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Los especialistas

Por Oliverio Coelho


Después de años, la experiencia me enseñó que tener auto presenta una desventaja innegable, entre muchas otras desventajas pasajeras. Al menos en mi caso, esta desventaja radica en transportar clavos a altas horas de la noche y soportar monólogos veleidosos.

A menudo los hombres más desgraciados resultan ser los más ególatras, y estos suelen ser los clavos que debo acercar a sus casas. Se resisten a manejar para poder beber hasta reventar y ser acarreados por un desconocido con el que casi siempre entran en contacto a través de un amigo en común.

Es una constante en mi vida y no me detendría a referir esto –y menos a quejarme– si no hubiera existido una excepción en la serie. Y no porque el borracho de turno no fuera un clavo, sino porque en un momento de esas conversaciones que tienen lugar a altas horas mientras manejo, la irrupción de un nombre me dejó helado. El clavo de turno hablaba de su nuevo hobby, coleccionar vinilos. Enumeraba sus primeras ediciones de vinilos de Bob Dylan, John Lennon y David Bowie, y afirmaba que esta colección le aseguraba un magnetismo especial ante las mujeres que entraban a su casa. El efecto era instantáneo y desvestirlas se transformaba en un juego de niños. Como el hecho me resultaba falaz o al menos incomprobable, contra mis principios decidí entrar en diálogo y atacarlo por un flanco que hiriera su autoestima: después de los elepés de ciento ochenta gramos, los originales carecían de valor audiófilo.

A menudo estaban tan deteriorados que era imposible apreciar la famosa profundidad sonora que todos los melómanos le atribuían al vinilo. Me contestó que esa era la típica opinión de los que nunca habían probado el vinilo por haber madurado en la década de los noventa. No, no hablaba desde el desconocimiento; le aclaré que también tenía elepés, de los viejos y de los de ciento ochenta gramos, aunque la avería de mi tocadiscos me había alejado, en los últimos dos años, de lo que se transformaría en una moda hipster. El de los vendedores de discos usados era un mercado ruin, donde el vendedor tasaba su mercadería según el valor que suponía le otorgaba el comprador. Casi todos creían tener incunables, vivían aterrorizados por la idea de vender un disco a menos de lo que el disco podía valer, y por eso mismo, ante el imperativo de usufructuar hasta tuétano algo que en realidad no tenía precio, solían pedir sumas descabelladas. A la vez, el comprador, buscando una gema en el barro, solía embelesarse ante la posibilidad de un objeto exclusivo y por eso llegaba a pagar sumas siderales por discos cuya vida útil y estado de conservación era incomprobable –a menudo estas tiendas, para que el noventa por ciento de las ventas no fracasara, carecían de tocadiscos en el cual probar los vinilos.

En ese momento el clavo en cuestión, en vez de aceptar que mi análisis del mercado era exacto, me recomendó arreglar el tocadiscos y dejar de lado monólogos resentidos: era emocionante enfrentarse a objetos que valían más de lo que costaban o viceversa, ya que cada compra involucraba una apuesta y a la vez una estafa.

Conocía al experto número uno en bandejas. Le dije que agradecía sus intenciones y que lo dejaba en la esquina de Independencia y Castro Barros porque casi estábamos en mi casa. Terco, buscó el número de contacto en su celular y me lo dictó. No lo habría guardado si no hubiera escuchado un nombre: Hugo Alí. ¿Como el escritor?, balbuceé, y ante el gesto intrigado de mi acompañante, me alcé de hombros y le aseguré que estaba diciendo pavadas, que me perdonara, y lo despedí con un falso abrazo.

Hugo Alí.
Este nombre que me había acompañado los últimos diez años de vida, me persiguió los siguientes tres días.

La idea de contactarlo con un simple llamado me parecía inaudita. Y me resultaba inverosímil que ese Hugo Alí fuera el escritor que más de cuarenta años atrás había escrito una única novela monumental, Las edades del placer, a la cual yo le había dedicado mis años de doctorado y mis investigaciones recientes en la facultad de Letras. La novela databa del año 68’, había tenido varias ediciones en Latinoamérica, un par de traducciones en Europa. Sin embargo del autor no se sabía más nada. Al publicar no solo había abandonado su novela, sino una carrera prominente de escritor. Lo que en la época, en principio, se presentó como un enigma, pronto se transformó en una ausencia natural. A Hugo Alí se lo había tragado la tierra. Para el año 73’, en medio de un clima político agitado, ya nadie se preguntaba cuál había sido el destino de ese joven autor.

Arreglar el tocadiscos me pareció una buena coartada. En cambio, si llamaba y preguntaba en seco si él era el mismo que cuarenta y cinco años atrás había publicado una novela que marcó una generación de jóvenes lectores y a la que yo dediqué años de estudio, corría el riesgo de que se me escurriera.

