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Reseñas

Historia de amor con fantasma

La invención del amor ■ José Ovejero (Madrid, 1958) ■ Alfaguara (2013) ■ 242 páginas ■ 69 soles


Novela. Luego de una noche de copas adulto-contemporánea en su departamento, Samuel se instala para tomarse la del estribo en su lugar favorito en el planeta, su terraza, cuando suena el teléfono. Contesta de mala gana. Es alguien que le dice que Clara ha muerto en un accidente. Samuel –arquitecto solterón entrando a la mediana edad– no lo lamenta simplemente porque no conoce a ninguna Clara, se trata de una equivocación, pero la llamada logra intrigarlo, penetrar en su conformidad nihilista, y por una mezcla de curiosidad y no tener nada mucho más interesante que hacer, decide acercarse al velorio. Una vez ahí confirma que lo han confundido con el amante homónimo de la muerta, una chica de la que, al principio, solo tiene una foto que birla del tanatorio. Es a partir de esa visita temeraria y del retrato que el protagonista se hace pasar por quien no es (pero pudo) y se deja caer casi de manera deliberada en una obsesión por conocer todo sobre la muerta y por el otro Samuel, el verdadero, lo que da pie a una historia de amor imposible entretejida con la idealización de quien no está y el vértigo de verse envuelto en una espiral de mentiras y dudas (¿el que ama miente? ¿Es válido? ¿Amamos solo lo que el otro nos muestra, o lo que queremos ver del otro?). Entre pesquisas, sospechas, giros argumentales, encuentros y encontronazos intervienen, además de Samuel y Clara, el viudo, el verdadero Samuel y, para complicar más las cosas, Carina, la hermana de la difunta. De esta guisa, lo que pudo ser una historia sentimental con fantasma pasa por convertirse en un pentágono amoroso que, finalmente, se allana hasta el encuentro de dos solitarios. No se trata, ya se ve, de una típica novela romántica. Por suerte. Pero el amor –esa palabra tan difícil de pronunciar por el protagonista– pareciera ser, finalmente, lo único capaz de salvarlo. Lo único que merece la pena.

Contada en un tiempo presente acertado, el protagonista-narrador eventualmente se anima por unos felices desvíos argumentales, y también por ciertas reflexiones que no le restan verosimilitud al tiempo de la narración pero que sí pueden resultar un poco cansonas. Samuel a veces nos quiere decir todo, y puede resultar, tanto él mismo como personaje como su propio relato, digamos, sobrenarrado. Por otro lado, es, a su pesar, un representante de la realidad que le toca. Un burgués desencantado, cínico, individualista, aburrido, ambiguo, pero con principios a medida y una pizca de conciencia social: su configuración es acaso el mayor acierto de la novela (aunque los demás personajes, sobre todo Carina y el otro Samuel, así como los secundarios y satelitales están muy bien también). El escenario de este drama con toques de suspense es Madrid, una ciudad afectada por la crisis de los tiempos corrientes, deslucida o cuanto menos transformada, pero de la que aún –se nota– el autor real está enamorado. Lo mismo que el narrador.

José Ovejero es un buen escritor, y está en su mejor momento. Es poeta, autor de libros de viaje, de varias novelas y de cuatro destacables conjuntos de cuentos, así como de una sabrosa miscelánea llamada Escritores delincuentes y de La ética de la crueldad, ganador del Premio Herralde de Ensayo 2012. Fue una presencia destacable en la reciente FIL de Lima, opacada lamentablemente en medio de tanto batiburrillo. Llegó en la gira promocional correspondiente tras haberse hecho con esta novela del Premio Alfaguara 2013 (que está aprovechando para actualizar su blog «Larga distancia», en El País). Por Dante Trujillo.


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