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«Dos señores conversan»

Abad Faciolince y Giralt Torrente: correspondencia


Héctor Abad Faciolince (Medellín, 1958) y Marcos Giralt Torrente (Madrid, 1968) son dos de los principales escritores de nuestra lengua y nuestro tiempo. El vínculo más evidente entre ambos son los libros hermosos y conmovedores que han publicado sobre la desaparición de sus padres: El olvido que seremos y Tiempo de vida, respectivamente. Pero quisimos ir más allá. Durante algunas semanas intercambiaron correos electrónicos en los que hablan de cómo ganarse la vida, lecturas, proyectos, así como de los límites de la realidad y la ficción, e incluso del futuro de la novela. Una charla imperdible.

Querido Marcos:
Creo que nos hemos visto dos o tres veces en la vida, y muy fugazmente. La última no hace mucho, en el Café Comercial, con la editora Pilar Reyes y con un periodista que acababa de entrevistar a Steven Pinker, el magnífico ensayista canadiense. Sin embargo tengo la impresión de que he seguido tus pasos, mejor dicho tus huellas, sin que tú lo sepas, y aunque seas más joven que yo. No digo las huellas literarias, que esas son siempre más secretas, sino las de la forma de vida que en estos tiempos nos tenemos que buscar los novelistas. Si uno no es rico heredero, pero tampoco quiere tener un empleo de ocho horas diarias, hay mecenas que ayudan para que uno escriba. A eso me refiero: tuve la beca para artistas residentes en Berlín, esa que el DAAD brinda por un año, y a lo mejor hasta vivimos en la misma casa, yo un par de años después que tú. Mi calle se llamaba Storkwinkel, y queda en Charlottenburg, al final del Ku’damm, en la parte occidental de Berlín. Y ahora estoy en la torre donde escribía Gregor von Rezzori (el autor de Memorias de un antisemita, que tradujo Juan Villoro), en ese retiro que hay en la Toscana donde Beatrice Monti della Corte, la baronesa viuda de von Rezzori, recibe escribidores de medio mundo. Si no estoy mal, también tú estuviste aquí hace unos años.

Y bien, aquí estoy, en la Toscana, tratando de terminar una novela que se llamará La oculta, y que no es esta vez sobre un padre, sino sobre una casa, sobre una finca en el trópico, en el suroeste de la región donde yo nací y donde vivo, Antioquia. ¿Cómo nos ganamos la vida hoy en día los escritores? ¿Cómo hacemos para escribir y vivir al mismo tiempo? Quisiera que me contaras de tu experiencia con estas dos becas, la berlinesa y la toscana, y sobre estas nuevas formas de mecenazgo contemporáneo. Tal vez en uno de estos dos sitios hayas escrito o pensado Tiempo de vida.
Un abrazo,

Héctor

Querido Héctor:
Efectivamente también yo viví en Storkwinkel, 12. ¿Ocupabas, igual que yo, el bajo? Nunca fui tan feliz en una ciudad como aquel año en Berlín. Lo fui tanto que los del DAAD temieron que al término de mi beca me atrincherara en la casa y, para evitarlo, me buscaron otra beca en las cercanías de Berlín. Era maravillosa la ciudad, nunca me afectó ni el frío ni la temprana anochecida en invierno, y era maravilloso poder dedicar todo el día a lo que quisieras e ir al cajero sin remordimientos y tener siempre dinero disponible. No me privé de nada y conseguí, incluso, ahorrar. Durante mucho tiempo las becas me proporcionaron lo que no podía conseguir de otro modo (tiempo para escribir) y me evitaron tener que buscar un trabajo remunerado, que, a alguien de tan frágil voluntad como yo, probablemente habría apartado de la escritura. Creo que la última que tuve fue precisamente la de Beatrice della Corte Von Rezzori, en la Santa Maddalena Foun-dation. Vivía y trabajaba en la parte de arriba del torreón, donde supuestamente se alojaba Bruce Chatwin cuando era invitado de los Rezzori. Saberlo no me hacía escribir mejor, te confieso, sino algo acomplejado. Envidio la aparente facilidad con la que escribía, en cualquier parte, además. Fue una época difícil para mí. De hecho no pude quedarme todo el tiempo que me brindaron de beca, pues tenía ya enfermo a mi padre. No concebí allí Tiempo de vida, aunque sí viví parte de la peripecia que narro en él. Escribí un relato largo. Todas las becas que he tenido me han sido provechosas. Ahora soy un ex becario porque soy padre de un niño de cuatro años y ni quiero ni me dejarían ausentarme de casa durante meses. Pero anhelo una beca en la que me dejen llevar a la familia. Avísame si la conoces.
Es gracioso que hayas seguido mi rastro de becario por Storkwinkel y santa Maddalena Foundation. Yo he seguido el tuyo de otra manera. Escribí, como tú, un libro sobre el padre; y, como tú en El amanecer de un marido, seguí con un libro de cuentos; y ahora estoy de vuelta a lo autobiográfico, con un libro que guarda similitudes con tu Traiciones de la memoria. No lo llevo ni mediado, pero ya veo la novela que vendrá luego. ¿Crees que es casual o requiere tanto esfuerzo alejarse del padre para volver a la ficción-ficción?

