Foto-libro-Tomás

¿Tomás?

La búsqueda del padre sin rostro de nuestros relatos míticos

Por Carla Sagástegui


«…En las letras de rosa está la rosa

Y todo el Nilo en la palabra Nilo».
Jorge Luis Borges


Hace cinco años, Gerald Taylor optó por poner a ¿Tomás? como autor de su última edición del manuscrito de Huarochirí. Entre signos de interrogación. Este misterioso personaje de nuestra historia cultural subyuga cada vez a más investigadores, hombres y mujeres, que dedican parte de su vida a buscar algo novedoso acerca de Tomás, quien viene a ser algo equivalente a un Virgilio, el autor fundador de nuestros relatos míticos y, por ello, de casi todos nuestros relatos literarios, sociales, políticos… y solo sabe Tomás cuántos más. El tema de la autoría de ese manuscrito es aun más complejo, porque, como bien se sabe, el proyecto de recopilar los mitos fue del extirpador de idolatrías (que nunca pudo llegar a ser jesuita) Francisco de Ávila (Cusco, 1573 – Lima, 1647).

De ser ciertas las afirmaciones del historiador Juan Carlos Estenssoro respecto a que el mito de Inkarri surgió de los sermones de Francisco de Ávila y que estos tuvieron vigencia hasta el siglo XVIII, me ha sorprendido imaginar cuánto le podemos deber a Tomás la forma en la que Ávila comprendió e incorporó la religiosidad andina en sus argumentos evangelizadores. Es un punto más para Tomás: ahora está implicado en uno de los mitos más populares de resistencia a la conquista que nunca se acaba, el mito del Inca–Rey. Una suerte de arquetipo de la mitología andina por medio del cual la sociedad peruana y una gran diversidad de sus dirigentes políticos, muchos de los cuales han sido escritores, narran el presente y el futuro del Perú. Túpac Amaru II, Juan Santos Atahualpa, José Carlos Mariátegui son algunos de los personajes cuyas narraciones están estructuradas precisamente como ese mito; incluso Fernando Belaúnde alguna vez se refirió a sí mismo como Inkarri.

Siendo un mito siempre vigente, fue estudiado como utopía andina por los historiadores Alberto Flores Galindo y Manuel Burga. Buscando un Inca y Nacimiento de una utopía son dos libros indispensables para el diálogo político y de producción literaria en el Perú, pero además, imprescindibles como textos de reflexión histórica, pues contienen un sorprendente desfile de imágenes emblemáticas y simbólicas de diversos momentos históricos con sus respectivos protagonistas y cosmovisiones, y con mayor razón fundamentales para la formación de cualquier profesor que trabaje en el Perú. En esos libros uno puede darse cuenta de la férrea permanencia del mito de Inkarri, algo de lo que no se tenía conciencia hasta que lo dio a conocer el etnólogo Efraín Morote Best, el gran recopilador de mitos del Perú, en el año 1955.

Estenssoro realmente afirma que este mito lo compuso Francisco de Ávila, el gestor, llamémosle así, del único manuscrito que recopila solo mitos andinos y que fue bautizado por Arguedas como Dioses y Hombres de Huarochirí, escrito apenas 70 años después de iniciada la conquista española. Ávila, sostiene este temerario historiador, fue un extirpador de idolatrías que conscientemente «logra dar nueva forma a los contenidos católicos, para que no solo sean comprendidos, sino creídos y asumidos por el pueblo indígena». Para ello, Ávila utiliza un «principio de adecuación», adoptando el punto de vista andino que aprendió durante la «fijación escrita» de los mitos de Huarochirí, los cuales, por supuesto, también le sirvieron para identificar los lugares sagrados y enriquecerse con el saqueo de las ofrendas.

Pero Francisco de Ávila no fue quien fijó los testimonios y relatos orales de los pobladores de Huarochirí por escrito, sino que lo hizo un poblador nacido en Checa, nombrado Tomás, dado que este nombre aparece escrito de puño y letra del escritor al margen del folio 91 del manuscrito.

A la labor de este nombre (Tomás) se debe el origen de nuestros mitos; es el autor de nuestra manera andina de relatar aunque no tengamos idea de cómo podría haber sido. Y la identidad que los lectores le damos al autor durante la interpretación de una obra literaria es ineludible. Hace muchos años los estructuralistas trataron de hacernos creer que importaba más la forma combinatoria de la obra que el autor, pero precisamente es un autor como Tomás el ejemplo de que la «forma» en la que los lectores imaginamos al autor rediseña nuestra manera de entender la obra literaria.

En el prólogo a su magnífica versión, José María Arguedas imagina a Tomás como un héroe: un hombre consciente de que se encuentra escribiendo una especie de Biblia, lo cual conduce a imaginar un autor culto, con dominio de la escritura en lengua quechua y también de la española. ¿Cuándo habría nacido? ¿En qué convento habría aprendido a cantar y a deletrear cuando era un niño? ¿Habría sido catequista? ¿Cómo así lo escogió Francisco de Ávila? ¿Conocemos biografías de escritores similares que nos puedan dar algún indicio?

