosas en la política, de un gobierno pasamos a una revolución, ustedes sabrán cómo somos los argentinos, muy peleadores…

En esos primeros años de escritura recibiste un premio de manos de Borges por tu poemario El solitario.
Sí, yo era una estudiante de Humanidades, tendría veintipico de años. En esa época a La Plata le decían «La ciudad de los poetas» porque antes que la nuestra, estuvo la generación del 20’, la de Francisco López Merino, un poeta fundamental con una historia romántica –se pegó un tiro a los 25 años–, amigo de Borges cuando nosotros aún no habíamos nacido. Cuando me entrega el premio, Borges era maduro y yo muy joven. Fuimos muy amigos a pesar de que yo era peronista y él no. Una vez, sentados en una plaza de Buenos Aires, él me mira y me dice «Parece mentira, Aurora, que seas peronista», y yo lo miro y le digo «Parece mentira, Jorge Luis, que seas antiperonista». Nos tirábamos pelotitas como quien juega al tenis, pero nunca discutíamos. Borges era un espíritu sublime. Yo siempre digo que conocí en mi vida a dos seres extraordinarios, dos hemisferios muy distintos pero mágicos: uno es Jorge Luis Borges; el otro, Eva Perón.

En 1955 empieza la segunda dictadura militar. ¿Qué estabas escribiendo en esa época?
Estaba escribiendo sobre los tiempos que pasaban. Me habían echado de todos los diarios, no tenía trabajo. Siempre tuve mucha facilidad de expresión y decía cosas que no les gustaban. Una vez insulté a unos sujetos y me detuvieron, me llevó la policía.

Entonces te exilias…
Sí, estuve varios años fuera porque las revoluciones me hicieron mucho daño. Estoy segura de que me habrían matado. Nuestras dictaduras fueron espantosas y yo era brutal. No me podía quedar, tengo mucho nervio, ¿sabes? Cae el peronismo y vienen los milicos degenerados, y bueno… hicieron lo que hicieron, y con el cuerpo de Evita Perón hicieron de todo. Yo estuve cuando lo trajeron. A mí me han puesto muchos problemas por haber sido amiga de Eva Perón. Me han cerrado muchas puertas, me han perseguido, me han golpeado. Lo cuento todo en un libro que se va a llamar Eva: alfa y omega. Se llama así porque la doctrina empieza con ella y cuando muere se acaba todo, porque Perón juega un papel de mierda después. Se manda a mudar y nos deja. Nos fuimos todos a la cárcel, nos rompieron el alma. Por eso te digo que escribo en carne viva.

¿Crees que los escritores son archivos de su tiempo?
Algunos. Otros se dejan comprar. Algunos estamos siempre en un lugar del tiempo y del espacio como si fuéramos termómetros. Sentimos las fiebres y no podemos callar. Después nos dicen que tenemos razón, ¿pero quién nos borra los golpes? Es bravo. En ese tiempo me defendía haciendo traducciones del francés; traduje a Villon, a Rimbaud y a Lautréamont. Me gustan mucho los poetas malditos. François Villon, que fue el primero, es una maravilla, pero Rimbaud es un reformador. Nuestra generación se apoyó mucho en él. Y Lautréamont, que es uruguayo en realidad, termina en París y pertenece también a esa patria donde fuimos a parar los despreciados, los perseguidos.

¿Quiénes son tus escritores favoritos?
El primero de todos es Dostoievski. Luego el poeta ruso Pasternak, luego Kafka. Por eso no soy una escritora latinoamericana. No desmedro de los latinoamericanos, Miguel Ángel Asturias es un dios, pero yo no derivo de ninguno de ellos. Mis referentes son europeos. Me tienen por faulkneriana y ahí sí me encuentro. También me comparan con Thomas Mann, que es una de mis adoraciones.

