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Ficción

Pajaritos

Por Claudia Ulloa Donoso


He loves to sit and hear me sing,
Then, laughing, sports and plays with me;
Then stretches out my golden wing,
And mocks my loss of liberty.

William Blake

Antes de escribir, querido lector, me he preguntado mil veces si es que vale la pena contarte el cuento del cuento, la historia detrás de la historia; si esto te resultaría atractivo, novedoso (no creo), aunque quizá lo vano sea mi intento de querer contar y no escribir y nada más que escribir; hacer como una vez alguien me dijo: «Escribe como si estuvieras muerta», y ya si una está muerta, no se cuestiona nada, todo se va transformando.

No quiero mentirte, pues aunque escriba como si estuviera muerta, tú estás vivo. Créelo mientras lees esto. Por eso, debo confesarte que en estos últimos años la búsqueda de la ficción, es decir, aquella manera en cómo me detengo a observar el mundo para luego venir aquí y escribir un cuento, una mentirita, el dibujo que se mueve en mi cabeza y nunca podré atrapar; esa búsqueda que es la más grande y sensata de todas mis búsquedas, no ha hecho otra cosa que producir un efecto contrario: cada vez que me propongo sumergirme en la ficción, en el fondo de todas las mentiras, inventos, cuentos, colores y fantasías hay algo que me lo impide: me oprime alguna parte del cuerpo, me duele y a veces me angustia, así que cuando las palabras me abandonan, inhalo, exhalo y respiro realidad.

La realidad es una cosa como la taza de café en la mañana, cepillarse los dientes antes de dormir, tomar una pastilla, masturbarse. La realidad solo necesita de tu cuerpo situado en un determinado espacio, y entonces se produce. En cambio, la ficción a mí no solo me exige la presencia de mi cuerpo, sino que primero me ciega, luego me mata, después me descuartiza y es desde ahí que sale de algún lado de mí y empiezo a escribir. Por ejemplo, desde alguna arteria.

Durante estos últimos años he tratado de morir y descuartizarme para alejarme de la realidad y descansar en la ficción, pero no puedo. Estoy entera y te estoy escribiendo esto tan real como para ponerlo en un sobre, pegar una estampilla con mi saliva (dejar mi ADN para ti) y que esto llegue a tu casa, porque a algo te has suscrito, porque lo has comprado o porque alguien te lo dio sin que tú lo pidieras.

Espero no haberte agobiado, ya te dije que mi intención era, como siempre, narrarte algo que nunca jamás sucedió y que he venido pensando desde hace ya varios años, pero por esas cosas reales que me han sucedido, dolorosas, sí, dolorosas; por esa realidad tan brutal no he podido ahogarme en la ficción y me la he pasado respirando realidad, o sea, ocupo un espacio y estoy viva, y es precisamente de todo eso de lo cual debería apartarme para morirme (solo por un tiempo, no exageremos) en algún texto de ficción.

Es así que cuando me lavo los dientes o separo la mierda de la caja de arena de mi gato, aparece una voz que me dice: ¿Cuándo vas a escribir la historia sobre los pájaros? ¿Cuándo vas a dejar de comer, dormir, masturbarte, ducharte, llorar y empezar a escribir esas líneas sobre las que puedas caminar como equilibrista, y el circo de los libros, y la red que nunca se sabe si está o no? Ya, ¡salta! ¿Cuándo vas a darle un poco de sentido a todo, aunque todo, esto y lo otro, sea mentira? ¿Cuándo?
Hoy.

