paisaje

El acoso de lo imposible

De cómo la fantasía amenaza Lima

Introducción y selección de Elton Honores


¿Lima siempre fue siempre el Perú? ¿Alguna vez Lima dejó de ser el Perú? Los efectos del «desborde popular» son visibles hoy en nuestra literatura, cada vez más heterogénea, más global. Sin ánimos de incomodar a los puristas de la cultura nativa, desde los años ochenta el Perú vivió transformaciones dramáticas, no solo a nivel político con la irrupción de la violencia armada y la crisis económica, sino también sociocultural; por ejemplo, la consolidación de la cultura de masas, sobre la base del cine y la televisión. ¿Afectan estás imágenes, estos discursos audiovisuales –o incluso virtuales como los videojuegos o Internet–, la actual narrativa? Definitivamente modifican nuestro concepto de realidad. Si bien podemos especular que la relación es clara en la narrativa urbano-limeña, ¿qué ocurrió con las literaturas de provincias? ¿Se mantuvieron petrificadas y detenidas en el tiempo o se transformaron en algo nuevo? Alejada de los paradigmas teórico-críticos de la metrópoli que orienta el gusto, la literatura peruana como fenómeno vivo siguió mutando (no diré si para bien o para mal, simplemente cambió), alejándose cada vez más del modelo canónico realista-costumbrista. Ello no quiere decir que el realismo como forma discursiva vaya a desaparecer sino que se ha abierto una fisura, ha irrumpido un modelo narrativo que, si bien no es nuevo en la historia literaria peruana (recordemos solo tres casos: Clemente Palma, José B. Adolph y Harry Belevan), logra consolidarse, y que para efectos de claridad, denominaremos «literatura fantástica». Esta literatura abarca una serie de registros que van desde el terror hasta la ciencia ficción, del horror a lo maravilloso. En la última década autores como José Donayre, José Güich, Enrique Prochazka, Carlos Herrera, Ricardo Sumalavia o Fernando Iwasaki han logrado consolidar esta vía principalmente desde Lima, junto a narradores más jóvenes como Carlos E. Freyre, Alexis Iparraguirre, Alejandro Neyra o Luis Zúñiga.

Los autores de provincias siguen teniendo mayores problemas de difusión y distribución en Lima. Excepciones son Edgardo Rivera Martínez (Jauja, 1933), Carlos Calderón Fajardo (Puno, 1946), Óscar Colchado (Ancash, 1947) y Sandro Bossio (Huancayo, 1970), que forman parte del canon contemporáneo y han transitado por lo fantástico o lo maravilloso. Actualmente, los autores de provincias más jóvenes producen una narrativa que recoge el imaginario pop, y está influida por la cultura de masas e Internet. Por otro lado, solo hace unas décadas había libros difíciles de conseguir, hoy esos mismos libros se pueden leer en un soporte digital, se comparten archivos de texto: la cultura parece democratizarse. El acceso se ha vuelto más fácil, a la vez hay una sobreoferta de títulos y autores, nuevos referentes con los que el novel narrador debe lidiar. Asimismo, las ciudades de provincias se parecen más a Lima, son más «modernas». Las ficciones no están ajenas a estos cambios. Pero intuyo que no se trata del correlato mecánico entre contexto y texto, sino que podemos hablar de una elección personal de los autores, de la conciencia de un proyecto literario. Es una «nueva ola» que ha venido a instalarse en la narrativa peruana, inevitablemente.

La selección arbitraria que presento incluye a narradores que están ligados a las provincias, ya sea por su origen o su lugar de residencia. De más está decir que –en algunos casos– sus libros son casi inhallables en Lima, por lo que es una invitación a seguir con atención su producción posterior. Nacidos entre 1963 y 1989, sus ficciones dan cuenta de los diversos registros de lo fantástico que practican. La selección incluye básicamente dos registros: la ciencia ficción (CF) y la mezcla de géneros a partir de la temática zombi. En «Apocalipsis zombi», de Marco Alberca, hay una subversión en el tratamiento del tema que plantea el problema de la identidad. Sarko Medina aporta dos microrrelatos de zombis: «Huida», que está narrada desde el otro lado, con una notable vuelta de tuerca; «Prueba» es un relato de violencia. En «El sueño», de Jorge Monteza, lo onírico adquiere una dimensión real que termina por aniquilar al personaje que sueña, bajo el tópico del doble. «El tigre en la nieve», de Jorge Parra, es un buen relato en clave borgeana que remite a la identidad y a la otredad. «Pithecantropus Erectus», del arequipeño Yuri Vásquez, combina distintos tiempos y niveles narrativos con resultados asombrosos e innovadores. En «La chica del museo», de Daniel Salvo, la animación de una momia inca develará un presente de horror. Finalmente, «Los visitantes», de William Guillén Padilla, es un relato en clave de CF con giro imprevisto.


