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Visiones divinas

Mayo de 1960: Allen Ginsberg alborota Lima

Por Pedro Casusol


Era un largo viaje. Había cruzado la frontera por Desaguadero en un bus, y desde Cusco tomó un tren que lo dejó en Machu Picchu. La ciudad perdida de los Incas lo impresionó. Se hizo amigo del guardián, a quien conquistó trayendo comida del pueblo. Era una época solitaria para el gringo. Se quedó a dormir en una cabaña y desde ahí describió, a la luz de las velas, los acantilados y las cordilleras de los Andes.

La neblina cubría las ruinas. Dormía en un cuarto con las paredes cubiertas de periódicos. No paraba de escribir en su libreta de tapa marrón. Pensó en fantasmas, en las piedras que permanecían erguidas pese al paso de los siglos. Las botas de minero, que compró en Bolivia, le incomodaban y le sacaban ampollas. Pero era el precio de viajar con lo mínimo. El guardián de la montaña no sabía que estaba albergando al poeta más interesante de todo Estados Unidos. A los pocos días, el forastero continuó su viaje.

Supo que llegaba a Lima cuando el paisaje comenzó a mostrarse árido. Alcanzó a ver el desierto desde la ventana del bus. La capital del Perú le pareció muy similar a Ciudad de México, por el desorden y el sol pálido que alumbraba el pavimento. Lo recibió un hombre joven que gozaba de una trayectoria envidiable. Sebastián Salazar Bondy escribía teatro, ensayos, poemas, y estaba a cargo de los temas culturales del diario El Comercio.

«The U.S. has a dirty asshole», le escribió a Peter, su novio, en una carta.
El gobierno de Estados Unidos acababa de asesinar a Caryl Chessman tras un largo juicio, por lo que las fotos del ajusticiado ocupaban las primeras planas en todos los periódicos del mundo. Estaba cansado. Renegar por la pena de muerte de su país y por el estado de las carreteras del Perú lo había puesto mal del estómago.

Ginsberg ya era una leyenda viva de la literatura estadounidense. La lectura de su extenso poema «Aullido» había ocasionado el llamado Renacimiento Poético de San Francisco. Un año más tarde, en 1956, la publicación de Aullido y otros poemas lanzó a la generación Beat al estrellato mediático. En los años siguientes, sus amigos Jack Kerouac y William Burroughs publicarían sus obras más importantes: En el camino y El almuerzo desnudo. Para 1960, todos ellos eran conocidos como beatniks.
Salazar Bondy y Allen Ginsberg se habían conocido meses atrás, en Chile, durante el Encuentro de Escritores Americanos. «The Main Cat», como lo llamaba el gringo, había tenido oportunidad de conocer lo más reciente en cuanto a poesía contemporánea en inglés. En una nota que publicó en El Dominical, el peruano describió a Ginsberg como el «barbado joven de bromas ingeniosas y declaraciones de escándalo».

Miraflores estaba bien. Salazar Bondy tenía una bonita casa, una bella esposa y una hija pequeña, pero el gringo tenía ansias de perderse en el centro de Lima. Pensaba en su viejo amigo, Bill Burroughs, que había llegado al Perú siete años atrás en busca del brebaje de los indios del Amazonas. El ayahuasca. La soga de los muertos.

En una entrevista en El Comercio, Ginsberg dijo que Machu Picchu no era para los pobres, que resultaba muy caro subir para admirar las ruinas. Contó que seguía las huellas de «un colega» y que buscaba «una yerba incaica, rara y misteriosa», que le permitiría separar el cuerpo del alma para contemplar así La Ciudad Eterna. Lo que no contó es que buscaba replicar una revelación divina que había tenido una tarde, a los veintidós años, cuando escuchó la voz de Dios recitando el poema «¡Ah, girasol!», de William Blake. Su meta ahora, a los treintaitrés, era revivir esa experiencia para escribir un poema que provocara el mismo efecto en todo aquel que lo leyera. Algo así como un vehículo psicodélico y literario cuyo objetivo era la iluminación eterna. La nota también anunciaba que Ginsberg iba a ofrecer un recital en el Instituto de Arte Contemporáneo (IAC), en Jirón Ocoña. La sala, dirigida por Salazar Bondy, era un espacio en el que se integraba el arte plástico y las presentaciones de libros en la Lima de 1960. A inicios de mayo, Eduardo Moll había inaugurado ahí una muestra de pintura no figurativa. En el sótano de ese mismo local, Ginsberg leería «Aullido» y «Kaddish».