Pasaron tres días más hasta que me decidí a llamarlo. Del otro lado respondió una voz áspera e indecisa. Voz de fumador empedernido, pensé. Hablaba como si no le quedara tiempo en este mundo. Me dijo que estaba con mucho trabajo, pero que si yo no tenía apuro podía pasar con el tocadiscos por su casa cuando quisiera y él presupuestaría el arreglo. Le respondí que sí y anoté su dirección.

Vivía en un edificio gris, de diez pisos, y en cada planta había doce departamentos, de lo cual deduje que su hábitat era una caja de zapatos. Mientras esperaba a que bajara a abrirme, imaginé dos ambientes pequeños, repletos de tocadiscos destartalados, libros formando columnas en el suelo, estantes torcidos.

Al rato, un hombre de ojos celestes y penetrantes salió de un ascensor. Vestía jeans. El pelo largo, los bigotes y el modo de caminar reproducían el aire de intelectual sesentoso que había visto en la única foto que existía de él en la contratapa de Las edades del placer. Se lo veía encanecido aunque no deteriorado. Me dio la mano. El encuentro con una persona más o menos joven pareció volverlo repentinamente afable. Cargó el tocadiscos y me invitó a subir para darme un recibo. En el ascensor no hablamos. Apenas cabíamos los dos y tuve la impresión de que cualquier pregunta iba a sonar indiscreta.

El departamento era, en efecto, un cuchitril de dos ambientes pequeños poblados de fósiles de audio. Sobre una mesa no había más que cuatro libros a la vista, best sellers ignotos editados en la década del ochenta, y una botella de anís cubierta de polvo. Traté de mirar hacia el cuarto, pero estaba en penumbras. Las persianas, como una radiografía de la intimidad de un hombre solo, dejaban pasar unas franjitas de luz que permitían ver las dimensiones apretadas del ambiente y una típica reproducción impresionista sobre la cabecera de la cama. Pensé que el gusto de ese hombre no se correspondía con el del autor de Las edades del placer.

–¿Para cuándo la necesitás?
–Para cuando sea… ¿Alguna de todas estas bandejas está en venta?
–Hay varias que estoy preparando para vender. Menos de tres lucas ninguna. Te conviene arreglar la tuya. Tu Pioneer es un tanquecito. Mañana te mando el presupuesto, anotame tu correo.

Me extendió una birome verde mordida. Apoyé el papel sobre uno de los libros y le pregunté si lo había leído. Automáticamente me contestó que no leía literatura desde hacía mucho tiempo. Su especialidad era el audio. Que usara la palabra literatura me llamó la atención. Revelaba que todavía, en el fondo de los fondos, su pasado gravitaba, y que en algún momento había considerado a la literatura como una posible especialidad que el audio –y quizá oficios anteriores– había desplazado. Le pregunté hacía cuánto se dedicaba a esto. Él me clavó los ojos y me dijo que hacía décadas. No recordaba exactamente cuánto.

Como no parecía incomodarle hablar y, al contrario, me mostró el amplificador Bryston que era su trofeo de guerra y me ofreció un vaso de agua, le pregunté entonces a qué se había dedicado antes. Dudó unos segundos, me evaluó apretando los ojos, y dijo que a muchas cosas, aunque más que dedicarse a algo había vivido de accidente en accidente. Pensé que en su vida había secretos más jugosos que Las edades del placer. Había deambulado por varias facultades, luego había estado en España y Francia en comunidades hippies, y había vivido dos años de nomadismo en la India. Ahí había aprendido a tocar la tabla y había viajado durante meses junto a tres músicos norteamericanos y uno indio de los cuales no recordaba los nombres.

Había vuelto a la Argentina. Había trabajado en una inmobiliaria, había sido oficial de justicia, barman, y gracias a un cliente con el que hablaba de música, había empezado a trabajar en el mostrador de una casa de audio en una galería de la calle Corrientes. Ahí había aprendido todo, «desde abajo». Simulé sorprenderme y le pregunté si no había pensado alguna vez en escribir la historia de su vida.
–No es tan especial –me contestó–. Mucha gente de mi generación vivió mi vida –hizo una pausa–. Pero también publiqué un libro, muy joven. Eso fue incluso antes de viajar. Sí, antes de vivir me gustaba escribir. Pero del libro no tengo copia –sonrió de un modo extraño, como si haber renunciado a un libro lo deleitara o enorgulleciera–. Lo único que importa ahora es esto –hizo un gesto vago para señalar las bandejas y los amplificadores: cada pieza estaba en su lugar como un animal en su jaula.

Aproveché para preguntarle si recordaba algo de ese libro que había publicado.
–No me importa en lo más mínimo. Es como si lo hubiera escrito otro hombre.
La expresión «otro hombre», por el silencio posterior, pareció cerrar ese breve encuentro. No había preguntas posibles a la vista, salvo que me atreviera a descubrir mi identidad y a presentarme como un especialista en ese libro que él no recordaba. Pensé que en todo caso me quedaba una segunda chance, cuando fuera a buscar la bandeja reparada. Conociendo ya al personaje –parco y a la vez entrañable–, podría inventarle una historia con la cual prolongar el diálogo: que había encontrado su novela en una librería de usados y la había leído.
Sin embargo, contra mi pronóstico, Hugo Alí no pretendía cerrar el encuentro. Se dejó caer en un silloncito forrado en una tela que tenía aspecto de toalla, miró su amplificador predilecto, me dijo que el Bryston B60 era el primer amplificador integrado de la historia, una joya minimalista con conectores bañados en oro, y me propuso escucharlo sonar. Puso un vinilo de Carlos Gardel.

