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Declaración de amor eterno a Jim Jarmusch

Por Osdany Morales


«La puissance de cette Bête est si grande
qu’il ne me reste aucune espérance de la faire périr».

Leprince de Beaumont

1

He perdido a mi hijo. Hace mucho que no sé de su paradero y no recibo cartas ni llamadas suyas. Once años después de su partida, me llegó una postal. Tal vez deba decir nos llegó, pues la familia ha aumentado con los nietos que me han dado mis otros dos hijos. Miro a esos niños y pienso: no conocen a su tío. Era una postal azul, medio nublada. Mostraba una iglesia gótica en restauración. Por encima de los pináculos emergían dos grúas amarillas, con tal apariencia de fragilidad que parecía que de un momento a otro se vendrían abajo. Y, no sé porqué, me pasaba por la cabeza que en esa catástrofe mi hijo corría peligro. A veces suponía que él operaba una de las grúas, y otras, cuando ya me estaba quedando dormido, lo imaginaba diligente, bajo una sotana, inspeccionando las reparaciones del templo y corriendo de un lado a otro, hecho un sacristán viejo y famélico que subiría al cielo al desmoronarse la catedral como un castillo de arena. La postal decía al dorso: Todo bien, tranquilo. Abrazos. Mi hijo, el escritor. Es imposible decir mi hijo, el escritor, sin un poco de ironía. Sin un poco de culpa.

Todo comenzó (o empeoró) con mi viaje a Río de Janeiro. Fue una visita de trabajo y ocio, una manera de pagarme lo que de otra forma nunca pagarían. Soy médico, y en Río, en el verano de 1999, se celebraba un encuentro de cirujanos que tenía como último objetivo escuchar las ponencias de los invitados. Era un año singular y el fin del milenio llegaba como una operación riesgosa que había fracasado. Las conferencias, lejos de proponer el uso de tecnologías o nuevas estrategias de intervención, se concentraban en la exposición de casos difíciles y de cómo el especialista se las agenció para vencer sus obstáculos. Muchos disfrutábamos más de los intermedios, pasear por los jardines, beber algo y especular sobre el nuevo siglo. Río se ofrecía bajo la forma de una ciudad caída del cielo, aislada por las montañas, entre la bahía y el Cristo Redentor con los brazos abiertos como si lo admitiera todo. Una ciudad que levanta un Cristo de ese tamaño, había pensado al verlo, es porque alguna vez ha visto al diablo.

Estuve hospedado en un hotel colonial en el centro histórico. Recuerdo hasta los detalles más nimios: el brillo de las telarañas, las maderas gastadas, el color ámbar y hospitalario. La primera noche decidí quedarme a descansar. Era jueves. Vi una película en la televisión sobre un joven de Nueva York que recibe en su casa, por unos días, a una prima de Budapest. La muchacha está viajando a Cleveland, donde vive una tía de ambos. Esos días se los pasan sin hacer nada. Comen, miran la televisión. Él le presenta a un amigo suyo. Cuando se cumple el plazo, la muchacha hace sus maletas. El primo se ha encariñado con ella. Le regala un vestido y dice que la acompañará a la estación, pero ella cree que no es necesario y se marcha sola. Deja el vestido en un tanque de basura. Poco después, el muchacho y su amigo hacen algún dinero estafando a jugadores de cartas y viajan a Cleveland en un auto prestado, a visitar a la prima. La encuentran. Ella trabaja vendiendo perros calientes. Recorren la zona. Miran la nieve. No conversan mucho. Cuando se despiden a alguno se le ocurre ir hasta la Florida. Se van los tres en el auto. Allí continúan dándose rodeos. Una tarde, al final, la muchacha está sola caminando por una rivera, un traficante de droga la confunde con otra y le entrega un paquete de dinero. No entendí del todo aquella película. No supe si me gustó o no. Tardé en encontrar una postura cómoda en la cama, repasé mentalmente la historia (Un joven de Nueva York que recibe en su casa, por unos días, a una prima de Budapest) buscándole sentido, hasta que me dormí.

