got

«Neofantasía: la nueva droga dura literaria»

¿Por qué es tan exitosa la saga de George R.R. Martin?

Por Teo Pinzás


Admito que no llegué a George Raymond Richard Martin (George R. R. Martin, para los amigos lectores) a través de la lectura, no señor, sino a través de aquel reciente fenómeno mediático llamado Game of Thrones, la adaptación televisiva que HBO está realizando de su serie literaria Canción de hielo y fuego. Obviamente, dicha saga, compuesta de siete voluminosos libros –de los cuales cinco ya han sido publicados–, lo había hecho famoso con anterioridad entre los aficionados a los libros de fantasía, pero como nunca he sido un aficionado a la fantasía en la literatura, excepto tal vez por Tolkien y sus obras, esas lecturas estaban fuera de mi radar. No obstante, después de ver la primera temporada de la serie y conseguir el primer libro de la saga, el vértigo de la lectura no paró. He devorado obsesivamente las, en promedio, novecientas páginas de cada tomo y ahora, mientras cuento los días para que salga el sexto de la serie, sufro de un síndrome de abstinencia severo. Entonces, la pregunta cae por su propio peso: ¿qué ha hecho George R. R. Martin para convertir la fantasía literaria en adicción? Intentaré dar una respuesta.

Es necesario aclarar, antes de ir más allá, que Martin no es un escritor tardío que tuvo un golpe de suerte; por el contrario, tiene décadas luchando por obtener el pulso narrativo adecuado a sus fines literarios y decenas de premios en su haber. A través de la exploración de géneros como el terror, la fantasía o la ciencia-ficción, sus obras (que son muchas) han recibido reconocimiento de público y crítica especializada en numerosas ocasiones; sin embargo, es indudable que Canción de hielo y fuego es su obra cumbre, así como su proyecto más ambicioso hasta el momento. De esta pequeña aclaración podemos colegir que Martin es un viejo zorro, que ha pensado y repensado cada género que cultiva hasta encontrar algunas certezas estilísticas, y que ha desmenuzado paciente y concienzudamente las obras de sus antecesores; por eso, al leerlo, la influencia (en muchos casos por negación) de Tolkien, el gran padre de la fantasía, es evidente, a tal punto que podría decirse que Canción de hielo y fuego es, en muchos sentidos, un negativo de El señor de los anillos; y Martin, como dijo la revista Times, «el Tolkien americano» (y avivado, agregaría yo).

Es factible compararlos: si Tolkien parte de un mundo imaginario (Tierra Media) habitado mayoritariamente por criaturas inexistentes (medianos, elfos, ogros, trolls, etc.) y donde la magia es un elemento común para contarnos la historia de la salvación de la humanidad, Martin prefiere contarnos la misma historia situándonos en un mundo imaginario también (Poniente y los continentes de ultramar), pero muy parecido al medioevo histórico, poblado principalmente por humanos y donde la magia es más bien –sobre todo en los primeros tomos– una perturbadora excepción. Si Tolkien busca alejarnos de la realidad para aproximarnos a su universo de fantasía, Martin busca aproximar su universo de fantasía a nuestra realidad. Si al leer a Tolkien pareciera que leemos una épica naif, al leer a Martin nunca dejamos de sentir el sudor, la sangre, el semen y la suciedad. Y es que Martin aborda prácticamente las mismas problemáticas que Tolkien –la división entre hombres como debilidad mayor de nuestra especie, el inminente fin de la humanidad, la consagración del «otro» como amenaza… –, pero sin que la historia se vuelva complaciente, sin que ganen los buenos y pierdan los malos, sin que los héroes sean a prueba de flechas. Es decir, Martin nos narra una fantasía literaria en clave de realismo sucio.

El género que este autor ha decidido cultivar en su saga Canción de hielo y fuego ya no es, pues, fantasía pura o «alta fantasía» a la manera del viejo Tolkien; es, más bien, un híbrido, una mezcla que se alimenta de fuentes de las cuales el inglés jamás quiso nutrirse, como la política y la ficción histórica, para generar un resultado que algunos han preferido llamar neofantasía. Pensar en esta saga/best-seller como en una historia que se centra en la magia, a la manera de los libros de Harry Potter, es absolutamente errado. Pensar en esta historia inmensa como en una narración dominada por la moralidad plana de la fantasía clásica, a la manera de El señor de los anillos, es también un error. El núcleo de la historia de Martin se encuentra en dos elementos prácticamente ausentes en las dos sagas populares recién mencionadas: primero, y por encima de todo, Canción de hielo y fuego es una historia sobre política; y, en segundo lugar –y por extensión–, es una narración que escarba en lo más profundo de la naturaleza humana para mostrar en simultáneo sus matices, desde lo más excelso hasta lo más degradante, dejando claro que el problema de la moralidad no se puede reducir a una lucha entre el bueno y el malo, entre lo negro y lo blanco, sino que la mayor parte de personas existe entre esos dos extremos; es decir, en el amplio espectro de lo gris.