Marcos

Querido Marcos:
La única beca que conozco en la que uno puede llevar también a la familia es la berlinesa del DAAD. Creo que hasta te pagan el colegio de los niños. Pero es una beca que dan una vez en la vida, sin posibilidad de repetir, así que la debiste haber pedido después de ser padre, no antes. Aunque nadie te quita lo gozado en Berlín, ni a mí tampoco. Para mí fue también un año extraordinario; allá escribí Traiciones de la memoria, y corregí un libro de ensayos. El resto del tiempo me lo pasé en bicicleta, pedaleando por los canales y las calles de Berlín, y leyendo, yendo a conciertos, gozándome sus parques maravillosos, sus lagos, sus desnudeces. Estuve muy solo, pero la ciudad me pareció tan feliz, tan animada, tan distinta a todos los estereotipos que tenemos de los alemanes.
Lo único que nos salva de una sensación de huella y suplantación completa es que yo en Storkwinkel no vivía en el bajo (allí estaba un artista africano que hacía cuadros con basura), sino en el tercer piso. Y en el torreón de la Toscana yo tampoco he dormido en el cuarto de Bruce Chatwin, en el último piso, sino en la habitación de más abajo. Así que he puesto mis plantas sobre tus huellas, pero como siempre pasa, un poco desplazadas hacia arriba o hacia los lados.

La pregunta que me haces es fundamental. Ficción o no ficción, esa es la cuestión. A veces me parece que estamos entrando en un mundo que ya no necesita tanto la novela, al menos la novela clásica tal como se la concibe desde hace tres siglos, por lo menos. La novela, en cierto sentido, era un espacio de plena libertad donde podían evadirse el pudor, la discreción, el respeto por la intimidad propia o ajena. Hubo épocas más reservadas y pudorosas que la nuestra. Como no se podían contar intimidades de las personas privadas y reales, se inventaban historias de personas inexistentes sobre las cuales era posible decirlo todo: vicios y virtudes, miserias, maldades, hábitos sexuales, locuras, tics, manías, heroísmos secretos. Ahora que la gente defiende mucho menos su vida privada (e incluso algunos la exhiben como un triunfo, desvergonzadamente); ahora que los paparazzi son casi una regla, tal vez la no-ficción se haya vuelto más fácil. Se nos permite ser impúdicos con los demás y con nosotros mismos.

Pero si lo pienso mejor, no es así, sin embargo. Después del libro sobre mi padre yo intenté un camino intermedio: escribir sobre alguien a quien conocía (un pariente político aventurero, ya fallecido) pero cambiando nombre, circunstancia, sacando de la imaginación y no de la realidad situaciones muy variadas. El caso es que cuando mi familia política se enteró de que pensaba publicar un libro basado en este personaje –o mejor: en esta persona–, pusieron el grito en el cielo. Y tanto, que resolví no publicar la novela.