2

Compartí el almuerzo del viernes con un cirujano de Sidney y un anestesista brasileño. El de Sidney mostró una foto de su amante, una rubia de treinta años con cara de anorgásmica. El brasileño dijo que era una joven hermosa, y yo asentí antes de devolverle la foto. Entonces el anestesista hizo circular otra fotografía. Este es Duda, dijo, mi muchacho. Sidney y yo nos miramos sin saber si el anestesista estaba presentando a su hijo o confesando que era homosexual. Aunque también podía ser homosexual y estar presentándonos a su hijo. Su muchacho no lucía anorgásmico, y la foto, además, semejaba haber sido tomada luego de un prolongado acto sexual. Como la situación se había vuelto un tanto embarazosa decidí sacar las fotos de mis hijos. Tuve la precaución de decir: Estos son mis tres hijos. Les conté que era viudo, que vivían conmigo, que el mayor y el del medio eran médicos, como nosotros. Y este ¿a qué se dedica?, insistió el anestesista. Es escritor, le dije. Soltó la fotografía como si le quemara los dedos. Parecen buenos chicos, dijo Sidney. No sé si había percibido la tensión del momento. Lo son, le respondí. El anestesista brasileño no habló más.

Esa noche vi otra película en la habitación. Una italiana vuela en avión llevando a Roma el cadáver de su esposo. Por algún inconveniente se ve obligada a pasar una noche en Memphis. Antes de buscar hotel entra a un café. Un hombre se sienta frente a ella y le cuenta que hace un año él viajaba de noche por las afueras de la ciudad, en la carretera se cruzaba con mucha gente que pedía un aventón, poco a poco comenzó a darse cuenta de que todos eran la misma persona. Decidió parar y recogerlo. Era nada menos que Elvis Presley. Según el hombre, el fantasma de Elvis le había entregado un peine para la italiana. Ella recibe el peine y se burla de la historia. El hombre le advierte que su pasajero le había dicho que ella pagaría veinte dólares por el envío. La mujer le tiende un billete para que se marche. Esa noche, mientras ella comparte la habitación del hotel con una desconocida, se le aparece el fantasma de Elvis. Al otro día toma el avión y se va a Roma con su esposo muerto. No entendí del todo esa película, no supe si me gustó o no. Me sentí inculto y anacrónico. Recuperé la postura que había encontrado para la nueva cama y me entretuve buscándole sentido a esa historia (Una italiana vuela en avión llevando a Roma el cadáver de su esposo), hasta que me dormí.

3

En la mañana del sábado pasé junto a un vendedor que cantaba en portugués «Venecia sin ti». Pensé en mi soledad mientras agradecía a la vida por una existencia racional. Daba gracias por mi trabajo, cuando en verdad quería dar gracias por mi prestigio. La zona colonial se dejaba recorrer y ofrecía calles artesanales y mercados bucólicos. Recuerdo que era una sensación ligeramente cursi y a la vez tan real que me emocioné y se me humedecieron los ojos. Esa tarde, luego de cuatro conferencias ególatras, escapé con Sidney a comprar unos regalos. Mi colega debía encontrar un bolso para su amante anorgásmica y yo viajaba con tres reclamos de mis hijos. El mayor había pedido una pluma fuente. El del medio, un reloj de pulsera. Debes visitar la Biblioteca Nacional, me había aconsejado el menor, es la más grande de Latinoamérica. Luego de muchas evasivas, logré que me pidiera algo. No era difícil suponer que encargaría un libro. Cuando lo dijo, sus hermanos se burlaron. Él añadió que era un libro un tanto insólito, que lo más probable sería que no diese con él, pero que si encontraba tiempo para un recorrido por la ciudad le preguntara a algún librero de la calle.

