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El evangelio según Norman Mailer

A propósito de los 90 años de su nacimiento y de los 65 de Los desnudos y los muertos

Por Armando Bustamante Petit


Mayo de 1948. Solo habían pasado tres años desde el fin de la Segunda Guerra Mundial y un chico de 26 años, ex estudiante de Harvard y recién llegado del frente, publicaba su primera novela: Los desnudos y los muertos. Su nombre: Norman Mailer. El joven, que había estado destacado en Japón luego de la ocupación americana, saltó a la fama con un bestseller absoluto. El libro narraba la vida cotidiana de un pelotón que hace una larga y angustiante patrulla por la jungla de la pequeña isla de Anopopei, dominada por el enigmático monte Anaka.

Su éxito inmediato no solo se explica por el gran vigor narrativo del libro, con una historia que va creciendo en emoción con las páginas, con rapidez y ritmo. Tampoco por el crisol de personajes que refleja con gran profundidad cada arista de la sociedad norteamericana antes y durante la guerra: ahí están el duro y militarizado sargento Croft; los judíos Roth y Goldstein; el irlandés católico Gallagher; el activista Red Valsen, minero de Montana; el chicano Martínez; el italoamericano Minetta; el campesino sureño Ridges; los típicos americanos Wilson y Brown; el culto teniente Hearn, lector de Rilke; y quien los envía a este periplo, el integrista y reaccionario General Cummings… Cada uno con su propio infierno personal, con sus propios miedos y razones para estar y no estar en la guerra. Pero Los desnudos fue un suceso sobre todo porque el país necesitaba una narración de lo que acababa de vivir, de la misma manera que Alemania necesitaría, años después, a Günter Grass, o la Unión Soviética a Solzhenitsyn. El timing era perfecto. Además, las condiciones en Estados Unidos, tanto como país vencedor como libre de la censura comunista, fueron ideales para el buen recibimiento de la temprana obra de Mailer. Era un retrato fresco, recién salido del horno de la guerra.

Décadas después, Mailer lo llamaría «el libro de un joven ingeniero», refiriéndose a sus estudios y a la estructura de su ópera prima. «Era maciza pero sin lindas filigranas en las articulaciones», escribe en El arte espectral (2003), cuatro años antes de su muerte. En la edición por los 50 años de Los desnudos y los muertos, en 1998, Mailer escribió un prólogo donde lo describe como «un bestseller obra de un amateur», a pesar del medio millón de palabras que ya había escrito en la universidad. «El libro estaba escrito con descuido (las palabras llegaban demasiado rápido y demasiado fácil) y difícilmente había un sustantivo en cualquier frase que no se diera la mano con el adjetivo más cercano y disponible: café hirviente y miedo trémulo es el tipo de cosa que encontrarán».

Y sigue: «Era ingenuo, me apasionaba escribir, sabía muy poco sobre las exigencias sutiles de un buen estilo, no me restringía mucho, y ardía de excitación mientras escribía. Era un aficionado». ¿Cómo, entonces, una novela con tantas costuras a la vista podía ser calificada por el New York Times como «sobrecogedora»? Otros la llamaron incluso «la más grande novela de guerra escrita en el siglo XX», con el perdón de Hemingway. ¿Cómo la Modern Library, sección de Random House, la pudo calificar como una de las cien mejores novelas norteamericanas?

El autor se pregunta sobre las virtudes del libro que lo lanzó a la fama, ya desde la visión del profesional que sirve de ejemplo a otros, y se responde: la felicidad de los libros buenos de autores aficionados es que no evitan escenas que los escritores de mayor trayectoria desdeñan (y con razón). Mailer empezó el libro a los 23 y tardó 15 meses en terminarlo. Se arriesgó y acertó más veces de las que se equivocó. Hizo una radiografía de su país a través del peregrinaje de esos hombres de carne y hueso por lo desconocido, con los japoneses acechando detrás de cada matorral y con el ataque constante de la humedad, los mosquitos, el barro y el frío. Para el pelotón, la lluvia debajo de una luna llena enorme ya no era más tomarse una cerveza en un porche de los suburbios, sino el comienzo de un lodazal donde tendrían que dormir y quizá morir.

«Tuve la suerte de ser influido por Tolstói. Cada mañana, antes de escribir, leía Anna Karenina. Mis páginas, a través de la percepción distorsionada de un joven de 24, reflejaban lo que aprendí sobre la compasión de Tolstói». La compasión, tan necesaria en la guerra, la única posible, aprendió el amateur Mailer, es la que se encuentra bañada por severidad. La que nos dice que debemos sentirnos fortalecidos por quienes resisten las batallas más duras.

