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Reseñas

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Alberto Barrera Tyszka (Caracas, 1960) Anagrama (2011) ■ 264 páginas ■ 75 soles


Novela. «Una de las grandes tragedias de la industria de la televisión son las ideas. Porque todo el mundo tiene ideas», y «una idea en televisión puede ser cualquier cosa. Por lo general es nada», es lo que va asimilando poco a poco Pablo Manzanares –estudiante de literatura, aspirante a poeta–, quien entra a trabajar a un canal por la amistad de su madre con Rafael Quevedo –cínico, relegado a la vicepresidencia de Proyectos Especiales–, ya que su padre, extrabajador del mismo medio, está recluido en un psiquiátrico. Sin embargo, la narración no pasa solo por el joven estudiante.

Barrera Tyszka, ganador del Premio He¬ralde de Novela 2006 con La enfermedad, se vale aquí también de la voz de Quevedo y de Manuel Izquierdo –libretista en plena crisis de los cincuenta–, amplificando la mirada, relatando sus historias personales, las idas y venidas que se entreten y extrapolan, con gran virtud, en un lenguaje prolijo, por momentos hilarante.

Si la televisión puede ser una esponja (mostrarnos las pulsiones sociales, políticas y económicas), en Rating la producción televisiva se convierte en una máscara, una ficción dentro de otra mayor. Como «la televisión es el arte de la repetición y «vive del sufrimiento», la Gran Idea de Quevedo –un show llamado «Yo quiero un hogar»– es, pues, hacer de la pobreza un espectáculo, una telenovela, metiendo en una casa a seis damnificados que lo perdieron todo a causa de las lluvias y derrumbes, con ofrecimientos engañosos, límites legales, publicidad, y todos sus aderezos: chismografía, cursilería, pudor, maldad, corrupción, bondad, etc. Es un fracaso durante las primeras semanas. El rating, esa bomba de oxígeno puesta en manos de los telespectadores, no cumple las expectativas. Y como «el éxito tiene muchos padres» y «el fracaso es huérfano», se produce la develación, el striptease, de todos los personajes e involucrados del reality: un desenlace ciertamente vodevilesco. El proyecto continuará, sí, pero ya sin Quevedo, acusado de corromper, de aprovecharse de los pobres; ni Izquierdo, despedido por sus historias intrascendentes, desgastadas.

Solo quedará Pablo Manzanares, el joven, el iniciado, ahora ingerido, seducido, por la vorágine, la farándula y la frivolidad, lejos ya de sus lecturas poéticas de Lezama Lima, Adán y Vallejo.
Por René Llatas Trejo


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