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«Un encuentro oscuro»

Textos por Ángel Olgoso, Imágenes de Santiago Caruso



Viaje

Llego a la estación. No hay nadie. Voy a emprender, pese a mis pocos años, un viaje largo y colmado de expectativas. Espero de pie en el andén con la impaciencia propia de alguien joven y enérgico. El tren, que ha aparecido de pronto a toda velocidad, sin trepidación de rieles ni chirrido de ruedas, se detiene por completo a mi lado, disimulando su prisa a la perfección. Cuando intento levantar la maleta, esta se ha vuelto pesada en extremo. Noto con estupor que no me acompañan las fuerzas, que mi ímpetu decrece. Comienza a llover. Hace frío. Me dirijo hacia los peldaños de metal dificultosamente y, sobre todo, con una inconsolable sensación de haber olvidado algo o de haber dejado atrás a alguien que no recuerdo. Mis manos ateridas logran empujar la maleta hasta el piso del coche cama.

Encorvado, la arrastro luego por el pasillo mientras jadeo y oigo crujir los huesos. Una lucecita borrosa, al fondo, me permite tener un atisbo del estrecho y oscuro compartimento, el que suele asignarse a los pasajeros más viejos. A duras penas abro la puerta corredera y abandono mi maleta, como una carga inútil, al pie del portaequipajes. Me tiendo por fin en la litera, extenuado, vencido, buscando ese aire que reclaman con la boca abierta los moribundos. El tren parte en la noche y me lleva consigo.


El vaso

Cuando el ángel Dumah se acerque a tu tumba con la vara de fuego y pregunte tu nombre, te creerás a salvo de nos, los demonios. Conforme a canon, reclamarás el derecho a reposar en paz porque recitaste a diario la Bendición antes de comer, porque acudiste a los rezos de la sinagoga con tu libro de súplicas, porque ordenaste que purificasen tu cuerpo tras la agonía y pagasen cinco mil gulden a la Comisión de Entierros. Te imaginarás en compañía de justos y piadosos entre las columnas de diamantes del Paraíso, abrazado a las almas de tus antepasados ante el Trono de Gloria. Estimarás que tus acciones han sido lavadas y redimidas por el kaddish de tu virtuosa familia. El hedor de tu cadáver se te antojará perfume de violeta, rosa y ciclamen; el olor de la santidad. Pensarás vadear el sueño de los muertos en una calesa con anillos de luz por ruedas, invulnerable a nos, patihendidos demonios. Cuidado, lleva tiempo lograr esquivarnos, un tiempo infinito como las tinieblas. No bastarían miles de generaciones. Es un problema insoluble, al igual que la esposa de vuestro rabino, la contabilidad de tu negocio y los secretos de la Tora. Algunos pueblos creen poder librarse de nos llevando un clavo en el bolsillo, o taponando las rendijas de su hogar con ramas de enebro, o al pesar una cierta cantidad de su sangre en una balanza de platero, o con sutras cocidos en la arcilla de las tejas, o incluso disparando sus espingardas contra cuevas subterráneas. Infelices, si vosotros mismos no sois más que la forma visible de los excrementos de Belcebú. Ningún maestro de Talmud, ningún mes de luto ni ablución os impedirá contemplar eternamente los terrores del Gehena. Todos los desdichados os laváis a diario en sus aguas sombrías y os secáis después con la memoria de los días felices. Aún permanece encendida una vela en la habitación donde has muerto, y junto a ella el vaso de agua con el trozo de lino dentro, dispuesto para que tu espíritu se limpie a sí mismo de sus pecados. Nos, la serpiente nocturna que se desliza entre oquedades para hurtarle la leche a la dormida madre amamantadora, beberemos tu vaso con recogimiento, con delectación, apurando hasta el fondo esa esencia líquida que supones sagrada. Nos te anunciamos, nos te participamos, nos te revelamos que nada iguala el sabor de un alma.


Ángel Olgoso (Granada, 1961) ha publicado, entre muchos otros libros de relatos cortos, Los demonios del lugar, Astrolabio y Los líquenes del sueño.

Santiago Caruso (Buenos Aires, 1982). Colaborador de revistas y editoriales internacionales, entre otras ha ilustrado ediciones de El horror de Dunwich, de H.P. Lovecraft; y La condesa sangrienta, de Alejandra Pizarnik.