Después he estado en una especie de situación de extravío; de no saber por dónde seguir. Incluso desempolvé mis viejos cuadernos de apuntes y saqué de ahí un libro de poesía, con tal de no admitir que estaba en plena pájara, como dicen en España, o con la pálida, como decimos en Colombia. No sé si libros tan personales como los que escribimos, de alguna manera, nos dejan sin ánimo, sin fuerzas, desangrados. O quizá haya miedo (hablo por mí) de no poder tocar de nuevo esas honduras de intimidad y de verdad a las que tuvimos que acudir para escribir esos libros, y con ese miedo haya llegado una cierta desconfianza en la ficción, en lo que libremente inventamos. Ojalá yo tuviera una respuesta. Sé que algunos de los libros que más me han gustado, y que más se han quedado impresos en mi memoria, parecen novelas sin serlo exactamente, porque son ante todo testimonios. Estoy pensando en libros como los de Primo Levi (Si esto es un hombre, Los hundidos y los salvados), Jean Améry e Imre Kertész sobre los campos de concentración; como el de Nadiezhda Mandelstam sobre su marido y el estalinismo (Contra toda esperanza); o el de Amos Oz sobre su vida (Una historia de amor y oscuridad); o las mismas memorias de Stefan Zweig (El mundo de ayer). Y sin embargo, al mismo tiempo, sé que una historia verídica y no ficticia no tendría la fuerza que tienen novelas (pura ficción, ficción pura) como las de Joseph Roth, y aquí estoy pensando en Fuga sin fin, en Job, en La marcha de Radetzky, o en la belleza con la que él transforma su propio alcoholismo en una fábula (La leyenda del santo bebedor). Cuando leo a este Roth, o al otro, el norteamericano, que juega todo el tiempo con biografías falsas, inventadas, propias y ajenas, vuelvo a sentir la fe en la literatura que algunos días me hace falta. La fe en el arte de crear simetrías e historias que se desarrollen entre las paredes del cráneo, que ahí nacen y se inventan (aunque seguramente con «restos diurnos», con fragmentos de realidad, como en los sueños), pero que tienen tanta fuerza que consiguen incluso suplantar la realidad, hacerla más comprensible. Esa fe la recupero con libros así, o con la novela de las novelas de fantasía, ese libro realista y fantástico al mismo tiempo, El Quijote. Ni Alonso Quijano ni Sancho Panza existieron, probablemente, pero no hay campesino español más real y concreto que Sancho, ni loco más cabal que don Quijote. Pero es raro, ¿sería mejor el cuadro más grande de toda la historia del arte, «Las meninas», si sus modelos no hubieran sido también personas reales, incluso enanos y perros reales? Toda su belleza está en el procedimiento. Tal vez sea así también para la literatura: el problema no es si es libro de ficción o de no ficción (si está basado en hechos acaecidos o en hechos inventados): lo que hace un libro grande es el procedimiento, es decir, el arte de la escritura.

Creo que he divagado demasiado, me he ido por las ramas, por las nubes. Además, he mencionado autores que ni siquiera sé si te interesan o no. Pero uno es también lo que ha leído. Te dejo el turno a ti para que me jales de los pies, si es necesario, y regresemos de nuevo a la dura tierra.
Te dejo, para despedirme, esta frase, que no sé si leí alguna vez o si la estoy inventando ahora al recordar tu libro: la ineludible tarea de evocar a los muertos que alguna vez amamos.

Héctor

Querido Héctor,
Perdona el retraso. Estuve enfermo, luego me fui de viaje y más tarde volví a enfermar… Ya estoy bien, disfrutando de una extraña soledad a la que ya no estoy acostumbrado. Mi mujer y mi hijo se han ido cinco días a la playa y me he quedado varado en Madrid. En otros tiempos, en parecidas circunstancias, me habría lanzado a la noche y enlazado juerga tras juerga. Ahora una sola noche de alcohol me parece ya demasiado. Prefiero la mañana, beber té verde, escuchar viejos discos y leer.
Antes de pasar a lo nuestro te confesaré, porque viene a cuento, una pequeña inexactitud, un olvido deliberado, una licencia. En Santa Maddalena no me alojé todo el tiempo en la habitación de Chatwin. Al principio me alojaron en la misma donde estás tú. Arriba, en la de Chatwin, había un escritor norteamericano, Benjamin Kunkel, pero este dio la espantada al poco de llegar, no se adaptaba, decía que lo comían los insectos, y me apropié de su habitación. La suplantación no es, en efecto, completa, pero sí mayor de como la dejaste en tu último mail. Conozco bien la centenaria y aparatosa bañera donde te bañas en la actualidad. Fue mía unos días.

