El gobierno trabaja para ti

Por Úrsula Fuentesberain


Cuando el Gobierno de la Ciudad anunció que edificaría el árbol de Navidad más grande del mundo, nadie lo creyó. Pero el día que llegaron camiones cargando las costillas de metal que sostendrían al árbol, entonces sí que la gente pegó el grito en el cielo. «No queremos un arbolote, mejor dennos trabajo» decían. Con todo y todo, los días pasaban y el árbol seguía creciendo: veinte, cuarenta, ochenta, ciento sesenta metros y no se veía fin.

Una mañana, el árbol amaneció completamente terminado, con iluminación, esferas y hasta bocinas en las que sonaban villancicos. El enojo se convirtió en pachanga y todos se pusieron contentísimos. Pero el gusto les duró apenas una semana, pues Beijing proclamó que había levantado un árbol dos metros más grande.

Inmediatamente se organizaron marchas para pedir que se aumentara la altura del árbol, pero el Comité de Financiamiento para Decoraciones Festivas (COFIDEFE) anunció que ya no había presupuesto. La gente estaba devastada. «Ni en esto podemos ser los primeros» decían.

Al día siguiente, el Jefe de Gobierno de la Capital convocó a una rueda de prensa y aseguró que su gabinete y él donarían parte de su quincena para hacer crecer al árbol y ganarle a los chinos. El Comité de Logística y Nomenclatura para Decoraciones Festivas (COLONDEFE) concluyó que no se podían agregar pisos al árbol, pero que sí era posible rematarlo con algún ornamento.

Cuando el Jefe de Gobierno develó el adorno en cuestión, sólo se oyó un «¡Ooooooooooh!» que corrió por las bocas de los presentes. Era un ángel dorado de tres metros que sostenía un letrero ilegible. Para finalizar su discurso, el funcionario dijo que invitaba a todos los niños a colgar su cartita al Ángel de la Felicidad, porque al terminar las fiestas, él revisaría cada una de las peticiones.

Durante los días siguientes, el Ángel fue la sensación. Cientos de niños fueron a dejar sus cartas donde pedían cosas que sus papás les habían dictado: «No al aumento de la gasolina», «Las enfermeras exigimos mejores sueldos», «Ya no queremos tortillas hechas con harina de pescado» y demás. Pero en las cartas dejadas clandestinamente, se leían frases como éstas: «Que corran a mi maestra», «Que pase matemáticas» y «Que me pele Gustavo».

El 7 de enero se instituyó como el Día del Ángel de la Felicidad. El gobierno capitalino organizó un concierto en el Zócalo Central y repartió galletas de angelitos. La gente se apretujaba al pie del árbol para tomarse fotos y alguien que estaba viendo hacia arriba gritó que el Ángel se movía, que era un milagro. Los que alcanzaron a voltear, lo vieron caer en picada sobre un hombre.

El sujeto murió al instante y los periódicos publicaron la foto de su cuerpo coronado por el letrero que ahora sí se alcanzaba a leer y que decía: «El Gobierno de la Ciudad trabaja por tu felicidad».

Al interrogar a los familiares del hombre, su hija de once años confesó que le había pedido al Ángel que su papá se muriera.

Nunca más se volvió a poner un adorno festivo mayor a treinta metros. Al menos, no durante esa administración.


Úrsula Fuentesberain (Guanajuato, 1982). Gracias a la Fundación para las Letras Mexicanas escribió su primer libro de cuentos, Eso que duerme dentro. Ganó la beca Fulbright y escribirá el segundo en Estados Unidos.