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Reseñas

La hora violeta

Sergio del Molino (Madrid, 1979) Mondadori (2013) ■ 208 páginas ■ 79 soles


Memoria. Este libro es una batalla contra el sentimentalismo de tarjeta Hallmark. Una batalla contra el uso impropio de palabras como pérdida, luto o cáncer. Contra la intromisión del pensamiento mágico. No son habituales en nuestro idioma las memoirs que lidien con la enfermedad o la muerte. No abundan autores como Susan Sontag, Joan Didion o William Styron, que se fajen en una batalla desigual contra el dolor o el duelo y los riesgos de escribir en primera persona sobre ellos. Existen excepciones como Marcos Giralt Torrente y su Tiempo de vida o el Mortal y rosa de Francisco Umbral, al que tanto debe este libro de Sergio del Molino. Pero la tradición no es mucho más rica que eso. Existen sí libros que exhiben sus vergüenzas como si bastara mostrar algunas vísceras sin pasar por el trámite de luchar a brazo partido con el estilo y el pudor, de domar la tentación del exceso lacrimógeno. La hora violeta es también una batalla contra esa literatura de kleenex.

El hijo de diez meses de Sergio del Molino es diagnosticado de leucemia y muere un año después, poco antes de cumplir los dos años. Este libro es el diario de naufragio de ese año y pico en que Del Molino debe lidiar con médicos, enfermeras, la impotencia, la rabia, la desesperanza, la esperanza recobrada y la desesperanza nuevamente. Y también con el «discurso triunfalista» del cáncer, que hace que «cada pequeño avance (contra la enfermedad) sea una épica victoria en una guerra larga y cruenta cuyo triunfo final creemos que nos pertenece ». Del Molino aprende de la forma más dura que ese triunfo es un espejismo. En un momento, mientras trajina pasillos de hospital, alguien le grita, intentando animarlo, «¡Arriba los corazones!», y él contiene la rabia: «Aprieto los puños y a punto estoy de romperle la cara. Solo necesito una palabra de más o un consuelo torpe para estallar y empezar a clavar cabezas en picas como un Vlad el Empalador cualquiera. Pero, otra vez, me reprimo. Me siento extranjero en un país cuyo idioma no comprendo y donde todo el mundo me habla. Ni sé qué me dicen ni puedo hacerme entender». Del Molino no solo domina el idioma de ese país extraño, sino que consigue rehacerle el diccionario para que nosotros, ya no extranjeros sino extraterrestres de su dolor, consigamos, al menos, comprenderlo durante doscientas páginas. Por Diego Salazar.


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