Elton Honores (Lima, 1976) es crítico literario y profesor universitario. Ha publicado, entre otros, los libros Mundos imposibles y Narrativas del caos.


Apocalipsis Zombie

Por Marco Alberca


El apocalipsis zombi ha comenzado, hay decenas de muertos vivientes en las calles. Norlan, asustado, trata de ir en la dirección opuesta de donde vienen esas criaturas extrañas. Luego de unos minutos llega hasta una casa que parecía estar abandonada, donde pretende esconderse. Una vez dentro, al final del oscuro pasillo, logra ver a un hombre que lo mira de forma penetrante y directa. Norlan se acerca lentamente hasta él, detrás ve un espejo en donde puede apreciar su aspecto actual; no hay vuelta atrás, se ha convertido en uno y no puede hacer otra cosa que devorar a su primera víctima.


Marco Alberca Ruiz (Chiclayo, 1989) estudió Ciencias de la Comunicación y forma parte del grupo Micrópolis. Ha publicado la micronovela Película de horror.


Huída

Por Sarko Medina


Corría sin parar, mientras la multitud estaba a punto de alcanzarla. Oía sus alaridos, insultos y amenazas. De un salto salvó la cerca de uno de los campos, pero al caer lo que restaba de su mano izquierda se quedó en el suelo. El miedo a ser atrapada pudo más y siguió corriendo entre el maizal, cuando sus perseguidores se separaban para cercarla. Mientras avanzaba pensaba si encontraría a alguien como ella. Recordaba viejas películas donde los de su condición dominaban al mundo, no como ahora que eran diezmados sin compasión, a pesar que pensaban, amaban y sufrían, como ella con un miembro perdido y las balas incrustadas en su cuerpo. Una rama oculta la hizo tropezar y caer. Supo que nunca lograría encontrar a un zombi como ella, al sentir por fin a los humanos destrozarla con sus azadas, picas, trinches y machetes.

Prueba

Atravesó la cabeza con el machete y lo sacó limpiamente. Dirigió el hacha a un cuello expuesto. El machete se incrustó en medio de las costillas de su enemigo, la punta saliente por la espalda atravesó otro pecho que se acercaba. Dejó el arma ensartada. Con el hacha reventó la mandíbula a otro. Sacó de la bota izquierda una navaja que voló al globo ocular de uno más. En un respiro, recuperó el machete y gritando furioso, se abalanzó contra otros dos zombis que llegaban a paso lento hacia él. Faltaban pocos para completar los cien de la prueba.


Sarko Medina (Arequipa, 1978) es periodista. Ha publicado los libros digitales Palomas y 33 Minicuentos de verdades en pareja.


El Sueño

Por Jorge Monteza


Este era un hombre que de tanto escrutar en sus sueños, un día quedó atrapado en uno.

Soñábase caminando por un largo túnel que reproducía y estiraba el sonido de sus pasos. De la lejana boca luminosa salió un punto negro que empezó a crecer mientras se acercaba, hasta convertirse en un hombre.

Al caminar sintió una corriente de tiempo que lo atravesó.
Días, meses, tal vez años. El tiempo fluía corriendo, casi atropellándolo, hasta escapársele de la percepción. Debo estar dormido mucho tiempo, se dijo Juan Montero.

Cuando estuvo a tres metros de distancia del hombre aparecido, aún en la penumbra, descubrió algo estremecedoramente horrible: el otro caminante era él mismo, era otro Juan Montero. Pensó cuando de noche llega a su habitación. Al abrir la puerta, la luz del poste que atraviesa las cortinas y dan en el espejo del ropero, en el fondo de la habitación, hacen que lo primero que vea sea su reflejo. Creyó que estas imágenes se le habían colado, porque se ha acercado hasta el espejo sin encender la luz de la habitación. Rápidamente con un par de miradas quiso constatar en el lugar la presencia de la cama, la mesa, el estante de libro, pero no había nada de eso. Estaba en el túnel. « ¿Será que el final del camino es un espejo? ¿Será que esta pesadilla quiere arrojarme su carcajada en la cara?», se decía.

