Ruido-de-Alvaro-Bisama
Reseñas

El ruido, o la distorsión del recuerdo

Ruido ■ Álvaro Bisama (Valparaíso, 1975) Alfaguara (2012) ■ 171 páginas ■ 59 soles


Novela. El título del libro de Álvaro Bisama no nos prepara, en lo absoluto, para la sorpresa que nos vamos a llevar desde sus primeras páginas. Y es que ni bien comenzamos a leer Ruido, nos encontramos con una prosa singular, casi elegante, dueña de un ritmo armonioso bastante lejano a la estridencia. Bisama combina con naturalidad y en un mismo párrafo la sequedad de la oración corta con la delicadeza de una descripción casi poética. Lo suyo es la palabra cuidada, que va tejiendo a través de las oraciones una historia sobre la fragmentación de la memoria. Un relato sobre el ruido que queda en el recuerdo. Una constatación de que aquellos acontecimientos que vivimos, esos que forman nuestro pasado no dejan huellas claras, datos contrastables, información segura. Dejan señales borrosas, como las fotos del álbum que se van despintando con los años y que nos muestran un pasado siempre estático, congelado, fraccionado.

La historia que Bisama escoge contarnos transcurre en un pueblo pequeño de Chile, bastante provinciano, donde el autor se hizo grande; y donde un día a un niño pobre (un piraña, diríamos nosotros) se le aparece la virgen María mientras aspira pegamento, (terokal, diríamos nosotros) en la punta de un cerro. El niño (que realmente existió) cuenta su historia (que realmente ocurrió) y la escuchan unas ancianas que desatan un culto extravagante que atrae multitudes, y le cambia para siempre la vida a todo el pueblo.

Hasta ahí podríamos estar ante el típico relato latinoamericano donde la realidad siempre abruma con datos más desconcertantes de los que podría ofrecernos una imaginación sazonada por las drogas: la virgen aparece con día y hora preestablecidas, la fe se desborda hasta límites inverosímiles y las apariciones se vuelven en una fuente de ingresos explotada por todos; la dictadura usa a la virgen y al niño como cortina de humo, el general Pinochet visita el pueblo, y un día el niño vidente crece y se cambia de sexo para espanto de la feligresía.

Pero no, Bisama no se limita a contar con maestría una secuencia de hechos alucinantes. El escritor chileno que ve surgir de la mano de la virgen todo un fenómeno musical en su pueblo, le huye a la manida fórmula macondiana y construye un relato seco, de una frialdad a ratos carveriana, en la que no se narra la historia del vidente, sino la de los que crecieron en medio de tanto surrealismo. Bisama se cuelga entonces de la virgen para hurgar en el recuerdo de una generación, de su generación, que nació a inicios de los setenta y que creció en medio de rezos, disparos, sotanas y botas militares.

Es así como emprende un viaje al pasado para corroborar que la memoria no existe, que solo recuerdan los fantasmas. Y sí, pues, algo de fantasmal hay en la constante evocación de una juventud que transcurrió entre fotos en papel, que se despintaron; cines de barrio que se convirtieron en iglesias evangélicas; largas esperas para que por fin dieran el capítulo de tu serie favorita, casi siempre repetido…

«¿Por qué recordamos ahora?», se pregunta Bisama, y cual fantasma que solo habita en su propio recuerdo se responde: «Porque quizá queremos que todo hubiese sido cierto». Por Patricia del Río


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