También yo tengo la sensación de que la novela al modo clásico ha entrado en crisis. O por lo menos que el mundo ha entrado en crisis con ella. Creo que son varios los factores que influyen en ello. Por un lado, percibo en los lectores cierto cansancio de la ficción, como si su necesidad de ficción la cubriera mejor el cine, y lo que se demandara de la literatura fuera un grado mayor de «autenticidad», de cercanía. Por otro lado creo que la novela ha perdido capacidad para representar el mundo contemporáneo. Esa conexión entre lo contemporáneo y las artes es muy importante. Las artes perduran mientras reflejan o dan respuesta a las inquietudes de la sociedad que las amparan. Desde la Grecia clásica esa es la razón de que nazcan nuevos géneros y mueran otros. La novela es el género literario que mejor respuesta ha dado a las inquietudes del hombre moderno desde el Renacimiento. No es que eso esté cambiando. Lo que creo que está cambiando es la misma novela. Ha ensanchado sus límites para dar cabida a esas nuevas inquietudes de las que hablaba, ese cierto cansancio de la ficción, por ejemplo. El auge de la literatura autorreferencial y de todos los géneros híbridos, de la crónica, de la novela-reportaje, de la novela-ensayo o de la novela directa y abiertamente autobiográfica es un reflejo de ello. Pensemos en Sebald, pensemos en Verano de Coetzee o en los libros de Carrière… cada uno a su modo, reflejan esto de lo que hablo. ¿Pero por qué digo que la novela en su concepción clásica ha perdido la capacidad de representar el mundo contemporáneo? A mi modo de ver influye el individualismo. El sistema en el que vivimos nos empuja a encerrarnos en nuestro propio yo, las luchas colectivas se han desactivado, lo que la gente busca son salidas individuales y es normal, así las cosas, que los escritores nos dediquemos a lo que llamo la exploración de la subjetividad. También influye la muerte de la utopía, de los idealismos políticos.

No hay grandes relatos totalizadores y nos refugiamos en el fragmento, en lo misceláneo. Creo que no es una tendencia; que, más allá de que probablemente siempre se sigan escribiendo novelas de ficción pura, cada vez más la novela transitará por ese camino mixto de apropiación de lo real. Que ese es su destino. Lo cual debe llevarnos a replantearnos el concepto de ficción, que suele relacionarse con la invención y que para mí tiene más que ver con la creación en su sentido amplio. Por ejemplo, creo que El adversario, de Carrière, donde se recrea la vida de un personaje real, es un libro de ficción, y que también lo son El olvido que seremos y Tiempo de vida. Los tres son relatos reales, según la expresión de Javier Cercas, pero se distinguen de un mero reportaje en que sin manipular ni distorsionar la realidad están contados como novelas; es decir, haciendo uso de síntesis, elipsis, metáforas y otros recursos que son propias de la literatura de ficción. Y, sobre todo, de un trabajo estructural muy específico. Todo ello tiene que ver más con la creación, con lo que tú llamas el arte de la escritura, que con la invención, y por eso creo que con toda legitimidad podemos calificarlos de ficciones más allá de que sean relatos reales. O de ficciones sin invención, que es como defino  .

Pero sí es cierto que una cosa es escribir un «relato real» cualquiera y otra distinta tocar una fibra tan íntima como un relato real acerca del propio padre. También yo he atravesado tras él mi propia penitencia. La gente, los amigos, creen que tienen mucho que decir sobre la obra de uno, y lo que en su mayoría me decían después de Tiempo de vida es que tenía que hacer un libro completamente distinto, una novela a ser posible en tercera persona y con muchos personajes. Mientras digería esos consejos, y por una mera necesidad de olvidarme de mí mismo, hice los cuentos de El final del amor y luego me puse con la novela. Trabajé en ella durante unos meses y afortunadamente después me sobrevino un parón, debido a que se metió entre medias mucho trabajo mercenario, conferencias, prólogos etc. Digo afortunadamente porque cuando volví a la novela me di cuenta de que, a fuerza de querer alejarme de Tiempo de vida, me había ido tan lejos que no la sentía ni mía. Pero no solo era ajena, también era horriblemente mala. No puede ser de otro modo cuando lo que escribimos no sale de nosotros y trabajamos con calculadora. Como el mal era de raíz y no tenía solución, decidí abandonarla. Aunque por otras causas, hice lo mismo que tú con la novela de tu pariente político aventurero y, como tú, luego entré en el extravío. Me dediqué a revisar los cuentos de encargo que tenía desperdigados en antologías y revistas, y a revisar los artículos y las conferencias sobre literatura, con ánimo de reunirlos si tenía material suficiente, pero por lo demás estuve totalmente perdido una buena temporada. No sabía qué escribir. Y lo peor es que no era por falta de tema sino por un prejuicio. Tenía una historia que me rondaba desde hace muchos años, pero se trataba de una historia familiar, es decir autobiográfica, y que no era posible ficcionalizar sin perder por el camino la fuerza y el atractivo que para mí encierra. Por eso no quería hacerla, porque significaba volver a caminos parecidos a los de Tiempo de vida y seguía influido por el discurso de mis amigos y no quería que se me acusara de repetirme. Pero sobre todo porque, pese a ser un relato real, temía, como tú dices, «no poder tocar de nuevo esas alturas de intimidad y de verdad». Pues bien, asumiendo el riesgo y conociendo por anticipado mi derrota, me he atrevido por fin a ello. No sé qué saldrá, pero de momento estoy ilusionado. Es el libro que relacioné con tus Traiciones de la memoria. Todas las piezas son relatos reales y constituyen cuentos en sí mismos. Sin embargo, cada cuento ilumina el anterior y por encima de todos se superpone una historia, una especie de novela formativa, cuya narración es el verdadero propósito del libro.