No se atrevió a seguir. Incrédulo pero temeroso, se volvió y caminó lentamente, apurando el paso cada vez más; porque –y aquí confirmó que no se trataba de un espejo– sentía detrás los pasos del otro Juan Montero, siguiéndolo, cada vez Por Marco Alberca. Por Sarko Medina más cerca. No comprendía lo que hacía. «Por qué habría de asustarme de mí mismo». Este podría ser el sueño que había esperado toda su vida: encontrarse a sí mismo. Y se detuvo en el preciso momento en el que aquel lo iba a tocar por el hombro. Dio vuelta y vio que el otro Juan Montero estaba lejos de él. Tampoco esto lo comprendió, pero se encaminó a seguirlo. Ahora deseaba con fuerza mirar y tocar en los ojos de ese hombre, pero ese hombre huía. Entonces creyó que la única forma de encontrarlo era dejándose hallar por él. Regresó nuevamente tras sus pasos, expectante. Y fue así; lo sentía venir, cada vez más cerca. Una extraña emoción lo sobrecogía, esperando el momento del encuentro, sin que esta emoción fuera solo de esperanza o solo de miedo, sino, contradictoriamente, de ambas cosas. Sabía que aquel hombre era una revelación o una fatalidad. Reparó sin saber cómo en que llevaba un puñal en el bolsillo del saco, y se sintió preparado para cualquier cosa. Pero no volteó. De pronto, el brazo de aquel hombre lo rodeó por el cuello, aprisionándolo, sin darle oportunidad de sacar su puñal, y con el otro brazo alzó un puñal en lo alto.
–No puedes matarme –dijo, tranquilo, Juan Montero, ya sin temor de lo que ocurriera–. Esto es un sueño, y es mi sueño.
–Te equivocas –le dijo el otro–. Es el mío


Jorge Monteza (Arequipa, 1977) es profesor en la Universidad La Salle. Ha publicado Sombras en el agua.


Pithecantropus erectus

Por Yuri Vásquez


Es imposible precisarlo. Podría tratarse de una colina, de un cerro, de una montaña o hasta de una intrincada y densa jungla; lo único cierto es que el lugar se encuentra en el sitio más remoto y prominente. Es tan alto y escarpado, que casi puede tocarse con los ojos la noche helada, el cielo oscuro. La tribu de los Ichipawa, conformada por hombres recios y mujeres aguerridas, se halla en el lugar. Sobre sus hombros descubiertos se precipita una torrencial lluvia, y bajo sus pies descalzos navega pesadamente un mar de lodo y barro.

Es tan oscura la noche, que parece que no existiera firmamento. No hay luna ni estrellas y acaso el transcurrir de las nubes apenas se puede adivinar cuando tropiezan con sus frentes ásperas.

La tribu se encuentra en grupos dispersos, bulliciosos, alejados unos de otros, y para iluminar el contorno de sus tiendas se valen de antorchas de brea y aceite y de portentosas hogueras que arden de las piedras. Sin embargo, el fuego que portan es insuficiente para iluminar la extensión del mundo, la oscuridad impenetrable. Y es que las llamas son abatidas sin cesar por la pertinaz lluvia que cae, y por el impetuoso viento que recorre la noche como un fantasma desesperado. La tribu de los Ichipawa ha subido al lugar como todas las noches, penosamente; sus hombres y mujeres tienen los ojos inyectados a la vez de ansiedad y regocijo, de furia y dolor. Pero en cuanto acampan se da inicio al rito perpetuo e indescifrable de sus destinos. Por eso, ahora, unos hombres cubiertos con máscaras de guerra y piel de leopardo, luchan entre sí despiadadamente, mientras la muchedumbre los azuza. La cabeza de unos y otros roda al suelo impulsadas por la contundencia de las espadas de acero. Los guerreros vencedores, continuando con el espectáculo, recogen los cráneos y beben complacidos la sangre todavía caliente del vencido como si fuese el delicioso vino de los dioses.

La lucha es tenaz. Cuando las espadas se han extraviado en medio de la confusión de las batallas, los bravos guerreros se desgarran unos a otros la piel, o se arrancan los ojos y las lenguas con la fuerza de sus terribles dentaduras. La muchedumbre especta la lucha; pero antes de que el último de los guerreros caiga abatido y los últimos tambores de guerra –que han sonado interminables durante los combates– se apaguen, los espíritus malignos parecen encarnarse en ellos y la feroz batalla se universaliza. Siempre sucede lo mismo. La muchedumbre y los guerreros saben cómo terminan los torneos; pero no pueden evitar repetir cada noche los ritos cruentos porque una fuerza más poderosa que la de ellos –y que todas las fuerzas– los impulsa, los arrastra a hacerlo. Puede ser la de los truenos, de las serpientes y los cuervos, de todos los dioses juntos, pero ellos la aceptan como suya, y reconocen en sus actos el placer y la felicidad de sí mismos.