Mi hijo, el escritor. Desde niño leía por horas, lo mismo de día que de madrugada. A veces creía que estaba enfermo, que la muerte de su madre lo había trastornado. Le insistía que saliera a jugar con otros muchachos de su edad, que regresara de noche como sus hermanos. No tendrás recuerdos de infancia, le decía. Cuando pase el tiempo y quieras mirar atrás, no tendrás otra cosa que la memoria de esas letras, y el recuerdo de estar encerrado en tu cuarto. En esos tiempos todavía hablaba algo. Me contaba sobre lo que leía. Cuando cumplió quince años enmudeció. Anunció que era escritor o lo sería de un momento a otro. A nosotros nos pareció una decisión común y corriente. En cambio, él lo dijo como una maldición, como si se hubiese descubierto algún padecimiento. Dejó de hablarnos, no existíamos para él, y si alguna vez reparaba en uno de nosotros ponía una cara como si se estuviera despidiendo. Cambió la noche por el día, dejó de peinarse, vestía siempre la misma ropa. No paraba de leer. En su cuarto se escuchaban canciones tristes. Escribía en un cuaderno de tapas gastadas que no abandonaba jamás. Una vez uno de sus hermanos alcanzó a hojearlo y aunque lo reprendí, pues no estaba bien que violáramos su privacidad, no pude resistirme a la tentación de preguntarle qué había encontrado. Nuestro hermano está enfermo, dijo. Nuestro hermano está loco perdido. Nuestro hermano es un escritor. Y yo lo quería cada vez más. Me dolía su hermetismo y creía que debía protegerlo. Llegué a reconocer que lo quería por encima de todo, por encima incluso de mis otros dos hijos, que, para mi orgullo, ya entraban al camino de la medicina y conversaban habitualmente sobre sus temas de estudio. Hay que arriesgar otra cosa, los interrumpió un día al levantarse de la mesa. Hay que arriesgarlo todo.

Encontré con facilidad la pluma de fuente y el reloj de pulsera. Como si siguiera las instrucciones de un mapa, Sidney llevaba una página de revista donde promocionaban el bolso. En una boutique la tendera se apropió del papel, sonrió y regresó con un ejemplar hecho realidad. Habíamos cumplido con nuestros encargos bastante rápido. Te acompaño a buscar el libro, dijo Sidney, tal vez compre algo para leer en el viaje de regreso. Descubrimos una librería de dos pisos. Sidney saltó al segundo nivel y yo me acerqué al vendedor. Le pregunté por lo que andaba buscando. Me respondió que difícilmente encontraría algo así en una librería, que debía preguntar a los libreros de la calle o en algún almacén de libros viejos. Aquí, usted ya ve, solo últimas ediciones. Y hoy por hoy no sé qué pasa con los nuevos, a decir verdad, no le recomiendo ninguno. Sidney bajó a decirme que se quedaría, había conocido a una chica y pasaría un rato con ella hasta que lograra llevársela al hotel. Quería que cargara con su bolso, corría peligro si la nueva conquista se entusiasmaba con el regalo. Por favor, colega, me suplicó. Agarré el bolso y salí a buscar algún vendedor en la calle. Un perro grande y sucio, tumbado en la acera, se rascaba con una pata detrás de la oreja y su cara adoptaba la expresión de un pensador. Yo estaba cansado, había resuelto dos de las compras, además paseaba con el bolso de la chica anorgásmica. Decidí volver a la habitación y comenzar la búsqueda al día siguiente. En la mañana asistiríamos a la ceremonia de clausura, brindis y despedidas. No duraría mucho. Pasé por el lado del perro, que dejó de rascarse para mirarme fijamente.