Visitó algunos museos. Disfrutó de las escenas de sexo explícito que retratan los huacos eróticos de la cultura Moche. El Barrio Chino, con sus colores, olores y sabores, le pareció una zona estimulante. Ginsberg se hospedó entonces en el Hotel Paruro, cerca al Mercado Central, rodeado de jóvenes «dispuestos a rendirse ante el dólar yanqui», como le había advertido su predecesor y amigo Burroughs. Se lamentaba que los poetas peruanos fueran tan poco «hips». Nadie lo quería ayudar a conseguir un poco de cocaína. En su afán llegó hasta un muchacho, una suerte de fairy kid que se ganaba la vida actuando en espectáculos de títeres y payasos, que se ofreció a conseguirle unos gramos en la oscura noche limeña, aunque sin suerte.

La cartelera nacional anunciaba las películas Goliat entre los bárbaros, con el musculoso Steve Reeves, y la bélica ¡Hundan el Bismarck!, sobre el acorazado más temido de la armada alemana. Lejos de Hollywood, Ginsberg conoció a la joven y guapa agregada cultural estadounidense, Marcia Koth, quien se mostró interesada en su proyecto de estudiar la rara pócima amazónica. Hizo contactos con científicos y botánicos del Museo de Historia Natural y de la Embajada de Estados Unidos, donde se agilizaron los trámites para que pudiera llevar muestras del brebaje hacia el país del norte. Se determinó que saldría como valija diplomática.

La noche del recital en el IAC, Ginsberg vestía un jean y una camisa oscura, un saco a cuadros y una barba abultada. Llevaba consigo el volumen The New American Poetry 1945- 1960, antología editada por Groove Press. Sus anteojos eran ventanas por las que escudriñaba al mundo. Se puso impaciente, contempló las pinturas de Eduardo Moll y salió a fumar un cigarrillo Inca en la vereda del Jirón Ocoña. Se preguntó por qué vendrían mujeres ataviadas con sombreros. Divisó a una que llevaba una falda corta y medias negras, y se lo dijo. Raquel Jodorowsky le hizo saber que ella no iba con sombrero. Ella era una poeta chilena a la que le gustaba romper los esquemas de la sociedad. Trabajaba con el joven fairy kid, Walter Curonisy, en un espectáculo infantil llamado «La puerta mágica», con bufones y golosinas.

En el sótano, Ginsberg le dio la vuelta a una silla y se sentó abriendo las piernas. Se dispuso a exhibir su incipiente calvicie ante un público conformado por artistas, escritores y poetas peruanos. «Así estoy más cómodo», masculló. Acto seguido, contó que estaba «mal del culo». Durante su viaje había desarrollado un problema de hemorroides. «Es que soy maricón», concluyó. Algunas señoras con sombrero se retiraron.

Pronto el escritor Carlos Eduardo Zavaleta, uno de los encargados de trasladar sus poemas al español, tiró la toalla. Era imposible seguirle los pasos a Ginsberg, que leía sus estrofas en un inglés electrizante, como si tocara el saxofón en una lasciva sesión de jazz. Entre el público lo escuchaban el periodista Alfonso La Torre, el pintor Leslie Lee y un estudiante de Derecho llamado Jorge Capriata, que llevaba consigo un importante encargo.