Los sobrevivientes se apartan de los cadáveres cubiertos de lodo y lluvia, y se integran a los otros grupos de la tribu. Entonces pueden apreciar la suave y cadenciosa danza de doncellas púberes que bailan con los pechos desnudos y las cabelleras desgreñadas, alrededor de una llama de fuego, que crece hacia los aires: temblorosa y cimbreante, como una torre movediza a punto de desplomarse sobre su propia sombra. La música son gritos incoherentes que la tribu profiere, y que de pronto interrumpe, cuando hombres de anchas espaldas, barbas profusas y pelos hirsutos, que emergen de su seno, semejantes a sí mismos, avanzan contra las doncellas púberes. Ellas, sorprendidas por su presencia, tratan de huir buscando refugio entre quienes observan; pero la muchedumbre de la tribu les cierra el paso indolente a sus llantos y súplicas, y ellos terminan por tomarlas, y allí mismo, sobre el suelo, sobre el barro y bajo la lluvia, después de arrancarles la piel de cebra que cubren sus virginales caderas, las poseen a fuerza de golpes y lujuria.

La tribu, extasiada por el espectáculo, vuelve a proferir cantos incoherentes e ininteligibles; pero después, extrañamente, cesan. Algunos de los espectadores, hombres o mujeres, contagiados por las violentas copulaciones, se desprenden de sus pieles y se ofrecen desnudos. En instantes, el desorden y el caos vuelven a la tribu y empiezan a fornicar hombres con mujeres, hombres con hombres, mujeres con mujeres, animales con hombres y mujeres.
Después del amancebamiento, fatigados, extenuados, reponen las fuerzas bebiendo los dulces vinos, comiendo la abundante carne asada de bueyes y aves que antes han cazado. Recobrados los ánimos, la pereza, el hastío, el sentimiento de culpa los envuelve. ¿Cuál es el sentido de sus destinos?, ¿qué significado tiene sus existencias? ¿Acaso no son pequeñas criaturas flotando en el universo como diminutas partículas en el aire? Tras las reflexiones, lentamente, como todas las noches, llega la hora de los sacrificios y adoraciones. Levantan, desesperados, llenos de angustia, inmensos y magníficos altares, al pie de los cuales adoran al dios becerro, al dios trueno, y al dios semejante al hombre. Alrededor de los altares erigen piras de fuego sobre las que ofrecen -en holocausto- el cuerpo y alma de hombres y mujeres.

Cuando sienten la exculpación de sus pecados exhalan alientos de alivio, y quieren retomar el rito indescifrable y perpetuo de sus destinos; pero súbitamente la pertinaz lluvia escampa, los implacables truenos que han azotado la noche se difuminan en el incognoscible misterio de la nada. Y es que la noche llega a su fin. Desde un punto impreciso de la oscuridad emerge apenas una tenue lucecita que crece lentamente. Adivinan, igual que todas las noches, el advenimiento del amanecer. Asustados, atribulados, hombres y mujeres de la tribu, con los ojos heridos por la sencilla e imperceptible luz del incipiente día, corren, de pronto, despavoridos –dejando caer la piel de animales que los cubre– como si huyeran de sí mismos, montaña o jungla abajo. Tratando de ganar las faldas de la cumbre, algunos tropiezan y perecen aplastados por la estampida de la muchedumbre. Ya en el llano –después de haberse vestido de nuevo– algunos siguen a pie su camino, otros abordan sus vehículos. Ponen a toda marcha los motores y tras dejar atrás el inhóspito y agreste territorio, enrumban por la autopista de regreso a Lima. Para entonces la luz del alba aclara el cielo. Cada vez, mientras avanzan, se puede ver por las ventanillas y parabrisas, la torre de los edificios más altos, las antenas de televisión. Una vez en la misma ciudad, de calles vacías –antes que el sol despunte por fin, antes que las fábricas, ministerios, oficinas, mercados y escuelas funcionen, antes que los niños despierten– ingresan sigilosos a sus casas.