Vi en la televisión una película de vaqueros. Un joven contable viaja a un lejano pueblo del Oeste por un contrato de trabajo. Al llegar se encuentra con una villa que actúa bajo su propia ley, en la fábrica ya han contratado a otra persona en su lugar. Curiosamente, el joven contable se llama William Blake. Esa noche conoce a una prostituta y duerme con ella. En la mañana irrumpe en la habitación un amante de la mujer y al verla con otro hombre la mata de un balazo. Blake dispara sobre el amante matutino y huye del pueblo. El muerto resulta ser el hijo del dueño de la fábrica. El viejo contrata a tres célebres matones para que capturen al recién llegado. En su huida por los desiertos, Blake se cruza con un indio que se hace llamar Nadie. Nadie es lo suficientemente instruido como para conocer a William Blake. El indio insiste todo el tiempo en que el contable es un poeta y que su poesía en esta nueva vida son los disparos. De este modo Blake logra disparar sobre todos los que se cruzan en su camino. También va acumulando plomo en su cuerpo. Cuando ya los disparos que ha recibido lo tienen muy débil, Nadie lo despide en una canoa por el río. En ese último viaje William Blake encontrará su lugar en el tiempo. Por momentos parecía ser la historia macabra de una vida que se deforma hacia lo sobrenatural. Por otros me recordaba una gastada superstición. (Un joven contable viaja a un lejano pueblo del Oeste por un contrato de trabajo). ¿Para qué hacen estas películas?, pensé.

4

El brindis de clausura fue más aburrido que una operación de apendicitis. Cirujanos que no escuchaban a otros médicos, quienes, a su vez, tampoco se mostraban satisfechos de hablar en público para los colegas. Pero el sentimiento general era de conformidad. Sidney salió de la multitud: Tenemos que encontrarnos para recoger el bolso. Le dije que yo abandonaría el salón cuanto antes, me faltaban por recorrer algunas librerías. Paso por tu hotel y lo dejo en la recepción. Sidney también quería huir, almorzaría con la chica del día anterior y luego se daría otro revolcón con ella antes de volar a Australia.

La mayoría de los hoteles en que nos habían repartido quedaban muy cerca uno del otro. Le advertí al recepcionista del hotel de Sidney que debía entregar el bolso personalmente, y cuando este se lo pidiera. Que si lo veía llegar acompañado solo le recordara que habían dejado algo para él. Creo que mi insistencia hizo que el hombre mirara escrupulosamente el bolso, lo tomara por las dos asas y lo colocara a la vista. Fue en ese preciso momento cuando Duda, el muchacho del anestesista, bajó las escaleras. Buen día, Paul, le dijo al recepcionista. Si me llaman voy a estar un rato en el café, leyendo. Duda levantó un libro que llevaba en la mano. Lo hizo como para saludar o subrayar que leería. El libro que alzaba era el mismo que yo estaba buscando para mi hijo.