***

Kokorito es un gato de pelo negrísimo, huraño y de siete kilos de peso. Cada cierto tiempo trae en su hocico pájaros en agonía o ya muertos a la casa. Dicen que los gatos traen animalitos muertos a las casas de sus dueños como una forma de regalo o de trofeo. Quién sabe. Kokorito nunca se come los pájaros: los tortura, juega con ellos como si lo hiciera con su pelota de lana y al final los deja siempre en mi cama, lugar desde donde últimamente suelo hacer todo, hasta comer.
Kokorito, con sus siete vidas en América y nueve en la Península Escandinava, me regala la muerte y yo ya le he visto la cara varias veces, y me basta por ahora. Sin embargo, a veces creo que mi gato insiste en que debería ver aun más de cerca a la muerte para que no me pese tanto. Él lo sabe, porque como ya lo dije, tiene por lo menos siete vidas y ya debe de haber perdido algunas cuando pasó veinte días desaparecido en el invierno polar y un día regresó, abrió la ventana con su pata derecha como acostumbra hacerlo, bebió un poco de agua y durmió casi por dos días en mi cama. Luego se levantó, maulló y empezó una nueva vida.

Intuyo también que Kokorito intenta darme un regalo único y extraordinario, pretendiendo que contemple las agonías de esos animales tan pequeños y frágiles y que todo sea un gerundio de latidos, respiraciones, movimientos que se vuelven de pronto pretéritos indefinidos para siempre. Quizá se empeña en que entienda y aprecie (en todo el sentido de la palabra) que ese preciso segundo en que la vida desaparece es único en todo ser vivo y no puede repetirse nunca más.
Cuando encuentro estos pajaritos muertos lo que suelo hacer es buscar un kleenex o una servilleta de papel –escojo cuidadosamente el color como si les eligiera la mortaja o el ataúd– para luego enterrarlos o esconderlos entre las hojas secas y los abedules. Cuando están en agonía, los envuelvo en papel de cocina ligeramente húmedo y les dejo la cabeza al descubierto para que respiren. Los caliento entre mis manos, les limpio la sangre, les acaricio la cabeza y trato de abrirles el pico.

***

La línea 2 que parte desde Øvre Hunstadmoen es la única que me lleva al centro de Bodø y pasa exactamente cada veintisiete minutos a partir de las seis de la mañana. Siempre me sucede que llego muy temprano a las citas: si pierdo el autobús siempre llegaría tarde.
Hoy, saliendo hacia el paradero de Øvre Hunstadmoen con los minutos justos para llegar al centro puntualmente, veo a un pajarito moribundo escondido en un rincón del pasillo, cerca del lugar donde dejo mis bolsos y chaquetas cuando llego a casa. No puedo dejarlo allí muriendo e irme, tampoco puedo perder el bus pues llegaré tarde al centro. Voy a la cocina, humedezco con agua tibia el papel toalla y me lo guardo en el bolsillo derecho del abrigo. Salgo de casa corriendo.
Al abordar el bus, el chofer observa que solo uso la mano izquierda con mucha dificultad para abrir mi bolso, sacar mi monedero y pagar el pasaje. Nota mi torpeza para maniobrar con una sola mano y repara en que mantengo la derecha del bolsillo de mi abrigo. Sabrá ahora que algo me traigo entre manos, escondido: una navaja, un teléfono, mi puño congelado o quién sabe; quizá sepa que llevo un pajarito agonizando o ya muerto.

***

Los noruegos suelen quitarse el abrigo inmediatamente después de ingresar a un lugar cerrado pues todos tienen calefacción. Si es un lugar familiar, además del abrigo, también se quitan los zapatos. Hay perchas empachadas de abrigos y chaquetas como hombres inmensos, con guantes y gorros; otras están fijas en la pared en una línea, una fila de hombres y mujeres colgados, desollados, muertos como las reses aún enteras y despellejadas del matadero.

