Poesía

PULP 2666

Por Paul Forsyth



I
Los hechos

Un oasis de horror ocurre en la hoja en blanco,
y bajo él cada versión del poema se agita sepultada
como una esperma sideral
ante el óvulo que podría condensarla,
de modo que cada palabra, cada verso y cada línea trazada
refulge pidiendo atención, aunque solo sea por un segundo,
o lo que le tome en conectarse al cielo,
y en eso consiste su muerte, digo, la Belleza de su abismo.
De alguna manera todas llegan a la orilla, pero no trascienden,
no la hacen, mueren, pero dejan su rastro no escrito
en el poema que sí la hizo.

Son las diferentes versiones de un mismo cuerpo
cuyo pezón izquierdo ha sido devorado
y luego ha sido violado
anal y vaginalmente –perdonen los parroquianos, o no–,
en el centro del desierto de la hoja en blanco,
que es todos los páramos del mundo.

(Archimboldi diría
que todas las cosas del mundo están trabadas entre sí
y convergen en su centro oculto
como las moscas sobre el cadáver del poema).

Este es el hallazgo:
un misterio por resolver.


II
Se arma el caso

Ignorando la real naturaleza del crimen,
los verdaderos policías
(Pelletier, Espinoza, Norton, Morini, et al.),
ante el oasis que intuyen sin llegar a ver,
defecan primero
y luego acusan al poeta por los cadáveres violentos,
por los poemas que no fueron y no serán jamás,
y que ellos –tan sibaritas ellos–
prefieren y sienten y piensan y erectan lujuriosos,
fornicando entre sí.
Pero sus ojos no miran el poema que ha quedado latiendo a salvo,
y que en el acto, vuelve a morir.


III
Consideración

Sin embargo, cabe recalcar que
el verdadero asesino no es otro que el poeta
mientras dura en el poema,
que vive y pía en su pecho como un cuervo negro,
perturbándolo como un espejo confuso,
que es a la vez su propio –y verdadero– manicomio,
porque, aunque sabiéndolos muertos,
para él están vivos todos los poemas que no fueron
en el poema que es.

Concluye para sí que
cada poema está lleno de fantasmas de poemas.

Pero las muertes persisten,
y el poeta,
postrado ante su occiso de mil cabezas,
persigue obsesivamente
el espectro que retuvo un segundo ante sus ojos,
dejando en el camino
un horroroso panteón de cadáveres insepultos
que yace bajo el velo –corpóreo, es verdad–
de una búsqueda sin precedentes en el interior
de sí mismo.

Al ir ejecutándose. Al ir siendo.
Al ir lentamente apareciendo.
Sumergido para siempre (como un alga, diría Reiter)
en este mar de homicidios y sangre,
de muchísima sangre.


IV
Mientras tanto

Ignorando la verdadera naturaleza del poema
y viviendo de rodillas, los payasitos de siempre
(Ívanov y un largo et al.
de poetrasgos
y poetrastos)
escupen al cielo
y luego se llevan la gruesa de Entrescu a la boca, tan llena
de flores,
y mirando al poeta y no al poema,
se persignan y dicen:
sin duda su corazón es un imbécil.
Brilla por un segundo el poema y luego vuelve a morir,
infecundo, como una víctima precaria.


V
Misterio

Nada se resuelve.
Nada se concluye.
Nada se aclara.

Solo la muerte en el poema persiste.
Solo este hoyo negro, diría Florita, la Santa.

En el fondo
todo libro es un cementerio.


Paul Forsyth (Lima, 1973) es editor y autor de los poemarios Laberinto y El oscuro pasajero.

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