El café formaba parte del hotel, a un costado, tras unas puertas de madera con relieves de lianas y flores. Estaba vacío a esa hora, olía a hierbas y la luz era tenue. Por los vidrios opacos de la fachada se deslizaban los mismos motivos vegetales y se percibían las sombras difusas de algunos caminantes. Muy bajito, como si susurraran en el oído, se escuchaba una balada de atardecer americano. «When a man loves a woman». La música, otra vez, logró entristecerme y me hizo sentir totalmente abandonado. Un empleado taciturno custodiaba la barra. Duda se había instalado tras una mesa y ya estaba leyendo. Pedí un café y me acerqué a él. Buenas tardes, le dije. Tardó en alzar la vista del libro, como si esperara terminar un párrafo. Me recordó la indiferencia de mi hijo menor. El empleado me trajo el café y aunque Duda aún no me prestaba atención, solté un: Permiso, y me senté a su mesa. Cerró el libro y me lanzó una mirada exterminadora. Volvió a mi mente la fotografía que había visto de él. Discúlpame, le dije. Solo quiero preguntarte dónde puedo conseguir un libro como ese. ¿Para qué querría alguien como tú un libro como este? No es para mí. Es para mi hijo menor. Me encargó ese libro como regalo. ¿Qué edad tiene tu hijo? Diecisiete. ¿Y ya es escritor? Eso dice, contesté, pero al mismo tiempo me di cuenta que no había dicho nada más sobre él. ¿Es que ese libro solo interesa a los escritores? Digamos que a los escritores jóvenes, respondió Duda, y se acomodó unos mechones de pelo que le caían en la frente. A los escritores jóvenes y a sus padres, se burló antes de sacar un bolígrafo y escribir una dirección en una servilleta. Es una tienda de libros viejos, y no siempre está abierta. Me voy mañana, le dije. No estarás sugiriendo que te venda el mío, añadió sin mirarme. Espero que tengas suerte. No sabía el nombre del anestesista, y tampoco estaba seguro de si era su padre o su amante, pero decidí mencionarlo para justificar mi abrupto acercamiento. El anestesista me habló de ti, le dije casi al levantarme. Los ojos le cambiaron, se arrinconó como un gato y soltó el libro sobre la mesa. ¿Él sabe que estoy aquí? No, le aseguré con vehemencia, te lo juro. Yo te he encontrado de pura casualidad. Le conté que era médico, que había venido a Río a un congreso de cirujanos. Allí había conocido a esta persona (no quise repetir «el anestesista»), que me mostró una foto suya cuando yo le enseñé una de mis hijos. Invertí el orden para no involucrar el componente de ambigüedad sexual que guardaba el hecho, pues cada vez estaba menos seguro de la relación que había entre ellos. Volví a sentarme, creí que era mi responsabilidad tranquilizarlo. Por supuesto, me equivocaba. Le conté de mis otros dos hijos médicos. Me preguntó por mi mujer. Murió hace muchos años, le dije. ¿Y de qué mueren las mujeres de los cirujanos? Le respondí que mueren de aburrimiento, y me pidió disculpas. Le pedí disculpas yo, por el acoso. Le aseguré que las posibilidades de que volviera a coincidir con aquella persona eran mínimas pues el congreso había terminado hacía unas horas y al día siguiente yo partiría. ¿Lo viste hoy?, me preguntó. No recordaba haberme despedido de él. Entre tantas manos que se estrecharon no me pareció que hubiera estado allí. Le dije que no. Entonces ve a la dirección que te entregué. Es muy probable que la librería esté abierta para ti. Y no me importa que le digas que me viste. No permaneceré aquí ni un minuto más.

Saqué unas monedas para pagar el café, pero decidí llevar mi taza hasta la barra. Quise dejar la mesa tal como la tenía Duda, como si yo no hubiese venido. Él espiaba la calle por los fragmentos pulidos de los dibujos en el vidrio. Murmuró algo que tal vez no fue lo que escuché, la lengua de los jóvenes es siempre otra lengua, y el portugués se escucha a veces hecho un gemido. Es una bestia, creo que dijo.

No tenía idea de si la dirección anotada estaba lejos o cerca de donde me encontraba. Paré un taxi. Una vez dentro le alcancé la servilleta al taxista, y juraría que hizo todo lo posible para que el viento se la arrancara de la mano, pues me la devolvió por el lado de la ventanilla. El papel sedoso voló antes de que pudiera recuperarlo. ¿Es un edificio de parqueo a donde vamos? Es una librería, dije mientras veía pasar los edificios y, deliberadamente, me despedía de la ciudad. ¿Está seguro, amigo? Es un sitio donde venden libros usados, respondí. ¡De mucho uso!, rió él. No se ofenda por lo de la servilleta, agregó volviéndose y descuidando el tránsito, una dirección copiada de prisa pertenece a un lugar que se visitará una sola vez.