En una entrevista de trabajo para obtener el puesto de asesora de proyectos del Departamento de Cultura, es mala señal no quitarse el abrigo al entrar a la oficina y saludar al entrevistador, pues eso demostraría que no eres una persona abierta, que llevas una coraza y que por debajo de ella habrá varias capas que el entrevistador no podrá ver, pero sí imaginar. Si no te quitas el abrigo, el entrevistador supondría todas las capas de tu personalidad hasta llegar al color del sostén que llevas puesto y no necesariamente serían las cualidades y el sostén adecuados para obtener el cargo. Con esa coraza te presentas como un armadillo, una tortuga o un puercoespín; que no comunicas, que escondes la cabeza y muestras las púas, que vas lento, y todo esto no sirve para este caso, pero yo le sonrío: eso ayuda según los consejos para lograr una buena impresión en una entrevista de trabajo. Sonrío, pero sin exagerar, o parecería nerviosa. Mi dentadura es blanca y mi sonrisa ganó una vez un concurso que organizó mi dentista. Me premiaron con veinte tubos de pasta dental y tabletas de flúor.

El entrevistador me sonríe también y ahora soy consciente de que tengo que usar otras partes de mi cuerpo para darle una buena impresión, pero sigo con la mano derecha metida en el bolsillo del abrigo y ha llegado el momento de estrecharnos las manos. Aquí puedo hacer dos cosas: si le estrechase la mano al entrevistador con mi mano izquierda y sin sacar la derecha del abrigo, pensaría que soy extraña y que escondo algo. Puede también que anote que soy arrogante pues espero que el otro use la mano izquierda para devolver el saludo, y, sabemos, el estrecharse las manos es un gesto universal que se hace con la derecha. Lo otro que podría hacer sería sacar la mano derecha del bolsillo con mucho cuidado y ofrecérsela tibia y húmeda, con gérmenes de un pájaro que quizá ya esté muerto, arriesgándome a dejar en su mano restos muy finos, pero visibles, de plumas amarillas, y eso no sé cómo podría ser anotado en mi perfil como aspirante al puesto. Al final, decido darle la mano derecha con un firme apretón y aquello parece darme un punto a favor, aunque le haya dejado la palma húmeda, con bacterias y babas de mi gato, con pelusas de papel de cocina, pelillos y quizá sangre de pájaro.
El entrevistador habla mientras fija la vista en mi currículum deshojado sobre el escritorio. Quizá no le importe que lleve puesto el abrigo porque tiene un tic, o no sé, pero abre bien los ojos y levanta las cejas mientras me habla y seguramente puede verme en capas y saber con certeza el color de mi sostén.

Para que no me mire como lo hizo el chófer en la mañana por esconder solo una mano en el bolsillo, escondo la dos. Va a pensar que soy tímida y que estoy asustada, pero sus gestos no cambian, sigue hablando y abriendo los ojos y levantando las cejas como si estuviera observándolo todo con sorpresa y a la vez con indiferencia.

–Hoy hace mucho frío –le digo.
Es verdad. Mi comentario es sincero y no desatinado, pues lo suelto cuando hacemos una pausa y él me ofrece un café. Cuando vuelve con el café, espero que él dé el primer sorbo. Hace ruido al tragar y luego toma aire. Intuyo que se ha quemado el velo del paladar porque ya no abre tanto los ojos.
–Veo que es usted una persona cualificada y parece estar lista para asumir la responsabilidad de este puesto. Confío en que estando en el cargo manejaría los proyectos con cuidado y de una manera distinta. Buscamos una persona que sea cautelosa y consciente de que el presupuesto asignado para los proyectos culturales ha sido reducido este año.

Asumo que con esto que me acaba de decir que el puesto es mío. Me emociono y aprieto los puños dentro de mi bolsillo. Uso mi mano derecha para tomar el café y seguir el ritual de un-sorbo-tú-un-sorbo-yo. Mi mano se calienta al contacto con la taza y vuelve así a la incubadora de pájaros de mi bolsillo y es entonces cuando siento que algo se mueve: el pájaro ha revivido y probablemente quiera salir volando en el preciso instante en que el resultado de la entrevista se muestra muy a mi favor.
–Solo me queda una pregunta –dice–. ¿Por qué cree usted que deberíamos contratarla?
–Porque soy buena para cargar otras vidas conmigo.
–¿Qué quiere decir con ello?
–Bueno, en lo cultural, fíjese: si se me encomendara organizar la Semana Filarmónica, tendría que cargar con los clásicos que están muertos, pero a la vez están vivos. Chopin, por ejemplo, está vivo y usted lo sabe. Luego llega alguien como Argerich, que estaba muerto, y revive y vuela por el auditorio. Además, para trabajar con estos proyectos hay que cargar con las vidas de cada uno de los integrantes de la orquesta, los coros, los dirigentes… todos tienen una vida que cargan además de sus instrumentos.