¿Cómo vives esta fama tardía?
Un día me llama Liliana Viola, del jurado del concurso de Página/12, y me dice que estoy entre los diez preseleccionados para el premio Nueva Novela. Y yo le digo «Seguro que voy a ganar, mi novela es la mejor, no hay nada que hacer». A los días me llama de nuevo y me dice que vaya. La ceremonia fue una reunión preciosa con gente de la literatura, del cine. Primero leyeron un fragmento de la obra con el tercer puesto, luego otro del segundo. Entonces salió adelante Tina Serrano, una actriz, y empezó a leer: Mi mamá era maestra… ¡Ese era mi libro! Lo supe recién en ese momento. Imagina la emoción.

Al tiempo me llamaron de la editorial española Caballo de Troya para saber si yo quería publicar ahí. ¡Pero cómo no voy a querer! España, querida. ¡España! Ahí está la eternidad. Esa publicación se difundió mucho. De pronto tenía tantos mails que no los podía leer. Después de publicar con Mondadori aquí no paró de sonar el teléfono. Soy un poco antigua, me gusta más el teléfono que la computadora.

¿Pero la usas para escribir? De un tiempo a esta parte los nuevos formatos de comunicación influyen en la escritura de algunos autores, como los blogs, por ejemplo…
Eso para mí fue como un sopapo. Después del accidente que me rompió el esqueleto intenté con la computadora pero no me gustó. Yo escribía muy bien a máquina. Y antes lo hacía todo a mano. Directamente en la máquina no siempre se puede. La escritura a veces es como un milagro, no sabes de dónde viene. Una toma la lapicera y allá va, allá va como si alguien la impulsara. La máquina puede ser muy grosera: todos esos sonidos, esos golpes. No podría escribir poesía directamente a máquina. Ahora escribo en el cuaderno y los sábados viene María Laura Fernández Berro, una escritora, mi secretaria, y me pasa todo en su computadora. Ella envía mis cosas a los diarios. Es parte de mi literatura, si no yo no podría.

El arte ha cambiado mucho con la tecnología. ¿Te gusta el cine?
Sí, la primera película sonora que vi fue aquella de Rossellini, Roma ciudad abierta, de 1945. Al comienzo me asustó, estaba acostumbrada a oír el pianito de las películas mudas. Ahora todo es virtual, hay hasta hombres y mujeres virtuales, es espantoso. Recuerdo que antes nos enloquecían personajes como los de Ray Bradbury en Las doradas manzanas del sol. Ahora llamas a una oficina y te atiende una máquina parlante; tienes que sacar el dinero con una tarjeta; antes tenía una amiga en el banco y ahora tengo un pedacito de plástico. Se está perdiendo el humanismo. Además, es el reinado del mal gusto, nena. ¡De la danza clásica pasamos al Baile del Caballo! Ya lo bailó hasta la señora del presidente norteamericano…

A propósito de la primera dama, has vivido durante un siglo de cambios importantes para las mujeres. La mayoría de tus personajes son mujeres.
Es que yo no me puedo meter en la psicología de un hombre, es algo muy diferente. Tenemos una fisiología distinta, padecemos orgánicamente nuestra constitución para parir. Eso nos cambia totalmente. Yo no quiero que la mujer se meta en la casa a criar hijos. Yo no tuve hijos, nunca quise traer a nadie al mundo. Por mi manera de ser, errática. La mujer, yo creo, puede ser una gran escritora, una gran plástica, llegar en la política a ser Ministra de Salud, de Educación, y ahí se acabó. Si no, mira lo que pasa en mi país. Pobrecita. Y cuando una mujer fracasa todos hacen leña del árbol caído. Hay que ver cómo lo hacen, me da mucha tristeza. Yo he pensado siempre que el hombre tiene un rol y la mujer otro. Yo no supe tener el de la mujer: yo quería andar, yo quería viajar, no podía quedarme un año en mi casa, tenía que irme, por eso elegí no tener hijos. Además soy muy exigente. No me gustan las cosas que hacen los chicos a veces.