¿Volveré algún día a la ficción-ficción? Estoy seguro. De momento necesitaba liberarme de esa historia, pero sé que hay historias que solo son posibles en la ficción. En la actualidad leo mucho testimonio, mucha literatura autobiográfica o con ligazones estrechas con la realidad, pero por supuesto conservo vívida la emoción que me proporcionó leer tantísimas novelas, entre ellas algunas de los dos Roth; a los que añadiría el tercero, Henry, el de Llámalo sueño. No obstante, creo que esa intromisión de lo real en el territorio de la novela es irreversible. Por lo menos para mí. Podré recurrir de nuevo a la invención, pero estoy seguro de que llevaré algún equipaje, de que incorporaré algo de lo aprendido…

También yo me he ido por las ramas y no sé si queda muy claro lo que quiero decir. Ahora mismo estoy leyendo el último libro de Alice Munro, Mi vida querida, cuya parte final, titulada precisamente así, la componen piezas autobiográficas. En una de ellas, en la descripción de una mujer que asiste a una fiesta, hay una frase que me fascina: «Creo que si estuviera escribiendo ficción, y no recordando algo que sucedió, jamás le habría puesto ese vestido». La pregunta que me suscita es cómo sabemos que efectivamente no está escribiendo ficción. ¿Basta con que lo diga? De ese tipo de recursos se ha servido la novela tradicional para reforzar en el lector la necesaria sensación de realidad. Por muchos cambios que creamos ver en el horizonte o incluso aquí mismo, ¿no estamos al fin y al cabo en la senda de siempre?

Pero sigo yéndome por las ramas y quizá contradiciéndome y ya tengo ganas de que tus comentarios pongan algo de orden. Prometo no enfermar y ser mucho más rápido en la respuesta.

Marcos

Querido Marcos:
Yo no he estado enfermo, ese no es el motivo para haber demorado tanto tiempo esta respuesta. Pasó que estuve en Roma, asistiendo a la canonización de la primera santa colombiana, escribiendo sobre ella para mi periódico y hablando sobre ella para la radio en la que también trabajo. Un ateo cubriendo una canonización como periodista es algo que me divertía, pero al mismo tiempo me dejó exhausto. Es eso que tú llamas trabajo mercenario, sí, de lo que ahora vivimos los escritores. Después vinieron los últimos días de Santa Maddalena, a los que quería exprimirles todos los jugos finales, para no perder esa ocasión de avanzar en mi novela. Y luego el regreso a Colombia, que eso sí es una especie de enfermedad, porque este país enferma, sobre todo de rabia. Llegar y encontrar a un alto funcionario estatal, carlista, lefebvrista, que dice que el divorcio no es una conquista democrática sino una tragedia de la modernidad, sencillamente me enferma de indignación; solo falta que prohíban el divorcio ahora que están desmontando también el aborto. Pero después de esta introducción, que quiere ser una explicación por mi largo silencio, retomo el hilo de nuestro diálogo.

La expresión de Javier Cercas, «relatos reales», creo que es muy afortunada para describir cierto tipo de libros, y los que tú citas son muy buenos ejemplos, o el mismo de Cercas, Anatomía de un instante, que es también una reconstrucción entre periodística, ensayística y novelística de un hecho efectivamente acaecido. En Tiempo de vida, ficción sin invención como tú también la defines, lo que hay es un uso de muchas de las herramientas narrativas afinadas por la novela: un ritmo y una dosificación medida de la información; unas escenas, diálogos, una cronología que el narrador va construyendo con claves y palabras, pero todo esto no referido a algo inventado, sino, como tú bien dices, creado. Y cuando dices, y yo retomo el término, creado, necesariamente entramos en un mundo que es ficticio o casi ficticio. Y me explico.