El edificio, como el bloque de parqueos que definitivamente era, exhibía esa imagen de largos balcones en espiral. De vez en cuando se veía pasar el lomo de algún auto que lo recorría, buscando entrar o salir. Crucé un primer nivel desierto, encontré un perro dormido, unos cartones, un neumático destrozado. Pensé que el taxista me había estafado llevándome a otro sitio. Caminé por entre las columnas hasta que descubrí un anaquel recostado a la pared del fondo. A su lado, una escalera bajaba al sótano. La reja de metal estaba abierta, consideré que eso significaba que se podía bajar. Me detuve en los libros que había fuera. Unas revistas descoloridas, cierta antología de relatos fantásticos franceses, unos libros en inglés. En cuanto toqué uno de los volúmenes escuché los pasos a mis espaldas. Un anciano con apariencia de mecánico se aproximaba, seguido del perro, que se sacudía el sueño. Todos esos tienen el mismo precio, me gritó. Le pregunté por el título que estaba buscando. Le dije que me habían asegurado que aquí lo encontraría. Baje usted entonces, me respondió. Todo el que viene aquí busca lo que quiere por su cuenta y luego arreglamos precios. Bajé la escalera. Miré hacia arriba y vi al perro, que se había asomado para verme bajar.

Lo que encontré me tranquilizó. Era un espacio amplio, que alguna vez perteneció al mismo garaje y ahora se mostraba dividido por anaqueles y largas mesas de libros, como si hubieran descargado allí varias bibliotecas. El lugar estaba bien iluminado, lo recorrían ventanas a la altura de la acera por donde se veía pasar la gente. Tres jóvenes revolvían los volúmenes de una mesa. Una muchacha y dos varones. Ninguno me prestó atención y yo no quise preguntarles nada. Pensé que tal vez me desorientarían si por casualidad estaban tras el mismo ejemplar.

En los anaqueles más ordenados me crucé con libros de cirugía, franceses y alemanes, que conocía solo de referencias. Varias veces me reprendí pues se me iban los minutos acariciando sus páginas. Tuve la impresión de que, poco a poco, los jóvenes comenzaban a seguir mi ruta, como si de verdad estuviéramos tras el mismo libro. Para dar con lo que estaba buscando lo más pronto posible, aquella librería no ofrecía otra estrategia que la casualidad, por lo tanto procuré los sitios más enrevesados. En todos lados encontraba un volumen azul titulado El azor danzante. Los jóvenes parecían competir conmigo, ya declaradamente. Comenzaron a salir más personas de todas partes. Había atardecido. Hacía calor. El olor del polvo levantado me causaba escozor en la garganta y la humedad hacía que algunas veces me quedaran en la mano fragmentos de la piel de las tapas de los libros viejos. Todo estaba en silencio. No me quedaba más remedio que confiar en que yo había descubierto una zona bastante concurrida. Sudaba. Si pestañeaba, las cosas comenzaban a cambiar de color. Como si mirara a través de un vidrio rojo. Pestañeaba y entonces era todo magenta. Luego de apretar fuertemente los párpados, recuperé la visión normal. Pasó una anciana con un carro de supermercado lleno de libros y me sonrió al alejarse. Vi a uno de los médicos del congreso y evité saludarlo, torciendo por otro pasillo. Entré por una puerta que daba a un corredor, desde la cual se veían muchos más libros amontonados en el piso. Vi un volumen de anatomía de mi época de estudiante y me alarmé, pues recordé de golpe que al colega del que había huido no lo había visto en el congreso. Lo conocía de mis años de estudio. Creo que había muerto.

Tengo que escapar de aquí, pensé. Saldré de la ciudad mañana temprano. Mi maleta está hecha. He comprado una pluma fuente y un reloj de pulsera para mis hijos médicos. Tengo que huir de este infierno.