Escribiste de todo: ensayos, novelas, cuentos, poesía. ¿Enqué género te sientes más cómoda?
Yo me siento igual en todos pero esta no es época para poesía. Ahora hay que escribir las cosas con un hacha. La poesía, así sea de combate, es muy delicada. ¿Sabes dónde he encontrado poesía y me ha dolido mucho? En los manicomios, cuando trabajaba como psicóloga… ¡a mí me han dichocada cosa los locos! Hay clarividencia dentro de nosotros.

¿Eres una persona de fe?
Sí, pero nunca escribí poesía religiosa. La religión es una ciencia de la fe. Dicen que mueve montañas y es cierto. Porque si tienes fe, perseveras y triunfas. Yo creo que hay Dios no porque nos haya creado a nosotros, sino porque hizo lo primerísimo. Más allá de la porción mínima con vida, ¿quién me explica el ser en tanto que ser? Se suele hablar del ser humano, pero somos humanos a secas. Si fuéramos seres no moriríamos nunca y no hubiéramos tenido principio. Hay un solo ser y es aquel que no fue hecho. Nosotros somos producto de una evolución. Yo creo que los humanos estuvimos siempre, incluso cuando estaban los grandes monstruos. Porque veo manos lindas ya en esos tiempos. Mira los dinosaurios, qué lindas manos tenían. Veo ojos lindos en otros animales. Veo pedazos nuestros en uno y en otro, y en otro, y pienso que nos fuimos juntando, parte por parte, como un puzle increíble. Por eso estamos en muchos animales. Indudablemente el mono es nuestro pasado inmediato pero durante la gestación pasamos por todas las etapas: de una célula a un bicho, un pez, luego un animal feo, un cuadrúpedo. Hay chicos que nacen con cara de animal, chicos que nacen con aletas… Pienso en las plantas. Yo a veces me las quedaba mirando y me daba impresión imaginar que debajo de la tierra se están reproduciendo, que las raíces están haciéndose el amor y por ahí se cruzan con otra y entonces sale una rosa blanca en vez de una rosa rosa. El origen es silencioso. Las cosas están vivas. Hay vida en todas partes. ¡Qué milagro, eh! ¡Qué misterio! Mira si hay para pensar. Yo vivo sola y no me aburro. Siempre he pensado en estas y otras cosas… luego las escribo y a la gente les gusta.

Muchos escritores han construido su literatura alrededorde sus obsesiones. En tu obra recurres mucho a la infancia y sus torceduras, a la marginación morbosa de las personas… hay siempre una incomodidad existencial.
Claro que sí, es que nos influyen cosas muy grandes. Yo no tuve una infancia agradable, la vida no ha sido fácil. Mi personalidad diferente siempre molestó. Yo era una criatura molesta. Tenía una nana que me pegaba y mi mamá decía que estaba bien porque yo me portaba mal. Tenían razón,era tremenda.

Hay muchas familias, estirpes en ruinas…
Sí… A mí mi mamá no me crió, ni me dio pecho. Me crió una negra, un ama. Mi abuela era chilena. Recuerdo esa cordillera áspera y pensar que mi madre era áspera también. El padre de mi abuela era arriero, criaba animales en la cordillera. El viento blanco lo habrá matado… En cambio a mi hermana mi mamá la crió y le dio teta hasta los cinco años.

Eso es demasiado…
Sí, eran muy pegadas. Cuando mi madre murió mi hermana no pudo caminar más. La verdad que sí, una familia bien rara, la mía. Es que la vida, querida, no ha sido fácil para mí.

Pero te ha hecho fuerte…
Ah, sí, todo lo que la vida me pateaba yo lo devolvía, así que viví peleando. Lo digo, soy alguien que le tuvo miedo a todo y no le tuvo miedo a nada. He tenido miedos que me han transformado, sobre eso escribí una columna hace poco 1. Miedo a los animales grandes porque yo sé que fueron mis contemporáneos: a los elefantes no los puedo ver. Miedo a ciertas figuras, por ejemplo «El pánico» de Goya. Aquel hombre gigantesco que sale del mar me espanta, debe haber sido una pesadilla suya. Tampoco me gusta ese que se llama «Saturno devorando a un hijo», no lo puedo mirar. Miedo a los baúles grandes porque cuando yo era chica me decían que me iban a encerrar en uno. Y ahora me pasa que no puedo estar muy cerca de una pared porque me da la sensación de que es una prisión. Sin embargo no soy un ser atormentado.