Lo que yo creo es que la ficción es inevitable, incluso en los textos más apegados a los datos reales, a la memoria, a lo efectivamente acaecido, a la historia. Cuando creas, cuando escoges qué contar, cuando cortas, cuando eliges cierto ritmo o registro lingüístico, estás entrando ya en un mundo irreal: relatar es necesariamente inventar. Por muchas cosas que sepamos de algo (incluso por mucho que sepamos de nosotros mismos), lo que decimos sobre ese algo, o sobre nuestros padres, o sobre esa persona que todos llamamos Yo, es una invención y una fantasía, una construcción mental. Traducir el pensamiento a las palabras, traducir la realidad a las palabras, es un ejercicio de la fantasía. Podemos tratar de hacer una disección, como Cercas, un estudio anatómico, microscópico; podemos aportar fotos (como Sebald) o documentos fidedignos, pero a pesar de todo, siempre estamos como un espectador frente a una nube: buscando formas en lo informe, inventando un sentido, creándolo, más que encontrándolo. Estamos condenados a la fantasía, a esa especie de espíritu creativo que es la mala memoria, o nuestro cerebro imperfecto, inexacto, a los engaños de los sentidos. Por muchas cautelas que tengamos, la ficción siempre se nos cuela incluso en lo que pretende ser el relato fidedigno de un hecho. Antes podía decirse que el periodismo literario era muy bueno cuando «parecía mentira»; o que una novela era muy buena porque «parecía verdad». Una gran creación realista de Balzac, de Flaubert, de Pérez Galdós, llegaba a fabricar casi una realidad alternativa, una especie de trampantojo narrativo: parece una ventana, parece una familia, pero son una ventana y una familia de letras, de papel. Ahora hacemos estos «relatos reales», pero si los miramos bien son también creaciones, en el sentido en que un retrato real –pienso otra vez en Velázquez–, real en todos los sentidos, es también una construcción, o una creación, como dices tú.

En resumen, querido Marcos, mi respuesta a tu pregunta de cuándo sabemos efectivamente que estamos escribiendo ficción, es esto que te digo: siempre, irremediablemente, estamos escribiendo ficción. Lo que pasa es que todo el tiempo tratamos de despejar el mito, la invención, la mentira, y siempre queremos creer que creamos algo verdadero, algo que fue y es así.

Pero no, nada, nunca, fue efectivamente así: la realidad siempre se nos escapa. La realidad, como
decía Nabokov, es algo que hay que poner siempre entre comillas.
Y no sigo, para no perderme de nuevo.

Héctor

Querido Héctor,
Tu llegada a Colombia se parece mucho a mi día a día en España. Aquí no se han metido aún con el divorcio, pero ya han empezado con al aborto. Al parecer quienes gobiernan mi país no tienen suficiente con combatir la mayor crisis económica de la historia reciente y quieren revisar, por mera ideología, cuestiones sobre las que no hay una demanda social. Pero vayamos con lo nuestro…
Efectivamente, un relato del todo fiel a la realidad es casi inconcebible. Haría falta trasladar la realidad entera, en toda su complejidad. Y, si la reducimos, ya estamos manipulándola y, por tanto, traicionándola. Pero, además, como tú apuntas, cabe también preguntarse qué es la realidad. ¿Hay una sola realidad o distintos relatos sobre ella? Creo, indudablemente, que lo último. La memoria nos engaña, igual que nos engaña la percepción. Ambas son relatos sobre lo real. Nuestra propia identidad es un relato, un relato que nos contamos todos los días… Ahora bien, en el otro extremo, y volviendo a la literatura, del mismo modo que es imposible ser totalmente fiel a la realidad también podemos decir que toda literatura es en el fondo autobiográfica. Los escritores construimos nuestras ficciones con la experiencia, experiencia de lo vivido pero también de lo leído, oído, visto, etc. Todo lo cual viene a demostrar una vez más lo tenues que son las fronteras entre ficción y realidad, o entre literatura ficcional y literatura biográfica. En realidad, considero que pretender diferenciarlas resulta siempre artificioso. Creo que responde a una necesidad crítica, nada más, y que la mayoría de las veces se hace de manera superflua, cuando no equivocada. Es muy parecido a lo que sucede en el arte con la distinción entre pintura abstracta y pintura figurativa. Se ha abusado tanto de ella que al final no quiere decir nada y, sobre todo, deja fuera todo un territorio «mestizo» que es por el que transita la pintura hoy.