Los tipos duros sí escriben

Los desnudos y los muertos fue una buena historia, con mucha fuerza, que apareció en el momento correcto. La fama de Mailer, sin embargo, no le sirvió para mantener ese éxito. Sufrió con las dos novelas que siguieron, una sobre el comunismo en Estados Unidos (Costa bárbara, 1951) y otra sobre los intríngulis de Hollywood (El parque de los ciervos, 1955). La primera fue destrozada por la crítica y la segunda, debido a su difícil estructura y a su contenido controversial, tuvo que pasar por insufribles reescrituras y problemas editoriales para ver la luz. Ambas rezumaban un tufillo moralista que no impresionó a muchos, pero dejaban entrever al autor empeñado en cuestionar verdades que otros daban por sentadas. ¿Acaso ese novato había tenido un chispazo con sus vivencias de guerra y ya no servía para mucho más?

Se asume que Los desnudos nació después del paso de Mailer por Japón, pero es un error. En realidad, él ya tenía la idea de la patrulla de su pelotón antes incluso de que fuera enviado a ultramar, estimulado por libros de guerra como Into the Valley, de Hershey, A Walk in the Sun, de Brown,y Adiós a las armas, de Hemingway. La idea había nacido en su propia tierra, Fort Bragg, donde fue entrenado, y en Texas, donde se especializó en la lectura de mapas. Ya en los arrozales japoneses, Mailer pidió formar parte de una patrulla de reconocimiento para recabar más datos para su idea original.

Lo que se gestó en el Pacífico Sur fue un escritor que se dedicaría a evidenciar los vacíos de la versión oficial de la historia. Con Los desnudos puso en cuestión el aura victoriosa de Estados Unidos luego del triunfo frente al nazismo, desnudando la muerte, el trauma y la farsa detrás de cada corazón militar. Lo dice su personaje Red Valsen: « ¿Qué tengo yo contra los puñeteros japos?». Después, puso los reflectores en la suciedad de la industria del cine norteamericano con El parque de los ciervos. Y luego vendría Los ejércitos de la noche (1968), ganadora del Pulitzer y del National Book Award, donde se pone a sí mismo como el satírico protagonista de su participación en una marcha de protesta contra Vietnam en el mismísimo Pentágono, gracia que terminaría con Mailer entre rejas.

La oficialidad no iba con Norman y el llamado Nuevo Periodismo se beneficiaba de sus experiencias y escritos. Fue un especialista en la biografía novelada, donde destacan Marilyn Monroe y Pablo Picasso. Su segundo Pulitzer le llegaría con La canción del verdugo (1979), donde narra, con extremo detalle, la historia del asesino Gary Gilmore, famoso por no apelar su sentencia y pedir que lo ejecuten, cuando la pena de muerte llevaba una década sin aplicarse. Con su megabiografía de Lee Harvey Oswald, de mil páginas, volvió a cuestionar la versión oficial, en este caso sobre el asesinato de Kennedy. La iglesia tampoco se salvó de su pluma: Mailer escribió su propia interpretación de la vida del Mesías en un conmovedor relato en primera persona, de la boca de un Jesucristo de carne y hueso, en El Evangelio según el hijo (1997). Incluso en sus ficciones sobre la CIA, en especial en El fantasma de Harlot (1991), el evangelio según Mailer se hace sentir: una visión que escarba, que reinterpreta, que desnuda, que ironiza.

Fueron pocos los temas en los que no participó, siempre de manera controversial. En los setentas postuló, sin éxito, a la alcaldía de Nueva York, con la visión de la Gran Manzana como un estado independiente, el número 51 del país.

Su vida privada (se casó seis veces y tuvo nueve hijos) y sus posiciones públicas siempre causaron revuelo. Política, feminismo, drogas, sexualidad, siempre estuvieron presentes en sus escritos: Los tipos duros no bailan (1984) es un ejemplo entre muchos. A través de su obra, desde aquel barro original de Los desnudos y los muertos hasta su boceto de la infancia de Hitler en El castillo en el bosque (2007), «la versión Mailer» de los acontecimientos fue seguida por millones de lectores durante casi siete décadas, con satisfacción o rechazo, pero siempre con atención. Y esa versión siempre siguió una máxima que el propio Mailer, sabiendo que no podía controlar su propia visión de lo que exploraba, expresó así: «Es la vida de la que no puedes escapar la que te da el conocimiento que necesitas para crecer como escritor». Amén



Armando Bustamante Petit (Lima, 1980) es periodista, columnista y corrector de estilo.