Cuando vivía en París compartía un departamento con Violette Leduc, la autora de La bastarda. Una vida muy loca la suya. Había sido lesbiana pero luego le dio por los hombres y se enamoró de un obrero que se cansó de ella y no iba más a verla. Una vez desapareció varios días. Como no regresaba llamé a Ionesco, un gran autor de teatro que andaba en el grupo, con Sartre y Simone de Beauvoir. Yo andaba con ellos pero su filosofía me era extraña. La estudié pero no la practicaba. Salimos a buscarla y la hallamos en un bar, toda golpeada, había ido a buscar al hombre a los barrios bajos, quién sabe lo que le pasó. A veces venía y me decía «Aurora, hacéme chocolate que tengo frío», y se ponía a llorar… hay que leer La mujer del zorrito, es una cosa tremenda.

Hace poco comentaste en una entrevista en Radar que La náusea te parecía un libro gracioso…
Aaahh, La náusea… Justo ahora planeo un libro de cuentos largos llamado Náuseas. La náusea es el primer libro de Jean Paul y existe una relación porque ambos contamos cosas que dan náuseas: la perversión humana, la farsa del político que te cuenta una cosa y se está llenando los bolsillos, la estupidez del hombre que se mata por tener las cosas último modelo… eso da náuseas.

La miseria humana.
Sí, mis personajes se van adaptando al tiempo, son de un resentimiento tremendo y al mismo tiempo se humanizan con esta miseria. Yo escribo, escribo, escribo para mal de ninguno y bien de todos… como dice Martín Fierro, que me encanta. Pero de los escritores latinoamericanos el que más me gusta es Miguel Ángel Asturias. Él era embajador en París cuando yo estaba autoexiliada. A veces caminábamos, charlábamos…

Hablando de personajes conocidos, hay dos argentinos llenando las portadas de los diarios en todo el mundo: Lionel Messi y el Papa Francisco…
Aaah… Leo es un genio. El genio se da en todas partes, no solo en las letras, en el arte o en la medicina. También en el fútbol. Y él es un genio. ¿Cuál era el otro? Ay, querida, Bergoglio… Me llamó por teléfono cuando era cardenal. Estaba en Buenos Aires y me llamó porque había leído el poema mío sobre el Cid Campeador. Me dijo que ese era su modelo. Yo me emocioné, le dije «¿Por qué me llama usted a mí que soy una oveja y usted el pastor?». «Le bendigo toda su obra», me dijo. Es un tipo macanudo. Para Navidad también me llamó. Me dijo que si voy a Europa me recibía en su casa. Pero yo ya no me animo a viajar, no tengo equilibrio para subir a un avión. Y nunca iría en esos cochecitos, qué vergüenza. Yo camino con un bastón y camino bastante. Ahora ya no puedo viajar, antes lo hacía mucho, aunque de América solo conozco Brasil y Chile. El Perú no lo conozco. Algunas amigas mías dicen que es precioso, muy colonial, muy lindo. De Europa casi todo, menos los lugares muy fríos. A Suecia no he ido y me hubiera gustado ir a Rusia. Pero ahora imposible, imposible, imposible…

En 1998 publicaste un libro llamado Me moriré en París con aguacero, un verso de Vallejo del poema «Piedra negra sobre piedra blanca».
Sí, pero no es un buen libro, es una novela mal editada. Yo amo a Vallejo, hermoso, murió en el exilio. ¿Quién era el mandatario en esos días? ¿Cuántos déspotas tuvieron ustedes? «Hay golpes en la vida tan fuertes… ¡Yo no sé!/ Golpes como el odio de Dios…» ¡Qué maravilla! Él siempre estuvo en eso del dolor extremo, de la honda tristeza, del desarraigo.