Durante una época se habló mucho de metaficción. Ahora la moda parece ser hacerlo de autoficción. La realidad es que ambas han existido siempre. Solo las etiquetas son nuevas, no lo que describen. Es clásico hablar del Quijote cuando se habla de metaficción. ¿Pero acaso El viaje sentimental, de Laurence Sterne, no es autoficción?

Te mando un fortísimo abrazo, Héctor.

Marcos

Querido Marcos:
Para cambiar la costumbre de un diálogo por mail cuyos tiempos parecen a veces los de las cartas en papel de hace veinte años (tan joven es Internet), te contesto de inmediato. Y aprovecho la inmediatez para proponerte otro tema que quizá esté afectando también nuestra manera de escribir: el frenesí, la rapidez, el exceso de estímulos del mundo contemporáneo.

No creo que en esta era de libros y correos electrónicos, de blogs, tuits y chats, nuestros libros puedan tener ese tiempo moroso de las novelas de antes, las de Flaubert o de Stendhal, o las del mismo Sterne, que mencionas. Ni siquiera los tiempos de los grandes libros de García Márquez, Vargas Llosa, las trilogías de Marías o las pentalogías de Musil o las heptalogías de Proust. La literatura, de algún modo, refleja el estado de ánimo del mundo en que vivimos, y era muy distinto ese ánimo –ese mood– cuando viajabas a pie, a caballo, en barco o en carroza, a este de ahora en que conversamos tú y yo desde dos continentes en mensajes instantáneos, y que durante este breve diálogo hemos cambiado ambos de países, de ciudades, de lenguas.

Yo ignoro de qué modo esta forma en que vivimos se verá reflejada en nuestros libros, pero si no aparece ahí, de alguna manera; si la novela no consigue (como siempre lo ha hecho) adaptarse también a los nuevos tiempos, sí que tendrá problemas para seguir viva. Creo en la ley de la conservación de la novela, que no se destruye, no se muere, sino que se transforma. Ya hemos visto que se está transformando incluyendo dosis más altas de «verdad», de autoficción, de realidad real. Pero también creo que deberá incursionar en ritmos más frenéticos, más rápidos y desvertebrados, más breves también, por mucho que Kundera y Calvino elogien la lentitud. Yo también la elogio, y quizá más, vivo en una especie de nostalgia de la lentitud, pero no creo que ahora tenga mucho sentido escribir novelas lentas de 900 páginas que nadie tendrá tiempo ni ganas de leer.

Vivimos un cambio radical de muchas cosas, tan importante como el paso del Medioevo al Renacimiento, o del Ancien Régime a la Modernidad. Nacimos en el mundo de ayer, anterior a la revolución digital, con computadores lentos y paquidérmicos, refrigerados en grandes cuartos; al mundo de hoy, en el que todo el mundo tiene un minicomputador en el bolsillo, que no es otra cosa que una tremenda prótesis para la memoria, la cultura, la comunicación, la lectura. Y no creo que podamos seguir escribiendo (porque ya no vivimos como ellos) como los escritores del siglo XIX, ni siquiera como los escritores de la primera mitad del siglo XX. Ahora entramos en un mundo en el que están en discusión incluso los derechos de autor (todos los libros se piratean con un clic), y nosotros –que nacimos en el mundo anterior, pero seguimos escribiendo en este–, por muy perplejos que estemos, tenemos que pellizcarnos. El mundo ha cambiado ante nuestros ojos, y creo que tenemos que registrar ese cambio.
Y sin embargo yo estoy escribiendo una novela rural, imagínate, ni siquiera urbana, sino la historia de una propiedad rural, de una finca, como decimos en Colombia. Creo que hago esto para tomarme un respiro, para poder pensar, pues mientras tanto he intentado escribir también una novela en Twitter, aunque el experimento –para mí– ha resultado completamente fallido, inte-resante pero inútil. Me tomo un respiro para entender y pensar por dónde puedo escribir sobre lo que veo, sobre lo que experimento (pues todo es autobiografía, experiencia, como dices tú). Yo no vivo en el fax, como Von Rezzori o Marías, ni en las plumas de ganso, ni en las esquelas a mano.