No quería regresar por donde había venido. Este corredor me llevará a algún lugar, me dije, y luego me lo repetía como si implorara. Las tablas de los anaqueles estaban caídas y los libros se amontonaban groseramente unos sobre otros, abiertos, torcidos, descuartizados. No se veía el piso, cubierto por más volúmenes que yo debía apartar con los pies, o avanzar sobre ellos. No hay estampa más atroz que una montaña de libros y gente escarbando en ella. Eso vi, al mirar atrás. Antes de que la puerta se cerrara brutalmente. Frente a mí el pasillo se oscurecía y yo avanzaba de rodillas. Si me detenía, deliraba. Vi a Sidney fornicando con la muchacha del segundo piso de la librería, a la cual nunca conocí, pero sabía que era ella. Vi a la chica australiana dormida dentro de su nuevo bolso. Vi a Duda talando un árbol. Vi por segunda vez las tres películas que noche tras noche había repasado en mi mente antes de dormir. Vi a mi esposa sin un solo rasgo de su cuerpo descompuesto que pudiera recordármela, sin embargo era ella. Y mi mujer me gritó: No te salgas del círculo, no pongas ni un pie fuera. Creo que entonces ya me arrastraba. Me faltaba el aire. Estaba completamente desnudo. Apartaba libros mojados que se desarmaban como barro. Por momentos me parecía que avanzaba sobre la cubierta de tejas de un convento. Tejas podridas o recién moldeadas. Los caracteres se me incrustaban en las manos y se superponían como manchas de alguna enfermedad mortal que me subía por los brazos y rodeaba mi cuello hasta dispersarse por mi cara. A veces experimentaba momentos de lucidez en los que creía que estaba soñando, en otros perdía totalmente la capacidad de razonar y veía mis manos hundirse en los libros, aferrarse a la consistencia momentánea que estos me proporcionaban para permitirme el breve impulso del avance. Sentía correr entre los dedos la argamasa de páginas. A esto aspira mi hijo, el escritor, pensaba entonces. En esto quiere convertirse. A esto quiere entregarse.

Comencé a tocar fondo. Poco a poco se fueron terminando los libros y llegué a la orilla de un piso de hormigón. Escuché autos que se movían a toda velocidad por encima de mi cabeza, lo cual me hizo creer que, a pesar de todo, aún me encontraba en el edificio de parqueos. Un ventanal de sucios vidrios me permitió identificar el paso de personas por la acera alta. Con la poca luz que entraba logré ver, trazado en el piso, un círculo amarillo como las franjas de separación. Es el círculo del que ella me habló, pensé, y no dudé en colocarme en el centro. Una vez que lo hice dejaron de pasar caminantes tras las ventanas. No escuché más autos en el piso de arriba. Anocheció.

Al principio fue un olor insípido y molesto, como de limones fermentados. Una bombilla parpadeó dos veces hasta encenderse. Todo el lugar se había llenado de un insoportable hedor a basura quemada. Di vueltas buscando orientación, y lo que descubrí en una esquina me paralizó. Comprobé que mis dos pies estaban dentro del círculo. Aquello se me acercaba. Avanzaba como si cada paso le demandara mucha concentración o esfuerzo. El olor provenía de él. Parecía que se caería al tambalearse. Y yo creía que si aquello se derrumbaba todo estaría perdido, aunque en ese momento no supiera exactamente a qué me refería con esa idea de totalidad, a qué podía aspirar en el futuro. Es decir, a qué tipo de paz. El mundo será el terror, pensé. Mi cuerpo desnudo temblaba y al mismo tiempo no sentía un solo músculo. Me quemaba los ojos de mirarlo, y sin embargo, no podía apartarle la vista. En lo macabro de su apariencia, entre la grotesca desviación de anatomías, exhibía también un motivo de morbo. Terminó por arrimarse al borde del círculo. Con una extremidad me alargó el volumen buscado. Aún recuerdo su voz, la misma voz: «Aquí está el libro», dijo, «pero no podrás llevarlo contigo. Dile a tu hijo que su ejemplar existe. Que venga por él».


Osdany Morales (Nueva Paz, 1981) es autor de los libros de cuentos Minuciosas puertas estrechas (Premio David 2006) y Papyrus (Premio Alejo Carpentier 2012), además de haber participado en diversas antologías de la nueva narrativa cubana.