Se trataba de una botella de whisky repleta de Ayahuasca. Venía de las orillas del Ucayali, cubierta en una bolsa de papel, por petición de Peter Matthiessen, escritor y naturalista gringo a quien el joven había conocido en el aeropuerto de Tingo María. Tras la lectura, Ginsberg la sostuvo con expectación. Ese brebaje con apariencia de barro podría ser la llave que había estado buscado, la revelación final. Tan simple como eso.

En una reunión en casa de Marcia Koth, esa misma noche, Ginsberg le dijo a José Miguel Oviedo que esperaba conocer a ese poeta que se perdía en los bares de Lima. Rafael de la Fuente Benavides, más conocido como Martín Adán, había publicado en 1958 la edición definitiva de La casa de cartón. Para entonces ya había pasado largos años en el Larco Herrera, al cuidado del doctor Honorio Delgado, y se había dedicado a los sonetos y a la vida bohemia, para luego sumirse en el más profundo silencio creativo.
Un infiltrado del diario La Prensa, enemigo de Salazar Bondy, conversó con Ginsberg en la reunión sin advertirle que estaba siendo entrevistado:
–¿Qué es lo que buscan usted y los escritores beatniks?
–Mi meta es Dios.
–¿Por qué viste blue jean?
–Porque no tengo otra cosa que ponerme.
–¿Piensa casarse?
–Jamás. Prefiero a los muchachos.
–Los poetas beatniks suelen tomar drogas para componer o recitar sus poemas. ¿Lo ha hecho usted en Lima?
–Antes de mi recital me dopé con bencedrina. Me han hablado de una bebida llamada shushuhuasi, que tiene propiedades afrodisiacas. Quisiera beberla en Lima.

Estaba harto de Lima, no encontraba la hora de irse a la selva. En la calle le gritaban ¡Fidel Castro!, solo por tener la barba crecida. Le habían quitado lo más importante que tenía en el mundo, el patrimonio de su autenticidad. «Can’t be young & anonymous, so my soul feels dead», le escribió a Peter (el novio).

Ahora, con el ayahuasca, empezaría un nuevo viaje. Ginsberg estaba ávido de iluminación, impaciente por verle la cara a Dios. Se mudó a un hotel cerca a la Plaza de Armas, costaba apenas cinco centavos de dólar más que el anterior y ocupaba un viejo edificio cerca a la Estación Desamparados, que era donde tomaría su tren en dirección a la selva. Desde su balcón podía alcanzar a ver el Rímac, ese río que atravesaba la ciudad.

Amaneció nublado, sumido en una garúa que calaba los huesos. El Sindicato Único de Trabajadores había convocado a una huelga nacional, por lo que las calles de Lima lucían frías y desiertas. Alfonso La Torre llegó temprano a la entrevista pactada en el Hotel Comercio. Ginsberg, por el contrario, lo recibió somnoliento y en calzoncillos.

–Es bastante cheap –le dijo, tratando de explicar sus precarias condiciones.
Le ofreció asiento en una vieja silla y prendió un Inca. Después de un rato, la entrevista se trasladó al baño, donde el gringo tuvo a bien orinar mientras le explicaba a su interlocutor que «un poeta sin iluminaciones es simplemente un infeliz».

Se lavó la cara, mojó el pelo, limpió sus anteojos y salieron para buscar algo de comer. Deambularon por las calles vacías y los comercios cerrados. Recalaron en un café chino en el que Ginsberg pidió un té con limón y unos bizcochos. La Torre se preguntaba, mientras lo contemplaba tomar desayuno, cómo ese hombre de mirada tierna había podido ocasionar todo ese revuelo en los Estados Unidos.
Más tarde, Ginsberg confesó que había pasado dieciocho meses en un sanatorio y que su madre había muerto en uno. De eso trataba «Kaddish», uno de los poemas que había leído pocos días atrás en el IAC. Siguieron caminando bajo la llovizna de otoño, en dirección a la Plaza San Martín.
–Como la sociedad no puede tocar con sus sucias manos mi alma, no hay peligro de que la aniquile –le advirtió, con vehemencia, al periodista.