–Cuando escucho a Gardel es como si cantara yo. Como si Gardel fuera yo –sonrió sin mirarme–. Gardel es capaz de enloquecer a cualquier persona. Y murió hace tanto…
Le di la razón. Le conté que mi padre había coleccionado grabaciones de Gardel, pero que todo el tesoro se había perdido en una inundación. No pareció interesarse por lo que yo decía y prosiguió:
–Es un fantasma. Sin Gardel yo sería otra persona. Alguien dijo que el alma de Gardel está en cada surco. De tanto escucharlo te pasa al cuerpo y ya no se va… Aunque pasen cuarenta años, te quedás con un pedazo del alma de Gardel y estás condenado, condenado.

Sobrevino otro silencio. Esta vez no temí que fuera una señal de despedida. Se me ocurrió decirle que tal vez su pasión por el audio escondiera una tentativa de exorcismo. Se puso serio y me pidió que fuera más específico. Le respondí que en realidad no sabía qué había querido decir. Me contestó que no me creía, que sabía muy bien qué había querido decir. Le aseguré que no y le pedí que en todo caso me explicara mis propias palabras.

–Okey.
Pero la explicación no llegó y Hugo Alí permaneció como petrificado en el sillón. Tal vez apostara a que yo no aguantara su mutismo y huyera. Si retrocedía, cuando volviera por el tocadiscos la confianza que habíamos cultivado estaría hecha pedazos, como el alma de Gardel. Recurrí a una explicación blanda, una bagatela psicológica que me vino a la mente:
–A ver… la pasión por el audio sería como un mecanismo de compensación para reanimar máquinas que sigan haciendo funcionar el alma de Gardel. Es un modo de no sentirse poseído y dividir la condena. Saber que hay otros…
Él me interrumpió estirando una mano y dijo:
–Okey.
Intuí que este sí era el final del encuentro y que mi anfitrión no hablaría más. Volví sobre la explicación que acababa de improvisar y me sentí abochornado: había exhibido toda la condescendencia invasiva que un investigador le destina a su objeto de estudio. Por eso lo que Hugo Alí dijo a continuación me contrarió:
–Es cierto. Me alivia arreglar tocadiscos. Sé que cada tocadiscos devuelto a este mundo puede contagiar el alma de Gardel. Pero en el fondo la cuestión es esta: renuncié a muchas cosas para liberarme del alma Gardel y eso no es posible.
–¿A escribir por ejemplo?
Empezó a fumar. El cigarrillo balanceándose en la boca, el humo formando un aura al costado de su cara, subrayaron en la escena algo absurdo. Tomé conciencia de que para Hugo Alí hablar conmigo era mucho menos importante que para mí hablar con él, y que hacía esas pausas porque pensaba en otras cosas. Hablaba como ante cualquier persona; mi identidad, mis hábitos, mis intereses musicales, mi historia, todo le resultaba irrelevante. Me había invitado a sentarme solo porque tenía ganas de hablar con alguien, pero a esas alturas mi atención y mi solemnidad debían resultarle incómodas.
–¿Escribir? Nunca escribí de verdad… –dijo de pronto con la misma expresión afable que le había visto al entrar al edificio–. Escribir no tiene importancia en la vida de nadie. Es como una mujer con la que uno estuvo un par de noches y de la que dos semanas después no te acordás ni el nombre.

Me decepcionó corroborar que Hugo Alí era capaz de pensar en voz alta, hacer asociaciones vulgares y revelarle a cualquier desconocido su relación con el alma de Gardel. Me figuré que yo representaba un papel secundario en una escena monotemática que él improvisaba, sin darse cuenta, desde hacía treinta o cuarenta años. Me levanté resignado. Pensé que el autor de Las edades del placer no tenía por qué existir. Aunque no me interesaba el mundo de los vinilos ni mi bandeja, le dije que pasáramos al tema que me había traído hasta ahí. Él apagó el cigarrillo, entre atónito y avergonzado, como si hubiera vuelto en sí.
–Presupuesto sin cargo, en tres días –dijo con voz apática, bien distinta a la del hombre atormentado por haber acaparado un pedazo del alma de Gardel, y agregó–: Como dice el diablo, todos los trabajos tienen garantía.


Oliverio Coelho (Buenos Aires, 1977) es autor de un libro de cuentos y de ocho novelas, siendo la más reciente Un hombre llamado Lobo. La revista inglesa Granta lo incluyó en su famosa selección de nuevos narradores latinoamericanos.