Sabemos, por palabras del mismo Guamán Poma de Ayala, que él trabajó como ayudante del visitador y extirpador de idolatrías Cristóbal de Albornoz, y en general, se sabe que los evangelizadores, extirpadores y otros funcionarios religiosos estaban obligados a tener asistentes naturales, pues el quechua oficial de la Iglesia se hablaba en muy pocos lugares y necesitaban traductores locales. ¿Qué indicio nos puede dar Poma de Ayala en la forma de imaginar a Tomás? Aunque no se puede establecer si el personaje de Guamán Poma es quien dice ser, el relato autobiográfico es el de una autoridad comunal que después de haber dedicado su vida a ser asistente de Albornoz, descubre que su familia ha sido despojada y decide escribir una crónica en la que reclama al Rey las injusticias de los malos cristianos gobernadores que puso en estas tierras. A la luz de esta actitud que reclama justicia y que quiere dar a conocer las virtudes de las comunidades prehispánicas, Tomás podría ser un hombre valiente que se cree capaz de resistir silenciosamente los abusos de Francisco de Ávila a sus paisanos, con tal de conseguir que los mitos y divinidades de su entorno no enmudecieran para siempre.

Pero otro Tomás se cruza en el camino cuando se sabe que antes de Francisco de Ávila, la evangelización y, por tanto, la enseñanza de la escritura, no habían podido desarrollarse como hubiésemos querido en Huarochirí, pues las epidemias habían diezmado a la población y habían ahuyentado a los jesuitas, que prefirieron trabajar en el Cercado de Lima y en el poblado de Juli, en Puno. ¿Cómo lo contactó? ¿O fue Francisco de Ávila quien le enseñó a leer y a escribir solo en su lengua con el proyecto recopilatorio en mente? En esos tiempos, la Iglesia católica no enseñaba la Biblia. En los andes peruanos se enseñaba el Credo, a cantar, rezar, bailar y pare de contar. Entonces, Ávila tuvo que convencer a Tomás. Pasemos a leer el párrafo introductorio del manuscrito, versión Arguedas, como si Ávila se estuviese dirigiendo a él para que trabaje en este trascendente proyecto recopilatorio, que tras saquear los lugares sagrados, le permitió levantarse una elegante casa en el centro de Lima: «Primera razón: si los indios de la antigüedad hubieran sabido escribir, la vida de todos ellos, en todas partes, no se habría perdido. Segunda, se tendría también noticias de ellos como existen sobre los españoles y sus jefes; aparecerían sus imágenes. Tercera, y por ser así y como hasta ahora no está escrito eso, (se hablará) sobre la vida de los antiguos hombres de este pueblo llamado Huarochirí, antiguos hombres que tuvieron un progenitor, un padre; sobre la fe que tenían y de cómo viven hasta ahora. Por último, de eso, ha de quedar escrita aquí (la memoria), con respecto a cada pueblo, y cómo es y fue su vida desde que aparecieron».

Y cabe un tercer Tomás: uno que sinceramente se tornó cristiano y que escribió con orgullo «… ahora, con la predicación del señor doctor Ávila, una parte de la gente está regresando a Dios y rechazando esas cosas antiguas…». Un checa muy práctico, a quien le gusta estar al día, de la mano del poder. Entusiasmado en apoyar el proyecto de Ávila solo para que vean que trabaja con él. Un Tomás que no tuviera la menor idea de lo que ese texto podría llegar a ser. Este trillizo es, desde mi punto de vista, la visión más irónica de cómo puede haber surgido el mito de Inkarri. Este es el Tomás que imagino junto a Francisco de Ávila. El servil escribano junto al perverso extirpador de idolatrías, ese que quemó las momias de Huarochirí en el auto de fe del 20 de diciembre de 1609 en la Plaza Mayor de Lima.

Si es cierto que fue a Ávila a quien se le ocurrió utilizar el discurso de la resurrección para evangelizar, nunca pensó que lograría un efecto representativo muy singular: que los huacas se quedarían también vigentes, vestidos con el nombre de supay, demonios a la espera del momento adecuado para resucitar. Esta lectura irónica nos confronta con la vigencia del pensamiento religioso que se necesita para que sigan vivos y latentes, pero que nos mantiene enterrados, a la espera de cualquier discurso que fácilmente nos engañe con promesas de resurrección. Ese es un cuarto Tomás, que sonríe junto con Ávila, desde la puerta del infierno, disfrutando al ver cómo la boca gigante del tigre se come a las pobres almas en un mural de Andahuaylillas.



Carla Sagástegui (Lima, 1971) es investigadora, catedrática y autora, entre otros, de los cuentos de La vida íntima de Madeleine Monroe.