Utilizando una narrativa episódica que recuerda a la sección central de Los detectives salvajes de Bolaño, la realidad del «legendarium» (el mundo ficticio) de Martin se configura como una imagen caleidoscópica compuesta de múltiples y pequeños fragmentos. Muchos personajes, importantes y no tanto, tienen su momento frente al lector, y a través del avance de sus historias particulares la historia general toma consistencia. Sin embargo, podemos destacar dentro de esta multiplicidad tan semejante a la vida tres líneas narrativas principales: la historia de Daenerys Targaryen, la reina dragón, quien busca recuperar el Trono de Hierro de Poniente desde los continentes ultramarinos con la ayuda de su ejército y sus tres dragones; la historia de Jon Snow y el descomunal Muro de Hielo que separa el reino de los hombres de la vasta llanura helada del norte, hogar de los salvajes y desde donde se aproxima la misteriosa amenaza de los Caminantes Blancos y su ejército de muertos animados (Los Otros); y, por último, la historia de la lucha por el Trono de Hierro entre las distintas casas nobles de Poniente, que guerrean entre ellas sin prestar atención a los sucesos de ultramar ni a la encarnizada lucha entre humanos y seres mágicos en los extramuros del reino.

No obstante, más allá de todas las vicisitudes de los personajes, de las tres líneas narrativas principales (que se desmenuzan en muchas otras menores), el trasfondo de la historia es un problema palpable para todos nosotros: el cambio climático. Detrás de todos los eventos que suceden en el «legendarium» de Martin, subyace un macroevento que trastoca la realidad de ese mundo ficticio y transforma la vida tal y como los personajes la conocen, gatillando infinitud de cambios: la llegada del invierno, anunciada desde el primer tomo por el lema de la familia Stark («Se acerca el invierno»), la casa noble más norteña y, por ende, la más cercana a las tierras gélidas y la única que guarda cierto vestigial recuerdo de las amenazas sobrenaturales que el frío trae consigo. Ese elemento, crucial en la historia, flota como un fantasma a lo largo y ancho de la ficción y trastoca aún más el producto final, convirtiendo lo que inicialmente parece ser un libro de fantasía convencional en una fantasía escrita como realismo sucio, con ribetes políticos y de ficción histórica, y con un trasfondo medioambiental. Suena hilarante, lo sé, pero créanme que no lo es; por el contrario, es una fórmula altamente adictiva, sumamente efectiva.

Después de engancharse con una saga como esta, atípica en muchos sentidos, uno llega al punto en el cual se pregunta: ¿en qué momento me volví un adicto? ¿Cuándo crucé el umbral de lo recreativo y transformé esta lectura, producto de la curiosidad, en una necesidad intelectual? Pues posiblemente desde las primeras cincuenta páginas del primer tomo, en mi caso, cuando caí en la cuenta de que estaba frente a un universo envolvente y dinámico. Conforme avanzaba en la lectura pude constatar cómo cada libro configuraba las incógnitas e intrigas que guiarían la lectura del siguiente, cómo cada personaje que se alzaba sobre los demás estaba en permanente peligro de caer trágicamente o simplemente desaparecer; nada era seguro. Ahora lo tengo claro, leer Canción de hielo y fuego es como acampar en lo indeterminado deseando más certezas, una nueva dosis de historia que ayude a vencer la ansiedad que produce el suspenso. Y Martin responde de la mejor manera, asesinando personajes con absoluto desparpajo; volteando historias que tienen miles de páginas detrás en unas pocas; rompiendo todo atisbo de seguridad que podamos alcanzar. Como un demiurgo, Martin deja en claro que la historia no depende de la existencia de sus héroes, que su mundo (imaginario) –y sus mapas, linajes, música, idiomas, mitos, tradiciones, culinaria, romances… – no necesita de ningún personaje para continuar su devenir, que si bien ellos lo calibran no los necesita. Y ahí te das cuenta de que Canción de hielo y fuego es adictiva porque está escrita como la droga más dura de todas: la vida misma.


Teo Pinzás (Lima, 1984) es literato y editor asistente en el Fondo Editorial PUCP. Ha colaborado con el diario La República y revistas como Oveja Negra, Caretas, Galería, entre otras.