Como ves, no tengo nada muy claro que decirte, pero sí puedo proponerte estos temas de alguien que siente que tiene que ser un espectador de su época, y un testigo, y una antena, y una especie de sismógrafo que registra los cambios del mundo, los filtra, y los convierte en letras. Yo estoy sintiendo este terremoto, pero aún no lo he podido convertir en palabras que lo describan. Siento dentro de mí una gran alerta, pero no sé si ya seré muy viejo para poder narrar este nuevo mundo. La respuesta estará en los libros: si no soy capaz de narrar este nuevo mundo, estaré, efectivamente, muy viejo ya para él. Muerto para él.

Y termino así, abruptamente, como el mundo en que vivimos, que cambia de tema y de estímulos cada segundo, como un niño con déficit de atención, hiperactivo.
Abrazo,

Héctor

Querido Héctor,
Tienes toda la razón: la novela solo perdurará si es capaz de acompañar los grandes cambios que se están produciendo en la sociedad. Y acompañar esos cambios no es solo poder describirlos sino sobre todo interiorizarlos, metabolizarlos de manera que la misma novela cambie con ellos. En cierta renuncia a la morosidad, sí; en mayor brevedad, también. Lo que no creo es que por ahora seamos tan dueños del presente ni por supuesto del futuro. Sabemos de dónde venimos, sabemos que gran parte de nuestro bagaje cultural ya es por completo inservible en el mundo de hoy y avizoramos que el futuro será muy distinto, pero pertenecemos más al pasado que al presente. Estamos entre dos tiempos, somos una generación bisagra. Podemos intuir algunos aspectos del futuro pero jamás lo dominaremos porque hemos nacido y nos hemos educado en un mundo muy distinto, que ha modelado por completo nuestra forma de pensar. Por decirlo con una metáfora facilona: aunque no seamos analfabetos digitales, no pensamos digitalmente y el verdadero cambio en la literatura lo protagonizarán escritores que piensen digitalmente. Es decir, los que hayan ya nacido en este mundo y se hayan educado en sus claves, la multiplicidad, la simultaneidad, la fragmentación… Estamos pasando de un tiempo en el que la transmisión de conocimiento se daba a través de la palabra escrita, con los distintos valores y destrezas a que ello daba lugar, a un mundo en el que la transmisión de conocimiento se dará por vías diversas y sin ese reconocimiento hoy ya arcaico de la autoridad. Sin embargo, que el futuro no sea nuestro no quiere decir que no tengamos nada que decir sobre él. Triunfaremos como escritores en la medida en la que sepamos anticiparlo. No es poco. Félix de Azúa, en su último libro, Biografía de papel, que te recomiendo vivamente, pone el ejemplo de Baudelaire y Diderot, que también fueron figuras bisagra que, perteneciendo a una época pasada, tuvieron la capacidad de prefigurar lo que había de venir después de ellos. Sí, podemos intentar escribir novelas epistolares con emails o con tuits, pero eso es casi anecdótico, no nos acerca realmente al futuro. La única forma de acercarnos a él es habitar de verdad el presente, vivir en el abismo del no saber, hacernos permeables, dejarnos llevar sin prejuicios por la corriente del tiempo, tener claro que las formas artísticas evolucionan con nosotros porque son nuestro reflejo y que si dejan de reflejarnos no tiene sentido mantenerlas con respiración asistida… No sé si la novela sobrevivirá. Lo que sí sé es que, si no sobrevive, surgirá otra cosa que la sustituya. Necesitamos que nos cuenten historias.

Querer ser espectador, testigo, antena y sismógrafo de la época de cada uno debería ser obligación de todo escritor. En ti es un deseo y estoy seguro de que sabrás hacer literatura del terremoto. La estás haciendo ya.
Un abrazo,
Marcos


Héctor Abad Faciolince (Medellín, 1958) es escritor, editor, traductor, crítico literario y periodista. Ha publicado Asuntos de un hidalgo disoluto, Tratado de culinaria para mujeres tristes, Basura, El olvido que seremos, El amanecer de un marido, Traiciones de la memoria, entre otros títulos.
Marcos Giralt Torrente (Madrid, 1968) es filósofo, escritor y crítico literario. Es autor de París (Premio Herralde 1999), Los seres felices, Tiempo de vida (Premio Nacional de Narrativa de España 2011), y otros.