Tomó el ayahuasca en pequeñas dosis y le pareció muy similar al LSD, que había tenido oportunidad de probar en la Universidad de Stanford, en Palo Alto. Le supo también a mescalina, el principio activo del peyote. En sus alucinaciones, las gárgolas de Palacio de Gobierno habían acudido a visitarlo al balcón de su cuarto. En la oscuridad de la noche, había ascendido hasta el Reino de los Cielos para gritar:
–I want the gates open!
Algo de esto le contó a Capriata. Su nuevo hospedaje le permitía una disposición más cómoda de los bares alrededor de la Plaza San Francisco. Por esos días, los problemas en su trasero habían regresado. Luego de una larga charla, bajaron a buscar algo de comer.

Entonces sucedió. El sol de otoño había empezado a ocultarse y la sombra del reloj de la estación se proyectaba sobre el pavimento. Un hombre melancólico se dirigía a gastar lo que tuviera en el bolsillo en copitas de pisco. Llevaba un saco viejo y un sombrero del que colgaba una araña. Ginsberg le pidió a su amigo que se lo presentara.

–Don Rafael –lo llamó el joven.
Advertido del bicho que traía a cuestas, Martín Adán tiró su sombrero y comenzó a pisotearlo. Aquello ofuscó un poco al gringo, que se decía budista. A pesar de todo, acordaron ir al Cordano para tomar una copa.
–¿Por qué escribe usted porquerías? –le inquirió Adán.
Se encontraban compartiendo una mesa. El joven Capriata hacía de interlocutor. Ante la pregunta incómoda, el estudiante atinó a traducir «profanities» como parte de la idea que quería expresar el peruano. Pero antes de que Ginsberg pudiera hacer sus descargos, Martín Adán agregó:
–Traduzca, joven, yo no me revuelco con mi poesía.
–Dile que yo, al menos, me baño todos los días –contraatacó Ginsberg–, y que a mí no me huelen los pies… ¡No me huelen a arañas muertas!
Descubrió que vivía en el mismo hotel donde él se hospedaba, que lo antecedía una larga tradición de demencia, que había visto dilapidar la herencia de su familia. Martín Adán, llegó a la conclusión Ginsberg, era como una de esas momias que había visto en las arenas de Chancay, adonde lo llevó de paseo Leslie Lee, con sus cabellos y uñas creciendo a pesar de los siglos, y la piel hecha polvo por el inclemente sol del desierto.

Fue al hospital a que le vieran las hemorroides. Todo el asunto lo estaba alejando de la selva, al tiempo que consumía su dinero. Le explicaron lo que ya sabía, que tenía almorranas y que había que quemárselas. Lo llenaron de pentotal sódico y cuando despertó, varias horas después, le dieron de alta sin ninguna instrucción postoperatoria. Así que caminó grogui, con el trasero adolorido, bajo el cielo pálido de esa ciudad extraña, esperando que algún espíritu divino le recuerde su misión en el mundo.

Le afectaba no lograr conectar con nadie. Se sentía tímido y vulnerable. Imposible encontrar a alguien interesante en Lima. No entendía a los poetas peruanos, que caminaban por el Jirón de la Unión y conspiraban entre sí desde sus partidos políticos. El amor era algo que hacía con su novio, «his young cat», a quien había dejado abandonado en Nueva York, para irse solo hasta el fin del mundo en busca una extraña planta alucinógena.

