Ficción

Revelaciones

Por Luis Humberto Moreno


Decidí hacer la siesta en la habitación donde dormía mamá. Era la más alejada y el ruido de la fiesta en la sala era apenas un murmullo. El sol caía del otro lado de la casa, así que el viento de la tarde era fresco, traía el olor de los ficus y hacía bailar con gracia las cortinas. Recosté mi cabeza sobre la almohada, mirando hacia la ventana, como cuando era niña, y sentí el olor a jazmín sobre las sábanas. Aflojé el cordel que entallaba mi vestido, junté mis piernas y doblé mis rodillas levemente. La puerta, a mi espalda, chirrió un poco empujada por el viento. Todavía tenía la llave en su cerradura, como mamá siempre solía tenerla. Cerré los ojos y traté de pensar en mi infancia.

Recordé a mi madre criándome sola, sin la enfermedad que arrasó con su belleza y su vida; a mi tío Pedro y su rostro bonachón, empacando mis maletas para llevarme a Lima después de que lograra que las monjas del Sagrado Corazón me dieran un cupo para estudiar en el chalet; y a mi abuelo, duro, con su voz gruesa y pocas palabras, bebiendo todos fines de semana y jugando a los dados y los naipes con otros tipos del pueblo.

Cuando dejé la sala mi tío Pedro y su esposa ya se habían marchado. Mi abuelo estaba en la mesa, echando apuestas con sus amigos. «Es igualita a su madre», fue lo único que dijo, clavando su mirada en mí. El resto de mi familia, a quienes apenas recordaba, bailaba cumbia y empezaba a tropezar y a conversar salpicando las palabras debido al licor. Vi aparecer a dos primos con una caja más de cerveza. «Por Aurita», decían, y luego me tendían la mano para seguir bailando, pero yo estaba molida y quería dormir. La comida había sido abundante y tomar y fumar no era lo mío. «Lima te ha blanqueado», decían mis primos. Mi abuelo había ido al baño y regresaba con una mancha húmeda entre las piernas, una de mis tías lloraba por un pretendiente que al parecer la había dejado por una alumna de la escuela. «Voy a ir a recostarme un rato», dije, apenada. Mis primos me rodearon, me hablaron todos al mismo tiempo invitándome a visitarlos, a pasear por el campo con ellos. «Prometo visitarlos a todos», les dije, y subí las escaleras. Quería reponerme para salir al campo como lo había hecho de niña cuando mi madre aún vivía. Ella solía llevarme al río. Se sentaba en una enorme piedra y remojaba sus pies. «No te agites, Aura», me decía sin gritar cuando me veía correr por el pasto mientras jugaba con el Rey, que intentaba morder mi vestido y movía su pequeña cola persiguiéndome. «Cuida tus piernas», insistía. Se molestaba mucho si me hacía alguna herida. Me decía que ningún hombre querría a una chica con marcas en las piernas. Mi madre también las tenía impecables. Nos parecíamos mucho: el rostro delgado, los ojos grandes, el pelo dorado muy fino, que teníamos que peinar con cuidado para no quebrarlo; la sonrisa, las manos de dedos largos y la salud precaria. «Así somos los ángeles, Aura», me decía cuando mi corazón fallaba y tenía que faltar a la escuela. «Somos bellos y frágiles porque venimos del cielo», insistía mientras me acariciaba la cabeza y trataba de levantarme el ánimo. A veces corría más de la cuenta y mi pecho se oprimía. Mi madre sacaba los pies del río y corría a salvarme. El médico del pueblo me regalaba un dulce y luego le decía a mi madre que tenían que hablar en privado. «No te portes mal, porque el Diablo se cuela por la ventana», me decía, y yo me quedaba tranquilita dibujando o leyendo un cuento. «¿Mi papá también enfermaba?», pregunté una tarde, pero mi madre me dio un beso en la frente y se fue. Tenía los ojos rojos cuando regresó a verme. Nunca respondía cuando preguntaba por papá.

El movimiento en la cama me despertó. Abrí los ojos, adormecida, y sentí frío en las piernas. Mi falda estaba recogida, mis muslos descubiertos, mi ropa interior reposaba, floja, entre mis tobillos. Una mano gruesa estaba asida a mis caderas. Conforme fui despertando, sentí el vaivén lento y sigiloso de un cuerpo a mis espaldas, despidiendo un hedor a cigarro y alcohol mientras jadeaba con la misma torpeza con la que intentaba penetrarme. Quise moverme, pero la mano me rodeó el vientre y el cuerpo se apretó contra mí, sentí que una pieza extraña ingresaba en mí, ingresaba y salía, volvía ingresar, y el dolor me hizo llorar. «Suéltame», dije un par de veces, pero el movimiento continuaba y el miedo hizo que mis piernas dejaran de agitarse. Una mano con olor a orín tapó mi boca, y una voz gruesa quemó sobre mi rostro. «Prometo tener cuidado, mijita», me dijo. «Esta vez voy a tener mucho cuidado».

Por la ventana se veía la noche, la luna era un redondel de plata y brillaban las estrellas. «Cuéntalas», me decía mi madre por las noches, cuando salíamos de casa esperando a que el abuelo llegara de la parranda para poder servir la cena. Luego lo dejábamos comiendo y corríamos al fondo de la casa. Yo me metía en su cama y la veía cerrar la puerta con llave. Supongo que mamá sabía, mucho antes de que yo naciera, que no todos los ángeles vienen del cielo y no todos los demonios se cuelan por la ventana.


Luis Humberto Moreno (Lima, 1979). Es Gestor de Recursos Humanos. Acaba de publicar Las horas imperfectas, su primer libro de relatos.


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