–Entiendo. ¿Y me podría explicar cómo fue que cargó vidas en el plano laboral durante su último trabajo?
Y lo que sucede ahora es que ya no puedo explicarle más cosas porque siento en el tacto unos aleteos firmes que casi me abren la mano. Así que saco al pajarito de mi bolsillo, lo desenvuelvo del papel y lo pongo sobre mi currículum esparcido en el escritorio. El pajarillo está herido. El papel en el que estuvo envuelto tiene una mancha de sanguaza, pero está vivo. Camina sobre mi CV, sobre los idiomas que domino, de pronto se caga en mi experiencia laboral y me va reconociendo. Se posa sobre mis datos personales y se queda quieto. Lo cojo con cuidado y reviso sus alas, las extiendo una por una, son muy frágiles, pero están intactas.

–Es un kjøtmeis de pecho amarillo. ¿Ve? Lo saqué de la casa moribundo justo antes de venir aquí y he pasado la entrevista pensando en este puesto tan importante en mi vida laboral, en los clásicos muertos que tendré que cargar, en los vivos a quienes tendré que acoger y organizar, pero también he pensado en la vida del pajarillo. Con esto quiero decirle que otras de mis cualidades para el puesto es mantener la calma y saber trabajar bajo presión.

El pajarillo se reconoce vivo. Da saltos sobre el escritorio y vuela. Vuela por las oficinas de la administración comunal, se estrella contra las pantallas de las computadoras, defeca otra vez en los presupuestos que salen de la impresora, se posa en lo alto de los archivadores y parece que divisa todo el departamento de administración comunal con la postura altiva que solo tendría un sobreviviente de colores. Espera unos segundos y vuelve a alzar vuelo. Todos los burócratas lo miran desde sus cubículos, girando sus sillas ergonómicas, pero nadie se pone de pie. La mayoría de ellos se quedan quietos y siguen el vuelo del pájaro admirados y con una ligera sonrisa, pero también hay varios fastidiados que vuelven sus ojos a las pantallas de las computadoras y se protegen la cabeza y la cara con hojas de papel bond A4.

El entrevistador y yo entendemos que es el momento de abrir las ventanas de par en par.
El pajarillo siente el aire helado de febrero que entra en las oficinas y así encuentra el camino a su libertad. Desde la fotocopiadora levanta vuelo y sale como una ráfaga por una de las ventanas. El local se ha enfriado, todo vuelve a seguir como antes y yo también vuelvo a la oficina a terminar el café y a cerrar la entrevista.

El entrevistador se despide, esta vez sin estrecharme la mano. Esto no debería significar nada, pues es típico de los noruegos evitar el contacto físico al saludarse o despedirse. Vuelve a su gesto de abrir los ojos y levantar las cejas. Dice que me llamará y yo le creo. Le sonrío.
Mientras camino de vuelta a casa, veo muchos pájaros de distintos tipos, pero busco a aquel que me acompañó en la entrevista. Le quisiera dar las gracias.
A veces, conviene andar llevando animales moribundos consigo, mantener las manos en los bolsillos y nunca quitarse el abrigo.

Claudia Ulloa Donoso (Lima, 1979) es socióloga y narradora. Ha participado en diversas antologías y publicado los libros de cuentos El pez que aprendió a caminar (recientemente reeditado por Estruendomudo) y Séptima madrugada.


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