La angustia lo llevó a probar suerte en uno de los baños turcos de la ciudad. Hacía cuatro meses que no tenía sexo. Entre los vahos de la sauna, un chico empezó a manosearlo, intervino también un alemán, pero a la larga todo acabó mal. En cambio, fue a su hotel y escribió un poema que iniciaba: «Yesterday I was writing in heaven…».
Un día, Curonisy lo invitó a almorzar a su casa. Llegaron en tranvía. El lugar quedaba en la avenida Brasil, y Ginsberg notó el ambiente familiar un poco cargado. Cayó en la cuenta de que Walter era muy joven, tenía apenas veinte años, y salía con una mujer mayor para él, Raquel Jodorowsky, esa guapa poeta chilena.

No era propio de Ginsberg andar con mujeres, pero su relación con Raquel fue distinta desde el principio. Había algo extraño que los unía y que salió a la luz una tarde, mientras caminaban por la calle Capón. El gringo preguntó si había un lugar donde sirvieran comida europea, a lo que Raquel se ofreció a preparar una típica sopa rusa llamada borscht. Aquel sería el detonante. Pronto se dieron cuenta de que ambos eran descendientes de los mismos inmigrantes judíos que huyeron de la Rusia de fines del siglo XIX a causa de los levantamientos antisemitas. La afinidad cobraba sentido ahora. Compararon sus árboles genealógicos y llegaron a la conclusión de que venían de un mismo sitio. Ambos eran Levy. Se habían cambiado de apellido para poder cruzar Europa, pero tenían recuerdos muy similares de canciones y comidas. Allen se hizo amigo de Raquel, aunque ella no era de salir mucho. Por eso iba a visitarla. Había tenido un hijo y eso era algo que Ginsberg no entendía bien. «¿Para qué?», le preguntaba con sorna. Raquel le dirigía entonces una mirada verde, fulminante, y partían de su casa, en Lince, con dirección al Barrio Chino.

Le pidió a Curonisy que le enseñara Lima una vez más, antes de partir. No la foto postal, entendió el muchacho, así que lo llevó a conocer El Montón, un descampado a orillas de la ciudad donde los camiones de basura acudían a botar los desechos. En medio de montañas de pestilencia, la gente más pobre había construido esteras, comían entre la basura y vivían de los desperdicios. Ginsberg no lo podía creer. Era uno de los paisajes más alucinantes que había visto en toda su vida. «A big huge heavenly mountain of garbage big as Rockefeller Center», le escribió a Peter al día siguiente.

Sus hemorroides habían cicatrizado. Se sentía mejor, así que estaba preparado para su experiencia con el ayahuasca en la selva. Había escrito un poema sobre el viejo poeta que se encontraba en los bares y que vivía en el Hotel Comercio, y otro sobre la orgía que había tenido en el baño turco. Los metió en un sobre, dibujó un membrete en forma de calavera y los tiró bajo la puerta del cuarto de Martín Adán. Sorprendido por esa extraña correspondencia, el autor de Travesía de extramares le escribió a su psiquiatra: «Tiene talento, pero el de Satanás».

Inhalaron éter en la habitación del hotel, mirando por el balcón la ribera y el reloj de la estación. Raquel no era de drogarse, y no le creyó a Ginsberg cuando llenó el algodón de gas líquido y se lo extendió prometiéndole que vería a Dios. Ella no lo vio. A lo mucho, lo que alcanzó a ver fue la mano del poeta en la rodilla de su amigo. Más tarde, Walter y Raquel se besaron en un restaurante de la calle Capón, y para Ginsberg fue imposible no sentirse desolado. Esa noche iba a dormir solo, y la noche siguiente a esa.

En una semana cumpliría treintaicuatro años y se encontraría solo en algún lugar de la sierra, camino a encontrarse con su destino. Ginsberg escribía furioso en su libreta. Se vio a sí mismo despertarse una mañana, dejar su habitación, cruzar la vereda, caminar unos metros y tomar el tren. Era el 30 de mayo de 1960, 24 días después de su arribo a la capital del Perú. En un mes estaría de regreso, pero ya no sería el mismo. Ya nunca sería el mismo. Ni aquí, ni allá, ni en todo el vasto universo.