Se me viene a la mente una frase de Fulvia, un personaje de uno de los cuentos de El marido de mi madrastra: «Debo contarlo todo para olvidarlo todo».
Es cierto, uno se siente aliviada cuando escribe sus tristezas, sus amarguras. Es cierto.

¿La escritura purga?
¡Y cómo no!


Ya en el límite
Ya en el límite de todas las edades relataré a fondo mi estada en aquel sitio tan excepcional, cuan horrendo. Percibo que pronto dejaré el ser y seré en apariencia otra cosa, o nada. Prefiero para el caso lo último anotado…

De la caída incalificable, resultó la recuperación de alguien endeble y temeroso, irreconocible. Tal mi cambio y desvarío.
Antes fui valiente y brillante.

Hoy me asusta cualquier rumor del viento en los huecos de una pared, y la voz humana tonante enardece fogatas de pánico. La palabra de naturaleza incisiva me lastima e inocula sabor acibarado, devenido del hígado enfermo.

Padezco pasajera ceguera a causa de la agresividad que ataca desde los colores: rojo y carmín, por ejemplo. Los olores provenientes de las quemas de hojas secas, papeles, hilados y otras mentas, también me desaforan. Me he desdoblado en sujeto cautivo de un sonambulismo errático en la más densa penumbra.

Los hados me abandonaron.

Crueles espejos devuelven ante mí otra persona. Amable y paciente lector, todo cuanto pasaré a contar es cierto. Apelo a tu buena voluntad. No me hagas a un lado como han hecho personas de mi más próximo mundo circundante. No te conviertas en uno de ellos. ¿Qué haría yo en tal caso espantoso? ¿Qué haría en un maldito desierto?

Desde los amargos sucedidos, amargo pasar recorre mi columna vertebral. Chirrian mis huesos que ya caen y no sostienen porque en cada una de las coyunturas, a la vez chirria una prótesis.

Caí desde mi estatura, de un metro setenta, al piso de cerámica. Desde entonces, ahí habita el terror que invade cuerpo y ánima: el asesino.

No sumaré a mi escrito fantasía, creacionismo, poesía, aunque la crudeza de tal exposición te cause ansiedad y pavura.

No imaginas lo difícil que es volcar en la redacción de los asuntos la verdad desnuda; los aconteceres arreciarán pedrea en tu delicadeza.
Antes pensé en la fatalidad de la muerte (vocablo que evito) como en un universal diván acogedor de sueño eterno.

Luego de mi caducidad psicofísica, le temo. No temo a la muerte necesaria y maternal, sino a despertar en el más allá por mí ya comprobado. Todo lo viviente es mortal: humano, animal, vegetal. Ignoro si habrá evolución en el reino mineral.

Sufría cuando invadí de repente el antro.
Vi rumor de huesos quebrados, huesos astillados cuando penetré de un solo bajón el ámbito desconocido.

Ojalá, lector atento, jamás te acerques siquiera a la superficie del averno.

Desde ahora te informo que su bocaza y horrenda entraña aguardan.

¡Infelices quienes lo merezcan!

Lo merecí, de ahí mi permanencia de tres días con sus noches.

Los avatares más tremendos y humillantes son preferibles a mi maldita estada en el lugar, que no es el que abrió la mano del hombre valiéndose del Alighieri sino el infierno de Catalina de Siena.

Destina Dante su infiernillo bellamente espantoso a los políticos y señores de su siglo renacentista. Opino que tanto aquellos como sus seguidores a lo largo de los tiempos, merecieron y merecen ser horneados por lo que dicen y hacen (ayer y siempre) con el único fin de amasar monstruosas fortunas. Basura. No valían la gloria de los tercetos. Vano…vanidad de vanidades: fantasías.

Abandonemos esta inmundicia que viajó en barcos, carrozas, en tránsitos dorados tirados por lebreles y corceles, en automóviles…
Ingenuo Dante Alighieri, aún exiliado en Ravena.

Caí desbarrancada al infierno de Catalina de Siena: al horroroso y temible espectáculo por ella relatado, ilustrado, patético.