Cada cual sube escaleras, se mete a sus dormitorios y finge dormir. Sin embargo, ese día, Kalumba y Atawa, que ahora son los esposos Ernesto y Sofía Rivas, encuentran despierto a su pequeño hijo Tony, de nueve años, jugando en su dormitorio de la segunda planta. Creen verse descubiertos por el niño. Se sienten aterrados por la idea. Aún no es hora de que el niño sepa cosas de mayores; más tarde, cuando crezca, tendrá tiempo para eso. Por el momento debe conservar la inocencia de la edad. Lamentan, por eso, haberse demorado en regresar. Pero no, no puede ser, el niño es demasiado pequeño para suponer algo o atar cabos. Nuevamente ganan aplomo.
–Tony, ¡qué haces fuera de tu cama! –rezonga Sofía–. Te hemos dicho mil veces que no te levantes hasta que te despertemos.
–Es que no tenía sueño, mami –dice el niño distraído, jugando con la computadora–. Los llamé para que me dieran permiso para encenderla, pero no vinieron. Me moría por jugar, mami.
–Salimos a buscar gasolina. Desde anoche hay escasez –dice Ernesto–. Pero está bien, está bien, que sea la última vez que haces una cosa sin nuestro permiso.

Comprenden que no hay nada que temer. Así, Sofía le sirve el desayuno a su esposo, y Ernesto–el bravo Kalumba, uno de los jefes guerreros que la noche anterior ha bebido sangre en el cráneo de su contendor– lo toma rápidamente. La hora le gana. Tiene que llegar a la ocho en punto a su oficina de contador.

A veinte minutos de su hora de ingreso, luego de despedirse de su esposa e hijo, Ernesto Rivas ya está en marcha sobre la autopista principal que da al centro de la ciudad, y a dos minutos de las siete se encuentra sentado en su escritorio. Aunque tiene los párpados pesados porque no ha dormido en toda la noche, se dispone a trabajar de buen ánimo y hasta empieza a tararear un trozo de «Take Five», de Dave Brubeck, que la otra tarde ha escuchando en la radio, en el programa de jazz de los domingos.


Yuri Vásquez (Arequipa, 1963) es autor, entre otros, del libro de cuentos Cortometrajes y de la novela El nido de la tempestad.


La chica del museo

Por Diego Salvo


Visitar museos los domingos por la tarde puede parecer un pasatiempo bastante aburrido, anacrónico inclusive. Pero yo volvía una y otra vez al Museo de Arqueología, porque en mi cada vez más lejana adolescencia, conocí a una chica muy especial. No una chica normal, no de este tiempo. Se trataba nada menos que de una princesa inca. Perfectamente conservada. Cabello negro y recio. Dentadura completa. Ojos…Ah, ahí viene el quid del asunto. Aparentemente, carece de ojos. Al menos, así la percibí al principio, y me reí mucho de ella (luego me lo perdonó, ¡ah, las mujeres!). Y como parte de la burla, aprovechando la ausencia de vigilancia, la toqué en diversas partes de su cuerpo. Yo no sabía nada de la antigua magia incaica. De los puntos de poder, representados sobre su piel como si fuera un tatuaje, y que yo recorrí imprudentemente…La magia hizo el resto. La momia se había convertido en una esbelta muchacha desnuda, que me miraba con ojos chispeantes y una provocativa mueca de burla… No hubo necesidad de palabras (por suerte). Pero después tuvo hambre… Por eso, la visito una vez por semana, esperando que algún o alguna rezagada se queden solos en la misma sala donde la exhiben. Y entonces, vuelvo a tocarla donde ya sé, y es cuando ella se alimenta. Hasta ahora, nadie sospecha nada. Hay tanta gente que desaparece todos los días.


Daniel Salvo (Ica, 1967). Dirige Ciencia Ficción Perú. Textos suyos han sido incluidos en Cuentos para sobrevivir al fin del mundo y Apex book of world SF.


Los visitantes

Por William Guillén Padilla


Los seres de otro mundo que han aterrizado en la colina más alta bajan de su nave. Ya no tenemos tiempo para escondernos. Nos miran como bichos raros. Luego nos dicen palabras que no entendemos. Se burlan de nuestra piel. Miro a mi hermano Amadeo y lo único que hacemos es desaparecer, pues los humanos –como toda civilización primitiva que siempre viene a visitarnos– aún no conocen la séptima dimensión donde nuevamente nos refugiamos


William Guillén Padilla ((Cajamarca, 1963). En narrativa ha publicado: Los escritos del oidor, Actos & relatos, Cuaderno de almanaquero, 77+7 nanocuentos, Retorno en tiempo real y siete cuentos más, Historias heredadas, Mínimos de kokín.