May 26, 1960*
Yesterday I was writing in Heaven or of Heaven
Or the day before yesterday, and this morning back where
I started from dreaming of man. And

Went to a Turkish bath
Wrapped my belly in a white towel
And sat selfconscious in the
Steam hot room

Staring at my knees
Then under the shower soaped my balls and ass
Then lay down in the small dark dormitory
With a white cloth over my genitals and

Put my arms behind my head
And relaxed – A hand crept up my leg
And a mouth came down on my cock
And a warm slurp greeted my Mysticism

–But an old German with white hair and steel-rimmed glasses
Sneaked in and interrupted the younger Peruvian
And after saluting my knees and belly with kisses

And further slurps

Flopped down to suck, and I thought now after

4 months OK I´ll come-
But the Peruvian

Watching kissing in Spanish
Heche-te bastante de saliva

Make a lot of saliva

The old gentlemen lifted his wings and

Sat down with his ass over my prick
Like a tomb

And began sucking away with his asshole

Till I thought I would come

(In an hour) but he quit–

And sucked off the Peruvian
And I lay back with open eyes in the dark
In Lima

And enjoyed my nudity and the creepy sex of the world

Waiting for some white-skinned angel to come
Finish off the job


26 de mayo, 1960*
Ayer estaba escribiendo en el Cielo o sobre el Cielo
O fue anteayer, y esta mañana de regreso donde
Empecé soñando con un hombre. Y

Fui a un baño turco
Envolví mi panza en una toalla blanca
Y me senté avergonzado en la
Sauna

Contemplando mis rodillas.
Entonces bajo la ducha me enjaboné las bolas y el culo
Y luego me recosté en el pequeño y oscuro recinto
Con un paño blanco sobre mis genitales y

Puse mis brazos detrás de mi cabeza
Y me relajé- Y una mano trepó por mi pierna
Y una boca descendió sobre mi pene
Y un sorbo tibio saludó mi Misticismo

-Pero un viejo alemán con pelo blanco y gafas con montura de acero
Entró a hurtadillas e interrumpió al joven peruano
Y después de saludar mis rodillas y mi panza con besos

Y sorbos adicionales

Se dejó caer para chuparla, y pensé ahora tras

4 meses OK me vaciaré-
Pero el peruano

Mirando besando en español
Échate bastante saliva

Haz mucha saliva

El viejo caballero alzó sus alas y

Se sentó con su culo sobre mi pene
Como una tumba

Y empezó a succionar con su ano

Hasta que pensé que me vaciaría

(En una hora) pero renunció-

Y le hizo una mamada al peruano
Y me recosté con los ojos abiertos en la oscuridad
En Lima

Y disfruté mi desnudez y el escalofriante sexo del mundo

Esperando que llegue algún ángel de piel blanca para
Terminar el trabajo.



Traducción de Martín Rodríguez Gaona.

*’May 26, 1960′ by Allen Ginsberg. Copyright © 1967, Allen Ginsberg, used by permission of The Wylie Agency (UK) Limited.

*Este manuscrito, escrito en tinta azul sobre papel de correo, se encuentra en la Colección Martín Adán de la PUCP. Peter Hale, de Allen Ginsberg Estate, confirmó la naturaleza del texto: el poema se publicó en una pequeña revista llamada Marrahwannah Quarterly, en enero de 1967, con el título «May 26, 1960». Esta es la segunda vez que se publica.



Pedro Casusol (Lima, 1986). Escritor y periodista. Es miembro de la European Beat Studies Network. Ha publicado el libro de cuentos Cat Food y la novela breve Once quince.
Allen Ginsberg (New Jersey, 1926 – New York, 1997). Poeta, activista y viajero. La publicación de su poema «Howl», en 1956, consolidó a la llamada Beat Generation, movimiento que transformó los cimientos de la cultura americana. Algunos libros suyos son Kaddish y otros poemas, Sandwiches de realidad y Noticias del planeta.

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