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El tigre en la nieve

Por Jorge Parra


Durante mi último viaje a la región del Amur, tras remontar Sijoté-Alín y otros recios parajes de la Siberia Oriental, ocurrió este sorprendente hallazgo: un tigre blanco agonizaba en la nieve. Cazador como ya entonces era, de ambiguas pretensiones, permanecí en larga cuenta estático, contemplando con cierto aciago e inusitado fervor el reflejo de la luz solar en sus bigotes de oro. Vida o muerte jamás justificaron en mi cuerpo demasiada emoción. Una ausencia de inhumana sevicia, dilatada en sus ojos pardos casi inexpresivos, me alentó a acercarme. Cuando el tigre vio que abandonaba el fusil, interrumpió su desconfianza. Lentamente y sin mediar ningún pudor le pasé una mano sobre el lomo radiante hasta librarlo de su cubierta de escarcha; en lance alterno y posterior logré, al fin, apegar mi rostro sobre un flanco amable del pecho incoloro, donde mantenía cautivo el rayo de su furia animal. Al pie de una vasta extensión de montañas dialogamos cual dos viejos amigos que se reconocen bajo el resplandor de la postrimera tarde. Lo mejor será no detallar los por menores que socorrieron nuestra animada entrevista. Cuanto deje anotado aquí, en este diario que lego al olvido, es lo que puede interesar en el futuro.

Jamás encontré propósito en vivir; y si mataba, y si me convertí en cazador, fue con el único designio de percibir de cerca la sustancia exacta de que se compone la muerte. Encontrar un ser de belleza semejante me produjo un dolor recóndito sin asidero, una envidia visceral que trascendía la profundidad de mi rama genealógica por la remota posibilidad de serlo. En ese momento, lo que yo hubiese deseado era tener garras y poderosas mandíbulas con qué destrozar un cuerpo. El tigre, majestuoso y digno, proseguía su oración; en nuestros oídos arreciaba el inarmónico fragor de la ventisca. El espejismo grandilocuente de la gélida tundra era, a no dudarlo y por las más diversas y sobradas razones, un mar remoto que se replegaba apacible doblegado por el espectáculo de nuestras miradas. Hombre y bestia protagonizaban un rito solidario anterior al primer enfrentamiento. Los siglos continuarían sucediéndose y el tiempo repetiría indefinidamente esta historia.

Algunas cosas me fueron reveladas en ese instante; un cielo despejado, de contornos rígidos con nubes esparcidas a la distancia, alentó esa inspiración. Decidí alimentar al tigre con mi cuerpo. Primero, permití que se comiera un brazo; el frío de la nieve detuvo la hemorragia. El tigre lamió los rescoldos de los coágulos más ínfimos que se formaron en el suelo. Pronto la nieve fue otra vez blanca. Aquella noche dormí abrazado a su piel acolchada; en el poco menos que imposible proceso de fundirnos no intervino otra magia que dos voluntades confrontándose. El tigre me dejó hacer. Supe que, en adelante, la fiera sería para mí un hermano; más que eso, comprendí que mi obligación era actuar como un padre.

Un día nuevo nos sorprendió en la llanura, eliminando todo rastro de dolor o duda; yo sabía mi deber y el carnicero honraría su naturaleza alimenticia, colmando su sed sanguinaria. En el espacio primaveral se reducían las sombras, pero la debilidad del tigre no le permitía levantarse. Le ofrecí una pierna y después la otra. Con voracidad, el tigre comió y relamió la sangre desbocada sellando los muñones con el abrazo fraterno de su lengua rasposa y tibia. Asombrado, lo vi incorporarse animado por un ímpetu creciente y después sacudir hasta los últimos laberintos de su piel, que había tomado buen color. Sin manifestar excesivo recelo, denotando respeto y hasta cierta admiración acaso no exenta de gratitud, prosiguió su incansable festín de sangre ejerciendo una acostumbrada brutalidad ya libre de resquemor. Mientras el tigre me desgarraba en pedazos, yo pensaba que no moriría, que continuaría una vida digna dentro de él. Otro tigre viviría al acecho en su sangre, rugiendo en su corazón. Otro tigre que perpetuaría su reinado de muerte sobre la nieve.


Jorge Parra (Tacna, 1976). Es autor del libro de relatos El tigre en la nieve.